Revista de Crítica ISSN 2954-4904
Literatura


Rubén Bonifaz Nuño, Rubén por nosotros, Fundación para las Letras Mexicanas / UV / UNAM / El Colegio Nacional / El Equilibrista, Ciudad de México, 2023, 244 pp.


No para aburrir al lector con los percances de mi vida, sino por amor a la honestidad del crítico, comienzo esta reseña confesando que Rubén Bonifaz Nuño nunca ha formado parte de mis clásicos. Pasé con admiración las páginas de De otro modo lo mismo, su primer gran tomo de poesía reunida, y fueron sus traducciones mi puerta de entrada a Virgilio y Ovidio, pero no he agotado su obra ni la he releído con la obsesión que sí le he tributado a otras del siglo XX. Este relativo desconocimiento podría descalificarme para opinar; en esta ocasión, quiero creer que ocurre lo contrario. El propósito expreso de Rubén por nosotros es presentar al poeta veracruzano a “las nuevas generaciones”; quiero pensar también que, a los veintiún años, aún formo parte de este grupo. Por lo tanto soy —en teoría— un lector ideal para este libro.

Pero ¿qué es este libro? De los cientos de páginas de poesía que Bonifaz Nuño escribió, fueron seleccionados tres volúmenes: La muerte del ángel (1945), El manto y la corona (1958) y La flama en el espejo (1971). Aunque se incluyen también varios poemas sueltos, y unos pocos textos en prosa, estos tres me parecen la espina dorsal de la antología y su principal atractivo. Porque, como es posible intuir solo fijándose en los años de publicación, estos tres títulos corresponden también a tres momentos distintos del poeta; o, mejor, a tres poetas opuestos.

En una entrevista llegó a decir que los poemas no se hacen con palabras, se hacen con ritmos. Hay ritmos, formas vacías, que por su atracción gravitacional llaman a las palabras y las van colocando en aquella música no hecha para que se vaya haciendo. No sé si existe un testimonio mayor de este credo que su primer libro, La muerte del ángel. Me permito copiar íntegro el primero de los diez sonetos que lo conforman:

Si nace de tus manos y es oscura

la angustia de sentirme atardecido;

si sueño, si por ti me es concedido

hacer eterna y fácil mi amargura;

si es evidente mi dolor y es dura

tu voluntad de verme oscurecido

como el viento de noche sucedido

entre su arteria vegetal madura,

te puedo dar, como si fuera tarde,

una sola palabra, y retornar

a lo perfecto que en mis manos arde.

O dejarte llegar inesperada

hasta tu misma voz, adelantar

y hacerte nula ante la sombra dada.

Este poema —y los sucesivos— pertenecen a esa clase de poesía elaborada con un oído tan sensible que la música nos atrapa antes de que siquiera podamos preguntar por el sentido. Lo que no significa que el sentido sea pobre, o que no exista. Los sonetos forman un ciclo en el que poeta dialoga con la misma poesía, la invoca, la siente cerca o lejos: “te amo y estoy sin ti. Ven, poesía. / La soledad te busca en mis sentidos”. 

El mayor enigma lo constituye el ángel del título, que aparece ligado a la poesía pero no se identifica con ella; el texto los trata como a dos seres distintos. En mi lectura, el ángel es la materia informe que permite la creación del poema pero que necesariamente “muere” cuando este termina de escribirse —y resucita:

Muere el ángel. Su cuerpo se hace oscuro,

y se vuelve de tierra florecida

para nacer después, sereno y duro.

Resucita, y con él su canto, pero en una nueva forma: prisionero en el “lirio del silencio”, que es acaso la escritura. Él, que es canto, se ha cedido a la más callada de las tecnologías. 

Creo en esta interpretación, pero no confío en que sea la única ni la “correcta”. La cito únicamente como una manera posible de leer un libro tan complejo como es La muerte del ángel. Complejo, pero no frustrante ni imposible: ofrece un gran reto y a la vez un gran deleite, que es el de estos endecasílabos majestuosos, pulidos hasta la perfección, este uso tan rico de las palabras que conocemos: “Mi sangre viene amanecida”. No fue mi caso, porque llegué a Bonifaz Nuño mucho más tarde que a otros poetas, pero intuyo que este es uno de esos textos excepcionales que tienen el poder de revelar una sensibilidad incipiente, de abrir una puerta luminosa para un lector nuevo: “¡ah, esto es la poesía; de esto se trató siempre!”. Como sabemos todos, estos momentos de “eureka” no son tan frecuentes como desearíamos.

El manto y la corona es un volumen diferente, casi antitético al anterior. Se trata de treinta y cuatro composiciones escritas a modo de silva, una forma métrica menos rigurosa que el soneto. Como en el primer libro de Bonifaz, todas comparten tema, pero el tema esta vez no tiene nada de abstracto ni misterioso. Es el amor, el amor de siempre por una dama que adquiere dimensiones maternales (“Supe de ti también por la segura / dulce presencia de mi madre”) y aun divinas.

Y todo se te entrega, y en tu mano

reposa el mundo como una manzana,

y eres, al fin, dueña y señora,

inatacable ya, de lo que existe.

Estos versos solo pudo producirlos un verdadero espíritu medieval, poseído por el amor cortés. Todo en el poemario lo confirma: los menores gestos de la amada se vuelven hermosos, “necesarios”; sus pertenencias (“un cabello robado, […] un pañuelo / con pintura de labios”) se tornan objetos de fetichista devoción; ella misma es coronada incontestable reina.

La lectura de los poemas se da sin obstáculos, como un paseo por la llanura. No hay acertijos aquí, no se asoma ni siquiera una referencia culta. El libro va pasando revista a los tópicos y lugares comunes de la poesía amorosa, subvirtiéndolos o aceptándolos tal cual. Preferir a este Bonifaz o a otro dependerá en gran parte, imagino, del temperamento particular de los lectores. En mi caso, mi poca disposición a lo muy sentimental no me vuelve inmune a esta clase de declaraciones apasionadas e ingeniosas:

Es tan amargo, oscuro, pobre

lo que miro al dormir, que mentiría,

no sabes cuánto, si dijera que eres

la mujer de mis sueños.

Es común que convivan, en un mismo poemario, versos de ilusión con otros despechados, e incluso composiciones dirigidas a diversos amados o amadas. No es el caso de este, que es una ofrenda íntegra para una sola mujer, genuino cancionero petrarquista. (Aunque sin ese momento final en el que el amante, como Petrarca, se desdice de todo y promete consagrarse a la religión). Es la instantánea de un sentimiento en su auge, el autorretrato del amor cuando aún es capaz de creerse eterno.

Y al amor has podido

—entregándote, amando, consintiendo—

vencer, tú, la vencida, la entregada.

Lo hiciste cosa tuya, tu instrumento

de poder, tu corona, tu bandera

ya para siempre victoriosa.

Los aficionados a Los demonios y los días, otra colección fundamental del autor, recordarán el sentimiento de angustia e impotencia que allí se expresa ante las arduas tareas de la vida. Ese mismo poeta pesimista y cabizbajo es el que encuentra aquí, por un minuto al menos, la redención.

No obstante lo dicho, debo admitir —una vez más, por amor a la honestidad del crítico— que hay algunos lugares en el libro en los que la idealización desmedida me obliga a girar los ojos. Estoy pensando en el poema número treinta y tres, en el que el amante se regocija imaginando el futuro embarazo de su amada:

Sentada muchas horas, protegida

por una lumbre transparente,

mientras tu vientre enorme se acomoda

sin pedirte permiso,

pesada y dulce sentirás que nada

fuera de ti tiene importancia,

y coserás y tejerás cantando.

Quien no se atragante con estos versos disfrutará aun más de El manto y la corona que yo.

Resta por comentar La flama en el espejo. Al principio uno no sabe si esperar al cantor enigmático y melancólico de 1945 o al apasionado y humilde de 1958; pronto resulta evidente que no es ninguno de los dos, aunque está un poco más cerca del primero. Poema largo —cincuenta y dos páginas en esta edición— dividido en treinta y ocho partes, la mayoría de ellas tituladas a partir de las grafías del alfabeto español —excluyendo la w e incluyendo dígrafos como ch o ll— y las restantes numeradas del uno al diez. Nueva e inesperada métrica, combinación heterodoxa de eneasílabos y decasílabos, La flama en el espejo desconcierta porque no ofrece demasiadas pistas —no pistas fáciles, al menos— y llega a ser realmente sibilino:

La cuadrúple boca ensangrentada

me interroga; oscura losa triple

sobre dispuestos hombros pesa.

De corazón me pierdo; nuevo

de corazón, me alcanzo. ¿En dónde?

se endurece la cera, en dónde

se vuelve en pabilo de diamante?

Junto a esto, La muerte del ángel es un poema transparente. El reto no está —como en Góngora— en desenredar una sintaxis pavorosa, ni tampoco —como en Gorostiza— en penetrar en el opulento vocabulario del autor, que deslumbra y confunde. El reto está, a mi ver, en ligar entre sí estas palabras y conceptos conocidos, pero que parecen no tener relación alguna. ¿Por qué la boca es “cuadrúple” mientras que la losa es solo “triple”? ¿Qué significa estar “nuevo de corazón”? ¿Y qué demonios importa el lugar en el que la cera “se vuelve en pabilo de diamante”? ¿Hay un simbolismo oculto, o la clave del poema es otra y solo estamos perdiendo el tiempo?

A grandes rasgos, me parece seguro afirmar que La flama en el espejo trata sobre el ciclo de la vida y la muerte, y en particular sobre la fuerza incesante que renueva a ambas, y con ellas al universo:

Hay un asombro de silencio

cuando su espíritu derrama

sobre las cosas, y hace leve

la gravísima piedra, y toca

y anima lo oscuro, y transubstancia

como en la mesa de la cena.

[…]

Sin pesar ni miedo ni desdicha,

vencedora sin tregua, ejerce

alta y humilde los secretos

de la resurrección; la clave

de la vida inmortal preserva.

Este tour de force colosal y hermético impone respeto de inmediato por su ritmo grave y su tema cósmico; no me apasiona, sin embargo, tanto como los otros dos, y aun me atrevo a afirmar que está peor logrado. Su solemne música tropieza; hay versos que, para decirlo sin rodeos, suenan mal: “Y enmudeces, alma, te silencias / al querer decir lo que sus ojos / desde su pecho entimismaron” (énfasis mío). Es notorio también el uso reiteradísimo —que yo quiero llamar abuso— de ciertas figuras literarias como el polisíndeton, es decir la proliferación de conjunciones. Por ejemplo:

Y se ofrece al bienaventurado

gozo que la requiere, y muéstrase

paciente, dulce y accesible.

O más aun:

Y surge desnuda, y se desnuda,

y el enigma ciego en las afines

palomas de la luna, aclara

junto a su pecho cristalino;

y dentro de las cosas lee

y comprende —plácida— y descubre. 

No faltan aciertos y genialidades en estas estrofas que cito —¿de qué poeta hablamos, después de todo?—; para comprender mi punto el lector debe imaginar el efecto de leer cincuenta y dos páginas de recursos e imágenes que se repiten, con escasa sensación de progreso. Quizá la necesidad de escribir un apartado por cada grafía en el alfabeto llevó a esta prolongación excesiva; yo habría sugerido —si mi sugerencia importara— una concienzuda poda aun al costo de quedarse en la k. Si me equivoco, me lo harán saber mis propias relecturas y las de las nuevas generaciones.

Como dije, se incluye también una pequeña selección de otros poemarios (Los demonios y los días, Fuego de pobres, El corazón de la espiral, etcétera) y un puñado de textos en prosa, que ilustran sobre todo al Bonifaz humanista y estudioso de los clásicos. Sostengo que reseñar Rubén por nosotros es principalmente reseñar estos tres libros. ¿Con qué imagen total nos quedamos, entonces? Si tuviéramos que decir quién fue Rubén Bonifaz Nuño solo con base en estas páginas, ¿qué diríamos?

Como siempre, existen tantas respuestas como lectores. Yo diría que fue un poeta enamorado de la forma, de esas formas vacías que lo llamaron desde el abismo y lo invitaron a bailar, a hacer música con las palabras. Por eso no se conformó con ese endecasílabo con acento en sexta, domesticado desde el Siglo de Oro, sino que buscó —como antes que él los modernistas— la conquista de estructuras hostiles y complicadas. Pese a ello, no renegó de su tradición ni se olvidó de ella; fue consciente a cada paso de que él mismo no hacía más que repetir, con suerte renovar, emociones y fórmulas tan viejas como la especie humana. No permitió que esto lo frenara y le hizo feliz llamar a su oficio una paráfrasis, un perpetuo decir “de otro modo lo mismo”. Más que aspirar a una obra perfecta, aspiró a una obra humana. Supo cantar al amor después de haberle cantado al polvo y la miseria de la urbe. Comprendió tal vez eso que han comprendido pocos, y que se halla cifrado en una sentencia de Gorostiza: “En poesía, como sucede con el milagro, lo que importa es la intensidad”.

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