Revista de Crítica ISSN 2954-4904
Literatura


Hernán Bravo Varela, Ejercicios de respiración seguido de El Estado empresario mexicano, Ediciones Era, Ciudad de México, 2024, 116 pp.

León Plascencia Ñol, Historial clínico, Ediciones Era, Ciudad de México, 2024, 143 pp.


El poema no siempre es un lugar seguro para hipocondríacos, según la distancia que el verso mantenga con la enfermedad. Distingo, de manera tentativa, dos registros: por un lado, aquellos textos que se aproximan al diagnóstico a través del archivo, del discurso científico y de la representación; por otro, los que somatizan la dolencia mediante un lenguaje consciente de su patología. El primero, arriesgo a decir, asume un compromiso moral con lo representado, mientras que el segundo lo hace en la misma medida pero con la literatura. Hablo de distancias porque, en la obra, el cuerpo doliente y la voz no siempre coinciden; pero cuando lo hacen, el lenguaje es la principal víctima del padecimiento. A la inversa, también puede ocurrir que el hablante se limite a su pronóstico sin que este modifique la forma de su enunciación, a diferencia de otros que incorporan la afección ajena en el pulso mismo del habla. Esta distinción me permite, al menos en lo personal, separar libros que, aun hermanados por su contenido, divergen en su exploración. En un primer grupo, coloco a Cuadernos de patología humana (2021), de Orlando Mondragón (1993), La arista que no se toca (2019), de Zel cabrera (1988), y Errata (2017), de Nicté Toxqui (1994); en otro, Operación al cuerpo enfermo (2015), de Sergio Loo (1982-2014), Debe ser un malentendido (2018), de Coral Bracho (1951), y Moneda de tres caras (1996), de Francisco Hernández (1946). Claro está que la poesía rara vez se presta a tal maniqueísmo. Dos títulos, publicados en la colección Alacena Bolsillo de la editorial Era, lo confirman: Ejercicios de respiración seguido de El Estado empresario mexicano (2024), de Hernán Bravo Varela (1979), e Historial clínico (2024), de León Plascencia Ñol (1968).

Publicado un año antes en Europa, Ejercicios de respiración… es el libro más reciente del reconocido poeta, ensayista y traductor mexicano. En esta doble entrega el autor examina un cuerpo asediado por la memoria y la enfermedad. Ambos segmentos pueden leerse como dos momentos de una misma voz, donde la figura del padre actúa como un elemento persistente. La contraportada añade: “Desde sus primeros poemas, que nombraban la gracia de un mundo inaugural, hasta la complejidad de sus más recientes búsquedas, Hernán Bravo Varela ha construido una escritura que pone en jaque los prestigios de lo poéticamente aceptado, como atestigua el diálogo entre estas dos colecciones.” Este diálogo se despliega como un recorrido a ratos doloroso por pasillos de hospitales, calles, consultorios médicos e incluso episodios de la historia del país, confrontando al sujeto con los fantasmas del pasado: “Viven aquí, / arrimados / a tu hospitalidad”.

El poema inaugural, “Samsara”, abre con una estrategia de silencios: versos cortos, distribuidos a lo largo de la página, que orillan al lector a detenerse y, básicamente, a observarse respirar: “Ésta es la rueda de las encarnaciones // confundí mi cuerpo / con mi yo // discúlpame / la verdad no sabía / (y sigo sin saber) // el cuerpo // al menos // no parece // yo”. El samsara ―ciclo de nacimiento, vida, muerte y encarnación en las tradiciones filosóficas de la India― plantea que la liberación del sufrimiento se alcanza comprendiendo la naturaleza de la realidad, cultivando la sabiduría, la compasión y el desapego. El poema, en este sentido, describe un desaprendizaje: la renuncia que conduce a la mente a mantenerse inmóvil, escuchándose. Desde ahí, el hablante se embarca en un viaje de introspección donde lo fisiológico y lo existencial se entrelazan: “Canta, / hija adoptiva de los hombres, psique, / las canciones prosaicas de la edad / soltera; los trabajos del omóplato / al son de la radiculopatía, / la madurez que te convierte en padre / de tus padres, en un abuelo casi / inesperado”. A manera de un mantra, el ritmo pausado integra temas como la ansiedad, la terapia física, la enfermedad del padre, la orientación sexual, las referencias bíblicas e incluso las catástrofes naturales, que desembocan en reflexiones sobre el acto de escribir: “No todo lo que se entiende es una profecía. / No todo lo que se ama es alegórico. / Un poema que comienza y concluye / en el espacio aéreo es un ejemplo”. Ejercicios de respiración concluye con “Nirvana” ―la liberación de los deseos, del karma y del samsara, por medio de la meditación, según el budismo―, que funciona aquí como umbral de un poema sobre la muerte del padre: “apagado // no como luz // sino apagado // como / desprenderse // ese día veremos // no habrá nada que hacer sino ese día”. En ese gesto, Bravo Varela invierte el orden natural de las iluminaciones al colocar la trascendencia antes que la pérdida, como si la aceptación de lo ineludible fuera la única forma de atravesar el duelo; se torna en una especie de iniciación para lo elegíaco, característico de su estirpe; recuérdese Ese espacio, ese jardín, El retorno de Electra, Algo sobre la muerte del mayor Sabines, entre otros.

El segundo apartado toma el título de la tesis de licenciatura en Derecho del padre, El Estado empresario mexicano, aunque no es el único documento que se utiliza dentro de la organización: enseguida, una carta dirigida a un profesor revela no sólo la ideología de cierta clase media letrada en los años noventa, sino también la forma en que el poema piensa la escritura a partir de otros discursos no estrictamente literarios: “Como usted seguramente recordará, ‘universidad’ significa, ni más ni menos, que ‘todos los contrarios’ (uni-versus). De la discusión de las ideas contrarias nació la ciencia que engendró el progreso y la libertad humanas. Nunca las dictaduras intelectuales del tipo marxista-leninista hicieron gran cosa por el hombre y no en balde han sucumbido en cuanto se aflojaron las cadenas”. Gracias a la pluralidad y el disenso, el cuerpo del padre ―“la zona más temblorosa de nuestros pudores y respetos”, según Alfonso Reyes― adquiere en los versos tanto peso como sombra: “un hijo tiene la vida tan privada y un padre es obra pública”. Este diálogo con el otro, mediado por versos breves, versículos, ironía, rememoración, archivos, datos históricos, va delineando la pérdida, dándole forma, para que el hijo pueda nombrarla: “y todos brindarán sin sombras en el césped hasta entrada la noche que ya se te olvidó”. Aunque concebidos como dos instantes que podrían leerse de manera independiente, El Estado empresario mexicano y Ejercicios de respiración, encuentran su bisagra en la muerte. Esta última funciona como punto de transición: la voz poética indaga en formas de enunciar, donde la respiración y la enfermedad, si bien no laten al mismo compás, se suceden.

Entre los títulos de poesía elegíaca recientes, el de Hernán Bravo Varela es quizá uno de los más abiertos a la experimentación formal. A esa lista podría sumarse el último libro de León Plascencia Ñol, publicado por el mismo sello editorial. No es casualidad: Era ha reunido, desde hace años, a poetas dispuestos a sondear los límites de la palabra ―David Huerta, Elsa Cross, Malva Flores, Jorge Fernández Granados, Jorge Esquinca, Julián Herbert, entre otros―. En Historial clínico, sin embargo, el centro gravitacional es la madre. En diversas entrevistas, el también narrador y editor ha señalado su propósito de construir el relato de los últimos meses de vida y enfermedad del cuerpo materno desde frentes diversos: la memoria, la medicina y la fotografía. Es un retrato que busca entre el lenguaje de términos puntiagudos, científicos, clínicos, rescatarla, haciendo del poema un velatorio público. Dice la poeta sueca Jenny Tunedal: “Los vivos pertenecen a los muertos”, siempre.

Es una obra dividida en doce secciones ―“Gramática”, “El último cumpleaños”, “Área de nefrología”, “Luz de los fantasmas”, “Visiones extraviadas en el retrovisor”, “Acta de defunción”, “Todo cuanto quisimos”, y otros―, donde la voz poética realiza un recuento no solo físico, emocional y familiar, sino también lingüístico de la patología, que incide de lleno en la forma de nombrar al otro: “Escribo sobre mi madre. La lengua materna tiene que ver con un estado de inestabilidad. Soy inestable. Me perdí en el lenguaje. Todo consiste en no detenerse”. Es la pérdida de una gramática y la asimilación de otra, en la que el mundo y el poema ya no pueden seguir siendo los mismos: “Hay una máquina deshaciendo el lenguaje”. A partir de definiciones sobre la insuficiencia renal crónica y sus tratamientos, el poema entabla un diálogo con la materia y con la memoria, entre notas, interludios reflexivos sobre la escritura, anécdotas, viajes en coche, llamadas telefónicas, fragmentos en prosa, versificación, entradas enciclopédicas, documentación legal y expedientes clínicos. Son cauces por donde la voz afronta el duelo, en una serie de imágenes que condensan la fragilidad: “Las enfermedades son cubos de cristal en donde podemos ver todo lo que se incuba”, “son el lenguaje secreto que nos daña”.

En Historial clínico, las palabras buscan explicarse a sí mismas, como si quisieran restituir el orden roto por la enfermedad, la muerte y el luto. Pero es imposible que la voz poética quede indemne ante la oscuridad del evento, sus condiciones y desenlaces: diálisis, hemodiálisis, hemofiltración, reserva renal disminuida, uremia, choque séptico refractario, muerte natural. Entre más precisa la lengua, más desorientada parece quedar. Los versos más estremecedores, quizá, sean estos en medio de todo el desconcierto: “Ha muerto mi madre. / Arranca el frío, la turbina del cielo, / arranca la nada contra ti. / Ciega el miedo”.

Hernán Bravo Varela y León Plascencia Ñol entregan dos libros donde la enfermedad trastoca al poema, lo obliga a cuestionarse y a buscar en otros registros su propio cuerpo, pues aquel que evocan ―el del padre y el de la madre― ya ha sido nombrado por lenguajes ajenos a lo literario. En esa apuesta, ponen en crisis la forma misma de la lengua y sus posibilidades. Dice el poeta canario Luis Feria: “y al fondo al fondo al fondo / yo, hace mucho, allá lejos, muy antes de nacerme”. Porque escribir es hacer nacer la voz con los daños colaterales del paisaje.

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