Revista de Crítica ISSN 2954-4904
Literatura


Hannah Stowe, Moverse con el agua, Almayer, Barcelona, 2025, 256 pp.


Los navegantes se mueven con el agua. Los escritores navegan por las corrientes de palabras y hechos que se arremolinan, extienden, ondean y encallan en las orillas. En el caso del ensayo de la bióloga marina Hannah Stowe, de origen galés, se combina esa navegación sobre mares a veces serenos, en ocasiones intempestivos, con la pasión por hallarle un ritmo a la escritura, una cadencia de ola, un susurro del canto de las ballenas, un estertor de criatura abisal. Por lo anterior, Moverse con el agua no es solo la bitácora de una investigadora que decidió enfocar toda su energía en desentrañar los misterios del mar, sino de una creadora que comparte su experiencia marítima –su denodada lucha contra los elementos, a lo capitán Ahab– con un lirismo y unas formas diferentes a las de los sesudos informes académicos o a los apasionados, pero poco rigurosos, textos de los aventureros. Es decir, nos encontramos ante un libro que aúna el discurso ecológico con la palabra bien dicha. Hay datos y hay alma.

Este ensayo personal, merecedor del BANFF Adventure Travel Prize 2024, acaba de ser traducido y publicado por la editorial Almayer. Y aquí tenemos una historia que ayuda a entender el porqué estamos ante un libro interesante, que se hermana con otros libros cuya temática versa en torno al mar. Antes de deambular por los siete capítulos y un epílogo de Moverse con el agua (Cuervo de fuego, Cachalote, Humano, Albatros errante, Ballena jorobada, Pardela y Percebe), hagamos un somero repaso por Almayer, de Joseph Conrad, y por este nuevo Almayer, la editorial independiente que publica en español a Hannah Stowe.

Más del setenta por ciento del planeta está ocupado por el océano y, como no podía ser de otra manera, esa parte líquida, ese correr húmedo de la vida de extremo a extremo de la Tierra, ha generado un sinfín de historias. Como bien señalan los creadores de Almayer: “Desde la Odisea no ha habido generación sin una ensoñación náutica, sin una isla misteriosa a la que siempre se quiere volver. Ese mundo, inmenso es el foco de la editorial”. En coherencia a esta declaración de principios, bautizaron su editorial con el nombre de la primera novela del bueno de Conrad, publicada en 1895, en la que hay holandeses explorando el Pacífico, aventureros ingleses en busca de riquezas, príncipes malayos y rajás, hijas díscolas,  rifles, pólvora, muebles quemados y la locura de Almayer, fumador de opio con olor a salitre. En conclusión, hay mar, mucho mar. 

El mismo Conrad en una novela posterior (de 1915), La línea de la sombra, escribió unas palabras que bien podrían haber sido escritas por Hannah Stowe: “Aquella misma mañana, cuando me hubo relevado un poco más tarde el segundo, me arrojé sobre mi litera y durante tres horas logré encontrar un poco de olvido. Un olvido tan completo que, al despertarme, me pregunté dónde me hallaba. Al pensar que me hallaba a bordo de mi barco, una inmensa sensación de alivio descendió sobre mí. ¡En el mar! ¡En el mar! A través del portillo vi un horizonte tranquilo, inundado de sol. El horizonte de un día sin brisa. Pero su mera extensión bastó para la sensación de una evasión dichosa y la pasajera alegría de la libertad”. 

Esa libertad, no solo del navegante, sino de las criaturas que le circundan, es la que transmite Hannah Stowe a lo largo de las páginas de Moverse con el agua.

Desde la primera página, descubrimos que, ya en la cuna, Hannah Stowe se sintió arrullada por ese “rugido silencioso, agua sobre arena y piedra, mientras las mareas subían y bajaban, a la vez ritmo y rima. Al principio, solo era una canción de cuna”. Su prosa tiene un ritmo muy personal porque lo mamó desde bebé. Y, a pesar de las tormentas, encuentra la luz, porque su mirada de niña descubrió el destello del haz del faro de Strumble Head. En el primer capítulo, conocemos la flora y fauna de la costa galesa, la llegada por centenares de las focas, la lejana silueta del delfín de Risso, o del demonizado tiburón peregrino, la marsopa común resoplando, la posibilidad de ballenas varadas, o el grito gutural de un cuervo de fuego. Con estas referencias en su niñez, Hannah Stowe lo tuvo muy claro: deseaba ardientemente navegar: “Me aventuraría a salir y descubriría que oír el viento y la lluvia bajo techo es algo totalmente distinto a sentir las inclemencias del tiempo sobre tu cuerpo en la oscuridad”.  

Se enroló muy joven, a los dieciocho años y aprendió todo lo que pudo del resto de tripulantes, de las estrellas y de su intuición. En un principio, tuvo que batallar con ciertos resquemores. Como ella misma cuenta, en Gran Bretaña, y probablemente en el mundo entero, “siempre se ha creído que las mujeres a bordo traían mala suerte, que su sola presencia agitaba los mares”. Desde que observó un calderón (ballena piloto de aleta larga) varado en la costa de Pembrokeshire se obsesionó con la idea de “ver todas y cada una de las especies de las ballenas”. Tan pronto como le surgió la oportunidad de participar en el viaje de investigación a bordo del Balaena corrió a por un billete de avión a Canadá y entró a formar parte de la tripulación. Y aprendió, por ejemplo, que el cachalote solía ser el animal más ruidoso del océano “antes de la interferencia humana”, que el “clic, clic” que volvía loco al capitán Ahab seguía resonando por los mares, que sus chasquidos hablan en un idioma que podría ser interpretado, que las ballenas cantan y que esta es su forma de comunicarse.

A través de la prosa refinada de Hannah Stowe, aprendemos leyendas celtas, como la de la selkie, una foca que se convirtió en mujer, y convivió con un pescador, con el que tuvo una hija, y habitó con ellos hasta que las mareas, el mar, su propia naturaleza la llamó de regreso al agua. El viejo pescador asumió que su esposa se perdiera entre la espuma del mar, porque “Al amar a una criatura salvaje, debes ser capaz de dejarla ir”.

Moverse con el agua consigue hacernos sentir lo inexorabilidad de los ciclos de la naturaleza y, de paso, nuestra extrema fragilidad –Hannah Stowe sufrió un accidente acuático que a punto estuvo de destrozarle la espalda para siempre e impedirle navegar–. No hay ave más glosada en la literatura que el albatros. Para Baudelaire, los albatros “siguen, indolentes compañeros de viaje / al navío surcando los amargos abismos”. Samuel Taylor Coleridge, como recuerda Stowe, escribió La balada del viejo marinero, en la que un marino sufre las funestas consecuencias de haber matado a un albatros. Uno de los relatos más emotivos de Moverse con el agua narra el encuentro de la escritora con su “propio viejo marinero”, a quien conoció en su primera travesía larga a vela, cuando cruzó el mar del Norte, de Inglaterra a Noruega: “Su rostro mostraba una vida plenamente vivida, con profundos surcos grabados por el tiempo en su piel de pergamino. Casi no le quedaba cabello, salvo unos pocos mechones suaves que ondeaban al viento. Por la edad, su cuerpo ya era débil, pero su mente seguía tan afilada como para cortar el vidrio”. Este hombre le dio un único consejo: “No dejes de aprender nunca, chica. Nunca dejes de aprender. Eso es lo que te envejece. Eso es lo que al final acaba contigo”. A lo largo de la travesía, aquel marinero nunca desembarcó. Y tenía muy claro el porqué: “Estaba allí porque el barco y el mar eran su hogar más que cualquier otro lugar en el que hubiera estado. Sabía que se estaba muriendo. Había querido volver a casa por última vez”. El que fue el primer viaje de Hannah Stowe fue el último de aquel viejo marinero, cuyas cenizas reposan hoy en lo más profundo del mar del Norte.

Quizá por historias como esta, y más que se desarrollan en las páginas de Moverse con el agua, la revista Granta calificó esta obra como “un conmovedor himno al mar y una introducción inolvidable a una de las escritoras ‘de la naturaleza’ más prometedoras de la nueva generación. Es decir, a Hannah Stowe se la considera sucesora de plumas comprometidas como la de Rachel Carson –de la que Stowe menciona su primera obra, El mar que nos rodea, y que se hizo archifamosa en los sesenta por su necesario y demoledor Primavera silenciosa–, Mary Oliver, Mary Austin o Robin Wall Kimmerer, por citar solo algunas. Ojalá no se tema el canto de Hannah Stowe como se teme al de las sirenas. Su mensaje aboga por la preservación de nuestros mares. Por el amor a todo lo que estos albergan. Por nuestro futuro.

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