Revista de Crítica ISSN 2954-4904
Literatura


Alexis Racionero Ragué, Ecotopía. Una utopía de la Tierra, Anagrama, Barcelona, 2022, 112 pp.


Al menos hasta la primera mitad del siglo XX, los biólogos evolutivos explicaban la compleja arquitectura de las células eucariotas (es decir, aquellas que tienen núcleo y otros organelos de los que carecen las bacterias) a partir de una acumulación gradual de mutaciones internas. Lynn Margulis, sin contar siquiera con tres décadas de vida, entró en escena para desarticular el entendimiento moderno del panorama celular. Fue en 1967 cuando la científica estadounidense, que había adoptado el apellido de su entonces esposo, Carl Sagan, publicó el paradigmático artículo “On the Origin of Mitosing Cells”, donde proponía que las células eucariotas ganaron su intricada forma tras la incorporación estable de bacterias, de modo que mitocondrias y cloroplastos serían los descendientes de organismos libres que perdieron su autonomía a cambio de mejores chances de supervivencia dentro de una estructura mayor. Más tarde, la genética y la biología molecular comprobaron esta hipótesis.

Su interés por el papel de la colaboración evolutiva en los ciclos planetarios llevó a Margulis a aliarse con James Lovelock, trabajador de la NASA que buscaba detectar vida en Marte; la dupla publicó, en 1974, “Atmospheric homeostasis by and for the biosphere: the Gaia hypothesis”, texto en el que ambos plantearon que, desde etapas tempranas de la vida terrestre, la biosfera habría mantenido control sobre el ambiente. Su modelo establecía que las partes vivas y no vivas de la Tierra forman un sistema complejo que puede pensarse como un solo organismo. Margulis, sin embargo, no perdió oportunidad alguna para corregir interpretaciones demasiado literales: Gaia no debía entenderse como un organismo en el sentido que lo son un fresno o una vaca, sino como una propiedad emergente de interacciones entre todos los seres vivos, los componentes abióticos del planeta y la energía solar. Esta ambigüedad conceptual entre sistema y metáfora orgánica permitió que Gaia fuese empleada en contextos plenamente pseudocientíficos, como los que desbordan las páginas de Ecotopía. Una utopía de la Tierra.

Alexis Racionero Ragué (Barcelona, 1971) dice de sí mismo, en su página web: “Me interesa contribuir a transmitir conocimiento y práctica del viaje del héroe, yoga, meditación, filosofía oriental o contracultura. […] Viajero, especialista en orientalismo. […] Imparto algunas sesiones de mentoría o coaching de salud a particulares. Soy terapeuta Gestalt y coacher generativo formado con Robert Dilts y Stephen Gilligan.” Es, además, doctor en Historia del Arte e inventor de un método de transformación personal llamado Wakenpath. Acaso este trasfondo profesional explica el proyecto que el autor de Ecotopía tenía en mente cuando decidió escribirlo. A medio camino de ser un ensayo, en buena medida panfletario y obcecado en el lenguaje de la autoayuda, el libro promete ser una reflexión sobre la forma en la que los humanos nos relacionamos material y simbólicamente con la Tierra. Es cierto que contiene intuiciones nobles y algunos pasajes culturalmente valiosos, pero sus tramos más prominentes se limitan a enumerar lugares comunes del ecologismo pachamamista más estereotípico. Deambula en un cosmos de superchería new age.  

En el preámbulo, Racionero Ragué explota la deformada idea de Gaia mediante una persistente reificación (proceso en el que características propias de las cosas les son atribuidas a conceptos). Asegura, con el gastado lenguaje de un activismo ambiental ingenuo que no será raro en el resto de la obra, que “la naturaleza es sabia y si escuchamos su latido podremos salir adelante”; que “el planeta es un organismo vivo completo”; que, como afirmaba un cazador de la taiga, “el fuego y el agua son gente”; que “en el origen estábamos en completa unión con el universo”. Ya desde esta temprana porción del libro aparece uno de sus problemas más frecuentes: al tratar de traducir su sensibilidad en un programa de ecología política, deriva hacia estetizaciones vagas, aunque bienintencionadas, con un valor retórico bastante reducido. La ficción y la poesía admiten la deformación de lo real, de sus propiedades y alcances; sin embargo, lo que pretende ser un ensayo sobre la materialidad de la Tierra, por más que esté formulado desde imágenes líricas, no puede partir de conocimientos espurios y de nociones mágicas. Ficcionalizar el mundo implica jugar con la fachada de las cosas; ensayarlo, en cambio, es un acto de desengaño ante lo aparente. Una exploración.

El primer capítulo, “La llamada de lo salvaje o por qué abandonar la urbe”, constituye exactamente lo que promete su título: un alegato a favor de despoblar las ciudades y mudarnos al campo. Aparece una frase grotesca en, apenas, el segundo párrafo de su descripción de las metrópolis contemporáneas: “… antenas enmarañadas en los tejados mientras la 5G, la 6G o la 7G perturban la mente con sus dañinas y camufladas ondas”. Racionero Ragué ignora que las redes de telecomunicaciones usan un tipo de radiación no ionizante incapaz de romper enlaces químicos, dañar directamente el ADN o interferir con la actividad cerebral, a diferencia de los rayos X o la radiación gamma; su desconocimiento, aquí y en el resto del libro, no le impide hacer afirmaciones falsas sobre sanidad pública. De un coach de autoayuda podemos esperar una que otra imprecisión científica, pero de Anagrama, como editorial, lo que tendríamos que esperar es una ronda de fact-checking al editar sus manuscritos de no ficción.

Tan solo un par de párrafos más tarde, el autor celebra que “el teletrabajo ha abierto la puerta a vivir donde uno quiera” e insiste en que “la era digital abre las puertas del reino natural para que los humanos podamos regresar a él con todos nuestros gadgets”. Elige arbitrariamente a qué trecho del espectro electromagnético tenerle miedo: las ondas invisibles del 5G le parecen una amenaza civilizatoria, mientras que las del Wi-Fi doméstico, el Bluetooth, las computadoras, los celulares, las pantallas y los focos que sostienen su fantasía bucólica de teletrabajo quedan absueltas por pura conveniencia (o, peor, por ignorancia doble). La argumentación de Racionero Ragué es inconsistente y falaz porque sus conocimientos del mundo técnico que lo rodea también lo son.

A los tres siguientes capítulos —“Ecosofía vs Ecología”, “Chamanismo y animismo” y “Taoísmo y sintoísmo”— los hermana una descuidada amalgama espiritual. En este núcleo, el libro usa palabras sugerentes, como energía, vibración, armonía e intuición, sin precisar qué tipo de conocimiento producen. Habla de “gentes conectadas con el espíritu de la Tierra” que se mueven por “diferentes planos de consciencia” y poseen la capacidad de encontrar sabiduría en las vibraciones de Gaia. No refiere, sin embargo, qué sapiencia (o siquiera de qué tipo) reúne esa sabiduría. Sus imágenes espirituales cargan demasiado peso argumentativo sin recibir elaboración conceptual. Todo despliegue de saberes que se ofrece en este trozo de la obra se asemeja al estado de dopaje: impresionista, sugiere más de lo que explica e invoca más de lo que desarrolla. Este problema se acentúa cuando el autor, al fin, decide articular ideas; asegura que “uno no puede diseccionar o clasificar la naturaleza”, sino escucharla desde sus impulsos más espontáneos, “como el pastor que intuye la tormenta en las nubes”. Racionero Ragué omite que la anticipación de fenómenos meteorológicos precisa, justamente, de diseccionar y clasificar la naturaleza: el pastor sabe de tipos de nubes, conoce cómo se comportan las temporadas en su comunidad y tiene una noción de patrones climáticos (venida directamente de su experiencia, puesta al servicio de la razón). Sobra el empecinamiento en cubrir la realidad con un velo mágico. 

El libro hace observaciones sociológicas muy a la ligera. La mayoría de sus desatinos tienen que ver con la exotización de ciertas culturas, reducidas a etiquetas funcionales para una tesis. Durante su cavilación orientalista, el autor asegura que las civilizaciones asiáticas permanecen en armonía con los espíritus de la naturaleza gracias a la meditación y el uso de espacios verdes; dice, por ejemplo, que “pese a su desbordante desarrollo tecnológico, los japoneses han sabido mantener su sentir con la naturaleza mediante los preceptos del budismo zen”. ¿Todos los japoneses, en condiciones idénticas? En estas líneas no se explica qué hay de zen en una cultura laboral lo suficientemente hostil como para dar origen al término karōshi, muerte provocada por condiciones sociomédicas relacionadas con el exceso de trabajo. Tampoco se dice cuáles son los componentes zen del hikikomori, ese aislamiento social prolongado que suele comenzar en la adolescencia o la juventud y que confina a 1,46 millones de japoneses durante meses o años en su casa. El autor no entiende o simplemente desdeña que las contradicciones culturales son inherentes a cualquier sistema socioeconómico. Su reduccionismo empobrece de forma continua la dimensión política del libro.

Ecotopía mejora cuando Racionero Ragué trabaja desde su campo: la historia del arte. “Románticos y trascendentalistas”, el más ameno de todos los capítulos, hace un recuento de los artistas occidentales que, tras el Siglo de las Luces, consagraron a la naturaleza su proceso creativo. En este mosaico que conecta obras, biografías, comunidades, imaginarios y prácticas, William Blake, Henry David Thoreau, Ralph Waldo Emerson y Walt Whitman aparecen como personajes maravillados por los componentes orgánicos de la Tierra. El formato de crónica de “Socialistas utópicos y hippies” hace que los movimientos contraculturales adquieran mayor complejidad. Este fragmento incorpora una dimensión que había permanecido ausente: la material. Se detalla la organización de comunas, se describen modos de producción alternativos y se reflexiona sobre las posibilidades de supervivencia de ciertas cooperativas agrícolas.

El final del libro presenta un plan de acción que se queda corto ante la magnitud política del reto de supervivencia al que nos enfrentamos. Aunque promete un cambio radical en la relación de los humanos con el planeta Tierra, muchas de las salidas que ofrece no rebasan el perímetro de la obviedad. Frente a la crisis climática, la urbanización depredadora y la explotación de los territorios nativos, la respuesta de “Breves prácticas para ecotopianos” es tan débil, tan enclenque, tan paupérrima, que aconseja cosas como escuchar las pulsaciones de la naturaleza y caminar descalzo. Se puede deslizar el dedo por una línea al azar de “Decálogo fundacional de Ecotopía” y se encontrarán recomendaciones que parecen salidas de un libro genérico de cuidado personal: “En cuanto a los alimentos, no hay duda. Siempre de temporada, frescos y si puede ser con pocas horas de nevera”. Racionero Ragué condensa sus sueños utópicos en el advenimiento de una persona planeta, es decir, un ser educado en “valores como la solidaridad, el altruismo y el amor por la Tierra, sin necesidad de ser naíf, superficial o falso”. Ironía de altísima calidad.

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