Revista de Crítica ISSN 2954-4904
Literatura


Mónica Sánchez, Amor caníbal. La erótica de la lectura, Universidad Veracruzana, Xalapa, 2025, 150 pp.


La figura del lector se ha visto acompañada por una serie de estereotipos que, aunque reduccionistas, evidencian algo importante: el cuerpo se implica en el acto de leer. Se ha dicho que el lector busca un espacio solitario para contar con una atención plena al texto; que acompaña el libro con una taza de café negro o quizá un cigarro; que hay libros para leer de pie o acostado; que nada es más excitante que abrir un libro viejo o nuevo y recorrerlo con el olfato. Todo esto agudiza la idea de que leer es una experiencia seductora y enteramente corporal.

En Amor caníbal. La erótica de la lectura de Mónica Sánchez, esta percepción se convierte en el eje central de la reflexión: el texto es pensado como un cuerpo erótico y la lectura como un ejercicio fisiológico atravesado por la seducción y el deseo. El libro, construido como un ensayo literario, se divide en 28 breves fragmentos que exploran, desde distintos ángulos, el vínculo del lector con el autor y la materialidad del texto. Estas entradas ensayísticas se ven intercaladas por breves narraciones y memorias que trasladan la reflexión a una esfera íntima. Aunque en ocasiones resultan prescindibles por el ya fluido y anecdótico tono de Sánchez, destaco la pequeña narración en la que un recuerdo de la niñez, quizá alterado, toma forma en una imagen de un convento de Castilla. En ella, Alfonso Fernández de Madrigal, El Tostado, lee a la luz de una vela; el lado de su rostro alejado de la llama aparece blanco, casi intacto, mientras que la mitad expuesta al fuego se oscurece y quema. Para Sánchez, este recuerdo infantil es la enseñanza de que la “lectura es una acción que causa placer (libertad) y dolor (sacrificio)”.

Esto no es muy diferente, por ejemplo, a las prácticas sexuales que dependen del dolor infligido en otros o en uno mismo. En “Raíz sumeria”, uno de los ensayos más sugerentes del libro, Sánchez rastrea la palabra escrita desde sus orígenes: aquella que acorta distancias y facilita encuentros cuando toma la forma de una carta, o la que cincela el amor y el sexo entre la diosa Ninlil y el dios Enlil en una tablilla de arcilla. Pero la escritura no solo une, también sustituye. Al volverse el medio privilegiado de la comunicación humana, la palabra escrita desplazó otras formas de representar la realidad. La imagen que Sánchez convoca es elocuente: los estudiantes sumerios que padecieron la imposición de la palabra escrita a través de la vara fustigadora. El placer de la lectura, como en el bondage, viene después del castigo, cuando finalmente el lector domina la palabra y puede permitir que la experiencia trascienda de la decodificación de signos a sentirla en el cuerpo como hambre, como un apetito que el texto satisface y reaviva al mismo tiempo.

Pero el deseo, en la lectura, nunca es de un solo lado. Para Barthes (El placer del texto), el texto es un objeto fetiche que desea al lector. Detrás del vocabulario, las referencias y la legibilidad, está siempre el autor; el autor puede estar muerto como institución, pero en el texto, de cierta manera, se le desea y necesita como él necesita del lector. Sánchez dialoga muy bien con esta idea cuando escribe “Devoramos libros, fagocitamos palabras, rumiamos versos o digerimos frases. Esta es una de las grandes alegorías en torno a la lectura: nos alimentamos de ella y, de cierta manera, en la acción nos merendamos al autor”.

La representación del cuerpo y el deseo, sin embargo, antecede a cualquier tecnología que hoy resulta escandalosa por la inmediatez y la masividad con que circula el deseo. El sexteo es transgresor porque el cuerpo es objeto de una moral que restringe su exposición y también, evidentemente, porque conlleva riesgos como la difusión no autorizada, el acoso y la violencia. Pero en “Sexteo y otras experiencias epistolares”, Sánchez medita sobre el sexteo como la necesidad de dos cuerpos anhelantes por contacto y en la carta erótica como un medio afrodisíaco en el que la distancia de dos amantes se acorta. Uno de los mayores aciertos en Amor caníbal es la precisión con la que las referencias históricas espejean nuestra actualidad y la convierten en solo una regresión: los explícitos grafitis en los muros de Pompeya donde se oferta sexo con nombre y apellido no son muy diferentes a los rayones con plumón en los autobuses o en los baños públicos; el fresco de la Casa de los Vettii donde Príapo se pesa el miembro erecto en una balanza encuentra su equivalente contemporáneo en las dick pics, y la correspondencia candente entre Joyce y su esposa podría ser el chat de cualquier pareja que está lejos y se extraña.

El sexteo, en ese sentido, no inventa nada, sino que hereda. Hablamos del mismo impulso antiquísimo de convertir el cuerpo en signo y el signo en cuerpo. Príapo no está pesando solo el falo, pesa el deseo mismo, la gravedad y el volumen de una sexualidad palpable. Sánchez formula esto con precisión: “No hay nada nuevo bajo el sol: ni los grafitis contemporáneos ni los creadores de misivas de alto contenido sexual y erótico escandalizarían a nuestros ancestros. Un lector ecuánime podría disfrutar de lo soez o podría desviar su lectura de esa senda, pero no condenaría la pornografía por el mero hecho de serlo”.

Mónica Sánchez logra que el ensayo tenga pulso y respiración; convierte la lectura y el signo en carne, habla del cuerpo como habla de la palabra: con precisión, con apetito y sin pudor, lo que no es un logro menor cuando se trata de un género que con frecuencia elige la distancia intelectual sobre la experiencia.

“Los cuerpos y textos existen porque respiran”, dice Sánchez en el ensayo “Respirar el texto (el cuerpo)”. Esta idea destaca en el libro por lo palpable que resulta el tejido (o el texto). La dependencia entre el cuerpo y el texto los hace indistinguibles el uno del otro, tanto que terminan siendo vaivenes ineludibles. Sánchez rastrea esta idea desde Anaxímenes, quien postulaba que el alma es aire, hasta Nietzsche, quien dotaba a sus obras de un aire fuerte, un aire de alturas para el que el lector debía estar listo. Leer, entonces, no es solo descifrar ni desear, es inhalar. Amor caníbal logra una anatomía compleja de la lectura, le coloca órganos y funciones: es la piel que roza el papel, el estómago que digiere al autor, los pulmones que inhalan el texto, el corazón que se acelera en el clímax de una novela. Nada de esto sería posible si el libro no estuviera vivo: “Nuevamente, se establecen poderosas conexiones semánticas entre el cuerpo del amante y del texto literario. Ambos intensifican nuestras vidas y desplazan la mesura. Un clímax textual puede detonar un clímax corporal y viceversa. Como sostenemos en estas páginas, hay lecturas pirómanas, que nos abrasan y nos agotan. Cuerpo y texto espejean en ese alimentarse el uno del otro”.

Cyrano de Bergerac es, en ese sentido, la figura que mejor condensa lo que Amor caníbal propone: es el amante que no puede ofrecer nada más que su aliento, voz y palabras, y que aun así logra seducir a su amante como ningún cuerpo habría podido.

El texto puede ser más cuerpo que el mismo cuerpo. En ese sentido, leer no es un acto inocente, es más bien un acto caníbal sin necesidad de la metáfora; quien lee, incorpora, absorbe, digiere. El lector que termina Amor caníbal lleva algo de Sánchez dentro y, Sánchez al escribirlo, ya ha anticipado y devorado al lector. La carne se hace texto para no desparecer, como los grafitis de Pompeya erigiéndose del suelo pese al tiempo y la destrucción; el texto se hace carne para poder ser tocado, como en la correspondencia de dos personas que mientras escriben ya pueden sentir la proximidad del destinatario y la contestación muy cerca de sus bocas.

Como todo buen ensayo, este libro nos deja con más preguntas que respuestas, pero sí con la certeza de que somos caníbales insaciables y presas eternamente devoradas.

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