Nicté Toxqui, Sol negro, UNAM, Ciudad de México, 2024, 80 pp.
Roland Barthes, en La cámara lúcida, describe el asombro que le produjo la fotografía (1852) de Jerónimo, el último hermano de Napoleón: “veo los ojos que han visto al Emperador”. Suele pasarme lo mismo con cierta poesía, pues yo considero, en principio, a cada poema como una obra visual. Quizá unos poetas apuestan a la creación de imágenes mentales y otros por las visuales. Sol Negro de Nicté Toxqui (Orizaba, Veracruz, 1994), va de una apuesta a otra. Observa con ingenio lo cotidiano, “lo nimio”. La mirada de la poeta es aguzada y a lo largo del libro nos recuerda algo que hemos olvidado: pensar en aquello que nos causa asombro, en aquello que nos conmueve y transforma, en esos “golpes como el odio de Dios”, que acontecen justo en lo ordinario, pero tras ellos no habremos de ser los mismos. Toxqui observa todo –desde “la infancia de su casa”– otra vez como si fuera la primera. Ya adulta, esa mirada atenta y la voz, que canta y cuenta, parecen ser lo único que no ha perdido, como un don natural.
Cuando conocí en persona a Nicté, pues antes sólo nos leíamos e interactuábamos por redes sociales, fue en abril de 2023. Era un jueves como el día del eclipse. La invité a “Segundo abril”, un primer encuentro de poesía que organizamos en Xalapa, Veracruz. Poco antes de inaugurar aquel jueves -que me complace ahora evocarlo en palabras del poeta Antonio Deltoro: “jueves como un viaje intensísimo y largo o como un sueño”- Nicté llegó y se detuvo en la puerta del salón de actos. Recuerdo que yo estaba al otro extremo de la sala probando el micrófono. Nos vimos e inmediatamente sonreímos. Recuerdo sus ojos, difícil olvidarlos, dos soles crepusculares.
Hoy vi el corazón de las gallinas
tendido sobre sobre la mesa de la cocina.
Así he de ser yo: pimienta, miel,
carne dulce y suave entre mis yemas,
músculo que sabe latir
en sueños.
La dimensión del autorretrato en la estrofa anterior, como en extenso en el poemario, devela no solo la figura del yo que se ve a sí mismo, sino también permite asomarnos más allá de la materia, al carácter. Presta sus lentes al lector. Hay, pues, todo un método sobre la reconstrucción de la mirada y lo que está percibiendo. Acaso una restauración. Como sea, la diligencia en ciertos objetos va más allá de nombrarlos otra vez, más bien tiene la intención de descubrirnos a nosotros mismos:
Las que han pasado por esto
saben a lo que me refiero:
no volvió a su lugar
, ese día
nada quedó intacto
Este poema abre el segundo apartado, “casa / árbol / persona”, de ocho que componen la obra, y es una invitación a encontrarnos en una suerte de fotografía grupal. Sobra decir el motivo de la convocatoria, infortunadamente, lo sabemos. Son sóoo dos poemas los que conforman esta sección y una, como lectora, recorre las palabras –la imagen– con el dedo índice: ¿dónde estoy? “Esta soy. Estoy en la infancia / de mi casa”. La fotografía, para Barthes, no dice lo que ya no es, sino tan solo y sin duda alguna lo que ha sido. Cuando Nicté escribe “Me tomo una fotografía desde lejos. // El árbol va a tomar la foto”, hace del poema un negativo. La mirada pasea por un antepresente para la (re)construcción de su retrato:
Las que han pasado por esto
saben a lo que me refiero:
lo inacabado puede
exhibirse a la distancia
sólo así puedes
ver
lo que se eclipsa
Cuando vamos a un museo, la consigna es guardar distancia con las obras para apreciarlas mejor; hay que tomar distancia con la cosa, incluso con el pasado para conocerse a sí mismo. El paseo del hablante es pendular,pues no solo el aspecto de los verbos en momentos es inacabado, también la actitud de ellos se decanta por los tiempos compuestos. Hacia la mitad del poemario, aquella voz se percibe mimetizada con la figura de Lucrecia: “Interferida, que significa el lente / con el que te miras a ti misma / , destella”:
Ahí conocí a Lucrecia.
Su ojo izquierdo
te veía caminar por el siglo
veintiuno, lejos de la sitiada Ardea,
su otro ojo. En el pasado: el perfecto punto fijo,
y una policía detrás de mí, interrumpiendo
Por favor no te acerques mucho.
Marcantonio Raimondi, grabador del Renacimiento, reprodujo la escena del suicidio de Lucrecia a partir de un boceto de su maestro Rafael. En su interpretación, Raimondi le cierra los ojos a la figura, una variante significativa a la propuesta de su maestro. Ni en el boceto como en otras representaciones de la escena Lucrecia tiene los ojos cerrados. Lo que sucede es que en los retratos, la mirada es la protagonista; el contraste con la luz y sombra connotan confianza o incertidumbre y, según la confección de los párpados del personaje, juventud o vejez, inocencia, sabiduría, misterio o pérdida. La mirada expresa el ánimo y comparte el sentir de la figura del retrato con su espectador, es decir, resume su historia. En el grabado de Raimondi se prescinde de este elemento sintáctico de la imagen, poniendo mejor el punto de atención en la daga. Lucrecia no puede ver más, pues su destino ya está escrito. ¿Por qué habría de tener los ojos abiertos?, ¿Mirar?, ¿hacia dónde? Ya todo ha sido:
/ siéndote sincera / yo también he soñado con dagas
y acantilados, lo mismo //
es difícil distinguir mi principio
del fin.
A diferencia de Lucrecia, y a pesar de que, al sol, como a los eclipses solares, nadie podría sostenerle la mirada, como tampoco al pasado, la poeta prioriza este sentido sobre otros porque es consciente de su oficio, porque a final de cuentas no deja de ser heredera del barroco, y lo digo en el mejor de los sentidos. Su poesía conmueve al lector –sin dramatismos– a lo humano y nos agrupa en la propia (re) construcción de su retrato, un retrato en el que aparecemos todas y todos. “Yo he visto los ojos que han visto” ese Sol Negro.