Thomas Pynchon, Shadow Ticket, Jonathan Cape, Londres, 2025, 304 pp.
Doce años después de la publicación de Al límite (2013), su libro anterior, la aparición de Shadow Ticket —la nueva novela de Thomas Pynchon— provocó un aluvión de reseñas y comentarios. Entre ellas, la de un tal Mark Kozak, en Goodreads: según sus propias palabras, se enteró de este lanzamiento gracias a su costumbre —mantenida con disciplina casi religiosa durante más de una década— de buscar en Google, al menos una vez al mes, “nueva novela de Pynchon”.
Esta anécdota ilustra a cabalidad la devoción con que algunos lectores esperamos noticias del eremita neoyorquino más famoso desde Salinger. Este silencio editorial —que se ha repetido ya en un par de ocasiones— bastó para que muchos lo diéramos por muerto, o bien alimentáramos secretamente las esperanzas de un nuevo libro.
Hace falta, como se ve, un espíritu tan comprometido como conspiranoico para leer a Pynchon. Pocos escritores actuales cuentan con lectores tan dedicados y, en muchos casos, tan tozudos. Es fácil sentirse intimidado no solamente por la longitud y complejidad de sus obras más consabidas —no por nada El arco iris de gravedad (1973)es considerada una de las novelas más desafiantes de la lengua inglesa—, sino también por las incesantes discusiones de críticos y lectores en torno a los detalles más nimios.
Pero este 2025 podría ser uno de los mejores años para adentrarse en la obra del autor postmoderno. Además de la publicación de Shadow Ticket, Paul Thomas Anderson nos ofreció, con su One Battle After Another —su excelente adaptación cinematográfica de Vineland (1990)—, un acceso lateral pero revelador a algunos de sus temas clave: la derrota y cooptación de las contraculturas, el delirio de persecución convertido en estado mental permanente y un desfile de personajes atrapados entre el vértigo y el absurdo de la historia.
Si el reciente premio Nobel Laszlo Krasznahorkai, en palabras de Susan Sontag, es “el maestro del apocalipsis”, bien podría considerarse a Thomas Pynchon el maestro de la paranoia. Sus dos novelas anteriores —las cuales, junto a Shadow Ticket, conforman una especie de trilogía noir—son una clara muestra de ello: Vicio propio (2009), también llevada al cine por Anderson, sigue a un detective privado en Los Ángeles de los setenta cuya perspicacia se ve continuamente limitada por su afición a la marihuana; la protagonista de Al límite (2013) es una experta en fraudes fiscales que investiga los negocios turbios de una empresa tecnológica vinculada con los ataques terroristas a las Torres Gemelas. Si el Pynchon de Mason y Dixon (1997) y Contraluz (2006) bebía del Quijote, de la novela bizantina y del folletín decimonónico, en sus tres últimas novelas ha optado por la aparente linealidad del relato detectivesco, donde el criminal siempre está lejos de ser atrapado y nunca queda claro qué es una pista y qué una distracción.
Esta nueva entrega no es la excepción: en ella seguimos las vicisitudes de Hicks McTaggart, rompehuelgas convertido en investigador privado en la Milwaukee de la crisis del hampa y la prohibición de los treintas, al que un magnate de la industria láctea, apodado “el Al Capone del queso”, contrata para encontrar a su hija y única heredera, que huyó con su amante, músico y miembro de la banda The Klezmopolitans. Como en las demás novelas de esta tríada detectivesca, la simpleza del argumento no se traduce en una lectura sencilla; más bien, es lo único a lo que el lector puede asirse mientras atraviesa las trescientas páginas de una narración llena de nombres estrambóticos, letras de música swing, viajes intercontinentales, pistas falsas y giros de trama sembrados casi para desesperarnos.
Con todo, estas tres novelas son maliciosamente denominadas por algunos de sus lectores como Pynchon light, término acuñado por la crítica literaria Michiko Kakutani. El vocablo obedece a un único motivo: la narración se focaliza en un solo personaje, el “detective”, y la experiencia de lectura no está tan determinada por los cientos de voces distintas, tan propias del Pynchon maximalista. Como si la novela pynchoniana hubiera entrado, a principios del siglo veintiuno, en una especie de etapa pulp a través de la concesión parcial de la complejidad y la polifonía. La comparación más elocuente para ilustrar este cambio es la que se establece con La subasta del lote 49 (1966), publicada casi cuarenta años antes y que, incluso siendo más breve, resulta más densa, árida y, dicho sea de paso, más estimulante.
Sin embargo, creo firmemente que este giro responde, más que a una concesión en lo estructural, a una conquista en lo ideológico. Como si su mismo devenir político hubiera obligado a Pynchon a posicionarse frente a su realidad, por muy incomprensible que pareciera, de una manera más frontal. En sus últimas novelas podemos ver un espíritu crítico sólido, en el que no hay tanto espacio como antes para el cinismo. Hay espacio, sí, para el humor y el juego verbal, para el pastiche, pero no para interpretaciones tibias. Lo vemos, por poner un ejemplo, en la crítica que se hace en Al límite a las estructuras económicas neoliberales y corporativistas que dieron paso a la burbuja bursátil del dotcom, o el sincerísimo testimonio del fracaso del movimiento hippie en Vicio propio.
Advierto esto, además, en su decisión de ambientar Shadow Ticket justo antes del advenimiento de los fascismos que resultaron en el estallido de la Segunda Guerra Mundial: la historia del detective McTaggart está repleta de nazis que son, a la vez, gente común y corriente, y que solo esperan la coyuntura exacta para desatar sus pulsiones reprimidas a través de la violencia y la limpieza étnica, esquema que no será ajeno a nadie que haya visto cómo ha operado la ultraderecha en Estados Unidos desde el inicio de la era Trump. Lo advierto también al inicio del capítulo 34, cuando el tour europeo de los Klezmopolitans hace su parada en Hamburgo, donde los barrios obreros se han llenado de camisas pardas y de loas al nuevo Führer. Los bares alemanes que visita la banda se han vaciado de cualquier piel que no sea blanca y “las frases de blues se han sustituido por triadas mayores”.
Aun así, hay aún muchos lectores entendidos de Pynchon —no solamente en el Subreddit dedicado al autor, comunidad importante para la comprensión del fenómeno cultural que su obra representa, sino también en varios medios profesionales— queriendo darle a esta novela una lectura de simple juego intertextual, como si no fuera más que un sistema de acertijos que sirven, más que como dispositivos de interpretación de una realidad compleja, como medallas en el pecho de lectores obstinados y cerebrales. Como si lo importante de leer sus obras fuera, irónicamente, terminarlas. Pero lo urgente de estos laberintos no es salir de ellos, sino entender por qué nos encerraron dentro, sobre todo en estos tiempos en los que mundo y laberinto resultan cada vez más indistinguibles.
Más allá de esto, reconforta saber que el buen Thomas Ruggles Pynchon sigue ahí, escondido, lúcido, más actual que nunca, en algún lugar de la Gran Manzana, negándose a ser reducido a mito o a cabriola montada para divertimento de los teóricos de la literatura. Ahí está todavía, recordándonos que solo escribiendo desde los márgenes más invisibles se puede ofrecer una lectura honesta del mundo, que solo desde ese rincón secreto alcanzan a verse los hilos que mueven todas las cosas.