Revista de Crítica ISSN 2954-4904
Literatura


Pablo Sol Mora, La sabiduría del corazón. Biografía de Ramón López Velarde, Debate, Ciudad de México, 2026, 590 pp.


De Ramón López Velarde siempre recuerdo su poema “A Sara”. Lo leí durante la preparatoria, en una edición de Alianza Cien publicada en 1994. Es un texto de menos de treinta líneas, trastocado por un pequeño paréntesis donde el yo ironiza y se acusa de cuerpo entero: “(Blonda Sara, uva en sazón: mi apego franco / a tu persona, hoy me incita / a burlarme de mi ayer, por la inaudita / buena fe con que creí mi sospechosa / vocación, la de un levita)”. Gracias a La sabiduría del corazón. Biografía de Ramón López Velarde, de Pablo Sol Mora, se puede sospechar que Sara remite no solo a la heroína bíblica, sino también a una de las prostitutas que el poeta frecuentaba hacia 1915. No sería este el único escrito sobre ello. Religioso, sensual, burlón y moralmente contradictorio, López Velarde hizo de la autobiografía una poética, antecedente de la mejor poesía del siglo XX en México.

Mi ejemplar incluye también “La suave Patria”, “su poema más popular, escrito para el primer centenario de la consumación de la Independencia”, advierte la contraportada. Tal vez sea el más famoso, pero no el más memorable. La historia editorial y política detrás de los versos del mexicano revela el progresivo olvido de su conservadurismo y de su desacuerdo con el régimen de la Revolución, el mismo que lo consagró como poeta nacional con funerales de Estado y tres días de luto. “La patria con sangre entra”, podrían argüir, aunque López Velarde insiste en que el sentimiento hacia el terruño es de otra índole: íntimo, pero antiprogresista. Así se difundió su obra desde 1921, año de su muerte por complicaciones relacionadas con la neumonía y, probablemente, la sífilis, hasta la derrota presidencial del pri en el 2000, doce años después de que se celebrara por todo lo alto el centenario de su nacimiento. Mi primera lectura, en este sentido, forma parte de ese contexto posrevolucionario, o quizá solo fue posible gracias a él.

Tras la liberación de López Velarde de las redes del poder político comenzó otra posteridad literaria ―acaso la verdadera―. Pienso en lecturas que celebraron el centenario de su muerte: El ruiseñor del Alfeo: catorce asuntos velardeanos (2021), de Luis Vicente de Aguinaga; La majestad de lo mínimo. Ensayos sobre Ramón López Velarde (2021), de Fernando Fernández; y La última flecha. Ramón López Velarde en el Colegio Nacional (2021), compilado por Vicente Quirarte y Juan Villoro. Pienso también en ediciones recientes de la obra velardiana: Zozobra, publicada en 2004 dentro de la colección Clásicos Mexicanos de la Universidad Veracruzana; Obra poética (verso y prosa) (2016), con estudio introductorio de Alfonso García Morales y publicada por la UNAM; y, más recientemente, El minutero (2024), con prólogo de Sol Mora y publicado por Aquelarre Ediciones, antecedente de la edición crítica que prepara actualmente. En 2021 publicó en Letras Libres “Los minutos”, un monólogo donde representa al poeta examinando su vida: un ejercicio de especulación literaria al que se suma Veladora (2017), de Christian Peña, ganadora del Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta 2013.

En este contexto, La sabiduría del corazón, la biografía más actualizada del jerezano,responde al nuevo impulso que ha cobrado su obra. Se trata de un trabajo exhaustivo de crítica literaria e investigación documental, donde el autor procura un tono ensayístico accesible sin perder rigor en el manejo de las fuentes. Los diecisiete capítulos dedicados a la vida pública, privada, política y literaria de López Velarde dan cuenta de la siempre necesaria renovación de ediciones y estudios sobre los clásicos. El biógrafo reconoce su deuda con autores que emprendieron antes dicha tarea: Xavier Villaurrutia, José Luis Martínez, Allen W. Phillips, Gabriel Zaid, Ernesto Lumbreras, entre otros. Señala desde el título la importancia que el poeta concedía al corazón como figura espiritual y cognitiva, algo que puede comprobarse gracias a textos reunidos de manera póstuma: “El problema […] es que el corazón de comienzos del crítico siglo XX ya no es el ‘pueril’ de principios del XIX: lo corroe la incertidumbre, la inconstancia, la inquietud”, es decir, una modernidad avasallante. El encabezado podría parecer contraproducente en estos días. Tantos libros de autoayuda apelando al órgano lo han reducido a la caricatura. Sin embargo, la tesis de Sol Mora sobre las inquietudes de López Velarde ―manifestadas, por ejemplo, en su columna “Renglones líricos”, publicada en el periódico El Eco de San Luis hacia 1913, así como en los textos de 1919 que conformaría El son del corazón (1932) restituye la profundidad vital e imaginativa que esta imagen conservó y acaso habría desarrollado más de haber sobrevivido aquel 19 de junio: “¡Oh, Psiquis, oh mi alma: suena a son / moderno, a son de selva, a son de orgía / y a son mariano, el son del corazón!” (versos del poema homónimo).

La muerte de Josefa de los Ríos, la mujer detrás de la mítica Fuensanta, a causa de una larga enfermedad cardiaca en 1917, intensifica la presencia del órgano en el imaginario del poeta. Resulta curioso, en este sentido, que la propuesta central del biógrafo ocupe apenas cinco cuartillas del capítulo quince, “Hacia una sabiduría del corazón”, aunque páginas antes el tema ya haya sido insinuado y preparado cuidadosamente para el lector. Da la impresión de que Sol Mora deja la puerta abierta a futuras investigaciones, como él mismo señala en el prólogo: todavía hace falta un estudio integral y una edición crítica, con rigor filológico, de toda la obra en prosa y verso de López Velarde. “El poeta estaba convencido de que a las verdades más profundas no se llegaba vía la razón, sino la emoción, el presentimiento, la intuición: la corazonada. El corazón, para él, era el verdadero órgano de conocimiento. Más aún: de sabiduría.”

Otros méritos de esta biografía residen en la actualización de muchos vacíos de la vida del poeta gracias a una investigación minuciosa en fuentes de primera y segunda mano. Sol Mora reconoce la necesidad de ir desentrañando, capa por capa, no solo la vida de su protagonista, sino también los antecedentes que hicieron posible su aparición en la historia. Así, por ejemplo, reconstruye la fundación de Jerez, Zacatecas, cuna del poeta, donde se formaron su idiosincrasia, su profunda religiosidad y ese orgullo territorial que desembocará más tarde en una marcada añoranza dentro de su obra. También explica la aparición del apellido Velarde en la familia paterna ―en realidad una invención― y su posterior imposición sobre la materna: Ramón debió registrarse como López Berumen. Más importante, da a conocer que el López es también un apellido adoptado. Sobre la madre, el crítico escribe: “Trinidad, a quien los biógrafos de su hijo no suelen dedicar demasiada atención, es la figura femenina primigenia y una constante en [esta] vida llena de mujeres”. Ella, junto con Eloísa Villalobos, Josefa de los Ríos, Susana Jiménez, María Nevares, Fe Hermosillo y Margarita Quijano, forman parte de las “educadoras” sentimentales del escritor. “Sería fácil subestimar desde un punto de vista moderno la atmósfera erótica de una infancia en un pueblo como Jerez […] en el siglo XIX. Es verdad que se trata de una sociedad tenazmente reprimida en términos sexuales por motivos religiosos y sociales, pero es esa represión la que abre causes inesperados” y crea una individualidad única llamada Ramón López Velarde.

1888, año de nacimiento del autor ―el mismo de Fernando Pessoa y T. S. Eliot―, ofrece una vista panorámica de muchos de los dilemas que enfrentarán los ciudadanos a lo largo del siglo XX: movimientos sociales, secularismo y progreso capitalista. Nacer y crecer bajo la sombra del Porfiriato significó para la provincia mexicana no solo presenciar la transformación de un gobierno en dictadura, sino también padecer más tarde los estragos de una Revolución desbordada. Las horas que atravesó López Velarde ejemplifican el extravío del creyente en un Occidente moderno. Desde los seminarios y su ingreso al Instituto de Ciencias en 1906 ―donde conoció a Pedro de Alba y Enrique Fernández Ledesma, además de ejercer una primera etapa de periodismo político―, pasando por su estancia en San Luis Potosí hacia 1908, donde recibió la noticia de la muerte de su padre, con quien mantenía una relación compleja debido a su vocación literaria, hasta su participación en el juicio contra Francisco I. Madero en 1910 como testigo de Roque Estrada, se percibe una progresiva devaluación de ciertos ideales heredados. De hecho, el poeta constituye también un indicio del ocaso del matrimonio como institución social: su soltería perpetua se explica, señala el biógrafo, por circunstancias personales ligadas a la orfandad y a la precariedad económica de su familia.

Su instalación en la Ciudad de México ―donde, entre otras cosas, experimentó su sexualidad con prostitutas, tuvo una fallida carrera como político y vivió la Decena Trágica― profundizó no solo su culpa y nostalgia por un pasado idílico, sino también su aversión al régimen que estaba por consolidarse y consolidarlo. Tales sucesos ayudan a comprender la aparición de un poema peculiar como “La suave Patria”, publicado en junio de 1921 en El Maestro, revista dirigida por José Vasconcelos, como bien analiza Sol Mora en el capítulo correspondiente. Ese mismo ejercicio crítico lo realiza con La sangre devota (1916) y Zozobra (1919), para mostrar el desarrollo poético del autor desde su debut literario. Ambos títulos hunden sus raíces en autores como Francisco González León y Amado Nervo, leídos durante la adolescencia, aunque también se alimentan de un acontecimiento decisivo: el rechazo amoroso de Josefa de los Ríos hacia el joven Ramón, alrededor de 1904. Es posible, subraya Sol Mora, que Fuensanta ―la figura mítico-religiosa― naciera precisamente de esa herida. El autor propone entonces leer toda la obra lopezvelardeana como un cancionero dedicado a la eterna amada, con algunas excursiones temáticas, a la manera del petrarquismo. La publicación de Zozobra, poco después de la muerte de Josefa y en medio de los estragos de la Revolución, refleja ya el naufragio espiritual de un católico como Velarde, consciente del conflicto entre la modernidad y la fe. “Fuensanta y Jerez, el paraíso perdido de la niñez, se van haciendo uno solo, y el regreso convirtiéndose en uno de los más obsesivos tópicos” del escritor, como lo deja claro su célebre “El retorno maléfico”: “Mejor será no regresar al pueblo, / al edén subvertido que se calla / en la mutilación de la metralla.”

Tanto Ramón como sus poemas son fruto de una crisis colectiva y personal: así lo demuestran las más de cuatrocientes treinta páginas de investigación, acompañadas de notas, cronología, fotografías, apéndice documental, bibliografía e índice onomástico. Una nota final del biógrafo deja claro algo: hace falta un estudio de gran alcance sobre la fama póstuma de López Velarde, desde el momento en que fue reconocido por el régimen revolucionario hasta la derrota del partido oficial a comienzos del presente siglo. Una biografía del “poeta de la nación” permitirá comprender mejor los movimientos de la hegemonía alrededor de la literatura mexicana y los mecanismos de apropiación política de la poesía, con los cuales se entendería mejor la contemporaneidad.

El viaje emprendido por Sol Mora a través de la vida de Ramón López Velarde ―una travesía de más de treinta años, según recuerda al evocar su visita a la casa del poeta, hoy museo, en 1988― desemboca finalmente en una biografía destinada a ocupar un lugar central dentro de los estudios velardeanos. No solo porque devuelve espesor humano, político y espiritual a una figura petrificada durante décadas por la retórica cultural del Estado, sino porque consigue algo más difícil: leer de nuevo a López Velarde como un poeta vivo, atravesado por contradicciones históricas, sexuales, religiosas y afectivas que siguen perteneciendo a la modernidad. La sabiduría del corazón no reduce esa complejidad: la ordena, la ilumina y la vuelve inteligible mediante una investigación y una sensibilidad crítica poco común. Al terminar estas páginas queda la impresión de haber acompañado el derrumbe de una idea de México y de sus mitologías. El biógrafo demuestra que detrás del poeta nacional persistía un hombre incómodo para la épica revolucionaria: provinciano y cosmopolita, católico y moderno, carnal y culposo, nostálgico y ferozmente lúcido. Tal vez por eso su obra continúa resistiendo las apropiaciones ideológicas y conserva intacta su extrañeza. Gracias a este libro, la “suave Patria” deja de ser consigna escolar y monumento retórico para recuperar algo de su verdad más honda: la de una conciencia que hizo de la poesía una forma de disenso y del corazón una herramienta para atravesar la catástrofe de su siglo.

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