Revista de Crítica ISSN 2954-4904
Literatura


Haruki Murakami, La ciudad y sus muros inciertos, Tusquets, Ciudad de México, 2024, 560 pp.


Simon Leys escribió que el trabajo de un crítico es salvar la obra de su autor (Leys lo ejemplificaba con el caso Quijote/Cervantes), yo, agregaría que el crítico literario debe, además, salvar la obra de sus lectores más entusiastas. El caso del escritor japonés, Haruki Murakami (1949-) es uno de ellos. Un caso similar al del filósofo rumano E. M. Cioran, quien tradujo su popularidad por incomprensión.

El lector de Haruki Murakami no puede se virginal, en el aire pululan una serie palabras que parecen sobrevolar sus libros: gatos, jazz, libros, música, y uno que otro elemento de la cultura pop. Sus lectores parecen dividirse en dos clases: los que buscan esas referencias en sus libros y lo aman por ello, y los que ya están cansados de esas referencias en sus libros y ven en cada libro un recalcitrante ejemplar sobre hombres solitarios, jazz, libros y mundos anómicos.

En su más reciente libro La ciudad y sus muros inciertos, el lector verá temas recurrentes, y para sus detractores, una historia ya contada y reformulada (El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas). No obstante, tanto el amante como el detractor se pierden en la superficie. En la novela (como en casi toda su obra) el lector despistado se puede perder en las paradojas de lo cotidiano. Cuando se pierda la señales serán evidentes, pues solo verá repetición y uniformidad. Reformulando un koan budista: solo verá coles de mercado, pero no verá al Buda. Asímismo, en la repetición, como señalan los budistas, se encuentra lo religioso; en lo uniforme, como señalan los antiguos sabios chinos, está el Camino (“Tao”). En la obra de Murakami encontramos todo lo anterior, si evitamos despistarnos.

En la La ciudad y sus muros inciertos se pueden ver a primera vista elementos de sus anteriores novelas: Un joven (sin nombre) experimenta la perdida amorosa. Su amiga (sin nombre), novia y única relación estable, ha desaparecido en una ciudad amurallada que existe en un mundo desconocido. Una ciudad con elementos familiares para sus lectores: una ciudad gobernada por una extraña lógica, con unicornios, gente sin sombra y “viejos sueños”. El narrador-protagonista se mueve entre dos mundos, cuyas fronteras se vuelven más difusas.

¿Qué se esconde tras esta repetición de elementos? Como nos recuerda Juan Arnau: “La repetición es el gran contratiempo, aquello que nos permitirá descubrir afinidades hasta ahora ocultas entre la lógica y la devoción, o dicho más concretamente, entre el silogismo y el rezo”. La repetición no es un aspecto baladí en las obras de Murakami. Al igual que en muchas obras anteriores el narrador-protagonista se mueve entre dos mundos: el visible (kenkai) y el invisible (yukai), o en palabras de Arnau, entre el mundo del silogismo y el mundo del rezo, es decir, entre el mundo de la lógica y el mundo onírico. La historia, como muchas otras del autor, aborda la limítrofe naturaleza del mundo. Es más, la historia de amor entre el narrador y la muchacha de sus recuerdos resucita el viejo amor limítrofe entre dos dioses fundadores del shinto (la religión autóctona del Japón): el drama divino de Izanagi e Izanami. Un amor donde Izanagi tiene que atravesar el Otro-Mundo para salvar a su amada, Izanami; en el caso de la novela de Murakami, este tiene que entrar a la ciudad amurallada:

“-Mi auténtico yo vive ahí-aseveraste un día-, rodeado por la alta muralla, dentro de la demarcación de la ciudad.

-Entonces, ¿quién es la chica que está a mi lado en este instante?-le pregunté. Asumí que era una cuestión pertinente, en función de lo que acababas de afirmar-. ¿No es la auténtica?

-No lo es. Lo que está aquí es una mera sustituta provisional, un remplazo, una sombra transitoria.”

Desde el inicio de la novela lo notamos: el equilibrio del mundo está fracturado. Una sombra habita el kenkai y el ser real el yukai. Este cualidad limítrofe es de capital importancia en la tradición shinto. Como indica Muraoka Tsunetsugu: “Mientras decimos que yukai es lo invisible, en lo que se piensa es en un mundo poseedor de una especie de substancia que sería como una especie de sombra”. En el shinto, el Otro-Mundo no habita en una dimensión lejana, es tan cercano como las sombras, como en una obra de Kumi Yamashita donde vemos ambos mundos superpuestos: el visible y el invisible (la sombra).

El protagonista también contiene características recurrentes de las obras anteriores de Haruki Murakami. Se mueve entre la resignación, la alienación y la derrota. Estos elementos, lejos de ser una crítica a la posmodernidad, en realidad parecen constituir una constante en la literatura japonesa moderna. Es más, después de la Segunda Guerra Mundial, Japón no puede mirar el mundo como antes lo hacía. Hay un mundo antes y un mundo después de la derrota japonesa. No es de extrañar que una de las novelas que marca este nuevo período sea Indigno de ser humano (1948) de Osamu Dazai. El Japón que Murakami vivió tampoco pudo salir de ese aire de derrota, de derrota de los ideales, de su irremediable fracaso. Haruki Murakami, en sus años universitarios vio el fracaso de las protestas de los 60’s. ¿Qué se puede hacer frente a la muerte de esos ideales? Quizás, como sus personajes, caer en la resignación y la alienación. Incluso en el Japón moderno esto se mantiene: “Tal era la desabrida imagen del Japón rural que se había extendido a todo el país. Supuse que la expresión ‘bucólica y colorida vida provincial’, antaño popular, debía considerarse en vía de extinción”.

Estas crisis del mundo visible (kenkai) se reflejan en el mundo invisible (yukai). Cuando el protagonista deje su trabajo en una editorial gris y empiece a trabajar en la biblioteca rural conocerá a dos personajes que se mueven por en esta geografía limítrofe: Koyasu, el fantasma-bibliotecario y “el muchacho del Yellow Submarine”, un savant. Estos personajes parecen moverse con naturalidad en esta bidimensionalidad, algo que tanto para el protagonista, como para los lectores de la novela, parece escaparse. El Otro-Mundo, esa ciudad amurallada, obedece a una lógica que para muchos lectores y críticos tiene pocos significados que descubrir. Ese otro mundo es un mundo fantástico, pero poco simbolico. Los habitantes de la ciudad amurallada se mueven y actúan sin consecuencias y sin fines. Incluyendo los unicornios: “-¿Por qué no tratan de resistirse a la muerte de alguna manera? -¿Por qué habrían de hacerlo? Así han vivido hasta ahora y continuarán haciéndolo.” No obstante, ese mundo parece liberador al protagonista y para el savant del Yellow Submarine. Es un mundo que parece obedecer las palabras del monje budista indio Asvaghosha, quien decía que hay que usar el lenguaje para liberarse del lenguaje. Así, del mismo modo, los habitantes del mundo amurallado purgan el sin-sentido de la acción y el trabajo en el mundo visible con trabajos y acciones en apariencia absurdos: quemar cuerpos de unicornios, cavar zanjas, ser bibliotecario en una biblioteca sin lectores, o leer “viejos sueños”. Cuando el protagonista regresa al mundo real nota el contraste: “Yo ya no era más que una pequeña rueda dentada dentro del engranaje  de una sociedad descomunal, una diminuta pieza de su maquinaria, una mera pieza intercambiable”.

En este mundo limítrofe, donde en apariencia no hay equilibrio entre el kenkai y el yukai, en donde parece que Izanagi no puede recuperar a Izanami, en donde las sombras y lo real han diluido sus geografías, en donde la lógica y lo alógico se fragmentan, si todo eso constituye el mundo limítrofe, ¿vale la pena hablar de muros, vallas, y limites? Haruki Murakami, a través del protagonista, recurre a la literatura para responder: “La literatura del colombiano García Márquez rehuía de las distinciones concluyentes entre vivos y muertos, y ponía en duda la separación entre realidad e irrealidad o la existencia de muros disociativos entre ambas. En mi humilde opinión, sin embargo, esos muros quizás existan. Mejor dicho, estoy convencido de que existen, pero son muros inciertos: tanto su rigidez como sus formas son relativas respecto al lugar y a a la persona y, por tanto, los  muros se alteran y modifican como si de seres vivientes se tratara.”

La novela La ciudad y sus muros inciertos de Haruki Murakami, y en gran medida casi toda su obra, se rigen por esos muros orgánicos que existen alrededor de la vida y la realidad: entre el protagonista y su amada, entre Izanagi e Izanami, entre lo invisible y lo visible, entre el kenkai y el yukai, entre el mundo real y la ciudad amurallada, entre los vivos y los muertos. La novela juega con sus muros y fronteras, los rompe, los diluye, los traspasa. El muro es incluso parte de nuestra naturaleza. El muro es la conciencia entre el cerebro y el cuerpo (“la conciencia es el apercibimiento del cerebro de su propia corporalidad”). ¿La repetición? Es el muro entre la lógica y la devoción, entre el silogismo y el rezo. La literatura de Murakami alienta a sus lectores a traspasar o franquear, esos muros, incluso si es lo único que podemos hacer en vida (“cuando nos rodean los muros, la aventura de toda una vida quizá consista en franquearlos”). Recuerda a Henri Michaux, quien con la ayuda de la mezcalina intentó dislocar “el singular campo atrincherado ocupado por el hombre y en donde este maniobra sus ideas”.

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