Ignacio Ruiz-Pérez, Ensayo de la sombra, Lengua de barro, Ciudad de México, 2024, 144 pp.
La poesía es la ausencia de palabras. Los paisajes, el amor, la soledad, la música, una flor o una lágrima son el vehículo de la poesía, convertidas después en palabras, pero estas no son la poesía en sí. Ignacio Ruiz-Pérez ensaya en este poemario justamente eso: la sombra, lo que queda del espectro poético, en tanto memoria –o ausencia de ella–. La imagen es el vehículo, la sombra, lo que queda de ella, lo que se desvanece, lo que recuerda, olvida o añora.
Borges, como muchos otros, solían decir que alguien o algo les dictaba. Un ángel (y un demonio: “Lo reconocerás porque su lengua solo arroja blasfemias”) le dicta a Ruiz-Pérez, y estas son las palabras que le dice:
Los cuervos, ese mapa que viene del cielo
a mi pecho y se hunde en mi corazón para sustraer la tinta
con que escribo estas calles de extrañas palabras
—Apperson, Tujunga, Hillhaven.
Todas suenan igual, todas dicen lo mismo,
todas vuelan pesadas recordándome
que estoy en un subterráneo sin fondo.
Pero no quiero adelantarme. Hay un personaje poético, un Odiseo, quien nos va a narrar y guiar por Ensayo de la Sombra. Un personaje que no es el poeta, pero que quiere serlo. Entramos a una “Cámara oscura”, y ese lugar son los pensamientos del personaje, de los que podemos extraer una perla, unos granos de arena (los días) que han sido lentamente recubiertos por las experiencias de las palabras que, en este caso, le son susurradas por los peces. Las imágenes que logra Ruiz-Pérez son por demás inquietantes. No es un poemario fácil –¿qué verdadera poesía lo es?–: el lector debe acostumbrarse a una luz vacilante y extraña (como la de las imágenes incluidas en el libro) y dejarse guiar por una luz nueva, acostumbrar la pupila para poder ver esas sombras.
Los ángeles, sabemos, no tienen voz, por eso actuan solo con su presencia. Rilke lo sabía, Blake lo sabía: los ángeles se mueven en una luz-umbral entre la noche y el día. Sean ángeles en ascensión o en caída, su presencia nos afecta, nos deslumbra o nos intimida; nos irradian de su luz y su belleza o de su oscuridad y su terror. Ruiz-Pérez nos deja en la memoria imágenes hermosas como que a los ángeles caídos “también les cuesta subir porque usan bastones / para desafiar el suelo”, en una clara metáfora de la vejez que se completa con estos versos: “traslúcido ser que ha perdido la fe/ y las muelas de tanto golpearse”.
A propósito de fe: Ensayo de la sombra está editado por una novísima editorial mexicana, Lengua de barro, que también ha dado a la luz otro gran libro, este de Balam Rodrigo, Ceibario. Editorial de una factura preciosa, por decirlo rápido: pastas duras, camisas, guardas, interiores a dos tintas, diseño y maquetación impecables y, en sí mismo, el libro es una maravilla tenerlo en las manos.
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Stefan Zweig dice: “Así el poeta, figura escogida y al mismo tiempo maldita, nacido en el mundo pero saturado de divinidad, se interpone entre los dioses y los hombres y es llamado a contemplar la divinidad para presentarla después a los hombres en imágenes terrenales”. Ensayo de la sombra está lleno de divinidad al tiempo que de algo demoniaco. Aunque solo se menciona una vez la palabra “locura”, es un libro que está lleno de ella. Es difícil seguir, como en todo viaje, cada uno de los apartados porque no están construidos bajo una lógica común, sino una lógica de sombras. Es este libro una tierra nueva que mientras leemos no sabemos a dónde vamos. Al final del libro se incluye una “Nota necesaria”, en la que se nos dice que este libro es un palimpsesto de la película Memento de Christopher Nolan, y se nos proporcionan una serie de referecias que, por supuesto, no son las únicas. Además de las mencionadas, resuenan aquí los espíritus de Coleridge, Borges, profetas y mártires cristianos, en fin. Es un libro construido sobre la base de la locura, entendida esta no como una privación de la razón, sino como una desproporción de ella. Una razón avanzada hacia la poesía, hacia lo divino y lo oscuro. Como en la película de Nolan, debemos acostumbrarnos al propio tiempo de ella y del libro, a la “realidad” interna de la poesía:
Escribo, borro, escribo:
soy tan extranjero como las aves que evolucionan
en el desorden del día
Esta imagen me parece una hermosa metáfora de la vida, pues somos extranjeros que nacemos y morimos en un caos que jamás hemos logrado entender, pero al que nos debemos.
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Ensayo de la sombra se compone de cinco apartados y un anexo. Su andamiaje está basado en palabras y en imágenes. He seguido los libros de Ignacio Ruiz-Pérez desde hace tres décadas. Y desde entonces lo considero un gran poeta. Y no solo yo; ha ganado un sin fin de premios: el Premio Regional de Poesía Rodulfo Figueroa en 2005, por Navegaciones; el Premio Nacional de Poesía Joven Salvador Gallardo Dávalos en 2006, por Deslizamientos; el IX Premio Mesoamericano de Poesía “Luis Cardoza y Aragón” en 2013, por Notas manuscritas llenas de incógnitas; el XIV Premio Internacional de Poesía “León Felipe” en 2016, por Libro de la ceniza; el III Premio Nacional de Poesía de la Universidad Autónoma de Sinaloa en 2021, por El deseo es una lámpara que no alumbra; y el II Premio de Poesía “Óscar Oliva” en 2023, por Ensayo de la sombra.
Y de entre todos, Ensayo de la sombra me parece, junto a El deseo es una lámpara que no alumbra e Islas de tierra firme, uno de sus mejores libros.
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Ignacio Ruiz-Pérez trata, hasta el final, de conciliar la locura con la razón, lo divino con lo terreno. Una última muestra es el colofón de tan extraordinario libro. En él se lee:
Ensayo de la sombra de Ignacio Ruiz-Pérez terminó de corregirse el 9 de enero de 2024. Sus arpegios los dictó un ángel cuya lengua era un puñado de cuervos que manchaban las hojas con sus plumas. El reporte meteorológico en la Ciudad de México indicaba nubosidad variable con temperaturas en torno a los 19°C, así como vientos del Oeste a lo largo del día, con una velocidad media de 18 km/h.
Un ejemplo más de que el poeta, ya lo dijo Zweig, nuestro máximo poeta en narrativa y ensayo, “se interpone entre los dioses y los hombres”.
Coda
Yo antes creía que se escribía pensando. Desde hace un tiempo a la fecha me doy cuenta que quien piensa está imposibilitado para escribir. Es más, creo que quien piensa, muere. Se escribe y se vive sin pensar, solo escribiendo y viviendo –cada vez me parece más que ese es el orden correcto de los días–. Y este maravilloso y desasosegante libro-umbral de Ignacio Ruiz-Pérez reafirma mi actual credo. Ensayo de la sombra es una experiencia sobre la vida y la poesía. Ensayista él mismo, ahora Ruiz-Pérez ensaya a través de un género limen que solo los grandes poetas como Eliot o Paz han logrado dominar.