Steven Spielberg, El día de la revelación, Estados Unidos, 2026.
Phil Lord y Christopher Miller, Proyecto Salvación, Estados Unidos, 2026.
El día de la revelación y Proyecto Salvación son dos películas de ciencia ficción que no solo devuelven la esencia pura del cine como entretenimiento, sino también una forma de disfrutar de la fantasía, que, sobre todo, nos hace vibrar a una generación de devoradores de cine que crecimos en los ochenta y los noventa. Además, se estrenan en un momento de incertidumbre histórica donde el mundo entero está crispado y sufre diversas catástrofes climáticas. Y esto último no es baladí, sino que enseña una lectura reveladora de estos largometrajes.
Dos películas estadounidenses que se estrenan durante el mandato de un Donald Trump al que no le importa crear multitud de conflictos internacionales, poner el mundo en jaque con sus medidas económicas, ignorar la acción del hombre en el rápido cambio climático y rendir pleitesía a unos líderes que acarician la extrema derecha. Y, por supuesto, que ninguna de estas dos producciones son directamente anti-Trump ni seguro sus directores tuvieron intención alguna de ello, pero ambas (y, por eso, es una sesión doble que merece la pena) son fruto de un momento pesimista, donde parece que no hay salvación posible y que los humanos somos incapaces de frenar el camino que llevamos hacia la destrucción. La desesperación es tal que solo se busca una salida posible en la fantasía… Si los hombres no somos capaces de enderezar el mundo y si lo vamos aniquilando cada vez más rápido, queda la esperanza de creer que no estamos solos en el universo.
Sí, ahí están los extraterrestes, que no solo están a años luz de nuestras tecnologías, sino que además son más civilizados, sensibles, inteligentes y son buena gente. Solo ellos están capacitados para devolvernos la inocencia y para que nos demos cuenta de lo bestias que somos. Los seres del universo vienen no solo en son de paz, sino con toda la empatía del mundo para salvarnos.
Desde esa mirada, descubrimos el poder de narradores, encantadores de historias y cuentacuentos que tienen Steven Spielberg (veterano en estas lides) y Phil Lord y Christopher Miller (que fueron niños y adolescentes durante los ochenta y los noventa y se alimentaron del cine del primero y de otros realizadores que hacían del séptimo arte un espectáculo y fantasía pura como Rob Reiner, John Carpenter, Sam Reimi, Richard Donner y un largo etcétera). Los tres devuelven la magia de invitar al espectador a un mundo inventado y hacen recuperar de nuevo la inocencia de esos niños que se tragaban Starman, La guerra de las Galaxias o El chip prodigioso sin un mal modo y que les marcaban para siempre su manera de mirar el mundo.
Si algo logran ambas películas es engancharnos a la pura aventura, sin faltar el humor, aunque sus protagonistas estén pasando situaciones extremas. Y, como pasaba antes en ese cine de los ochenta y los noventa, acompañamos en su viaje a actores y actrices carismáticos que nos cogen de la mano en busca de acción. Ambas películas tienen además un fondo humanista, que apela a la amistad, la memoria, la búsqueda de la verdad (en cuanto quitarse la venda de los ojos, mirar y entender lo que nos rodea) y a la empatía.
Así Steven Spielberg hace que no soltemos de la mano a los personajes con el rostro de Emily Blunt y Josh O’Connor. Y Phil Lord y Christopher Miller apuestan por el aura de Ryan Gosling que aporta dosis de credibilidad a ese científico del que depende la salvación del mundo. Así ambos largometrajes apuestan de nuevo por el concepto de la estrella de cine que se mimetiza en personajes que no tienen respiro en una carrera sin reloj, a los que les ocurren cosas, y desde el otro lado de la pantalla, en su butaca de cine, al testigo de sus odiseas les importa su destino o lo que pueda ocurrirles.
Entre las dos, transcurren cinco horas que pasan como un suspiro. No hay posibilidad de descanso entre los minutos, siempre ocurre algo y dejan ambas un montón de secuencias para la memoria. Los realizadores apelan a la suspensión de la incredulidad y apuestan por unos espectadores inocentes que se crean lo que les cuentan. Sí, la salvación del mundo es posible, porque no estamos solos en el universo. Y además esos extraterrestes solo quieren ayudarnos, que abramos los ojos y salvarnos. Son tan sofisticados que no hay maldad en ellos.
El día de la revelación y Proyecto Salvación cuenta con momentos reveladores de puro cine imposibles de olvidar. Así las dos no solo son buenas películas de ciencia ficción, sino que muestran toda una tradición de este tipo de producciones y también del género de aventuras, además de aportar secuencias de esas que tardan en irse o incluso no se olvidan.
Steven Spielberg en El día de la revelación vuelve a la emoción que produce una buena persecución en una pantalla de cine. A ese ritmo cinematográfico que le hizo descubrir Cecil B. DeMille cuando era niño (como nos hizo ver en Los Fabelman). Así que sus dos protagonistas, la metereóloga y el informático, viven una persecución sin fin. Y ¿qué puede haber más cinematográfico que unos coches y un tren… y la sensación de colisión y peligro?
El realizador además apela de nuevo a esa vuelta a la infancia que se les exige a los dos personajes principales para que puedan entender cuál es su misión y por qué les están ocurriendo tantas cosas que no entienden. De tal manera, que los dos acaban en una enorme nave industrial y el personaje de la metereóloga no se puede creer lo que han construido ahí dentro. Exactamente la casa de su niñez y, sobre todo, su cuarto infantil con esa pared hasta arriba de mariposas.
Pero si algo provoca una gran ternura en El día de la revelación es la representación spielbergiana de los extraterrestres. La ausencia de malicia de unos seres desvalidos que pisan la tierra para algo bueno y son maltratados de manera inhumana por la comunidad científica y los responsables políticos. Steven Spielberg muestra a unos seres sensibles que sufren la violencia humana cuando solo tienen un mensaje de paz, verdad y salvación. De nuevo, como hizo en ET o en Encuentros en la Tercera Fase, los extraterrestres son entes bondadosos e inteligentes que tienen mucho que enseñarnos… Y con una empatía exageradamente desarrollada.
Por su parte, Phil Lord y Christopher Miller presentan a un hombre que despierta solo en el espacio y que descubre que tiene la misión imposible de salvar él solo al planeta. Proyecto Salvación tira de una tradición de películas maravillosas tipo Naves misteriosas (Silent Running, 1972) de Douglas Trumbull o Enemigo mío (Enemy Mine, 1985) de Wolfgang Petersen y de una representación del espacio que Stanley Kubrick ideó en la innovadora todavía 2001, una odisea del espacio (1968) para crear una atractiva historia de amistad y empatía entre un científico y un extraterrestre en forma de piedra, Rocky.
No son pocas las secuencias que se quedan en la retina de Proyecto Salvación. Como el primer encuentro con Rocky, así como todas las estrategias que van buscando para poder crear entre los dos un lenguaje en el que entenderse. Todos los momentos de complicidad y de amistad entre los dos, su química y compenetración, cómo colaboran y trabajan juntos para la salvación de sus planetas van construyendo la película además de convertirla en una aventura que emociona en cada fotograma.
Pero también es fundamental en la historia la importancia que tiene para el protagonista recuperar la memoria para poder entender su misión. Esto último deja momentos clave. Una memoria que le devuelve recuerdos dolorosos, pero que le permiten comprender cuál es el objetivo del proyecto en el que está metido y acercarse sobre todo a Eva Stratt (Sandra Hüller), la jefa y responsable del proyecto internacional de salvación del mundo. Una mujer que protagoniza una secuencia aislada, pero trascendental, donde delante de todos sus compañeros se desnuda emocionalmente a través de una canción. Eva deja ver solo por una vez su vulnerabilidad y sufrimiento por todo lo que está ocurriendo y a pesar de saber su responsabilidad y que no puede mostrar duda o miedo, les enseña lo que siente. Es un momento sencillo, en una fiesta de karaoke, donde les canta “Sign of the Times”, de Harry Styles. Pero ahí la letra adquiere todo su significado.
De hecho, su letra sirve muy bien para entender el significado de estas dos películas de entretenimiento justo en el momento que vivimos. Dice la letra algo así como que nunca aprendemos y que ya hemos pasado por esto antes… y que por qué estamos siempre atrapados y huyendo de las balas.
Quizá en tiempos de pesimismo estas dos películas de ciencia ficción invitan a creer de nuevo en la empatía del ser humano, en la amistad y en las ganas de salvar el mundo y de paso a nosotros mismos. No hay nada mejor que entrar en la sala de cine y disfrutar de una aventura que nos lleve lejos, pero nos hable de cosas tan cercanas como una canción o rememorar esa habitación de la infancia con una pared de mariposas.