Revista de Crítica ISSN 2954-4904
Literatura


Kim Ae-ran, Afuera es verano, Godall Edicions, Barcelona, 2023, 228 pp.


En Afuera es verano de Kim Ae-ran, resulta que solo afuera del libro es verano; dentro reina un invierno interminable. El primer relato, titulado “Principios de invierno”, narra cómo la vida de una joven pareja queda súbitamente suspendida tras la muerte accidental de su hijo. En los cuentos que siguen, un hombre pasa años preparando oposiciones hasta quedar atrapado en un círculo de desesperanza, una comunidad indígena lamenta la desaparición de su lengua mientras renuncia a su pasado para adaptarse a la modernidad, un niño sucumbe a la tentación y acaba cargando con un remordimiento que le acompañará el resto de su vida, entre otros. Siete relatos componen siete elegías dedicadas a la pérdida. Los protagonistas, derrotados por duelos repentinos, parecen quedar sellados dentro de un domo de nieve detenido en el tiempo, incapaces de volver a acompasar el ritmo de la vida: “Los blancos copos se agitaban en el interior de la bola, pero en su exterior alguien sufría jet lag en un día de verano”.

Este es el mundo literario de la escritora surcoreana Kim Ae-ran: un mundo habitado por aquellos que han sufrido pérdidas en la vida y que, al mismo tiempo, han extraviado su asiento en el tren de una época acelerada. El naufragio del ferry Sewol, ocurrido en 2014, dejó una herida imborrable en Corea del Sur y marcó profundamente su literatura. Seis de los siete relatos de Afuera es verano fueron escritos después de esta tragedia, antes de la publicación original del libro en coreano en 2017. Aunque no se menciona de forma explícita, el luto impregna toda la obra. Dejando de lado el tono humorístico de su obra anterior, ¡Corre, papá, corre! (2005), Kim Ae-ran plantea aquí una pregunta fundamental: ¿qué puede hacer el ser humano frente a una pérdida súbita e irrevocable?

La narrativa de Asia Oriental suele construirse a partir de una extensa memoria colectiva. Kim Ae-ran toma una dirección distinta desplazando la mirada hacia las experiencias individuales y las dificultades concretas de la existencia. Más allá de retratar el dolor de una generación bajo el marco histórico, capta con lucidez las formas más íntimas y cotidianas de la ansiedad moderna: la presión del empleo y del alquiler, las trampas del consumismo, la fragilidad de los vínculos familiares y la incertidumbre de quienes buscan su lugar en una sociedad en constante transformación.

Los habitantes que luchan por respirar entre las grietas de la metrópoli, mientras se esfuerzan por conservar una apariencia de dignidad, son los protagonistas de su escritura: la chica que come fideos instantáneos en una tienda de conveniencia a altas horas de la noche; el oficinista que se seca las lágrimas a escondidas en el metro; los jóvenes que sobreviven en un semisótano húmedo y mohoso, entre tantos otros. Kim Ae-ran capta con precisión el cansancio, la incertidumbre y la soledad de la sociedad moderna, dando voz a individuos anónimos arrastrados por la corriente de su tiempo.

En Afuera es verano, la autora no convierte a sus personajes en símbolos ni arquetipos, sino que los presenta como sujetos literarios independientes, cada uno enfrentado a alguna de las múltiples formas de la pérdida: la de un ser querido, una amistad, el rumbo del futuro, la identidad y la dignidad, e incluso la del lenguaje y la fuerza para seguir dialogando con el mundo. Sus personajes no se rebelan; simplemente se hunden. Y es precisamente en esas pequeñas grietas de la vida cotidiana donde tiene lugar un derrumbe silencioso que nadie alcanza a percibir.

En “Principios de invierno”, una pareja consigue comprar un piso con una hipoteca después de veinte años de esfuerzo. Cuando por fin cree haber alcanzado cierta estabilidad, un accidente le arrebata a su único hijo. Al final del relato, el marido se pregunta, ante la casa vacía: “¿Era este el lugar al que quería llegar? ¿Bajo esta pared que parece un precipicio escarpado?”. La pregunta trasciende una desolación para la que no se encuentran respuestas y se convierte en una interpelación dirigida a todos aquellos que luchan incansablemente en la sociedad contemporánea: ¿adónde conducen realmente todos nuestros esfuerzos?

A partir de ese momento, el tiempo deja de ser lineal. Se rompe como un cristal, donde cada fragmento refleja simultáneamente el pasado y el presente. Los personajes deambulan entre esos restos, mientras “los días triviales e insulsos se sucedían y acumulaban convirtiéndose en estaciones, y estas en el paso de nuestras vidas”. El verano deja entonces de representar el calor o la felicidad. Se vuelve el tiempo de los otros: un mundo que sigue avanzando mientras quienes han perdido algo esencial permanecen inmóviles.

A través de una profunda empatía y un lenguaje descriptivo, Kim Ae-ran logra transformar lo cotidiano en metáfora y condensar emociones difíciles de expresar: una chica tan rigurosa como “una toalla bien doblada”; un muchacho tan tenso como “un árbol de Navidad enredado en cables con luces”; la viudez como “un pájaro que muere tras golpear varias veces su cabeza contra una pared de vidrio”.

Esta dimensión alcanza una profundidad aún mayor en “La mano que oculta”. Allí, la ruptura de las relaciones entre personas se compara con la colisión de dos planetas: “A veces ocurren de forma tan rápida e intensa que ni siquiera nos damos cuenta, pero sabemos que algo ha ardido en nuestro interior”. Y la comprensión mutua entre los adultos con mucho “hollín” en el corazón “es lo primero que dejamos ir, como un sombrero que nos quitamos al acostarnos”. A partir de esta imagen, la autora muestra la distancia que poco a poco se abre entre una madre y su hijo. La “mano con la que come”, símbolo del crecimiento que la madre contempla con orgullo, termina convirtiéndose en una “mano que oculta”, marcada por el peso silencioso de la sociedad. Mientras ella es incapaz de reconocer las heridas que transforman a Jaei, él tampoco encuentra en su madre la voluntad de comprender la carga social de crecer como un mestizo. Incluso el vínculo más íntimo acaba resquebrajándose cuando cada uno permanece ciego ante el sufrimiento del otro. La verdadera tragedia no nace de la falta de afecto, sino de la imposibilidad de compartir plenamente la propia experiencia.

Cuando una sociedad implacable arrolla la vida de la gente corriente, ¿cómo pueden hacerse visibles las heridas que deja? Kim Ae-ran no pretende que los temas sociales sean el objeto de su literatura. Para sus personajes, la presión social es simplemente el aire que respiran y el suelo que pisan, mientras su mirada se dirige hacia algo más esencial: la despedida, la muerte, la renuncia elegida, la aceptación impuesta; hacia esos instantes en los que la fragilidad humana queda irremediablemente expuesta, y hacia esa pequeña grieta que precede a todas las pérdidas, inadvertida entre la rutina y el ruido del presente, hasta que un día descubrimos que ya se ha convertido en un abismo.

Como cuando el mundo entero juega en la piscina bajo el sol de verano y, sin embargo, siempre hay alguien que desciende hasta el fondo del agua para rescatar el sol congelado.

Publicar un comentario