Pilar Fraile, Las leyes de la caza, Candaya, Barcelona, 2025, 224 pp.
Se caza en grupo, en manada, y las piezas sueltas de un rebaño corren el peligro de convertirse en presas. Un niño ha desaparecido en un entorno rural y se lo busca afanosamente: “La táctica de caza consiste en agotar a la presa, persiguiéndola hasta que su captura se hace posible. El control y la disciplina en la manada son fundamentales para que esta caza en equipo tenga éxito”. ¿Es ese niño la auténtica pieza de caza? Esta es la pregunta que nos formula una y otra vez Pilar Fraile en su novela Las leyes de la caza.
En la batida que abre la narración se perfilan sus protagonistas. Oliver, el niño al que todos buscan, es protagonista in absentia, y pone cuerpo al vacío alrededor del cual se compone la novela, como en una danza de fieras salvajes en torno a un cráter que se expande sin pausa. Jana, la madre, busca al hijo desconsolada en la inercia de su propia búsqueda: la de un relato que le permita reconocerse. Junto con ellos, la narración queda ceñida por una naturaleza tupida y sombría: “El bosque se va cerrando a cada paso y, a medida que suben, a la luz le cuesta colarse entre la vegetación”. Lo mismo sucederá con la verdad a medida que avance la novela.
La búsqueda de relato lleva a Jana a la Comunidad, un grupo cohesionado, enigmático, turbio y sectario que hubiera resultado fácil retratar en términos llanamente grotescos, pero que se basa en principios que aglutinan inquietudes que realmente nos desasosiegan. Un relato nada complaciente que plantea la búsqueda del absoluto como trampa: la de imaginar que pueda haber una respuesta total que nos rescate del charco de angustia en el que boqueamos. El sentido de la historia humana, de las relaciones entre la mente y el cuerpo, del lugar de conocimiento en nuestra conducta moral, son algunos de los lugares a los que apunta George Steiner al referirse a esta búsqueda en Nostalgia del absoluto. Será esa nostalgia la que lleve a Jana a convertirse al relato aparentemente cohesionado de la Comunidad en un ejercicio de voluntad consciente que toma, como tan a menudo, un cariz religioso. En su vulnerabilidad, Jana se convierte en otra pieza de caza.
RaymondChandler se refirió al género policial como a un mundo “experto en degenerados”, y todo el que aparece en el entorno asfixiante de este thriller es potencialmente tramposo, insidioso o está perturbado; es difícil llegar a discernir quiénes son los degenerados, y es que Pilar Fraile juega con la adscripción al género y con su ruptura. Lo subvierte en lo esencial: entender quién es la víctima y quién el verdugo, y como un péndulo, nos hace oscilar de una convicción a otra, de una suposición a otra, para no dar nunca con la hora exacta de la verdad. En ese ritmo, la desaparición de Oliver es detonante de los instintos y espectros de los seres que lo rodean, reabre heridas personales y comunitarias. Otro ritmo y otro tempo es el del deseo, más dilatado, igual de insistente, y siempre en el tapiz de fondo del noir. El deseo aparece aquí en el capitalismo libidinal del que Jana se convence que desea huir con ayuda de la Comunidad, pero esta ofrece una respuesta precaria a una pregunta mal formulada.
En un clima que recuerda por momentos al de El bosque, la película de M. Night Shyamalan, el silencio es un inmenso zumbido siempre presente, cercano al miedo, al secreto, a la incertidumbre y lo prohibido: “Algo feroz se esconde bajo ese silencio del río, algo que se le ha metido en la corriente, como si fuera un pájaro que ha anidado en su interior”. Y a este silencio opresor se opone el ruido estridente de los medios, que a su vez determinan el relato de los hechos. La verdad resultará ser en sí misma otra gran pieza de caza: presa de los medios y la opinión pública, convertida en audiencia de un espectáculo sensacionalista, debe amoldarse al orden establecido para adquirir legitimidad: “Nuestra función es encontrar la versión de la verdad que sirva para mantener el orden”, explica la comisaria encargada del caso a su joven ayudante.
El bosque, por fin, es ese bosque de los cuentos de hadas, el bosque de Bruno Bettelheim, en el que se alojan la transgresión, el peligro, el secreto y el misterio. Y dentro habita el lobo, con su capital simbólico, y que es, además, sujeto político en el que colisionan dos visiones del mundo contemporáneo: cazadores vs. animalistas, rivalidad que sigue alimentando el espectáculo sin fin de una caza que hace tiempo perdió a su presa.
La caza, la manada y sus reglas, la función de cada elemento de la tribu, lo salvaje y la imbricación de lo humano en el reino natural son constantes en la obra de Pilar Fraile, que ya escribiera sobre ello, especialmente en Especie (Bartleby, 2023) y Larva seguido de Cerca (Amargord, 2012). En estas obras, escritas en este caso en forma de poemarios, el eje que articula la investigación estética es la pregunta por lo que nos hace especie, comunidad, animales y humanos. Lo humano y lo animal, desde su escala microscópica, atraviesan la obra de Fraile, y conviven con la naturalidad con la que cohabitan el asco, la muerte y la sangre en el ciclo eterno de nacimiento y renacer del orden natural. El contacto de los niños con la violencia en la matanza del cerdo, su visión de los cuerpos animales despellejados que chorrean sangre o su juego sin miramientos con las patas de los insectos en el vertedero son instantes de cotidianidad narrados con cercanía en Cerca. Lo cotidiano da sentido a la violencia de la naturaleza y hace respirar los ciclos del orden natural.
La función de cada elemento es diáfana y al mismo tiempo se confunde y superpone con el resto, porque todo se transmuta en otro en el drama de violencia, descubrimiento y alumbramiento que se juega sobre el escenario de la tribu; sea este el entorno agreste y la zona vallada de la Comunidad en Las leyes de la caza, el pueblo de la infancia recuperado en Especie, o el campo material y mítico que recrea Cerca. En la naturaleza hay violencia, pues, pero no maldad ni estulticia, que quedan relegadas al terreno de lo humano, parece decirnos Fraile. Tal vez sea la cuestión de la naturaleza humana la última vuelta de tuerca de la pregunta inicial: ¿Es ella, también, pieza de caza? La pesquisa queda abierta al lector, pero, en palabras de Hitchcock, “un vistazo al mundo prueba que el horror no es otra cosa que la realidad”. Y en ella nos movemos, en este mundo de degenerados al que llamamos ficción.