Maarten van Delden, Realidad en movimiento. Octavio Paz, el ensayista y el intelectual público, Universidad Veracruzana / Grano de Sal, Ciudad de México, 2026, 303 pp.
Octavio Paz, Antología caprichosa. Algunos poetas franceses del siglo XX, Ediciones de la Paz / El Equilibrista, Ciudad de México, 2025, 435 pp.
La diferencia es patente: el libro de van Delden nos invita a releer la vida y obra conocidas de Paz, mientras que el de Sheridan y Bradu muestra una faceta suya hasta ahora más bien ignorada. Paz, ensayista e intelectual frente a Paz, guionista y locutor radiofónico. O, mejor: Paz, pensador frente a Paz, divulgador. ¿Qué nuevas facciones revelan estos dos retratos?
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“Radio Universidad Nacional de México presenta una emisión de Octavio Paz y Pierre Comte: ‘Algunos poetas franceses del siglo XX: una antología caprichosa’ ”. Este mensaje pudo escucharlo regularmente, entre junio y agosto de 1958, cualquier persona que sintonizara la estación XEUN. Comte era un actor francés residente en México, que prestó su voz para la lectura de los poemas en su idioma original. Ambos, el francés y el mexicano, tenían poco tiempo libre y con frecuencia tuvieron que suplantarlos en la cabina otros locutores, como Rodríguez Yerena o Juan José Gurrola. El desarrollo del programa, en general, tuvo algo de caótico e imprevisible, y el resultado lo refleja: la longitud de las emisiones varía, así como su calidad. El trabajo terminó después del undécimo programa y Paz al parecer se olvidó de todo el asunto, porque no volvió a hacer mención de ello en ningún lado. Casi setenta años después, Sheridan y Bradu se propusieron poner el proyecto al alcance de todos.
La mera existencia de la Antología, en tanto libro material, plantea una paradoja. Si el propósito del antologador, como apunta el mismo Sheridan, era divulgar la lectura de poesía en voz alta, ¿qué ganamos con este regreso a la palabra impresa? Lo que perdemos es considerable: la pluralidad de voces, la música y los efectos de sonido, el contraste sonoro entre el francés y el español. Sorprende un poco que los editores no se detengan en ningún momento para realizar esta pregunta, que parece esencial. Por supuesto, el texto escrito ofrece una serie de innegables ventajas, como la posibilidad de hacer anotaciones. Además, las grabaciones pueden consultarse libremente en Internet —cortesía de la Zona Paz, proyecto al que ambos editores pertenecen—, por lo que este libro podría convertirse en compañero, no sustituto, de la voz.
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¿Por qué en movimiento? Porque Maarten van Delden no se propuso trazar una visión estática o única del ideario paciano, sino describir el proceso mediante el cual “Paz […] interrogaba su propio pensamiento, afirmando pero a la vez dudando de sus propuestas, siempre dispuesto a volver a empezar”. La estructura del ensayo es rigurosa: cada uno de las once secciones corresponde a un tema específico y delimitado (“Rebeldes”, “Conservadurismo”, “Izquierda”) y prácticamente no existen digresiones. Esta rigidez no se sufre, sino que se agradece, porque facilita el estudio y la consulta.
El autor busca demostrarnos cuáles de las posturas de Paz se mantuvieron fijas a lo largo de su carrera y cuáles otras fluctuaron o sufrieron inversiones drásticas. En la práctica, el libro cumple una segunda función, que a veces parece opacar a la primera: defender al Nobel de las diversas críticas que recibió, en vida y en muerte, de parte de los círculos intelectuales y académicos mexicanos. Van Delden repasa los puntos de contención comunes (la “apropiación” de Paz de las culturas orientales, su relación difícil con la izquierda política, su apoyo al Partido Acción Nacional, entre muchos otros) y termina siempre por exentar a Paz de las acusaciones más graves que se han hecho en su contra. Aclara van Delden: no se trata de escribir una “hagiografía” del poeta mexicano, pero sí de denunciar las “duras críticas a su trabajo, […] tanto injustas como exageradas” y aun los “ataques recientes a su legado”. La intención es clara, y en sí misma no tiene nada de reprobable: reivindicar la memoria de un autor al que se admira. Surge, de manera natural, una pregunta: ¿qué imagen de Paz opone el escritor neerlandés a aquella que, según afirma, han fundado sus críticos y antagonistas?
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Cada una de las emisiones de la Antología caprichosa estuvo dedicada a un poeta en particular. Sus nombres: Guillaume Apollinaire, Paul Éluard, Henri Michaux, Robert Desnos, André Breton, Saint-John Perse, Jules Supervieille, Germain Nouveau, Pierre Reverdy, Pierre Jean Jouve, Benjamin Péret. Llama la atención que este dato se halle ausente de la presentación material del libro. No hay una sola referencia a ninguno de estos once autores en la cubierta, ni en la cuarta de forros, ni en las solapas, ni en el lomo. La fotografía de la portada muestra al Nobel mexicano como personaje único en un sendero tranquilo y salpicado de árboles.
¿Inexplicable decisión editorial? Suspendamos la pregunta por ahora y examinemos el interior del texto. Aparte de una introducción y un epílogo —que tratan principalmente sobre la relación de Paz con la lectura en voz alta y la difusión masiva—, se incluye el texto íntegro de todos los programas, con apéndice y notas. Estas últimas corrigen hechos erróneos o imprecisos o bien amplían la información cuando es necesario. ¿Información? ¿Hechos? Sí: la Antología caprichosa jamás se limitó a la lectura consecutiva e ininterrumpida de obras poéticas, sino que incluyó también capsulas biográficas de los antologados, observaciones sobre su estilo o su contexto, etcétera. Claro que, debido a las limitaciones del formato, nunca fue posible desarrollar líneas de pensamiento tan complejas como podrían hallarse en la obra ensayística de Paz. No fue necesario: el objetivo era divulgar.
Al final de cada emisión, los editores han añadido una serie de comentarios. Muy pronto la intención de estos textos se vuelve evidente. En ellos, Sheridan y Bradu escriben más que nada sobre Paz o, más concretamente, sobre la relación de Paz con los poetas incluidos. “Paz tradujo…”, “Paz conoció…”, “Paz creía…”, en fin. Estos comentarios son valiosos, aunque desconciertan a veces por su tamaño: en casos como los de Reverdy, Supervieille, Péret y Breton, son de hecho más largos que los programas mismos.
Vuelvo a los comentarios sobre André Breton, que casi duplican la extensión del programa correspondiente. En las páginas escritas por los editores, el poeta francés pasa a segundo plano y se convierte en una excusa para explorar los lazos de Paz con el movimiento surrealista. Estos comentarios, repito, sin duda alguna tienen valor, pero ¿ayudan a leer mejor a Breton?
El patrón se repite varias veces: los editores dan poca importancia a los poetas en sí mismos y los usan como un pretexto, como un reflector que arroja luz hacia el único hombre —al único nombre— que figura en la portada. Nos brindan información sobre la vida y obra de los franceses solo cuando la relación de estos con Paz no existe, o cuando es demasiado tenue como para explorarla (es lo que ocurre con Germain Nouveau). Llegado cierto punto, la sospecha se materializa en certeza: este no es un libro de Octavio Paz sobre los poetas franceses, sino uno de Guillermo Sheridan y Fabienne Bradu sobre Octavio Paz.
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Recorriendo las páginas de Realidad en movimiento, uno se impresiona más y más por la variedad de los temas contenidos en sus razonables trescientas páginas. Desde la India a las artes plásticas, desde el psicoanálisis hasta la representación de Paz como personaje literario. No cabe duda, sin embargo: este es —antes que nada— un libro sobre política. Se trata de Paz frente al feminismo, frente a los zapatistas, frente a la democracia moderna, frente a la historia. Se trata de lo que Paz tiene todavía por decirnos.
El discurso del libro es —al igual que su estructura externa— ordenado y fácil de seguir. Gracias a él nos resulta sencillo comprender, a grandes rasgos, lo que para el poeta y ensayista significó una vida entera de conflicto, indeterminación y cambios de postura.
Ciertos principios, afirma el autor, se mantuvieron firmes en Octavio Paz a lo largo de toda su carrera. Uno de ellos, quizá el más importante para la lectura propuesta por van Delden, fue su creencia en la democracia y en el cambio a través de ella, siempre por la vía pacífica. Su pronta alarma ante los abusos del Estado soviético, así como ante la rebelión zapatista de 1994, puede explicarse de este modo. Incluso su controvertido apoyo al PAN responde a esta filosofía: era el único partido que podía desplazar al dominante a través de unas elecciones justas.
Esta postura socialdemócrata y “moderada” es, como se sabe, objeto de repudio dentro de la izquierda política. Por ello, argumenta van Delden, se ha minimizado el carácter progresista del pensamiento de Paz, al mismo tiempo que se exageran sus rasgos conservadores: “la postura política de Paz era sumamente compleja e incluía múltiples capas ideológicas. Seguía incorporando ingredientes de izquierda a su pensamiento, a pesar de sufrir el rechazo por parte de sus colegas izquierdistas en el mundo intelectual mexicano”.
Para el autor, fue “la orientación izquierdista de buena parte de los intelectuales mexicanos” la que definió la concepción negativa de Paz que sobrevive hasta nuestro siglo. Nadie lo negará. Lo que resulta más difícil de aceptar es la poca importancia que se le otorga en este estudio a varias de las razones concretas que provocaron dicha concepción. Por ejemplo, el mexicano sostuvo en 1988 —recurro a la paráfrasis del propio van Delden— “que el movimiento de oposición […] debía abandonar su demanda de que las elecciones fueran anuladas”, ayudando así a legitimar el fraude electoral priista. En vez de detenerse a examinar con cuidado esta postura tan controvertida, Van Delden la explica mediante “el énfasis en el gradualismo” que caracterizaba la praxis política de Paz y después, sin otro comentario, pasa a un tema distinto.
Asimismo, cuando explora la concepción paciana de la homosexualidad, van Delden asegura que el poeta fue un “defensor de la liberación y la expresión artística gay”, tolerante y comprensivo en extremo. Para apoyar esta tesis, cita diversos pasajes en los que en efecto rechazó la homofobia y expresó admiración por escritores homosexuales como Oscar Wilde o Luis Cernuda. Del ensayo dedicado a este último, Van Delden recuerda la frase “Homosexualismo es libertad”. ¿Por qué no recordó también cuando, en ese mismo texto, su autor afirma que la pasión homosexual tiene “un fondo de narcisismo” y una “dependencia del mundo infantil, que la hace caprichosa, tiránica y vulnerable a la enfermedad de los celos”? No es que este par de líneas anule nada de lo anterior, pero sí añade colores nuevos que están ausentes por completo de la pintura ofrecida por van Delden, cuya extrema corrección política —incluso para estándares actuales— resulta sospechosa. ¿Se trata de hacer una lectura sanitizada, o una lectura honesta?
El escritor neerlandés afirma, en las primeras páginas de su libro, que incluso en sus análisis favorables dejaría “lugar para la crítica”. Lo decepcionante es que rara vez se decide a ejercerla contra el sujeto de su estudio, ni siquiera en un grado mínimo, y el “retrato complejo y matizado” que promete la contraportada comienza a perder su realismo y su dimensión.
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Mucho sobre Paz puede aprenderse a través de los programasde 1958. En efecto, su criterio a la hora de elegir o excluir a los poetas, sus observaciones sobre ellos, sus simpatías y antipatías, nos dicen mucho de la persona y el escritor detrás. Estudiar al antologador mediante la antología no es descabellado. Lo que me parece problemático es que esta función secundariatome precedencia por encima del propósito central, inherente, a cualquier antología poética: presentar y compartir la poesía. Hasta ahora he evitado hablar sobre la transcripción, traducción y disposición de los poemas reunidos.
En la Antología original se leían textos íntegros, pero también —debido a las limitaciones temporales— muchos fragmentos dispersos. Los editores casi nunca incluyen las partes que quedaron fuera. A veces los poemas se leían en francés, y a veces en traducciones. Podríamos suponer que estas últimas fueron siempre responsabilidad de Paz, y nos equivocaríamos. Solo una fracción minoritaria de todas las versiones españolas pueden atribuirse ciertamente a él. Del resto, algunas fueron tomadas de publicaciones ya existentes, como Contemporáneos o Letras de México; otras siguen siendo un misterio. Los locutores no especifican su procedencia y no sabemos si las hizo Paz, o Comte, o quién. Son precisamente estas versiones anónimas las que suelen resultar más problemáticas.
Valdrá un ejemplo. En el programa dedicado a Robert Desnos, se lee un fragmento de su colosal poema “La noche de las noches sin amor”. La traducción, nos advierten los editores, es “mediocre”; el adjetivo es quizá muy generoso. Esta versión modifica la sintaxis y el orden de ideas del original, con el fin de procurar algunas feas e inconstantes rimas; aun peor, enturbia muchas veces el sentido. Compararé una sola estrofa con su fuente francesa:
Veía circular las fragatas sin nombre.
¿En la salpicadura de cascadas sonantes?
Sí, donde esas noches olas cargadas de vuestros cañones,
contra el cielo colmado de blancos fulgores.
Tu voyais circuler des frégates sans nom
Dans l’éclaboussement des chutes impossibles.
Où sont ces soirs ? Ô flots rechargez vos canons
Car le ciel en rumeur est encombré de cibles.
Inexplicable es el cambio de la segunda persona (Tu voyais) a la primera o tercera (“Veía”), inexplicable también la traducción de impossibles como “sonantes”. Pero estos cambios son pequeños cuando se comparan con la aniquilación total de la metáfora en el último verso. El francés dice cibles: “blancos”, sí, pero en el sentido de “objetivos”, los centros hacia los que uno apunta. (Los “fulgores” no aparecen por ningún lado). Las olas apuntan sus cañones hacia los objetivos del cielo. La imagen es coherente, memorable, lúcida. En la versión española no se comprende la relación entre las “noches”, las “olas”, los “cañones” y los “blancos fulgores”; todo está batido en un esquizofrénico popurrí. Esto da una idea equivocada e inferior del estilo del poema.
¿Debemos reclamarle a Paz, o a quien sea el traductor responsable? Quizá no. Bien señaló él mismo que muchas traducciones tuvieron que hacerse “sobre las rodillas”, sin espacio ni tiempo, en circunstancias apremiantes. Cumplieron, al fin, su propósito dentro del programa. Lo que cabe preguntarse es si tiene sentido difundir en forma de libro versiones tan mal logradas como esta, sin ofrecer una traducción alternativa o al menos el texto original en francés.
Pero hay algo más. Cualquier lector, sin importar lo poco o lo mucho que entienda de francés, habrá notado una curiosa discrepancia entre las dos estrofas que reproduje más arriba. ¿Por qué el segundo verso en español está entre signos de interrogación? ¿Y por qué el tercero no, cuando es evidente que tiene uno en la estrofa original? Me remito a la grabación del programa en cuestión y no encuentro que Pina Pellicer, la locutora, entone “en la salpicadura de cascadas sonantes” como una pregunta, mientras que sí hace por lo menos una pausa muy notable entre “dónde esas noches” y “olas cargadas”. Claro: porque el verso era “¿Sí, dónde esas noches? Olas cargadas…”. En la transcripción, la pregunta ha cambiado de lugar y su existencia ya no tiene sentido (porque, en realidad, el segundo verso continúa sintácticamente al primero) y tenemos ahora un extraño sintagma compuesto, “esas noches olas”, que no está —no puedo enfatizar esto lo suficiente— ni en el poema original ni en la lectura de Pina Pellicer.
Recapitulemos: Robert Desnos escribe “La noche de las noches sin amor”. Alguien la traduce, mal. Pina Pellicer lo lee en voz alta. A la hora de hacer este libro, una cuarta persona escucha la grabación y, al parecer sin consultar el original, lo transcribe como puede. Una pesadilla textual. ¿Quién querría leer a Desnos, o a cualquier poeta, de esta forma?
Otras cosas semejantes podemos descubrir, sin mucho esfuerzo y sin pasar demasiadas páginas. Otro verso de Desnos figura como “se cose en manos impotentes la sombra de un amante”. Ese “cose” debería ser “cuece”, ya que en francés es cuit (del verbo cuire); y “un amante” debería ser “una amante” (une amante). En el primer caso, habrían tenido que recurrir al texto original; en el segundo, bastaba con escuchar con un poco más de atención. Pellicer dice, de manera nítida e inequívoca, “una amante”.
Cuando los poemas en la grabación aparecen únicamente en francés, los editores nos ofrecen en el apéndice sus propias versiones “cuidadosas, pero inevitablemente utilitarias”. La calidad de estas aproximaciones es, como cabía esperar, mucho más consistente que la de las utilizadas en el programa. Sin embargo, tampoco están libres de errores.
En un poema de Éluard, convierten règle (“regla”) en “pagado”, como si fuera el verbo conjugado réglé y no un sustantivo; en el verso final del mismo poema, cambian un futuro simple por condicional y traducen Je fortifierai como “Yo fortalecería”, anulando toda la fuerza y resolución del verso; el muqueuse (“mucosa”) de Saint-John Perse se convierte en “burlonamente”, sin duda por confusión con moqueuse. No es labor fácil traducir un poema, cualquier poema, y esto es más cierto si se trata de Éluard o Reverdy o Saint-John Perse.
¿Estoy deteniéndome en minucias? Quizá. Pero estas minucias son la poesía. Recuerdo unas líneas de El arco y la lira: “Cada palabra del poema es única. No hay sinónimos. Única e inamovible: imposible herir un vocablo sin herir todo el poema; imposible cambiar una coma sin trastornar todo el edificio”.
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Una aseveración frecuente de van Delden es que los críticos del ensayista mexicano no supieron leerlo bien. Esta idea aparece ya desde el primer capítulo, “Rebeldes”, y regresa con igual fuerza en muchos de los siguientes. Estas interpretaciones sesgadas, que denuncia el autor de Realidad en movimiento, parten de la mala fe o la lectura desatenta.
En algunos lugares, este argumento es convincente. En muchos otros, no. El ejemplo más repudiable es el capítulo sexto, dedicado principalmente a la recepción feminista de la obra paciana. Aquí van Delden realiza un truco. En una de las primeras notas del capítulo, cita cinco nombres (Norma Alarcón, Sandra Messinger Cypess, Alicia Gaspar de Alba, Judy B. McInnis, y Marta E. Sánchez) como ejemplos de la crítica feminista hacia Paz, sin resumir ni discutir las ideas de ninguna de ellas. De estos nombres, no volverá a aparecer ninguno en el cuerpo del texto y solo uno —el de Gaspar de Alba— dos o tres veces en las notas. En las casi veinte páginas que restan, van Delden no trae a colación ninguna otra autora (u autor) de pensamiento feminista. Pero el capítulo trata, en efecto, sobre la manera en la que las feministas han leído a Paz. ¿Cómo lo logró el autor? Con un sencillo acto de magia: afirma que “las críticas feministas” —sin nombre ni apellido— han dicho tal o cual cosa —sin darnos la fuente de su paráfrasis—, y después procede a demostrar por qué están equivocadas.
¿Y qué es lo que, de acuerdo con van Delden, piensan las feministas que han leído a Paz? Se trata todo —o casi todo— de un inmenso malentendido. En El laberinto de la soledad, para empezar, las feministas hallaron frases como “en un mundo hecho a imagen y semejanza de los hombres, la mujer es sólo un reflejo de la voluntad y querer masculinos” o “Las mujeres son seres inferiores porque, al entregarse, se abren” y asumieron que era esta la visión personal de Octavio Paz, el hombre, y no su descripción desapasionada de nuestras concepciones culturales. Cualquiera que conozca El laberinto sabe que hace falta leerlo de manera casi intencionalmente estúpida para llegar a una conclusión tan torpe. En opinión de van Delden, las críticas feministas cayeron en este error: “¿Paz realmente está sugiriendo que las mujeres son inferiores debido a una característica de su anatomía?. Esta es, en efecto, la conclusión a la que han llegado sus críticas feministas”. ¿Cuáles críticas feministas? ¿En dónde? El estudioso nos lo oculta. A lo largo de todo el texto aparecen siempre como una masa sin rostro, unánime y anónima.
Continúa, discutiendo aún el mismo libro: “las críticas feministas han asumido que Paz nos brinda su propia lectura de la figura de la Malinche en El laberinto […]. El retrato de la Malinche […] no representa un informe factual sobre la vida de un personaje histórico; al contrario, sirve para revelar un conflicto de identidad sin resolver”. De nuevo, van Delden nos asegura que ha ocurrido un equívoco, un desafortunado —e injustificable— error de lectura, pero no nos dice quién está leyendo o ha leído de esta forma ni en dónde ha quedado registro de ello.
Así que me dirijo a las escritoras mencionadas por el propio autor. Norma Alarcón, en su ensayo “Traddutora, Tradditora”, escribe: «Al llamar la atención sobre el hecho de que la Malinche y Cortés son más que figuras históricas, Paz en efecto está implicando que son parte vital de la ideología mexicana —nuestra actitud de vida; por lo tanto, han sido abducidos de su momento histórico y siguen atormentándonos mediante los funcionamientos de dicha ideología». Confróntese con la cita del párrafo anterior. Parece que Alarcón comprendió bien el significado simbólico de la Malinche dentro de El laberinto, y más adelante dirige su crítica hacia Paz en tanto escritor de “neomitos”: es decir, critica el uso mítico del personaje histórico. Una tesis tan compleja no sería posible sin la comprensión de los niveles textuales que van Delden niega de manera explícita a la crítica feminista en su conjunto.
Por otro lado, no he leído a cabalidad La Malinche in Mexican Literature, el estudio de más de doscientas páginas de Sandra Messinger Cypess, otra de las cinco mencionadas, pero descubro esta iluminadora cita al hojear los primeros capítulos: “Aunque Paz no inventó el rol negativo de La Malinche, la síntesis que se halla en su ensayo sirve como norma para la mayoría de los textos escritos durante este periodo”. Aquí hay otra autora que reconoce que la Malinche de Paz no es una invención sino una síntesis, y por lo tanto es capaz de criticarla como tal. Y si existe en otro lado del libro —es posible— una evaluación menos certera del asunto, ¿por qué van Delden jamás la cita?
Por último, consulto la obra de Alicia Gaspar de Alba, la única de las escritoras cuyas palabras sí aparecen en el capítulo. Su libro (Un)framing the “Bad Woman” contiene exactamente lo que denunciaba van Delden: una lectura selectiva y errónea de Paz. Y de pronto es imposible no sospechar que el autor cita solo a Gaspar de Alba porque su trabajo es el más fácil de rebatir. Reducir una línea compleja y plural de pensamiento a su versión más endeble sería un error grave, si no fuera sencillamente una falacia.
El problema no es determinar si la lectura de van Delden es “correcta” y la feminista “errónea” (o viceversa); el problema mucho mayor es que, para que tal debate pudiera llevarse a cabo en primer lugar, el autor de Realidad en movimiento tuvo que interactuar sinceramente con las ideas de las mujeres que menciona, en vez de limitarse a enlistar sus nombres. Lo más frustrante es que él mismo acusa a otras personasde esta misma clase de omisión: “Curiosamente, los críticos de Paz no se molestan en repasar sus argumentos”.
Mucho más satisfactorio es un capítulo como el séptimo, “Izquierda”, que comienza listando los nombres de numerosos críticos de Paz para sopesar y discutir sus argumentos. Solo de esta forma es posible generar conocimiento o persuadir a un lector exigente.
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Llamo a estos dos retratos “claroscuros” no porque presenten una imagen ambivalente de la imponente figura que fue Octavio Paz. Al contrario, ambos rebosan amor y admiración por la vida y el legado del poeta. Son “claroscuros” por el intenso contraste que existe entre sus muchas virtudes aparentes y sus cuestionables procedimientos internos, retóricos en un caso y editoriales en el otro.
Realidad en movimiento es una lectura provechosa. Su punto de vista está defendido con convicción admirable y ofrece una imagen amplia de las diversas facetas de un autor que, por más que muchos lo afirmen, no ha perdido ni perderá pronto su relevancia. Pero el lector debe estar listo para dudar de Maarten van Delden, para continuar interrogándose más allá del libro y descubrir los muchos lados del argumento que él evita proporcionar.
Los programas de radio que integran la Antología caprichosa constituyen una pieza curiosa e importante de la historia de la difusión cultural en México; la edición de los mismos deja qué desear. Quien busque un libro sobre la conexión de Octavio Paz con ciertos poetas franceses tal vez quedará satisfecho. Leída como antología poética, constituye un caso singular: en ella importa más el antologador que los antologados, y los poemas mismos, menos que cualquiera de los dos.