Nayareth Pino Luna, Mientras dormías, cantabas, Yegua de Troya, Barcelona, 2025, 180 pp.
Una de las apuestas más conmovedoras de este libro de Nayareth Pino Luna (Santiago de Chile, 1990) es la cadencia con que se narra, permitiéndose derrochar el tiempo y ralentizar la mirada, como quien baila una de esas cumbias que suenan en la novela y que terminan por volverse más significativas que una mera música incidental. Publicado originalmente en 2021 por Los Libros de la Mujer Rota, fue reeditado en 2025 por Yegua de Troya, el mítico sello Caballo de Troya rebautizado recientemente por Gabriela Wiener, su jinete actual. El cambio de nombre obedece a una tentativa de sitiar las ciudades con la fuerza subversiva de doce sudakas, doce “criaturas plebeyas” que, durante estos dos años de dirección, acabarán por incorporarse al catálogo de la editorial.
Dividida en cuatro partes, Mientras dormías, cantabas nos cuenta la historia de Leonor, una chica con una cardiopatía congénita que le produce una esclerosis tan severa hasta el punto de llegar a bordear los límites de la deformidad: un ser monstruoso al que apenas le diagnostican unos doce años de vida pero que acaba llegando hasta los veintitrés contra todo pronóstico científico, contra todo decreto médico y contra toda verdad irrefutable. Una de las noches más esperadas del año, aquella que trae las promesas de lo nuevo, determina el contexto en el que se inscribe la narración: la última Nochevieja de Leonor y una más reciente Nochevieja en la que su hermana Marta intentará recomponer su recuerdo dándose todas las licencias poéticas del caso. Porque “Marta no rememora. Marta inventa”. A dicha trasposición temporal se suma un juego de dobles que articularán el relato de principio a fin: dos noches, dos hermanas, dos colores. Las protagonistas son, en efecto, dos hermanas que durante muchos años pensaron que eran tía y sobrina, pues la trágica Leonor se halla marcada por el sino de la violación y, en tanto hija bastarda, fue adoptada por su abuela Clara. Hay, entonces, también dos madres. Y, además, dos colores que van anunciando la postergada muerte de la enferma: el blanco y el azul.
Será este árbol familiar, cuyas raíces, en lugar de buscar arraigo, tantean la posibilidad de escaparse bajo el pavimento, el que dará forma al relato. A Leonor y Marta se sumarán otros personajes. Además de la abuela Clara, estarán el abuelo Monono; la verdadera madre de Leonor, Karina; y las tías que sancionarán la deformidad de la chica enferma dadas sus fantasías queer. Como si siguieran la compleja etimología de la palabra –que permite vincular la rareza con la discapacidad a través de la crip theory o “teoría tullida”–, sus reproches se enunciarán desde el asco y la vergüenza, increpándola por estar “torcida de adentro hacia fuera”. En el espacio liminar de la familia, ubicado en las escaleras de los blocks del barrio donde todos conviven, estará el vecino Gabriel, quien fuera el mejor amigo de la muchacha fallecida y quien ayudará a Marta a recrear a su hermana para que juntos sellen el festejo con “un beso que en alguna dimensión paralela ocurrió en un tiempo anterior a este”. La familia de Gabriel, atravesada también por el abandono, queda rota desde el día en que su madre Mónica decide irse de casa y convertirse en una desaparecida, a pesar de que la voz narradora, como una cámara de omnisciencia selectiva, la siga en un punto de la narración.
La historia de esta galería de personajes se nos narra dejando correr el tiempo, tal cual hacemos antes de las doce en la última noche del año. Una cuenta regresiva capaz de volver infinito el tiempo de la espera: “El tiempo se va, no importa, hay que gritar…”. Pino Luna nos instala en esas horas clave, en la medida en que la enfermedad y la muerte también exigen aprender a esperar, sobre todo en el caso de Leonor, para quien la agonía se prolonga por casi dos décadas. Vive en este mundo con un tiempo de prestado, lejos de sus pares, sin ir a la escuela, acunada por su “respiración lenta, adormecida, tierna”, guarecida desde la atalaya de su habitación. Mira el mundo a través de la ventana: un panóptico desde el cual poder observar a quienes llegan y a los que definitivamente se van, el tráfago incansable de las personas conducidas por su búsqueda de nuevos paraderos. Desde esa ventana indiscreta, Leonor se obsesionará con los remolinos de tierra que se forman en el sitio eriazo, un espacio que, con esfuerzo e imaginación, podría asemejarse al mar: “Un mar recogiéndose y olas que acarrean el polvo de las cosas que pesan y golpean”. Incluso después de su muerte, esperar seguirá siendo la consigna familiar, la condena de quienes se quedan, las Penélopes que ven cómo son los otros quienes parten veloces a nuevos rumbos: “…deciden sentarse a esperar que pase ese momento, como se sentaron alguna vez rodeando el blanco ataúd de Leonor, a esperar que pasara, que ese cuerpo estuviera donde tenía que estar, en la tierra, a que esas sillas estuvieran donde tenían que estar, alrededor de la mesa”.
La novela de Pino Luna, tal como subraya Alejandro Zambra en la contraportada, es también un homenaje, una personalísima declaración de amor a la literatura. Esto se logra a través de un personaje que aparece fugazmente para demostrarnos hasta qué punto las palabras nos pertenecen. Natalia, la exprofesora de Gabriel, se toma la selección de libros que da a leer en la escuela como un cuidado trabajo curatorial, dentro del cual está permitido arrasar con el lenguaje. Porque, ante las palabras, independientemente de cuánto nos pertenezcan, “no podemos hacer otra cosa que no sea tocarla[s], torcerla[s], capturarla[s]”. Este es un libro que surge a partir de la herida, del paso dudoso de dos personajes sombra que atraviesan el plano dejando tras de sí su estela. Dos fantasmas, dos desapariciones, dos pérdidas: Leonor y Mónica. Porque “si los tatuajes son cuentos […], las cicatrices son novelas”. Y como tantas familias que se parecen, estas también viven de la mentira y de la ficción, para poder “enunciar el teatro de las cosas que no tienen por qué ser así”. La escritura nos conduce por derroteros inhóspitos hasta un lugar desconocido donde puede haber sonidos o, de pronto, un silencio total; una suerte de magia negra que transforma las cosas al nombrarlas.
Mientras dormías, cantabas, sumida en su countdown y en su letanía, plantea la necesidad de cerrar las historias; pero, al mismo tiempo, expone la imposibilidad o las trampas de la escritura. Y es por eso que entre todas las privaciones que asolan al personaje de Leonor, su incapacidad para escribir sea quizás la más punzante: se queda con las palabras en la punta de la lengua, apanicada por su magia, sujeta a un misterio sin resolver, entregada al dibujo por medio del cual su tinta azul acabará por cobrar otras formas.
Que la celebración de Año Nuevo sea tan central en la novela de Pino Luna es otro modo de advertirnos sobre su subversión del tiempo: estamos ante una narradora que se permite extender las horas, que no corre en busca de la trama y la intriga –esas malditas tiranías del streaming–, sino que más bien nos regala una melodía que se puede bailar y cantar a la vez, porque no le importa despilfarrar tiempo ni anda en busca de una resolución clara. La novela puede leerse como una cumbia, “un mambo interminable […] sin indicios de un principio o un final”. Porque también la escritura reclama la generosidad de los relojes: es un trabajo lento que exige “sentarse a entenderlo todo, tomarse el tiempo e hilvanar la propia biografía en un relato, una epopeya, una fábula, lo que sea”. Ahora bien, en ese espacio festivo, incluso el lenguaje puede verse trastocado. Allí ya nadie discute, los cuerpos pierden materia y lo que queda reverberando es únicamente un amor profundo: “Un lugar donde no se aloja el lenguaje, sino otra cosa, es amor, esto sí es amor”.
La obra se permite y se da el tiempo de sentir, de volver casi táctiles las emociones que se inscriben en los cuerpos mientras bailan, mientras cantan y también mientras reposan. Es curioso que los hechos más importantes sean protagonizados por personajes que se deciden o se ven obligados a partir mientras todos los demás duermen. Y es quizás por eso que los intentos por dilucidar los misterios de estas familias quedan suspendidos en una suerte de nebulosa, como borroneados por la tierra que se levanta formando los remolinos que tanto obsesionaban a Leonor. La novela nos conduce así a ese bendito lugar de las incertezas, bajo el efecto embriagador y de intensa carga simbólica que tienen los sueños, allí donde cosas disímiles pueden volverse gemelas, metafóricas o recíprocas. Nos es dado instalarnos en un ámbito donde la aceleración moderna y la lógica del funcionamiento continuo bajo una temporalidad 24/7 no puede irrumpir, aquel único reducto que, como señalaba Jonathan Crary, el régimen capitalista no ha logrado invadir del todo: nuestras horas dedicadas al sueño. Resulta hermoso y recomponedor que su autora se tome el tiempo para ello y, de paso, nos permita, como lectores, habitar “aquel espacio para las dudas que es la pereza”.
Mientras dormías, cantabas es una obra que se pregunta por un tiempo anterior, pretérito, que busca el germen de las cosas, de las palabras, de la memoria. Y es en este ejercicio que la novela de Pino Luna, que trae además su propia música (su propia banda sonora), se vuelve una canción bien escogida. Porque “elegir una canción es como elegir un nombre con el que llamar a alguien que nace o muere”. El tono de esta joya de la literatura chilena reciente es en voz baja, como para no despertar a nadie: un susurro que nos hace levitar apenas.