Liliana Muñoz, Los umbrales, Tránsito, Madrid, 2026, 176 pp.
El tránsito de la enfermedad a la vida (y viceversa) es el tema del primer libro de Liliana Muñoz, Los umbrales. Esta publicación constituye ya, para la autora, el cruce de un umbral importante: el paso de la crítica literaria —género que ha cultivado durante los últimos catorce años— a la creación. Este salto del palco del reseñista al escenario entraña sus riesgos, y no son muchos quienes logran caer de pie. El mérito de Muñoz, sin embargo, reside en no haberlo concebido como un salto, sino como un paso modesto y firme, sostenido por las cualidades que hacen de ella una ensayista: la mirada atenta, el pensamiento reposado, las frases laboriosamente pulidas y, sobre todo, la humildad que nace del amor por aquello que nos ocupa y que deseamos comprender. Digamos que, en esta memoir, la autora acomete una nueva labor de interpretación; solo que, esta vez, su objeto de análisis no es un libro, sino una persona: su tía abuela Yoli. O, mejor dicho, la relación entre Yoli y ella misma. Apuntaba Stevenson que todo libro es, en un sentido íntimo, una carta a un ser querido, y que los lectores somos tan solo quienes amablemente pagamos el envío. En Los umbrales, esa dinámica oculta se hace explícita: “No sé escribir cartas de amor”, le dice la narradora a su tía, “así que te escribiré un libro”.
La narradora, Liliana, es una joven mexicana residente en Barcelona que ha hecho de los libros un refugio ante la tempestad, un vehículo hacia otras latitudes, una ventana al mundo y, en última instancia, un muro para aislarse de él. Hasta que un día se entera de que, al otro lado del Atlántico, en su Mérida natal, a su tía abuela Yoli le han diagnosticado cáncer. Diría Vivian Gornick que esa es la situación, pero la historia es otra: una que trata de la familia y los afectos que nos forman; de la distancia y el desarraigo; del desgaste del cuerpo y la lenta erosión de la mente; del peso de los cuidados y de quienes lo cargan; de la importancia radical del buen humor, incluso —y sobre todo— ante la muerte.
La estructura es muy sencilla. Los umbrales consta de cincuenta capítulos breves. Unos cuantos, repartidos con destreza, son monólogos en los que nos es dado entrever la vida interior de Yoli, a quien la lucidez comienza a traicionar —aunque nunca la chispa—, y de su hija Ceci, tía de Liliana, quien se encarga estoicamente de cuidar a Yoli día y noche. Ceci funciona como el centro de gravedad del libro: aquello que impide que la fabulación devore por completo a la persona: “Su enfermedad es real, su dolor es real, su edad es real”, dice cuando Liliana habla de su tía abuela como de un personaje literario. El resto de los capítulos toman la forma de microensayos narrativos. Muy pronto —basta cruzar tres o cuatro de estas puertas— se adivina el patrón arquitectónico que rige el libro: primero se presenta una anécdota doméstica o familiar, teñida de nostalgia por la distancia de la autora respecto de su terruño y por la cercanía de Yoli al final de sus días; luego se plantea una reflexión que insiste siempre sobre el mismo tema: la memoria y la narración, ambas plurales, cambiantes, inevitablemente engañosas y, sin embargo, necesarias. Este tema se refleja, se contrasta o se confronta después con una referencia literaria: un diálogo de La insoportable levedad del ser, un fragmento conclusivo del Tríptico del cangrejo de Álvaro Uribe, La señora Dalloway de Woolf, el Gatsby de Scott Fitzgerald, Séneca, Ovidio, Tedi López Mills, Calvin y Hobbes y muchos más.
Liliana Muñoz convoca esas lecturas no con afán de exhibicionismo bibliófilo, sino con la sinceridad de quien se ahoga y pide auxilio. Así, a través de esas manos amigas que acuden a su rescate, la autora llega a unos últimos párrafos —o apenas unas líneas— que buscan hallar un bálsamo para aquello que la abruma: el vértigo de saber que lo que se fue está irremediablemente perdido; la dura constatación de que literaturizar no remedia los tormentos del cuerpo y del tiempo; la tremenda certeza, en fin, de que no hay cura para la muerte. La conclusión que va esbozándose es esta: el recuerdo, el arte de revisitarlo a través de la narración, la obstinación de escribir para fijar nuestra historia, “para congelarla en el tiempo”, no nos salvan, pero nos acompañan y nos justifican.
El hecho de que el tema sea reiterativo no quiere decir que sea repetitivo. Los umbrales funciona como una espiral: en parte gracias a su tempo (sustentado en los pequeños episodios, en la sintaxis diáfana), en parte gracias a su ánimo (siempre liviano, aligerado en cada momento de gravedad por el soplo del humor) es, como todo libro meritorio, una interrogante: una pregunta cuya respuesta la autora desconoce y genuinamente quiere averiguar. De este modo, los ensayos merodean alrededor de una verdad intuida, la acechan, se acercan a ella con la esperanza de poder aprehenderla.
Cuando menos en un par de ocasiones, el procedimiento no funciona del todo, lastrado por alusiones a libros que, en lugar de iluminar las reflexiones de la autora, las opacan. Mi sospecha es que la autora, sabiéndose principiante y temiéndose insuficiente, echa mano de un clásico literario como una especie de tributo, uno que la faculta para, ahora sí, articular sus propias ideas. El pecado es menor y, por lo demás, comprensible. Afortunadamente, en la mayor parte de los casos, la comunicación entre experiencia leída y experiencia vivida resulta fructífera. Sirva como ejemplo un pasaje de particular belleza: Liliana se enfrenta al peligro de querer sortear el dolor de la ausencia habitando solo el recuerdo, y entonces viene a su mente La invención de Morel, de Bioy Casares. Aceptando el poderoso influjo que ejerce sobre ella la memoria, redirige esa nostalgia hacia la creatividad y la vida: “Yo seré, intentaré ser, la antítesis del narrador de Bioy: abrazaré mi propia vida y, al mismo tiempo, elegiré amar una imagen que seré ya incapaz de tocar. Convertiré los acontecimientos en recuerdos y, a fuerza de la repetición incesante, emularé la máquina de Morel, pero no la proyectaré sobre mi cuerpo”.
Mencionaba al principio que el paso de Liliana Muñoz de la crítica a la creación es modesto, pero no quiero decir con ello que la autora no asuma riesgos. El principal es, precisamente, su aspiración mundana: la dimensión doméstica y cotidiana de lo narrado, que podría, en un descuido, pasar por banal. Ella misma lo advierte: “No es este un relato de grandes acontecimientos, y creo que así está bien”. No solo está bien, sino que asumir sin timidez esa escala delata a una creadora que se conoce, que no aborda su trabajo con la angustia adolescente de ciertos escritores noveles empeñados en probar su valía, espectáculo que suele ser bastante cansino para el lector. Muñoz, en cambio, escribe como quien reza: en voz baja. O, parafraseando a Fabio Morábito —uno de sus maestros—: con la cabeza gacha y rogando por la eficacia de cada frase. Es ahí, en el terreno de la frase —en la subordinada precisa, en el adjetivo justo, en lo no dicho—, donde Liliana Muñoz se juega la vida.
En las páginas iniciales se percibe cierta vacilación, un trastabillar sobre la cuerda floja. Entre los capítulos segundo y octavo —cruciales, por otra parte, porque coinciden con ese tramo en que se gana o se pierde a un lector impaciente—, el libro coquetea con el terreno de lo anecdótico. Uno siente que entra en un espacio ajeno, construido con cariño, pero ajeno al fin y al cabo. Y es que, en el relato personal, el interés por lo narrado suele nacer de la naturaleza misma de los hechos —posibilidad que aquí queda descartada, pues ya se ha establecido que esta es una historia sencilla— o bien de la persona que los narra, ya sea porque la conocemos directamente o porque se trata de una figura pública. Si todo ello falta, el lector puede quedarse con la misma sensación que sobreviene ante un chiste privado o ante las fotos de un viaje al que no ha asistido: una incomodidad difícil de disimular. Para trascender ese plano, la persona a quien le ocurren las cosas —y que además las narra— tiene que preocuparnos como personaje; y ese personaje, antes, tiene que haber sido construido. A esas alturas del libro, ese trabajo no está del todo hecho. Por eso, al leer sobre el significado de volver anualmente a México, sobre la creencia en el poder predictor del clima de Yoli, sobre una triste noche de Navidad o sobre una comida en familia, uno teme encontrarse dentro de un libro de memorias familiares cuya gracia y peso se nos escapan. Una pequeña reorganización, quizá acompañada de la eliminación de alguno de estos capítulos o de su incorporación posterior en otro, habría bastado para sortear este problema.
Afortunadamente la espera es corta. Ya en el capítulo noveno la obra encuentra su cauce auténtico y, a partir de ahí, no vuelve a caer. Su fuerza, su salvación, proviene de la dialéctica vida/literatura. Mientras Liliana sufre —y goza— del mal de Montano, condenada a leer la vida y a narrarla cuando se ha ido, su tía Yoli encarna la vida misma, sin más: alguien que vive porque es lo que hay. Por eso Yoli responde que no, sonriente y satisfecha, cuando Lili, poseída por el afán reiterativo que propicia la lectura, le pregunta si volvería a vivir la misma vida. Liliana no puede acceder a ese plano. En El acontecimiento, Annie Ernaux afirmaba: “Las cosas me pasan para que las cuente. Y el verdadero fin de mi vida es quizá solo ese: que mi cuerpo, mis sensaciones y mis pensamientos se vuelvan escritura”, y Liliana parece seguir su estela. Es más: quizá Muñoz coincidiría con Valéry, quien sentenció que todo el mundo existe para acabar en un libro. Por eso la sucesión de obras literarias citadas en Los umbrales no es ni presuntuosa ni impostada: la narradora es así. Para ella, los hechos son una cosa, pero no se vuelven experiencia, no se cargan de sentido, hasta que, a la luz de la literatura, se vuelven interpretables. Incluso para sondear el vacío que sentirá cuando Yoli le falte, necesita recurrir a una analogía literaria: “El duelo, me imagino, será como lidiar con una página en blanco”. Luchando contra su impulso natural de transformar a Yoli en un personaje, Liliana se desdice, se interroga, palpa los límites de la capacidad que pueda tener la palabra para capturar lo inasible: “Es imposible fijarla porque ha sido muchas mujeres y, a la vez, una sola, la que puebla ahora estas páginas. En el recuerdo se unen y disuelven todas ellas, pero en la escritura permanece una sola: la mujer que ha sido para mí”. Y para ella Yoli ha sido la existencia plena, tanto la dicha como el dolor de vivir para los otros. Ante esa mujer que se le escapa, que gota a gota se escurre hacia un sitio adonde no podrá seguirla, Lili descubre con miedo que quizá el madero de las letras no alcance para salvarla del naufragio: “Es necesario que Yoli le pase a alguien el testigo, porque este barco terminará por hundirse y, aunque me salve, no sabré hacia donde nadar”.
Sin embargo —y acaso sea esta la última enseñanza de Yoli a su sobrina—, las dicotomías rígidas y los sinos trágicos pertenecen más bien a la gente de letras. Las personas reales, sensibles y sensatas, saben que vivir consiste en encontrar un término medio. Quizá vida y literatura no tengan por qué permanecer separadas. Después de todo, ¿acaso no comparten el mismo origen? “Ahora que lo pienso”, reflexiona la narradora, “más que a los libros, debo a Yoli el origen de mis relatos. Ella es la razón por la cual repito una y otra vez las mismas anécdotas, todo el tiempo, con ligeros cambios y modificaciones, y el motivo por el cual no me había atrevido a escribirlas, a fijarlas en el tiempo, hasta ahora”.
Los umbrales es un libro delicado y elegante, a veces de una tristeza sosegada, a veces gracioso, siempre inteligente y que, al igual que Yoli, a pesar de estar tan cerca de la muerte, está muy vivo y renueva las ganas de vivir.