Revista de Crítica ISSN 2954-4904
Literatura


Hiram Ruvalcaba, Los inocentes, Ediciones Era, Ciudad de México, 2025, 156 pp.


Hay un tema que atraviesa gran parte de la obra literaria de Hiram Ruvalcaba: la violencia, entendida en un sentido amplio —de género, sexual, política, familiar y social—, cuyo fatídico desenlace suele ser la muerte. Esto puede apreciarse en títulos como La noche sin nombre (2018), De cerca nadie es normal (2022), Todo pueblo es cicatriz (2023) y, desde luego, en su más reciente libro de cuentos, Los inocentes (2025). Su prosa, sencilla pero profunda y auténtica, le ha hecho acreedor de diversos reconocimientos, entre ellos el Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela (2016), el Premio Nacional de Cuento Joven Comala (2018) y el Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez (2021).

Los nueve relatos que componen Los inocentes sitúan a la violencia como protagonista. En “A oscuras”, Javier, un médico y padre de familia, termina en un lugar dispuesto a pagar por acostarse con una niña que se ve obligada a ello para sobrevivir; más adelante descubre que se trata de una conocida. “Finales felices” cuenta la historia de Jorge, una noche despertado por su hijo —con el que mantiene una relación distante—, quien le pide ayuda para desaparecer el cadáver de su novia, a la que ha asesinado durante una pelea. En este  relato destaco la forma en la que se encuentra narrado: segunda persona, modo imperativo, lo que nos permite percibir más de cerca la desesperación del protagonista, mostrándonos hasta dónde es capaz de llegar el amor paternal con tal de proteger a un hijo. Por su parte, “Blanco como porcelana” aborda una problemática dolorosamente común en México: la desaparición de personas y la creciente insensibilidad social ante el sufrimiento de sus familiares. En este cuento, un padre busca los restos de su hija, Lucía, en la facultad de Medicina, donde han terminado como material de prácticas para los estudiantes. Ruvalcaba lleva esta deshumanización hasta las últimas consecuencias, mostrando a los académicos más preocupados por la pérdida de “material de trabajo” que por la indignidad infligida al cuerpo de una víctima: “Es una lástima, en verdad. Comprenderá que esto supone un problema para nosotros […] Y todo por el bien de la educación. Si fuera mi cuerpo, yo permitiría que se quedara en esta escuela: ¡qué mejor manera de aprovechar la vida después de la vida, que entregándoselo a la ciencia!”. Este relato deja una sensación de impotencia y perplejidad. La incredulidad inicial se mezcla con la certeza de que, lamentablemente, una situación así no resulta del todo improbable.

“Los últimos hombres” expone otra herida abierta de la realidad nacional: la persistencia de la homofobia, pese a los esfuerzos del colectivo LGBTIQ+ por erradicarla. En él, unos policías sorprenden a una pareja homosexual en su automóvil y dejan salir sus prejuicios con total impunidad. En “El truco del sombrero”, “Paseo nocturno” y el cuento homónimo “Los inocentes” se aborda la pérdida de la inocencia infantil, un tema que el autor ha declarado central y razón del título del libro. En estas historias, la vida de los niños transcurre en un horizonte incierto y amenazante, donde la muerte y la violencia les alcanzan con la complicidad de la indiferencia social y, en muchos casos, de sus propios padres. En “Cuchillos japoneses” y “Los cachorros” se juega con la inversión de los papeles de víctima y victimario. En el primero, una pareja de mujeres se enfrenta al marido de una de ellas, un hombre violento al que intentan envenenar. En el segundo, un grupo de jóvenes sicarios camina en la madrugada para dar una noticia fatal a la viuda de un compañero asesinado por otra banda; en el trayecto, entre risas, recuerdan sus propias atrocidades y reflexionan sobre el momento inevitable de su muerte.

A pesar de sumergirse en escenarios y situaciones crudas, el autor no adopta una visión pesimista de la vida. Por el contrario, ha afirmado que su literatura tiene un fin tan testimonial como esperanzador, algo que se refleja en los finales abiertos de varios relatos. En el cierre del último cuento, por ejemplo:

—¿Nos vamos? —preguntó el Cerote, que renqueaba, apoyándose en el brazo de Micaela.

—Para allá —el Ajolote señaló un punto invisible en la distancia—. Allá donde se acaban las vías.

En palabras del propio autor, esta imagen condensa la idea que recorre el libro: que incluso después de la violencia y el dolor existe la posibilidad de seguir caminando hacia algo mejor.

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