Daniel López Romo, Tienda de mascotas, Secretaría de Cultura del Estado de Jalisco, Guadalajara, 2025, 78 pp.
Nada impediría clasificar Tienda de mascotas, la opera prima de Daniel López Romo, como un bestiario, si no fuera porque, en estos tiempos políticamente correctos, parece de mal gusto referirse a los animales como bestias. Por tanto, sospecho, esta etiqueta, —aunque no el subgénero—, entrará pronto, si no es que ya lo está, en el limbo literario al que muchos acuden, pero del que pocos quieren hablar una vez terminada la fiesta. No lo es tampoco porque, si bien comparte con los bestiarios comunes una intención alegórica y filosófica que usa a los animales para referirse a la condición humana, su tono confesional, a veces aleccionador, siempre coloquial, remite a experiencias particulares y subjetivas liberadas de la moraleja religiosa o didáctica. En ese sentido, el libro está más próximo a la conexión espiritual gatuna que retrató Olga Orozco en Cantos a Berenice y a la mirada epifánica de la naturaleza característica de la obra de Mary Oliver que a la exposición erudita de un compendio de seres híbridos o fantásticos propia de los bestiarios de Borges y Cortázar, los cuales, pese a su imaginación desbordada, no están exentos de un enfoque que trata a los animales como mera excusa literaria.
Tienda de mascotas, no obstante que contiene una proliferación de figuras zoológicas, no es un inventario sino una morosa enumeración de vivencias que, como tales, son irrepetibles, aunque se reiteren constantemente en las vidas de las personas. Esta obra pertenece a la estirpe de los libros que se acercan a los animales como pretexto, pero con una salvedad: ellos no son solo una excusa, sino un artefacto que utiliza el autor para reflexionar poéticamente sobre algunos temas de la complejidad de lo humano: la memoria familiar, la muerte, la exploración del deseo, las contradicciones de la paz doméstica, los avatares de la adolescencia, la construcción ilusoria de la identidad.
Uno de los epígrafes que abren el libro es la clave de lectura que advierte sobre el carácter de este pretexto. En su elegía dedicada a su perro muerto, Mary Oliver escribe: “Este poema es sobre Percy / Es un poema sobre algo más que Percy / Piénsalo”.
Esta indagación sobre los animales es, antes todo, una exploración interior, que no se remite a ellos en su calidad de objetos de estudio, sino a “algo más”, un espacio de malestar ubicado dentro de nosotros: ciertamente, los animales son ellos mismos, pero también, son algo “más que ellos”, una puerta de entrada que nos permite observar, a través de nuestras interacciones, lo que nos constituye como personas, esa mónada dinámica que inevitablemente cambia, se mueve y se contradice. Si no, pregúntenle a los Therians.
Dividida en cinco secciones, la estructura del libro permite al lector transitar por distintos estados de ánimo y diversas formas de entender el vínculo con estos compañeros de mundo. El título de la primera sección, “Animales de casa”, juega y cuestiona, a través de la homofonía, las relaciones de dominio en los espacios salvaje y doméstico. El capítulo establece desde el inicio el tono que predominará en el libro: los animales sirven como vehículo introspectivo para explorar las relaciones familiares más profundas y los más íntimos temores personales. Los poemas, dedicados sobre todo a las figuras paterna y materna, establecen un símil entre el cuidado de los animales y el amor filial, así como los frutos, peripecias y contradicciones de esta convivencia. En algunos poemas, hay un tono moralizante cada vez que se invita a extraer una enseñanza universal en lugar de acotarse al espacio nimio del deseo, la ausencia o el asombro, pero, en general, el conjunto constituye un retrato de familia con mascotas donde los animales son el filtro que permite adentrarse sesgadamente a los afectos humanos.
El segundo capítulo, “Temporada de saltamontes”, se basa en la tesis de que la vida y el amor pueden ser una plaga. A lo largo de seis textos breves, con el pretexto de la llegada masiva de saltamontes a la casa en verano, la sección utiliza la figura de estos ortópteros, multiplicada como imagen, pero individualizada como experiencia, como telón de fondo donde se desenvuelven conflictos éticos sobre concepciones opuestas de la vida, la relación de pareja, la imposibilidad de ayudar sin dañar, la paradoja de quien quiere ser libre y termina condenado, la imagen del absurdo absoluto de la muerte que se anuncia en las antenas quietas de pequeños cuerpos inmóviles. La identidad es total: los seres humanos somos saltamontes que, para alimentarnos, para vivir, necesitamos saltar a lo desconocido, a sabiendas de que este salto tal vez nos conduzca a la muerte.
Los poemas de la tercera sección, titulada “Pet Sematary”, en clara referencia a la novela de Stephen King, son elegías que abordan el tema de la muerte desde diversas perspectivas: el paralelismo imposible entre la muerte de los animales y la muerte humana; la aceptación de la etapa terminal como parte ineluctable de la vida; la muerte de la abuela como metáfora vegetal y refugio mental sustentable; el cuerpo como reservorio y curso natural de la enfermedad; la muerte como un estado absoluto de (des)conocimiento. El poema que da título a la sección plantea una pregunta: “¿No somos todos / hamsters, perros, gatos y pericos, / animales que alguien elige / tras la vitrina de una tienda de mascotas?”. El cuestionamiento es retórico pero inquietante. Interpela directamente al lector: ¿Quién nos elige? ¿Quién elige a quién? ¿Quién decide sobre nuestra vida y nuestra muerte? Sabemos que esta pregunta solo la puede contestar Dios. Sabemos también que no hay respuesta, porque su lenguaje, como el de los animales, es el silencio. Como los animales, podemos experimentar la muerte como una amenaza, pero, como señala John Berger, ellos no saben lo que nosotros sabemos: en nuestro caso, además de amenaza, la muerte es un consciente destino.
El cuarto capítulo, “Mean Beans”, supone un cambio de registro. El autor abandona el tono elegíaco de las secciones anteriores para sumergirse de lleno en las aguas de la ironía y la comidilla. El personaje es el “Phaseolus vulgaris”, el frijol común, que se trasviste en una suerte de diva adolescente que despliega sus encantos hormonales en los pasillos, aulas y patios de la jungla preparatoriana. Se trata de una serie de poemas en prosa que explora los avatares y rituales de la transición adolescente a través de una imagen botánica: todos somos “frijoles malos”. La mezcla de acentos —lo biológico, lo popular, lo cultural— produce un efecto cómico en el que envidia, deseo y curiosidad se combinan en el azaroso proceso de adquirir la propia identidad, o en el descubrimiento final de que tal empresa es imposible. Entre los ideales de perfección, belleza e independencia la voz lírica elige la autosuficiencia, real o impostada de una drag queen, como estación necesaria de la conquista de la madurez. El equilibrio adulto es una paradoja: sabe que se asienta sobre la duda existencial y la incertidumbre, condiciones sobre las que debe buscar la aceptación del propio ser, independientemente de lo humilde o contradictorio que parezca el empeño, pero esa certeza es incómoda.
La quinta y última sección, “Plegarias a la vida”, reúne poemas de un tono celebratorio y esperanzador que son más eficaces en la medida en que se alejan de las abstracciones de la lección moral y se acercan a la vivencia o a la anécdota que les dio origen. Su mayor reto es sortear la trampa de lo tierno y lo sublime en aras de la comunicación de una experiencia que aspira a ser eso: una comunión. Los poemas, como toda plegaria, toman la forma de ofrendas, celebraciones y obsequios que apelan a la memoria, el reencuentro, el regreso a un tiempo verde perdido, a las promesas del amor desde la espera y el silencio.
Al final, Tienda de mascotas, nos regresa unaimagen introspectiva conformada por viñetas de la vida familiar y doméstica reflejadas en el escaparate deformado pero fiel de la mirada de los animales. Esta indagación de lo humano a través de la mirada del Otro bestial, una suerte de declaración de amor a los animales como tema poético, nos plantea la penosa sospecha de que, como ellos, somos mascotas de un destino que no controlamos. Al mismo tiempo, nos brinda la esperanza de que algo podemos compartir juntos, en esta aventura en la que todos estamos encerrados dentro de la vitrina de la Naturaleza.