Gemma Pellicer, Mar de fondo, Jekyll & Jill, Zaragoza, 2025, 144 pp.
En el último mes he visitado un par de librerías que disponen de una sección dedicada al trabajo. Entiéndase, a una reflexión teórica acerca de la institución del trabajo. No sé si este aumento del corpus crítico ha venido acompañado del declive de la narrativa empresarial. Por razones políticas —y, sobre todo, estéticas— espero que así sea. Que una librería reserve un estante al trabajo dice mucho de su horizonte ideológico; que logre llenarlo únicamente con libros en español y publicados en los últimos diez años indica que algo está cambiando en nuestra relación con el trabajo.
No me sorprende esta avalancha de publicaciones. Pienso en Trabajos de mierda, de David Graeber; La abolición del trabajo, de Bob Black (del que existe también una edición en cómic); la aparición, en España, de Exiliados del tiempo lento, de la mexicana Vivian Abenshushan; las reediciones de El derecho a la pereza, de Paul Lafarge; o, más recientemente, El derecho a las cosas bellas, de Juan Evaristo Valls. Lo que sí me desconcierta es que este interés no haya alcanzado la literatura con igual o mayor intensidad.
Aunque Mar de fondo trata cuestiones que atraviesan la existencia más allá del estricto entorno laboral, el marco de la novela de Gemma Pellicer es el trabajo. Porque facilita el desarrollo de ciertos arcos narrativos, sí, pero también, sospecho, porque en la oficina o en la fábrica o en el restaurante ocurren cosas. Habida cuenta de las horas que dedicamos a ganarnos el pan, me inquieta que buena parte de la ficción contemporánea continúe poniendo el foco en ese espacio ilusorio y limitado que es el tiempo libre, donde la jornada laboral queda reducida a la elipsis o al servicio de la caracterización o de la trama. Historias con personajes que trabajan, pero a los que nunca vemos hacerlo. Pellicer no ha escrito una novela sobre el trabajo —o no únicamente sobre el trabajo—, pero hay que reconocerle la intención de su mirada al devolverle a la literatura la centralidad que este tiene (aunque no debería) en la vida.
El alcance de la mirada de Pellicer es en realidad mucho más largo. En apenas 144 páginas se atreve con una sucesión de temas y enfoques que sorprenden al lector al comprobar la brevedad del texto en que se inscriben. Cuarentaiséis capítulos cortos, poblados de multitud de personajes e historias, construyen una narración coral, narrada desde distintos puntos de vista, que indagan sobre la vejez, los cuidados, la virtud, la migración, las relaciones familiares, laborales, la salud mental, lo que es y lo que parece ser.
¿Y de qué trata entonces Mar de fondo? Marina Fortuny es una empleada del sector de la hostelería. Después de “una larga baja por depresión tras sufrir acoso en el hotel en el que había trabajado durante una década entera” consigue entrar a trabajar como maître en el Japonés, un restaurante en el que se encargará de “llevar los pedidos a las mesas, orquestando con cuidado el servicio de ocho camareros fijos, yendo y viniendo a la vez”. Además, Marina también cuida a su abuelo, el Capitán, cada vez más dependiente, quien desde la muerte de su esposa no ha querido saber nada de cuidadoras o residencias.
En líneas generales, la trama de la novela bascula entre tres ejes: Hotel, Capitán y Japonés. Mientras que el hotel representa el lastre de un pasado con el que Marina está aprendiendo a convivir, el abuelo, en su persistencia por existir de manera autónoma, evidencia las necesidades de un presente frágil y finito. El Japonés, en cambio, abre la posibilidad del futuro, un lienzo en blanco que permite vislumbrar un horizonte en el que, por definición, tampoco queda excluida la repetición del pasado. Estos tres ejes funcionan como un juego de contrapesos que dota a la historia de tridimensionalidad, como si nos permitiera observar una escultura desde distintos ángulos.
A pesar de su brevedad, la novela está plagada de multitud de personajes secundarios que contribuyen a perfilar una de las preguntas troncales de la novela: ¿por qué ciertas personas encuentran regocijo o placer en degradar a otras? ¿Por qué tantas buenas personas estrechan “lazos con tipos y tipas que solo conciben las relaciones de poder y sometimiento; sin importarles otra cosa que el ejercicio de su autoridad”? Pellicer someterá a todo un casting de personajes a la querencia y antojo de “gente dispuesta a cualquier vileza”, en una exploración del comportamiento humano que trata de trascender un contexto específico.
Así, tenemos a Julio, la pareja de Marina, que ha experimentado y presenciado a lo largo de su vida las vejaciones de Federico, el padrastro maltratador, “un niño de 90 kilos, mimado y déspota, que reclamaba la atención de [su] madre a todas horas”, “la clase de persona que lo saca de sus casillas al margen de cuanto haga”, que busca “hacer daño a toda costa como distracción y mero entretenimiento”. Federico también (o, sobre todo) somete a Teresa, la madre de Julio, y a su hermana, Lucía. Esta última, a su vez, lo ha vivido con Adela, una de sus parejas, quien “ejercía demasiada ascendencia sobre ella”.
Pellicer se sirve de todas estas subtramas para explorar ese elemento que tantas relaciones parecen tener en común y que está en el origen de la jerarquía, la dominación, el control, el poder. ¿Qué características tiene el dominador? ¿Qué comparten los subyugados? Aunque son más interesantes las preguntas que la novela plantea que las respuestas hacia las que Pellicer solo apunta, hay ciertas tesis más o menos explícitas en el texto que no dejan de tener implicaciones.
De Marina, sabemos al principio del texto que es “demasiado buena chica para un entorno caracterizado por el oportunismo y el trabajo mercenario, por la vileza propia de hacerse todo ‘porque lo digo yo’. […]. ‘Demasiado educada y orgullosa’”. Julio, por su parte, es “generoso. Extremadamente cordial”. A Lucía la vemos en distintas escenas como una persona atenta, sensible, preocupada por la familia. En la novela de Pellicer existe una correlación entre la integridad de sus personajes y el sufrimiento al que se ven sometidos: “¿Qué clase de país era el nuestro?: ¿uno donde las virtudes se cuestionaban como si fueran un lastre?”, leemos en las páginas iniciales.
Además del acoso laboral en el hotel por parte de los jefes de departamento, Marina, ya en el Japonés, tiene que enfrentar otra situación violenta que despierta viejos fantasmas. En esta ocasión, un trabajador roba dinero del restaurante, sembrando así dudas sobre la protagonista, recién llegada y responsable de cerrar la caja. Aunque con un desenlace distinto, la escena reproduce en cierta medida la vivida tiempo atrás en el hotel, en la que los jefes de departamento se ensañaron con ella por no querer hacer la vista gorda ante un robo continuado de existencias.
De algún modo, pareciera que la novela, explícita en algunas de sus formulaciones, deja poco espacio a los puntos ciegos y la ambigüedad. Los personajes buenos, íntegros, virtuosos, apenas tienen defectos que puedan tenerse en consideración. Los malos, corruptos, interesados, con Pedro a la cabeza entre los jefes de departamento, son personajes monocromos cuya maldad destaca por encima de cualquier cosa y que dicen cosas como “a falta de otro desahogo, minarla nos llenaba de regocijo”. Creo que la misma brevedad del texto con que Pellicer se siente tan cómoda (hasta ahora ha venido cultivando el género del microrrelato) juega en su contra al negarle la oportunidad de desarrollar a sus propios personajes, encarnar su maltrato, sus heridas abiertas. Las humillaciones descritas en Mar de fondo se sienten en ocasiones como una historia lejana que ya se ha contado varias veces. El ser humano ha encontrado tantas maneras de infligir dolor, a veces tan sutiles y particulares, que creo que Pellicer ha perdido una oportunidad de narrar la especificidad del de Marina, pasando por la superficie de situaciones más o menos genéricas. Tanto más podría decirse con respecto al antagonista, a quien apenas llegamos a comprender más allá de la manifiesta voluntad de poder.
Sospecho que es esta misma apuesta por la brevedad la que conduce a Pellicer por otros callejones de difícil salida, relacionados con la ambigüedad y puntos ciegos que mencionaba líneas atrás. Cuando Marina dice “me espanta y asombra a partes iguales la impunidad con que actúan” o “a veces, es justo lo que ocurre: que los demás ven cómo tu jefe directo sospecha de ti y, por tanto, ellos también deciden hacerlo” o “¡qué ciegos estamos la mayor parte de las veces; qué dispuestos a creernos lo que nos convenga a cada rato! Y, sobre todo, ¡qué manejables y crédulos somos!” es como si explicara el mismo mundo que está tratando de construir.
Y cuando no lo hace, funciona muy bien.
Porque es en lo que no se dice donde se esconde una lectura mucho más sugerente. Una de las tesis que recorre el libro tiene que ver con aquella vieja pregunta de Platón acerca de qué es más conveniente, si ser justo o parecerlo. La experiencia de Marina, a quien observamos caer en el pesimismo a lo largo de la novela, parece confirmarle que, en efecto, la virtud jamás podrá ante la presión del grupo: aquel que parece justo se alzará para gobernar sobre quien lo es. Así, leemos: “porque por algo somos los responsables, y tanto da que las cuentas no cuadren si tampoco nos van a pedir cuenta alguna. Tanto da, en efecto, que sea el resto o la tonta del bote de Marina quienes paguen los platos rotos. Se cree muy lista esa chica, pero no ha entendido todavía que no va a poder con nosotros. Porque somos mayoría, y punto”. Esto parece claro en el caso del hotel. Un poco menos en el del Japonés. Aunque ambas historias tienen fuertes resonancias, en el asiático, la verdad, y con ella la virtud, termina por imponerse a las apariencias, en una suerte de pequeña victoria moral.
No quiero terminar la reseña sin mencionar otra cuestión de cabal importancia. Del mismo modo que Mar de fondo no es una novela sobre el trabajo, tampoco es una novela sobre la salud mental. Sin embargo, ambos temas atraviesan toda la historia y tocan algunas teclas interesantes. ¿Por qué medicalizar el acoso? ¿Por qué Marina vive con culpa y secretismo la medicación? ¿Por qué esa reticencia consciente por disfrutar de un derecho laboral como la baja médica? De forma consciente o no, la novela nos invita a preguntarnos qué clase de relación hemos establecido con el trabajo como para anteponer el compromiso laboral a todo lo demás.
Si bien esta es una de las facetas más interesantes del libro, también me ha resultado, a mi pesar, la más autocomplaciente. Por una parte, deja de explorar el calvario emocional que supone para miles personas enfrentarse a un sistema burocrático que los revictimiza, los juzga, los pone en duda y, en última instancia, los devuelve al infierno del que solo el propio sistema podría librarlos; por otra, es, simplemente, incompatible con cualquier atisbo de realidad.
Sospecho que cualquier lector medio que haya tenido que lidiar con una baja motivada por cuestiones de salud mental difícilmente se verá reflejado en la narración: un psiquiatra público disponible para paciente y familia cada pocos días; la ausencia de la mutua laboral presionando para una reincorporación forzosa e inmediata; una baja laboral “definitiva” de todo un año por instancia del médico; la comprensión de las instituciones médicas. Este hubiera sido, quizás, un buen momento para dotar al libro de un componente social o de denuncia. Aunque supongo que, entonces, se habría convertido en otro libro.