Mario Praz, Lectora nocturna, Elba, Barcelona, 2026, 202 pp.
Curioseando en la espléndida librería Finestres de Barcelona me topo con este pequeño volumen. Siempre he sentido simpatía por Praz, aun antes de leerlo, desde que lo descubrí en las páginas de La utopía de la hospitalidad (“Tributo a Mario Praz”) de Christopher Domínguez Michael, me temo que el siglo pasado. Luego leí finalmente La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica, vasta investigación sobre la impronta de Sade en el Romanticismo más sombrío, o sea, el Decadentismo, próxima a cumplir cien años (apareció originalmente en 1930). Es una obra de historia y crítica enmarcada en lo que George Steiner llamaría old criticism, anterior a la época en que la teoría se enseñoreara de los estudios literarios. Convengamos en que se excede en las citas de ejemplos, pero se deja leer mejor que muchos trabajos académicos actuales, ahogados en teoría o más interesados en reivindicaciones ideológicas o políticas que en lo literario. Una cosa es irrefutable: nadie podía decirle a Praz que no sabía de lo que estaba hablando, pues, para emprender una obra así, da la impresión de haberse leído toda la literatura del periodo.
Pero no es del Praz crítico del que quiero hablar, sino del ensayista en el sentido más clásico de la palabra, ese que me ha revelado Lectora nocturna. Edmund Wilson, en “El genio de via Giulia”, aquí incluido a manera de presentación, reivindica la naturaleza de artista de Praz, ya visible en libros como La casa de la vida, crónica de la colección de obras de arte y antigüedades que el maestro italiano fue reuniendo en su casa a lo largo de los años y la fueron convirtiendo en un museo personal, hoy abierto al público en el Palazzo Primoli, su último domicilio, uno de los más hermosos y menos trillados rincones romanos. Era, por supuesto, un crítico-artista, a la Oscar Wilde. Como ensayista, Praz fue discípulo de los ingleses, en especial de Charles Lamb y William Hazlitt. Después de inventado en el siglo XVI en un castillo cerca de Burdeos, el ensayo cruzó el Canal de la Mancha y encontró allí, entre los siglos XVIII y XIX, sus mejores exponentes. Una de las primeras tareas literarias de Praz, comisionada por el hoy olvidado Giovanni Papini, fue justamente traducir a Lamb al italiano. Entonces comenzó a aprender el sutil arte del ensayo inglés: personal, anecdótico, ligero, reflexivo, despojado de grandes pretensiones, pero trabajado como una pequeña obra de arte, a la manera de los medallones o miniaturas de su colección.
Como todo genuino ensayista, Praz va trazando su autorretrato a través de sus textos. No importa si reflexiona sobre un cuadro de una mujer que se queda dormida mientras lee, el cuervo de Poe, los relojes de Carlos V, las palabras pronunciadas antes de morir, las muñecas, el olor de Venecia o las villas antiguas. Lo que se pinta es una sensibilidad, un gusto, una manera de ver las cosas y estar en el mundo: su propia persona. El libro alcanza su clímax en el “Retrato de un epicúreo”, en el que a partir de la descripción de dos amores se dibuja a sí mismo. El epicureísmo de Praz no es el de la noción popular de placeres sensuales y voluptuosos, sino, quizá más cercano al verdadero Epicuro, el del ideal de la calma y la ausencia de agitación, mucho más cercano a su carácter. Lánguidamente, escribió: “Pues él había preferido siempre los climas calmos, saturados de sol declinante, los paisajes serenos, las villas palladianas blanquecinas al fondo de un jardín o en lo alto de una colina boscosa […] el largo era, de los tiempos musicales, el que normalmente más lo conmovía. En los instantes de felicidad fulguraban en su mente, como imágenes concretas de ese estado suyo de gracia, solemnes perspectivas de caminos tranquilos, de jardines silenciosos, de suntuosos departamentos desiertos […] En todo cuanto él amaba había algo de firme, de radiante, de calmo”. Que esta aspiración de serenidad haya coincidido con dos guerras mundiales entraña una paradoja evidente. Y la Historia, mal del grado del ensayista, se cuela inevitablemente en varios de los textos como una sombra ominosa de la que no se puede huir, así en “Sobre lo ‘demónico’ ”, “El borracho bajo la ventana” o “El jardín de las azaleas”.
Sobre Praz, es fama, pesaba una leyenda negra. A su alrededor ocurrían cosas extrañas: las luces se apagaban, los objetos se caían, los espejos se quebraban. Pronunciar su nombre era atraerse inevitablemente la mala suerte. Era mejor referirse a él de manera indirecta. Tenía un apodo famoso en Italia: il iettatore, o sea, el que trae la mala fortuna. En una entrevista atinadamente incluida en Lectora nocturna (la edición y traducción del libro, por cierto, se debe al buen gusto de José Ramón Monreal), el aludido se defendía: “No tengo yo conciencia de que en mi presencia ocurran grandes cosas. ¿Sabe?, una de las razones para la difusión de esta habladuría puede estar en la imperfección física, este defecto de la pierna. Y luego en un cierto, digamos, carácter acerbo crítico o maledicencia, como se quiera llamar”.
Como a su admirado modelo, la fama interpretó mal a Praz. El crítico maldito era, en realidad, un habitante del jardín de Epicuro.