Revista de Crítica ISSN 2954-4904
Literatura


Jon Fosse, Trilogía, Seix Barral / De Conatus, Madrid, 2024, 160 pp.


En La condición humana, Hannah Arendt escribió: “Mediante el hijo es como si los amantes volvieran al mundo del que les ha expulsado su amor”. En la novela de Jon Fosse, Trilogía, una pareja de amantes regresan al mundo: “Asle y Alida caminaban por las calles de Bjørgvin, Asle llevaba al hombro dos hatillos con todo lo que tenían y en la mano la caja con el violín que le había heredado su padre Sigvald, Alida llevaba dos bolsas de comida, y hacía horas que daban vueltas por las calles de Bjørgvin buscando alojamiento, pero parecía imposible alquilar nada en ningún sitio…”. Así inicia una novela donde el amor, el hijo y el mundo son los tres protagonistas de esta historia. El trasfondo es tan íntimo como conocido: una pareja joven intenta encontrar refugio en un mundo hostil mientras espera un hijo.

Trilogía, de Jon Fosse, es un libro que debe leerse casi en voz alta. Las palabras de Fosse están hechas para ser escuchadas antes de ser comprendidas. En esta historia, el autor nos muestra los hilos y los nudos que se entretejen cuando se habla de amor y de arte. Dividida en tres partes: “Vigilia”, “Los sueños de Olav” y “Desaliento”, la obra está acompañada constantemente por la música: “pero ahí está la canción, una canción que debe ser lo que llaman amor, de modo que se conforma con estar presente en la música y no quiere existir en ningún otro sitio…”. Se suma otro elemento: la ciudad de Bjørgvin. Una de las ciudades más importantes de Noruega y epicentro de toda la historia de Fosse. No es un elemento más. En esta pequeña gran fabula que nos narra Fosse hay ecos de la tradición cristiana. Fosse, católico practicante, toma Bjørgvin como espacio donde se interceptan los elementos cuasi-místicos de la novela. Noruega, poseedora de un imaginario mitológico impresionante, adopta las imágenes judeocristianas sin perder las propias. Su análogo se conjuga en Olaf II el Santo (995-1030), el último vikingo, el primer cristiano, primer rey de Noruega y primer santo de dicho país (cuya iglesia honorífica se encuentra, precisamente, en Bjørgvin).

Lo anterior lo vemos representado de forma silenciosa en la novela. Arrojados al mundo de la manera más heideggeriana posible, Asle y Alida se enfrentan a él con una oscura inocencia. Como si se tratara de un oscuro cuento de hadas, viven en la pobreza material y en la riqueza etérea del arte. Un violín, un legado musical y la promesa de un hijo son todo lo que posee esta pareja adolescente. Es imposible no escuchar, en el trasfondo, la natividad de Belén. No obstante, para Fosse no es lo divino lo que salva, sino el Amor. Es un poder que se vuelve inmanente y panteísta conforme se va desarrollando la novela.

Establecidos en las afueras de Bjørgvin, la joven pareja encuentra refugio en el arte (“… pero por qué justamente les había tocado a ellos el destino de ser músicos, eso no lo sabía el padre Sigvald, claro …”), en el amor (“… y Alida le pone la mano en el muslo, y él toca y toca y su música llega más allá del cielo y es más cielo, porque Asle y Alida se conocieron anoche”) y en el hijo (“… y Alida dice duerme, mi amor, vuela, mi niño, solo vive, solo toca el violín, mi niño, y entonces vuela por el reluciente fiordo azul y sube por el cielo azul”). Las vicisitudes de los personajes delimitan sus fronteras con el mundo y marcan los límites de su pequeño Reino del Amor. La afirmación del “Reino del Amor” no es una exageración. En Trilogía vemos claras referencias de que el Amor es el corazón de un mensaje que solo puede ser dado a través de la música (el violín de Asle, de su padre Sigvald), así como el nazareno transmitía el Amor a través de la Palabra.

No es de extrañar que la historia de Fosse tenga estos ecos neotestamentarios, como afirmaba Gaston Bachelard (en línea con C. G. Jung): las imágenes son capaces de secuestrar nuestro imaginario colectivo y personal. Es más, la propia historia —el cuento de hadas más influyente de Occidente— inicia con el desarraigo. María, la madre del Niño, debe su existencia al nomadismo. Como dice el filósofo italiano Massimo Cacciari: “En los idiomas de Occidente ella es ‘llena de gracia’ esencialmente porque gesta formas y caminos, porque solo peregrinando por ellos le fue dado florecer. Caminos terrenales, siempre, así como de carne es su niño”.

Tal como lo mencionó Hannah Arendt, el hijo es el camino de regreso al mundo. Los amantes regresan, y el camino terrenal los ilumina con su oscuro rechazo. No hay lugar en el mundo para la inocencia de los habitantes del Amor. Los “llenos de gracia” están condenados a recorrer todos los caminos, a explorar todos los terrenos, lejos de casa, lejos de Bjørgvin.

Del mismo modo que Asle fue condenado a ser músico, Alida está condenada a generar vida. Alida, como María, “comprende lo que le costará participar en la vida de lo que ha concebido, a pesar de que solo lo comprende cuando medita, ve o intuye el destino que deberá compartir”. Asle en cambio, como su padre, “no tenía nada, nada en absoluto, lo único que tenía era el violín y a sí mismo, además del maldito destino de músico, dijo padre Sigvlad…”.

El padre sobrevuela con la música; marcha hacia los lugares adonde el sonido de su violín lo lleve. La música, como la voz de los ángeles, los guía y los eleva por encima de su realidad. La esperanza, en la novela de Fosse, es algo numinoso. No obstante, el desarraigo los impulsa a huir de lo terrenal. La música los hace “volar”, flotar y ser livianos. Suben al cielo: tanto Sigvald, como Alse y Alida. Los amantes no pueden vivir en el Bjørgvin terrenal, tienen que sobrevolarlo: “solo el violín, mi niño, y entonces vuela por el reluciente fiordo azul y sobre por el cielo azul…”. Una escena que recuerda a los eventos del nazareno: “Luego Jesús los llevó fuera de la ciudad, hasta Betania, y alzando las manos los bendijo. Y mientras los bendecía se apartó de ellos y fue llevado al cielo” (Lucas 24, 50-51). Los amantes, terrenalmente, se ven rechazados constantemente por los demás. Recuerdan los versos de Rainer Maria Rilke: “pues pequeños en un país inmenso / —casi una nada-, al acercarse a los templos / estallaron los dioses, traicionados, y perdieron el entendimiento”.

A diferencia de otras obras suyas, como Septología, aquí no hay necesidad de Dios. Lo divino en Trilogía es el Amor. Un Amor que se mueve en los fiordos como un espíritu: inocente, oscuro y luminoso. Una condena y un destino como lo fue la música para Sigvald y para Alse. Una contradicción que el propio autor reconoce en diversas entrevistas: “Sé que la buena literatura, el buen arte, traen luz a la vida, aunque sea la luz de las tinieblas, de las tinieblas luminosas, si se me permite decirlo así”.

Trilogía es una canción en tres partes sobre el Amor: un Amor que mueve, destruye, oscurece, ilumina y construye. El nacimiento es producto de ello. Dirá Hannah Arendt: “el nacimiento de nuevos hombres y un nuevo comienzo es la acción que son capaces de emprender los humanos por el hecho de haber nacido”. Igual que una pieza de violín. Asle toca su instrumento y todos volamos por el fiordo.

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