Laura Sofía Rivero (antologadora), Doce certezas mientras tanto. Ensayos para especular, Universidad Autónoma Metropolitana, Ciudad de México, 2025, 130 pp.
“¿Sabías que el ensayo murió en 1951?”, le preguntaba hace un par de meses a alguien. En seguida ofrecí la fuente del dato: Juan Marichal anunciaba la defunción del género en las páginas de Orígenes, la célebre revista dirigida por José Lezama Lima y José Rodríguez Feo. Las causas: “el decaimiento liberal, la uniformización de la prensa y la desaparición de las revistas de literatura.” Afirmación irónica, pues algunos años después el mismo Orígenes se desintegraría, la recupero porque, entre su fatalismo, el crítico español conjuró rasgos notables para ese “cajón de sastre” literario. Quiero decir: cuando se advierte una pérdida de la autonomía, algo pasa (o debe pasar) en la escritura de la individualidad por excelencia. Lo pienso a raíz de Doce certezas mientras tanto. Ensayos para especular, una antología de escritores reunidos gracias a la labor de Laura Sofía Rivero.
En su introducción, la antologadora advierte que, “cansada de cierta tradición lúdica del ensayo”, ha sentido la necesidad no solo de “escribirpensando”, sino de imaginar y “pronunciar el pensamiento” a partir de preguntas a ratos irresolubles: “¿Si he muerto y no me he dado cuenta, a quién le pregunto la hora? ¿Qué pájaros dictan el orden de la bandada cuando vuelan? ¿A quién le puedo preguntar qué vine a hacer en este mundo? ¿Si se termina el amarillo con qué vamos hacer el pan?”. Partir de la curiosidad más elemental: qué pasa si, por qué sucede esto, quién, cómo y dónde. Los ensayistas convocados tienen total permiso para irse por la tangente, con dudas y respuestas difíciles de dar por clausuradas. ¿Para qué? Afirma Rivero: “cualidad que, a mi parecer, no resulta menor en tiempos como los nuestros en los que disponemos de pocos espacios para pensar con absoluta libertad, pues algo siempre detiene nuestro paso; ya sea el rigor bibliográfico y la citación compulsiva de la escritura académica o la vergüenza de pecar de ingenuidad o la necesidad de mantener una reputación o el miedo de caer en un malentendido que nos lleve a la ruina.” Algo de esto me suena a Marichal. Me detengo, entonces, en la segunda razón-de-ser de esta antología: “Contemplé a algunas personas que comparten el gusto de leer ensayo como cualquier otra invención literaria. Y quise que el libro resultante pudiera funcionar, en sí mismo, como una respuesta tentativa a una pregunta que no me han hecho pocas veces: la de qué ensayistas coetáneos desearía que se leyesen más.” Resulta, así, interesante observar, leer y preguntar por este ejercicio generacional de escritores en México: qué los une o separa, a quiénes leen, por qué escriben.
Doce han sido los elegidos para conformar el presente volumen: Anuar Jalife Jacobo, Adrián Chávez, Sofía Saravia, Elisa Díaz Castelo, Cynthia Fernández Trejo, Liliana Muñoz, Jorge Comensal, Eduardo López Cafaggi, Génesis Jezabel Guerrero Gutiérrez, Diego Courchay Priego, Debra Figueroa y Mariajosé Amaral. Hay afinidades claras, algunas descritas en las breves y simpáticas semblanzas que anteceden a los textos, por ejemplo: todos son mayores de treinta y menores de cuarenta y cinco años; la mayoría ha recibido apoyos del PECDA, del antiguo FONCA o de la Fundación para las Letras Mexicanas; más de la mitad son originarios del Estado de México y de la Ciudad de Mexico; cuentan con estudios superiores y realizan actividades laborales fuera de la escritura ensayística ―algunas son guionistas o traductoras; otros, críticos literarios, investigadores o docentes―. Son pocos quienes no cuentan con algún libro publicado, aunque sus obras circulan en antologías. Entre los seleccionados hay premios de literatura, así como responsables de revistas de alcance nacional e internacional. En suma, el trabajo de selección de Rivero no responde únicamente a un gusto personal (no del todo), sino a una mirada atenta del campo literario contemporáneo (o solo de un círculo).
Los textos, de variada extensión, aparecen sin un orden aparente; acaso solo evitan la repetición consecutiva de los adverbios en los títulos. El primero, “¿Son malvadas las impresoras?”, de Anuar Jalife Jacobo, explora el “carácter maligno” de estos artefactos que se creerían extintos bajo el régimen digital imperante, pero que, frente a la renuente realidad mexicana del archivo y de la burocracia, continúan entre la población haciendo de las suyas. Como bien apunta el autor: “Estudiantes presurosas, oficinistas al borde del colapso nervioso, madres afligidas, desesperados docentes: todos en algún momento de nuestra vida hemos sido víctimas de los caprichos de estas máquinas.” Adrián Chávez, en cambio, se pregunta “¿Por qué nos peleamos con extraños en Internet”, una reflexión que, por momentos, se embarca en un análisis pseudosociológico del fenómeno, pero que encarna con claridad el ejercicio ensayístico: la cita literaria, la ironía, la anécdota, la crítica social. La confrontación se dirige, pues, como síntoma de una época marcada por la exposición constante del yo y la fragilidad del diálogo público. Esto se confirma de inmediato con “¿A dónde van los seres virtuales que mueren”, de Sofía Saravia, quien comienza jugando con la forma epistolar para derivar poco a poco en una introspección sobre lo poshumano y el tecnofeudalismo. Prevalece así lo virtual como territorio identitario del escritor.
“¿Por qué las cigarras pasan diecisiete años bajo tierra?”, de Elisa Díaz Castelo, es ―a mi consideración― uno de los textos más bellos del volumen. Reflexión atravesada por referencias literarias, científicas y mitológicas, el ensayo no pierde la veta poética reconocida de la autora para explorar una forma alternativa de medir el tiempo: el ciclo vital de la cigarra. Muy distinto es el caso del breve testimonio de Cynthia Fernández Trejo, “¿Quién dijo que nos haría felices el yoga?”, que, si bien aborda el carácter performativo ―tan caro a estos tiempos― de la meditación, se limita, frente a otros trabajos, a la anécdota. Caso contrario es “¿Por qué contamos siempre las mismas anécdotas?”, de Liliana Muñoz, donde esa “asistente incondicional de fiestas y reuniones, prima hermana del chisme”, se convierte en materia de un texto lúdico que no renuncia a interrogarse por la necesidad humana de contar.
Los tres ensayos siguientes dialogan no solo entre sí, sino con el conjunto, en tanto comparten una preocupación por la relación del presente con el pasado. “¿Seremos los caballos de este siglo?”, de Jorge Comensal, parte de la fotografía y de la mirada para interrogar el destino humano ―evito decir futuro,porque la pregunta misma lo sugiere― frente a la crisis ambiental, el capitalismo y la inteligencia artificial: “cada vez que interactúo con la pantalla me siento como un caballo que transporta el combustible informático de las máquinas que van a sustituirlo.” Eduardo López Cafaggi, en “¿Por qué discutimos con nuestros padres?”, pasa de largo la relación filial para adentrarse en los relevos generacionales y sus fricciones. ¿Cuál es la contemporaneidad de los contemporáneos?, pareciera preguntarse entre líneas: su simulación como categoría temporal, su carácter ficticio, respondería Diaz Castelo. A través de una vasta bibliografía, López Cafaggi encalla en el ensayo como forma privilegiada de esa inconsistencia; como el propio Montaigne escribió: “Nosotros, y nuestro juicio, y todas las cosas mortales, fluimos y rodamos incesantemente.” Este mismo fluir aparece en “¿Alguna vez nos rendiremos ante la mugre?”, de Génesis Jezabel Guerrero Gutiérrez, texto dividido en cuatro partes cuyo hilo conductor es una práctica reforzada por la pandemia del COVID-19: la limpieza del hogar. Tema que, en manos de la autora, se desborda hacia otros ―las redes sociales, la identidad, lo femenino, la castidad― hasta advertir a la higiene como un fenómeno plenamente cultural.
Este tipo de cuestionamientos lleva, por ejemplo, a Diego Courchay Priego a tratar de definir lo que significa un hogar en la actualidad. “¿En dónde vives?” parte de que la pregunta misma, por su “don de incomodar” y su vaguedad, no admite respuestas genéricas, y conduce al autor a un ejercicio de introspección que pone en crisis nociones como pertenencia y estabilidad: “El problema no son las preguntas, sino lo que colocamos detrás: las implicaciones que traen consigo, las asociaciones que le siguen a pie juntillas y que a alguien más no le pasarían por la cabeza.” Debra Figueroa, a su vez, en “¿Por qué sigo jugando Melate?”, retoma el sendero del testimonio y se apoya en la anécdota y la ironía para pronunciar el pensamiento en un estado elemental pero crítico. El volumen cierra con “¿Y si no volvemos nunca?”, de Mariajosé Amaral, donde el esparcimiento ―del cuerpo y de la escritura― permite que la referencia literaria, la imagen poética y el hartazgo contemporáneo confluyan en un mismo punto: “Todo es señal para quien está constantemente en proceso de búsqueda.” El yo se levanta como zona de duda y de insistencia.
La portada ―un joven Montaigne sentado en un parque, absorto en el scroll infinito― anticipa con ironía una idea central de las escrituras aquí reunidas. Para el ensayista contemporáneo, mirar la pantalla del ordenador, del teléfono móvil o incluso del reloj inteligente, no le evita apreciar su reflejo; como un Narciso, está obligado a hundirse en la liviandad de su pensamiento y de su época. Deja de ser imposible no verse y pensar(se) en esa superficie luminosa de cristal líquido. En este sentido, Doce certezas mientras tanto es el lugar de reunión de un grupo marcado por acontecimientos y procesos culturales concretos ―becas, premios, redes sociales― que han desarrollado tanto trayectorias personales como afinidades electivas. Hay vasos comunicantes evidentes: lecturas compartidas de ensayistas como Fabio Morábito o Roland Barthes; diálogos con la literatura, pero también con disciplinas científicas y filosóficas que amplían el campo de especulación. El libro se inscribe, además, en un momento de auge del ensayo (literario, creativo, no académico, especulativo, el apelativo puede variar) que responde a la necesidad de construir certezas tentativas y personales, propias del género. Pienso no solo en ediciones como El ensayo publicadas por la UNAM, sino también en blogs, revistas literarias, talleres y hasta en los reels, donde el pensamiento busca nuevas formas de circulación. La labor de Laura Sofía Rivero cumple su cometido: presentar ensayistas que ya inciden en el panorama literario de México y que, todo indica, continuarán haciéndolo en los próximos años ―incluida ella misma, por supuesto―. Queda, mientras tanto, su lectura.