Emily Dickinson, Cartas, Lumen, Barcelona, 2022, 296 pp.
Si se contemplan por encima, la reclusión y los signos son los dos puntos visibles de la vida de Emily Dickinson. Poco antes de cumplir treinta años, la más enigmática de las poetas se confinó en la casa paterna y se coronó a sí misma como la “Reina reclusa”. Convirtió el hogar en algo sagrado: “Ninguna duda o desconfianza puede traspasar sus benditos portales”. Hablaba a las pocas visitas que recibía a través de una puerta entornada y a partir de 1869 su aislamiento fue casi absoluto y reducido a los linderos del terreno paterno. De constitución frágil y enfermiza, célebres fueron su eterno vestido blanco y su precaria salud. Su ánimo era frágil y mudaba con facilidad (“Ya ve que mi condición está anochecida”), y su humor oscilaba de un extremo a otro, víctima de lo que en una carta describió como “Medianoche a Mediodía”.
Sin embargo, bien mirado, su aislamiento fue relativo y estrictamente físico: a lo largo de su intensa vida escribió más de mil cartas (a veces en forma de notas y misivas breves entregadas en mano) y las guardó cuidadosamente en un baúl (“el cofrecito que no cuenta los secretos”). Se dirigió tanto a las personas más próximas como a clérigos, editores, biólogos, escritores y artistas, y nunca encontró suficiente espacio para contener lo que quería pensar y contar. Escribía bocabajo y en los márgenes o incluía en sus mensajes pequeños papeles plegados: “¡Por qué no le dices al hombre que fabrica las hojas de papel que no le tengo el menor respeto!”, reclamó en una misiva. Aunque escogió para sí misma una existencia de autoprivación y soledad (“El Alma elige su propia Compañía – / luego – cierra la Puerta – / y a su divina Mayoría – / retira la Presencia”), la correspondencia fue su manera de mantener contacto con los otros y revelar su voz y su delicada vida interior (“Ábreme con cuidado”, firmaba a veces sus cartas). Escogidas y traducidas por Nicole d’Amonville Alegría, estas señales escritas recogidas en sus Cartas son una pequeña (“las cartas inspiradas son muchas”, se disculpa la traductora) y representativa selección de la forma que tuvo la poeta de reclamar la atención del mundo.
Convertir un puñado de cartas en una forma de biografía es siempre un proceso azaroso. No todos los hechos ni los sentimientos de la vida de Emily Dickinson están contenidos en la correspondencia, mucho menos cuando el material se elige y se descarta. Las cartas recogen los mensajes de una poeta que quiso llegar a los demás y a sí misma de muchas formas y a través de infinitos caminos. Escribía en sobres y en servilletas, en etiquetas de ropa y en el dorso de viejas recetas de cocina. Plasmaba versos en inagotables papeles que doblaba a mano. La correspondencia es por lo tanto una pequeña lupa: no es exhaustiva. Si bien las epístolas son una de tantas formas de acercarse a una mente dotada de poesía, la inescrutable vida de Emily Dickinson es la constatación de que no todo en ella puede conocerse.
Pero incluso una breve muestra de su correspondencia es un punto de partida crucial para conocer su sagrada relación con las palabras. Escribió su primera carta a los doce años sin apenas usar puntuación y la dirigió a “Mi Querido Hermano”. De pequeña leía la Biblia por imposición de su padre y todavía no conocía a Shakespeare, Emerson, Keats, Lord Byron, Shelley ni a las hermanas Brontë. En una carta del 27 de marzo de 1853 admitió por primera vez que estaba escribiendo poemas (“Te diré qué sucede – yo misma tengo por costumbre escribir algunas cosas”). Entre 1858 y 1862 escuchó el llamado y la vocación y se produjo dentro de ella un cambio. Empezó a tomarse en serio la tarea de los versos y comenzó a reunir sus poemas en fascículos. A partir de entonces y por el resto de su vida se vio a sí misma como una especie de “Representante del Verso”. Sin saberlo, se encerró en su habitación para inventar una nueva poesía y partió en dos las nociones de la muerte, la inmortalidad y la naturaleza. No solo las observó de otra forma, sino que las hizo suyas. Fragmentó la sintaxis, llevó al límite las metáforas y usó los guiones como instrumentos singulares.
Si bien todos sus amores fueron no correspondidos (o miembros de su familia, o mujeres heterosexuales u hombres casados), la poeta de Amherst era una mujer de intensos apegos (“Que amor es cuanto hay / es cuanto de Amor sabemos”). Que casi siempre estuviera recluida no significó que no considerara, siempre con recelo y como si fuera un juego, otra vida que el encierro; es decir, una en compañía de otros. Tal vez como una forma de sublimar el deseo, compaginó la poesía con una frenética observación de la naturaleza, a la que consideraba “una Casa Embrujada”. Puesto que padecía de bronquitis constante, durante los siete años que cursó estudios de primaria tuvo que ausentarse con frecuencia: “Durante un tiempo no hice otra cosa que pasear y deambular por los campos”. Cuando era niña estudió botánica en la escuela y alrededor de 1845 empezó a confeccionar un herbario en el que reunió y clasificó entre cuatrocientas y quinientas flores salvajes y cultivadas. Desde entonces, casi todas sus cartas iban acompañadas con flores secas entre sus páginas (“Mi carta como una abeja va cargada”).
La correspondencia era una forma de conocer la opinión que Emily Dickinson se había formado del mundo, ese misterio que “ocupa un lugar predominante en mis afectos”. La poeta forjó su pensamiento en una época de transición. El calvinismo de Nueva Inglaterra reclamaba un lugar dentro del espíritu de la época; la Guerra Civil partía el país en dos (“La guerra se me hace un lugar oblicuo”) y la modernidad se aproximaba con pasos contundentes. A pesar de que Dickinson era una creadora profundamente religiosa, su credo no fue el calvinismo de sus familiares y amigos. En palabras de D’Amonville Alegría, “ni siquiera abrazó el trascendentalismo que preconizaba Emerson, sino que escribió sus propias Sagradas Escrituras”. Fiel a sí misma, Emily Dickinson dedicaba su devoción a la poesía (“Yo soy de las malas que aún quedan”). No quiso situarse en un lugar ni en el otro. Nunca quiso decir: así soy yo y en esto creo, excepto cuando era una con el verso. El país y la historia se transformaban, mutaban y cambiaban de rumbo. En contraste, Emily Dickinson encontraba en su insondable poesía una forma singular de habitar un mundo propio, tan delicado que cabía en una servilleta.
Aunque el lugar que ocupaba la mujer en la sociedad empezaba a resquebrajarse, el mundo que habitó la poeta fue en esencia machista. Su padre renegaba de la “mente femenina” y no creía en la educación intelectual de las mujeres (“A mi Madre no le interesa el pensamiento – y Padre […] me compra muchos Libros – pero me suplica que no los lea – porque teme que sacudan la Mente”). Mucho menos toleraba la idea de que su inconforme hija publicara sus escritos. De hecho, le recomendó que, si tenía que escribir, lo hiciera en privado, lo que con seguridad influyó en su deseo de no querer hacer visible su obra. No por esto la poeta dejó de expresarse ni de pensar en su condición, la de una mujer recluida no solo por su sexo sino por su concepción del mundo. En cierto sentido, la escritura fue una manera de contestar a la jerarquía social y a los hombres. Incluso más que en sus versos, las cartas reflejan una mirada irónica sobre el lugar de las figuras de autoridad masculina. No pocas veces el padre torpe y el tradicional hermano son objeto de leves y mordaces burlas. A pesar de todo, y aunque era palpable la necesidad de saber que sus poemas se leerían cuando ella ya no estuviera, rechazó siempre las sugerencias de publicar en vida. Incluso convirtió esta decisión en motivo de orgullo (“Publicación – es la Subasta / de la Mente del Hombre – / la Pobreza – el justificante / de una cosa tan vil”, comenzaban los versos de uno de sus poemas).
En la celosa obra de Emily Dickinson no es fácil separar la poesía de la correspondencia. Su pensamiento en el papel se comunicaba a través de versos y símbolos. Cuando escribía, recorría un camino no hollado, que ella misma iba abriendo a medida que avanzaba hacia lo desconocido. Decidió vivir en el anhelo y la renuncia. Como lo expresa D’Amonville Alegría, en cierto sentido trasladó su aislamiento físico a las palabras. No solo pensaba sus poemas: los vivía (“Dejad que Emily os cante”). Se dedicó a descubrir los hechos de su experiencia interior y los miró como a un pájaro o a una flor. Su aislamiento se convirtió en una elección, su “blanca elección”, que implicaba un voto de castidad espiritual y una entrega total a la poesía. Revistió al universo de un carácter divino y reclamó su lugar como mensajera: “El título divino, es mío”.
En 1883 murió el pequeño Gilbert, su sobrino, experiencia atroz de la que nunca se recuperaría. Los últimos años de su vida estuvieron marcados por sucesivas pérdidas y muertes que le causaron un impacto emocional tan grande que terminó por enfermarla de una depresión nerviosa. Postrada, hacia el final de sus días las cartas adquirieron un tono elegíaco. La correspondencia no solo recoge la transformación y las etapas de la mente de Emily Dickinson: es también una crónica de su vida. Y tal vez sean sus cartas finales las que mejor mezclan los hechos y el pensamiento, porque la proximidad de la muerte las doó de un elemento a la vez etéreo y profundo. A partir de noviembre de 1885 tuvo que guardar cama durante largos períodos de tiempo (“accederemos a morir”, había escrito con veintiún años). Mantenía junto a su cama un lápiz con el que esbozó sus últimas palabras, inscritas en su lápida: “Primitas, me reclaman”, ‘called back’, dijo a las hermanas Norcross en la que tal vez sea su carta más célebre. El 13 de mayo entró en coma. Murió, sin haber recobrado la conciencia, el sábado 15 de mayo de 1886. Fue convocada para trasladarse “del tiempo a la Eternidad” y como al llamado de una trompeta respondió con un mensaje etéreo. Después de esto, entró en el último sueño para fantasear que era la única poeta, y que, como escribió a su amiga Susan Gilbert el 9 de octubre de 1851, “todos los demás son prosa”.