Revista de Crítica ISSN 2954-4904
Literatura


Yasunari Kawabata, Tamayura, Seix Barral, Buenos Aires, 2024, 190 pp.


Cuenta Donald Keene en su libro La literatura japonesa que lo que Japón tomó de China fue profundamente filtrado y modificado. Por ejemplo, en Japón nunca hubo un confucianismo ortodoxo a diferencia de Corea; es más, podríamos decir que en Japón nunca hubo “ortodoxia” de ningún tipo ni de ninguna corriente. Japón pudo tomar a China en sus propios términos y más adelante, tras el llamado del comodoro Perry a la modernización, a Occidente.

Yasunari Kawabata (1899-1972) es uno de esos autores que han sabido fusionar el Japón antiguo con el moderno. El Japón que conoce el Occidente. La obra literaria de Kawabata aborda una preocupación constante entre los autores japoneses que vivieron antes de la guerra y en la posguerra. Esa preocupación consiste en: ¿Cómo conciliar el Japón del pasado con el de la modernidad? En pocas palabras, ¿Cómo dar unidad a un Japón de la era Showa (1926-1989)? Una unidad nacional que, tras el militarismo y el protectorado estadounidense, había perdido vigor. No fue el único: Osamu Dazai, Masuji Ibuse, Junichiro Tanizaki y Yukio Mishima abordaron el fenómeno occidental en Japón y cómo tras la guerra se había extendido con violencia. El Japón tradicional era un recuerdo en la generación Showa.

Tal como la Radiación de Fondo de Microondas (CMB) es el eco lumínico del Big Bang (el presunto origen), así, en las obras de Kawabata podemos ver los ecos del pasado. Uno de estos ecos del pasado es la reedición de las obras de Yasunari Kawabata  por Seix Barral (una reedición muy esperada y muy reconfortante al saber que por fin nos despedimos de las portadas ukiyoe que, casi siempre, eran obras de Kitagawa Utamaro). También ha habido novedades editoriales como la publicación de textos inéditos, entre ellos: Tamayura. El libro es una colección de relatos breves.

Los relatos que se reúnen en este libro estuvieron dispersos en distintas revistas literarias de la época, como detalla en el prólogo Tana Oshima. Son cuentos escritos y publicados entre los años 1951 y 1956, en plena posguerra. Lejos de los escombros y de las ruinas, las historias de Kawabata, a primera vista, reflejan el valor de lo cotidiano, la dulzura de los objetos y la delicada fragilidad del andar humano.

No se deben sacar conclusiones precipitadas de este libro: el libro no es un mero escapismo a los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Kawabata, consciente de la frágil naturaleza del ser humano, aborda sus relaciones. Relaciones frágiles y delicadas. El amor es una constante en las obras de Kawabata. El amor es la comunicación entre el mundo, las personas y los objetos. Tal como se ve en el cuento “Luna en el agua”: “Mientras estuvo vivo, su marido no utilizó los espejos para ver la huerta del jardín, sino también para contemplar el cielo, las nubes, la nieve, las montañas distantes y el bosque cercano, la luna, las flores del campo y las aves migratorias. Dentro del espejo, la gente paseaba por las calles y los niños jugaban en los jardines”.

El amor es una fuerza creativa. Según el libro Kojiki (712) y el Nihonshoki (720), Izanami e Izanagi crean las islas japonesas y los “kami”. Aunque Izanami muere y el descenso al Yomi termina en traición para Izanami, la fuerza de la unión sigue operando: se crea la muerte y se crea la vida. Para Kawabata, al igual que para gran parte de la tradición japonesa, esto es algo que ocurre todos los días y a la vista de todos. Así lo describe en el cuento “Luna de otoño”: “ ‘Nacen niños cada día’. Al igual que no es frecuente que uno pronuncie palabras tan obvias, ver cómo las flores de trébol japonés cobran vida a la luz de los coches de la mano de una muchacha joven es algo que no creo que vuelva a repetirse en esta vida”.

La literatura de Kawabata se puede definir como inclinada a Tsukiyomi (la Luna), a diferencia de su discípulo y contemporáneo Yukio Mishima (1925-1970) quien era más inclinado a Amateratsu (el Sol) y a Susanoo (la Tormenta). La Luna tiende a la contemplación, a lo efímero, a las artes y a la introspección. El Sol al mundo activo y casi patriótico del Sol Naciente; la Tormenta a la violencia y la destrucción. La Luna con esta carga mitológica era bien conocida por Kawabata:

Abrí el periódico vespertino para ver el pronóstico del tiempo y me encontré con texto sobre ‘la luna y el conejo’ escrito por un especialista en literatura clásica japonesa. Al parecer, en el Soji [Chu ci] del siglo IV antes de Cristo ya se decía que había un conejo en la barriga de la luna. El poeta Haku Rakuten [Ba Juyi] de la era Tang escribió que ‘el conejo blanco prepara en el mortero una medicina’. Con ‘medicina’ se refiere al elixir de la vida eterna. También en el Enanji [Huainanzi] del siglo II antes de Cristo hay una mención a un sapo que vive dentro de la luna y se lo come, y otra leyenda cuenta que una mujer llamada Joga toma en secreto el elixir de la vida eterna que su marido recibió de Saiobo y huye a la luna.

En el sintoísmo, entre Amateratsu y Tsukiyomi hay un equilibrio en el mundo, que no un determinismo. El azar en el mundo siempre tiene cabida. Esto se ve en el cuento “Una pequeña primavera en el invierno”: “Encontrarse por azar es algo que no ocurre así como así aunque dos personas se amen, sobre todo en Tokio que es tan grande como el destino -dijo Tatsuyoshi pensativo-.” Más adelante otro personaje menciona: “¿Y qué podremos hacer para toparnos uno con el otro al azar.”

Como auténtico esteta a lo Ogata Korin o Honami Koetsu, la obra de Kawabata está llena de intervalos (間, ma). En el cuento “La canción del lirio” se ejemplifica cabalmente: “La verdadera abundancia no consistía en no tener que elegir o no tener que ser comedido. El auténtico lujo era lograr una armonía de la cabeza a los pies con un número limitado de cosas”.

Finalmente en el cuento homónimo del libro, “Tamayura”, se puede percibir con claridad el hincapié que hace Kawabata en el pasado, en la Antigüedad. Aquí la arqueología se conecta con el presente cotidiano, a través de “magatamas” del período Jomon (14.000-300 a. C). El cuento dialoga con el Manyoshu (759) y juega con la palabra “tamayura” y sus significados (he aquí la destreza lingüística de Kawabata). “Tamayura” es “tama” (bola) y “yura” (balance); es el sonido que hacen, según la protagonista, los “magatamas”, pero en varios poemas del Manyoshu la palabra significa “instante”, Una palabra que puede describir a la perfección la obra del escritor japonés. Para Kawabata la eternidad es un instante, o mejor dicho, cada instante es una escena de lo eterno. Por eso los ecos del pasado siempre resuenan: “Imaginé a la gente de la Antigüedad llenando esos collares. ¿Escucharán el ‘tamayura’ cuando se movían las piedras en sus cuerpos?”. Hay más: “Me pareció que el ‘tamayura’ era el sonido entre el mundo de los vivos y el de los muertos”.

“Tamayura” es el sonido del instante, el pulso del pasado en el presente:

Volví a sacar el magatama del bolsillo, esta vez no para intentar mirar a través de él como había hecho en Akasaka-mitsuke, sino para colocarlo a trasluz. En aquel verde interno que parecía de otro mundo se escondía una profunda melancolía que también era de otro mundo. En la Antigüedad, los muertos se llevaban sus magatamas a la tumba. Mucho después de que sus cuerpos se descompusieran y apenas quedaran huesos, los abalorios de jade continuaron resplandeciendo sin perder su forma original, hasta que un día los extrajeron de las tumbas y tres de ellos acabaron en las manos de Naoko para emitir un sonido sutil similar al gorjeo de los pájaros. Recordé el ‘tamayura’ que acababa de oír esa mañana frente al retrato de Naoko.

Podemos concluir con Antonio Cabezas que, en su libro La literatura japonesa, se refiere a la obra de Kawabata del siguiente modo: “Sin filosofar jamás de un modo explícito, Kawabata expone genialmente su fe en la fuerza de la realidad: lo que existió una vez, existió para siempre”.

Publicar un comentario