Hiram de la Peña, El árbol de la sombra fría, Ciudad de México, Tierra Adentro, 2023, 77 pp.
Una zona limítrofe es el espacio donde dos ámbitos se unen y se separan al mismo tiempo. Así como una frontera conecta y divide dos territorios nacionales, la delgada línea entre la ciencia ficción (centrada en las implicaciones del desarrollo científico o tecnológico) y la ficción especulativa (preocupada en imaginar variaciones del presente o las posibilidades del futuro para cuestionar lo social, político y humano) marca el lugar donde gravitan los cinco cuentos que conforman El árbol de la sombra fría del escritor mexicalense, Hiram de la Peña.
A este libro ––el primero de su autor–– lo antecede una serie de cuentos publicados en distintos medios electrónicos y antologías literarias. Textos como “Tragicomedias y verdades” (2018) o los reunidos en Vacunas contra la poesía (2020) ––una antología que reúne relatos cortos de escritores norteños–– ya dejan entrever algunos de los intereses que el autor desarrollará con mayor amplitud en esta su ópera prima, tales como el humor, la crítica social y una inclinación por lo fantástico. El volumen, publicado bajo el sello Tierra Adentro, reúne esos elementos y los articula con mayor precisión. Así, en El árbol… no solo hallamos una versión más madura de su autor ––cuentos con mayor extensión y ambición narrativa, ya desprovistos de una lógica moralizante, un elemento presente en su obra temprana––, sino también una declaración de principios sobre las posibilidades de la literatura norteña.
Y es que, en palabras del escritor, “ya todos saben que el norte es violento, pero lo que se dice de acá va más lejos que los relatos del narco”. Esta es una frase esbozada apenas inicia el primer relato de esta colección. No es coincidencia: ninguno de los cuentos de El árbol… obedece a los grandes temas del norte: el narcotráfico, la violencia o la migración. La apuesta es distinta: la oralidad, el desierto, la banalidad de lo cotidiano y la frontera. Elementos propios de la literatura norteña, pero en coexistencia con imaginarios típicos de la ciencia ficción y la ficción especulativa. No es casual, en este sentido, el epígrafe de Daniel Sada ––“la abstracción malsana de las mentiras dichas con aire de verdad”––, cuya obra se distingue por una prosa marcada por la oralidad, y que aquí no solo sitúa los referentes literarios del autor, sino que parece anticipar el papel que tendrán los rumores y relatos colectivos a lo largo del libro.
Sirva como referencia el cuento homónimo. En él encontramos la historia de una comunidad que transmite y modifica el relato de Doña Eva, una mujer de la tercera edad que asegura haber visto caer del cielo un robot espacial. El relato se reproduce a través de múltiples personajes, de modo que el lector vacila ante la imposibilidad de determinar cuál ––si alguna–– constituye la versión verdadera. “El ocio ––señala el narrador––, herramienta e insumo vital para el desarrollo de los chismes, inunda los predios de esta subregión de México. Las historias vuelan con el polvo que se levanta de los caminos de terracería”. El texto, que se anuncia como parte de “un muestrario de humor y ciencia ficción”, en realidad define el matiz limítrofe del libro: cuentos que toman prestados elementos de la ciencia ficción como detonantes narrativos, casi escenográficos, que se disuelven en el paisaje y el cotidiano norteño. En “El árbol…”, por ejemplo, el robot funciona apenas como punto de partida narrativo, mientras el núcleo del relato se concentra en la oralidad y en la forma en que una comunidad preserva y transmite sus historias.
“Cervecería Polvo Lunar” sigue una lógica similar, pues acudimos a la construcción del mito de un cervecero alemán quien, se sospecha, es en realidad un extraterrestre. Aquí el lenguaje especulativo y de ciencia ficción se hace presente, pero es mera excusa para esbozar un retrato humorístico y pintoresco del norte del país, al grado de que el relato desemboca en un corrido que amalgama ambos registros: “muy buenas tardes, señores / vengo a cantar un corrido. / No se me asusten ni espanten, / que es la verdad lo que digo. / Rumbo pa San Felipe, / se apareció un ovni, amigos…”.
La oralidad no solo se presenta como una cuestión de fondo, sino también de forma. El uso recurrente y eficaz del lenguaje coloquial atraviesa la mayor parte de los textos: “por ahí el hijo de alguien que logró irse a la ciudad a estudiar psicología dijo que era posible que uno olvidara cosas […] Pero la gente decía que, primero que nada, qué eran esas mamadas de irse a estudiar psicología y no derecho o medicina, con tanto malandro y enfermo en el ejido”. Este manejo del lenguaje ––voces que remiten con naturalidad al habla cotidiana–– dota a los relatos de El árbol de la sombra fría de una verosimilitud tal que los robots espaciales y los cerveceros extraterrestres dejan de parecer imposibles.
En contraste, el cuento que más se apega a los códigos de la ciencia ficción, “La ciencia dura”, resulta el menos logrado del libro. A diferencia de otros relatos donde los elementos cienciaficcionales se diluyen en el paisaje y la oralidad, aquí los registros del género (viajes espaciales, misiones exoplanetarias, la existencia de un sistema solar internacional, etcétera) ocupan el centro del relato y, salvo por algunos comentarios autoparódicos sobre ser joven en un país de pocas oportunidades, dejan en segundo plano la dimensión oral y cotidiana que distingue al resto del volumen.
Uno de los relatos más logrados es “La tormenta del desierto”, un cuento doblemente norteño y especulativo, ya que imagina un futuro cercano para evidenciar las tensiones sociales del presente. En él nos situamos en el México de 2032. Ha entrado en vigor la nueva ley de sustentabilidad, orientada a reducir la contaminación, y que ha derivado en el cierre y prohibición de asados y rosticerías. Aquí la crítica a las instituciones y políticas públicas es contundente. Cuando las taquerías de la ciudad han cerrado por incumplimiento a la ley, el autor critica la doble moral institucional: mientras los pequeños negocios son clausurados, los intereses de las grandes industrias permanecen intactos. ¿No es ese futuro, en realidad, nuestro presente? Basta ver cómo se nos exige responsabilidad individual ––como ahorrar agua, no usar popotes–– mientras el desastre ambiental de la industria no solo tiende a permanecer impune, sino que se incentiva.
Con todo, El árbol de la sombra fría es un libro que gravita en dos esferas distintas, pero complementarias. Es una obra inmersiva: robots, extraterrestres, ovnis y especulaciones en un escenario desértico, cervecero y de calor “termonuclear”: el norte de México. Así, se trata de una obra queno debe leerse como un libro de ciencia ficción en sentido estricto, a pesar de presentarse como tal. Los lectores acérrimos del género se hallarán, aquí, frente a la pared del desencanto. Pero en ello radica su mayor virtud: obliga al lector a abandonar las expectativas de dicho género y a habitar lo limítrofe. Es también una constatación: que en el norte ––como en cualquier latitud––, la escritura no se somete a un repertorio temático predeterminado.