María Negroni, Colección permanente, Random House, Barcelona, 2025, 112 pp.
En su lúcido ensayo El arte de perdurar, Hugo Hiriart emprende, con agradecimiento crítico y diligencia lectora, una comparación entre dos de los pilares de la literatura en nuestro continente: al sur, Jorge Luis Borges; al norte, Alfonso Reyes. Del segundo, se pregunta por qué no ha alcanzado “la gloria literaria” de la que, al parecer, sí goza el primero. Digo al parecer, porque, en su texto, la palabra “perdurar” es utilizada, indistintamente, para referirse a la fama y a la gloria, tal y como la entendían los griegos: dos conceptos que, a mi juicio, no solo no significan la misma cosa, sino que operan en tiempos muy distintos de la vida del sujeto, es decir, antes y después de la muerte.
Por mucho o poco que concuerde con los métodos y terminologías de Hiriart, sus reflexiones en torno a ambas figuras iluminaron mi lectura de Colección permanente, el más reciente libro de la argentina María Negroni, y también de una parte importante de su bibliografía, en cuyo conjunto podemos encontrar uno de los rompecabezas más estimulantes de la literatura contemporánea en lengua española.
Dice Hiriart que, al encontrarse con lectores de otros países que quieren adentrarse en la obra de nuestro regiomontano universal, se cruza con la dificultad de no poder pensar en un libro específico donde Alfonso Reyes “haya logrado destilar y cifrar […] toda la gama de su genio artístico”, y que más bien su singularidad está dispersa “en la delicada orfebrería de sus pequeñas obras maestras”. Es decir, quien comience por la poesía se perderá al helenista de Junta de sombras, quien empiece por Oración del 9 de febrero echará en falta al ensayista libre y lleno de humor, y un largo etcétera.
Siempre que se enfrenta a este problema, Hiriart confiesa sentir la tentación de dirigir a esos hipotéticos lectores extranjeros hacia su librero: específicamente, hacia la balda ya casi vencida por el peso de los veintiséis volúmenes de las obras completas de Reyes.
En este sentido, antes de 2021 podíamos aventurar que Negroni compartía el mismo problema que Reyes: los dos son escritores de una versatilidad casi monstruosa, capaces de hallar terreno fértil en los lugares más dispares. Pero, a decir de Hiriart, “la puerta de la fama es estrecha y nadie puede pasar por ella con sus obras completas”.
No creo que deba darse por cierto el axioma del ensayista según el cual toda obra persigue la misma trascendencia o monumentalidad, ni que todo autor aspire a la gloria literaria de la que “gozan” los clásicos, sobre todo en estos tiempos de postautonomía y búsqueda de una obra común. La Negroni de esta Colección permanente —en boca de un Robert Walser apócrifo— declara estar en desacuerdo con que la literatura tenga este objetivo: “La recompensa del arte no es el éxito, sino la embriaguez”. Pero algo hay de cierto en la conclusión de Hiriart cuando apunta que hay autores cuyas obras giran en torno a un libro inexistente, y cuyos esfuerzos quedan desperdigados alrededor de ese centro neurálgico a través del cual todo podría comunicarse.
Hace un lustro, esta crítica bien hubiera podido aplicarse a la obra de Negroni: los versos de Oratorio y Exilium, herméticos, manufacturados con el material de las derrotas más rotundas, parecen haber salido de unas manos distintas a las que construyeron el Archivo Dickinson o el Objeto Satie, devotas de la desapropiación y del trabajo de archivo. Y la responsable de estos cuatro libros parecería no ser la misma que hace crítica literaria y de cine en Film Noir, Galería fantástica o El arte del error, por muchas referencias que compartan entre ellos.
Todo esto cambió, a mi parecer, con la llegada de El corazón del daño,en 2021: una especie de memoir desoladora, a la vez tratado sobre escritura, crónica de una relación madre-hija y ejercicio parecido a la alfonsina Historia documental de mis libros: el conflicto materno y la biografía política y estética de Negroni, al tiempo que conforman el argumento de una memoria proteica, punzante y vital, son la columna vertebral de un ejercicio autocrítico que resulta en el ordenamiento y la puesta en debido contexto de sus demás obras. El corazón del daño, entonces, sería una especie de caballo de Troya literario: más que una culminación, es el índice de una carrera larga y brillante, un excelente primer título con el cual entrar a la obra entera.
Con Colección permanente, por otro lado, tenemos un objetivo parecido pero una forma distinta: si la cronología y la tensión narrativa de El corazón del daño nos hace pensar en una novela, este segundo libro publicado por Random House está más cerca del ensayo por su afán de ordenación sensible del mundo propio. Las diferentes secciones —entrevistas inventadas, cartas a un maestro sin nombre, fragmentos de una poética personal, atisbos biográficos— se nos presentan como pequeños vectores, desordenados solo en apariencia, pero que apuntan a un centro común: la conciliación de diferentes formas y métodos escriturales, todos con la poesía como fuerza centrípeta que mantiene a todo en movimiento y en su lugar.
Este nueva propuesta de Negroni calza perfectamente con el título del libro y con su concepto: una especie de museo personal, una exposición cuyo proceso curatorial consistió en la búsqueda de piezas que no se han movido de lugar con el tiempo en el diorama de su praxis creativa: Colección permanente es un catálogo de lo que se quedó con ella después de los exilios, los viajes, la publicación de cuatro decenas de libros, las traducciones, los aprendizajes, las cátedras y las pérdidas. De todo esto, Negroni se queda con lo esencial —ciertos autores, algunos compositores y artistas contemporáneos e incluso una lista recomendada de lecturas—, y se permite, como buena profesora, ser categórica en sus lecciones sin resultar nunca dogmática.
Y es que en pocos libros he podido hallar una pedagogía de la escritura literaria tan honesta y efectiva como en este. Me vienen a la mente, por ejemplo, los diarios de Pavese y Las clases de Hebe Uhart, de Liliana Villanueva. Las cartas al maestro sin nombre parecen una declaración de principios tan bella como útil: en ellas viven a la vez la Negroni joven, la pupila que hace públicas todas sus dudas sobre el oficio, y la Negroni experimentada, la autora y profesora que sabe que el material del escritor, además de la palabra, es el tiempo mismo, y que escribir “es como entrar a un museo de palabras para jugar con la memoria de lo que se perderá”.
Ni el escritor más avezado ni el crítico más agudo pueden saber con certeza qué se perderá y qué habrá de perdurar. Pero a veces solo falta un buen mapa para hacer que el territorio perdure en la memoria, y aún existen zonas sin explorar en la obra de María Negroni. Solo el tiempo dirá hacia dónde la lleva esta labor cartográfica. Por ahora, en Colección permanente nos ha legado un manual eficaz —y esperanzador— sobre cómo no perder la fe en el oficio de escribir.