Revista de Crítica ISSN 2954-4904
Literatura


Gary Stevenson, The Trading Game, Penguin Random House, Londres, 2025, 352 pp.


Un trader o, en un español que ya suena anticuado, agente de bolsa es un apostador profesional: las economías su caballo de carreras y los bancos su prestamista. Como en cualquier apuesta deportiva, entre más gente esté equivocada sobre el resultado, más amplio es el margen de ganancia; así, no basta con ver el futuro: debe ser uno que los demás consideran imposible.

En el periodo posterior a la crisis del 2008, cuando los expertos pronosticaban una recuperación rápida e indolora que consistía en devolverle la confianza al consumidor, Gary Stevenson vio el colapso de la economía mundial. Preguntándole a la gente por qué no gastaba, descubrió lo que con un poco menos de matemáticas y un poco más de sentido común hubiera sido evidente: no les faltaba confianza sino dinero. Al enterarse de que las deudas de los gobiernos tampoco paraban de crecer, la situación se convirtió en uno de esos enigmas que no te dejan dormir. Si todos eran deudores, ¿dónde estaban los acreedores? Mientras repartía sándwiches en una junta del Citibank la respuesta, en retrospectiva bastante obvia, se le reveló en forma de epifanía: “It was us, wasn’t it? We were the boys who’d be richer than our fathers, in a world of children who’d be poor […] It was inequality that would grow and grow, and get worse and worse until it dominated and killed the economy that contained it.” En The Trading Game, Garycuenta la historia de cómo llegó a esta conclusión, le sacó hasta el último centavo que pudo y huyó antes de que su propio éxito lo destruyera.

La primera parte del libro, “Going up”, narra el ascenso del protagonista desde un barrio de clase baja hasta los rascacielos del centro de Londres. Gracias a una mezcla precoz de talento para las matemáticas, disposición a trabajar duro y lo que el propio Gary llama “amor” o “hambre” de dinero (aunque más tarde usará la palabra “adicción”), este recorrido parece directo e inevitable, como el destino. No sé si por influencia de la tragedia griega o de esos casos de gente rica y famosa de los que uno se entera en las noticias, desde el principio sospeché que estaba frente a la clásica historia del personaje cuya ambición lo lleva a la ruina, y una ojeada al índice me lo confirmó: el último capítulo se llama Going down. En cualquier caso, lo que me interesaba no era el desenlace sino la trama. Había llegado al libro por el canal de Yotube de su autor, “Garys Economics”; estaba al tanto de que había abandonado el mundo del trading para convertirse en activista político. Yo quería saber por qué. Y aunque al principio esta curiosidad motivó mi lectura, pronto amenazó con estropearla: temí encontrarme con una propaganda disfrazada de biografía. Los primeros capítulos, sin duda los más débiles, no disiparon mis reservas, pues se limitan a preparar el momento en que la acción empieza, es decir la llegada de Stevenson a las oficinas del Citibank. Fue su prosa lo que me convenció de estar ante una historia que merecía ser contada. Hecho de parejas en apariencia contradictorias (coloquial y meticuloso, ágil y didáctico), su lenguaje poseía un tono, esa modulación de la voz que en el registro oral todos tenemos, pero en el escrito es tan difícil de conseguir. Y, sin embargo, tan importante: gracias a ella, podemos sentir que estamos hablando con una persona en vez de un robot. El gran logro de Stevenson es que, al leerlo, uno siente que lo está escuchando.

Otro temor mío era estar leyendo una variante del El lobo de Wall Street, es decir una historia que por apego a la mímesis se vuelve tan superficial como lo que retrata. Por fortuna, la única coincidencia es el tema; en el tratamiento, The Trading Game se parece más bien a Cosmopolis, una novela de DonDeLillo que pasó desapercibida pero veinte años después resulta visionaria. Su protagonista, Eric Packer, es un trader que usa patrones de la naturaleza para predecir los comportamientos del mercado. Para él, como para los colegas de Gary, la economía no es una realidad concreta y material, sino un conjunto de cifras y abstracciones: pulsando en una pantalla, Eric puede invertir toda su fortuna desde la computadora de su auto, mientras se divierte con la idea de que una rata (precursora de la bitcoin) se convierta en la divisa universal. En este mundo, la inmaterialidad y la rapidez de lo digital se han convertido en una ética: todo, incluso las palabras, debe actualizarse o morir, sepultado por el flujo de información. Se trata de una sociedad lanzada hacia el futuro que, sin embargo, se rige por las necesidades más primitivas: Packer es un gran trabajador y un gran consumidor; consume sexo, comida, entretenimiento, servicios médicos diarios, poesía, ideas y hasta una catedral. Atrapada en el ciclo biológico de labor/sustento, su vida se ha reducido a la de un ejemplar de la especie: todo lo que toca se vuelve no de oro sino desechable. En este sentido, se parece más a los personajes secundarios de The Trading Game que a su protagonista: desde el principio Stevenson se dio cuenta de que, pese a toda su capacidad de consumo, sus colegas eran profundamente infelices. Una confianza excesiva o de plano arrogante le hizo creer que podría enriquecerse y escapar antes de que esa forma de vida lo corrompiera. Encerrados en la celda que ellos mismos construyeron, ambos protagonistas se empiezan a autodestruir; Gary se encapricha con un dinero que la empresa le debe y Packer insiste en cruzar la ciudad para cortarse el pelo. Además, en los dos casos la crisis interior corresponde al exterior: este mundo de abundancia y soledad es un lado de la moneda. El otro lo encontramos cuando la odisea de Eric a través de Nueva York se interrumpe por una protesta o marcha o revuelta en que los rebeldes agitan ratas en el aire, rompen vidrios de los rascacielos e infestan las pantallas de Wall Street con un mensaje: “A specter is haunting the world. The specter of capitalism”.

A los veinticinco años, Gary Stevenson se había convertido en un trader sumamente exitoso. También se había alejado de su familia y pareja, dormía en un departamento sin muebles y andaba por la calle con zapatos agujereados. Todo lo que tenía era su trabajo, sus números y una inquietud: “[The] dawning realization that [the crisis] was not just a theory”. En estas condiciones, la mudanza a una sucursal japonesa del banco terminó por hundirlo. Aunque estaba harto de esa vida, no quería renunciar, pues hubiera perdido varios millones que la empresa le debía; por la misma razón, sus superiores estaban dispuestos a mantenerlo empleado hasta que se fuera por voluntad propia. El clímax de esta parte del libro es una reunión privada entre Gary Stevenson y Caleb donde su antiguo mentor y actual jefe le sugiere que se olvide del retiro y, para animarlo, le plantea un futuro de “courtrooms and poverty. It was brutal, and behind it was power: one of the largest corporations of the world.” Aunque Gary estaba seguro de no haber cometido ninguna falta importante, tenía miedo: había sido testigo de la fuerza del Leviatán. Tras la crisis del 2008, cuando los políticos consideraron la posibilidad de gravar a los bancos, todos sus colegas se echaron a reír: “They knew who was in charge. They could probably do the same to the courts”.

Por esa ironía que colinda con la tragedia, los últimos capítulos de The Trading Game, sin duda los mejores, recuerdan a El proceso de Kafka. Para enfrentar la amenaza corporativa que se cierne sobre él, Stevenson contacta a cuatro abogados de distintos países, manda correos furiosos a todo el escalafón del Banco y acude constantemente a las oficinas de RH, cuyo director siempre lo recibe con una sonrisa. Su proceso será tan nebuloso, lento e inverosímil como el kafkiano; por momentos, ni siquiera está claro que haya un proceso: el acusado sigue trabajando en la Empresa, tiene libertad de movimiento y un salario enorme. Lo que no tiene son respuestas. Tras los funcionarios de nivel inferior con los que lidia diariamente (el broker, el trader, el RH), hay una jerarquía infinita a la que nadie puede acceder. Al igual que Joseph K., Gary tendrá dificultades para entender cómo es posible que una organización tan poderosa pueda ser tan torpe para resolver su caso. La cuestión es que el comportamiento mecánico e indiferente que asociamos con la burocracia solo es ineficaz desde el punto de vista de las necesidades de las personas; en El Proceso, sentimos la omnipotencia del Tribunal a través de ellas: son insignificantes al grado de que no reciben un nombre propio. Las identificamos por su función ¾el flagelador, el inspector, el ujier¾, porque su existencia se ha reducido a la de un engranaje en la maquinaria del mundo. Es por esto y no por un egoísmo digno de Narciso ni una perversidad diabólica que, hacia el final del libro, cuando Gary le pregunta si no cree que deben hacer algo sobre la crisis, su colega no entiende a qué se refiere: ya se hicieron ricos, qué más podían hacer. Una respuesta que recuerda a la del flagelador a Joseph: “Lo que dices suena razonable, pero me pagan para azotar. De manera que azoto”. La diferencia entre ambas historias es que Stevenson sobrevivió: tras meses de algo más parecido a un trámite que a una lucha, obtuvo su dinero y abandonó la Empresa.

Quizá por culpa de su subtítulo, “A Confession”, al libro se le ha reprochado su falta de introspección; la gente espera una ceremonia que incluya examen, arrepentimiento y moraleja. A mí lo que me hizo falta fue satisfacer la curiosidad que en un principio me motivó a leerlo. El problema es que al aclarar una parte del misterio (por qué Gary abandonó el trading), la otra (por qué abrazó la política) se volvió más oscura: tras haber pasado por este calvario burocrático, uno no entiende cómo pudo echarse sobre los hombros la responsabilidad de detener la catástrofe que tanto lo benefició. Es verdad que en la última página Stevenson menciona de pasada el tema; dice que si no fuera por su activismo “I’d probably be on a beach somewhere, getting sunburnt and bored out my skull”. Pero como explicación, esta línea se queda corta: nadie sacrifica su privacidad y se expone a todo tipo de ataques solo para divertirse. Otra hipótesis que tampoco me convence es la culpa: hay formas menos complicadas de lavarse las manos, la filantropía por ejemplo. No. Yo creo que algo más importante debió de haberlo motivado. Yo creo que Gary, en el fondo, sabía que financiando a políticos profesionales o invertiendo en campañas contra la desigualdad no hubiera encontrado lo que Eric Packer busca en un corte de pelo: a sí mismo.

Aunque Stevenson no se haya dado cuenta, el principal mérito de su acción es político, en el sentido que los griegos daban al término: resolver los asuntos de la polis con la palabra y no la violencia. En contraste con una época lo suficientemente desesperada para votar a hombres fuertes que “solucionen” sus problemas pero no para hacerse cargo de ellos, rechaza la fuerza (del dinero, del Estado, de la calumnia) y prefiere acudir a lo que para Hannah Arendt era la forma más elevada de la libertad: la acción organizada, la libertad política. Así, sus videos o discursos son publicidad en el viejo sentido de la palabra: al discutir los asuntos públicos Gary ofrece su punto de vista y apela a nuestro juicio porque la relación que pretende entablar con quienes lo escuchan no es la de un vendedor con su cliente ni un líder con su fantático, sino la de dos ciudadanos. Es verdad que esta forma de convencimiento tiende a resultar menos efectiva que la manipulación o la violencia. Pero tiene la ventaja de que quienes son persuadidos por la transparencia en las palabras y las acciones del otro, quienes toman su decisión con entera libertad, pueden sentir lo que Jefferson llamaba “felicidad pública”. Según Arendt, se trataba de algo más que mero placer, pues solamente allí, a la luz de la plaza y las miradas de nuestros conciudadanos, se manifiesta quien en lugar de qué somos (un escritor, un funcionario, un trader). Tenemos un montón de obras de Aristóteles, dice, pero conocemos mejor a Sócrates. Puede ser. Sin embargo, yo creo que el libro de Stevenson ilumina tanto como su acción política: no es un folleto de propaganda ni un bien de consumo sino una obra: algo hecho para durar.

Las últimas páginas de The Trading Game las leí sentado en una banca de la colonia Condesa, en Ciudad de México, pocos días después de una marcha o protesta o revuelta contra el aumento en los precios de la vivienda. Reunidos en una zona conocida por su alto porcentaje de extranjeros (en particular estadunidenses), los más inconformes rompieron vitrinas, saquearon tiendas y rayaron paredes. Las pintas, algunas xenofóbicas, llegaban a mí como un ruido lejano y familiar: era el sonido de la misma furia que en otros países está articulando movimientos de masas. Lleno de preguntas que no me atrevo a formular, apuré el resto del libro sin encontrar respuestas. Ni siquiera quedé satisfecho cuando, algunas semanas más tarde, Gary subió un video de título prometedor, “The real reason behind the housing crisis”, donde explica que en realidad estamos frente a una crisis de todos los activos (oro, acciones, obras de arte, coches). De acuerdo con Stevenson, los expertos no la han diagnosticado porque su enfoque en los fenómenos particulares les impide ver “the big picture”. Lo curioso es que a él le ocurre lo mismo. Con toda su atención puesta en la economía, no se ha percatado de lo que el relativo fracaso de su acción política dejó al descubierto. Su plan, tan eficaz en apariencia, era sencillo: “To show people the economy is collapsing and hope they will take action”. Pero cuando la gente empezó a notar que su poder adquisitivo disminuía, se entregó a la pasión en vez de la acción. Irritado por la pasividad tanto de los ciudadanos de a pie como de los ricos y aun de los gobernantes, Stevenson ha llegado a decir que la verdadera crisis ya no es económica sino “psicológica” o “espiritual”: el egoísmo, el miedo y el odio han terminado por separar a las personas y reducirlas a la impotencia. Aunque esta hipótesis es plausible, me parece equivocada, pues el poder de un cuerpo político depende de su estructura, no del ánimo de sus miembros. Justamente porque se trata de una cuestión de sentido común, nuestra tendencia a buscar explicaciones a los problemas de una comunidad en todas partes menos en su forma de gobierno es un síntoma de la crisis que a mí me preocupa: hemos convivido tanto tiempo con ella que ya ni siquiera la percibimos. Y sin embargo, en los momentos clave, cuando la economía, la seguridad o la salud de un país están en juego, se hace sentir con una violencia que nos sacude hasta los cimientos. Es la crisis de unas democracias cuya principal institución, el derecho al voto, no solo ha resultado insuficiente para conservar el gusto por la política ¾se ha vuelto la manera de extinguirla.

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