Carlos Ferráez, Mapas inútiles, Almadía, Ciudad de México, 2025, 178 pp.
Yo también quise tener un bar. No uno junto a la playa, a la que detesto tanto como al verano, pero sí un lugar en el que pudiera controlar la música, la decoración y el ambiente. El sueño de tantos adolescentes que entran a la juventud con la soberbia de la originalidad, hasta que comprenden que a la contabilidad poco le interesa lo único, lo exclusivo. Otro anhelo recurrente a esa edad es el de agarrar un auto (prestado o alquilado, robado incluso), juntar a un par de amigos y aventarse a la carretera llena de promesas, con el único destino de dejarse sorprender por lo desconocido. Pero jugar a ser el nuevo Kerouac no es sencillo, y el roadtrip es un asunto que funciona mejor en la literatura que en la realidad. Mapas inútiles, la segunda novela del escritor Carlos Ferráez (Ciudad de México, 1990), funciona precisamente porque toma del género tan solo lo necesario para construir algo más complejo.
La novela introduce a José Ángel, un personaje consciente de lo arquetípica de su génesis: “Y solo me quedaba la opción de caer en el molde de desadaptado, hijo rebelde, hijo sin padre, hijo de padre ausente. Un clásico de la literatura y la silver screen”. Tal vez, por esa misma consciencia, logra burlar el cliché y comportarse como un chico promedio, apenas problemático como cualquier otro, entre una madre protectora, una hermana cariñosa y un padrastro presente y respetuoso. Es Paula, a quien se niega a llamar media hermana porque es “un término que pretende revelar algo incompleto, a medias, una imitación o un remedo”, la que le presenta un libro hallado en la casa y escrito por un tal Emiliano Ugarte; y entre la sorpresa por la faceta literaria de ese hombre y el temor por leer el libro, José Ángel se aventura, en un guiño acertado al Juan Preciado de Rulfo, a la búsqueda del padre en un pueblo perdido, a través de mapas inservibles.
La novela crece con la aparición de otra narradora más allá de José Ángel, y se inicia un contrapunto en el que ambas voces alimentan la historia desde sus propias perspectivas. Itzel, lejos de ser un personaje secundario o un Sancho que balancea la carga de un Quijote, es un catalizador por sí misma. Ferráez sale adelante en el reto de la bifonía narrativa a pesar de que el lenguaje de las voces presenta coincidencias, pero la soltura de José Ángel a través del humor (por momentos ingenuo) contrasta con el fraseo más prolongado y reflexivo de Itzel. A la larga se trata de dos estudiantes chilangos, contemporáneos, con la misma dosis de pretensión y un sinfín de referencias en común, un par de extraños dispuestos a converger. El paralelismo entre los narradores también se ve en las estructuras familiares, y así como José Ángel cuenta con su padrastro Pedro, su hermana Paula, su madre y un padre inexistente, Itzel lidia a su vez con un padre violento, un hermano mayor emancipado y una madre ausente desde que decidió no soportar más los abusos. Con el contrapeso de voces, el autor también logra desvelar la candidez de los personajes, que recién empiezan a descubrirse el uno al otro: “Le pregunté a José cómo estaba y cómo llevaba lo de su papá y él me contestó algo muy lindo sobre enterarse de que su papá es un hombre alto”; y más adelante, desde la perspectiva de él: “Itzel se sentó sobre mis piernas y lanzó sus brazos sobre mi cuello […] Le dije que me sentía bien, que me parecía bien saber que mi papá es alto, que nunca, en tantos años, había pensado en su estatura, quiero decir, que no le había conferido corporalidad y eso ahora me parecía extraño”.
Uno de los epígrafes del libro abre el diálogo entre Mapas inútiles y el universo de Bolaño a través de la actitud de sus personajes, la curiosidad literaria y artística, e incluso la aparición de breves fragmentos de Los cosmonautas del fin del mundo, libro de Emiliano Ugarte que funciona como metatexto. Incluso la motivación detectivesca del viaje que Itzel y José Ángel emprenden hacia Tampico, en busca de Emiliano, o conocer algo más sobre su vida, se siente como un guiño a la famosa novela del escritor chileno, pero Ferráez logra con habilidad desmarcar el foco del trayecto, del paisaje y la aventura, y generar una capa de profundidad en la que los dos narradores se enfrentan con sus respectivos fantasmas. Desde el inicio mismo del viaje José Ángel tiene claro que es a sí mismo a quien quiere encontrar: “Yo era ese güey que había ido en un auto prestado, con una morra que acababa de conocer, hasta una ciudad en la que nunca había estado a buscar al padre con el que nunca había hablado. Ese era yo, y en ese puesto de tacos, cuando pasó esa sensación, me sentí en paz con la incertidumbre”. Itzel concluye también, en una epifanía de honestidad, que nada ajeno a ellos mismos los define: “Pienso que los papás están sobrevalorados […] Yo conozco al mío y te puedo decir que no te pierdes de nada”. El gran acierto de Mapas inútiles es valerse del recurso y la estructura del roadtrip para entregarnos una novela de personajes que, a la vez que se descubren el uno al otro, se buscan a sí mismos en las neblinas del pasado.
Por supuesto que en la novela hay un viaje. También hay tacos y enchiladas, caguamas y mezcal, un Tampico con sus avistamientos extraterrestres. Humor fino, otro flojo, y situaciones absurdas que les suceden a los personajes; características que forman parte de su estilo y que fueron ya visitadas por Ferráez en su primera novela, el coming-of-age El ciempiés bicéfalo (Editorial Zaíno, 2022), un texto que sigue a Sebastián en el paso a la adolescencia, al interior de un México marcado por la violencia normalizada, el clasismo y la hipocresía. El cinismo, el humor y la fijación por la taxonomía (animal y social) llevan a Sebastián a moverse entre la invisibilidad y la posibilidad de reinvención. Todo este entramado es un instrumento que el autor utiliza para hacer andar la historia, no para definirla. Y en esto también acierta pues logra alejar la narrativa del exotismo o de la idealización de espacios, elementos y personas que transitan por la novela. Itzel misma lo sintetiza, y concuerdo con ella, cuando se pregunta: “¿No que México era surrealista? Yo lo veo bien normal y costumbrista”.
Estamos, en síntesis, ante una novela que no teme decepcionar a quien busca en ella una cartografía de aventuras rocambolescas, misteriosas y delirantes, y que sabe recompensar a quien persigue un texto honesto y sin pretensiones, construido por dos vulnerabilidades que se fortalecen en la simpleza de sus certezas: “Pero era verdad, la situación podía ser terriblemente simple, tengo un papá que nunca quiso saber sobre mí y eso es todo”.
Carlos Ferráez traza entonces un plano continuo entre texto y metatexto, a través de la sutileza poética de una mano sobre un hombro, para dejarnos en un territorio cualquiera, consciente de que todo mapa resulta inútil cuando lo que se busca no es un lugar, sino a quien lo recorre con la mirada.
¡Excelente lectura del camarada Juan!