Pilar Palomero, Los destellos, España, 2024.
Horta de Sant Joan es una localidad en la provincia de Tarragona, cerca de la frontera con Aragón, de poco más de mil habitantes. Se trata del pueblo donde Pilar Palomero pasaba sus vacaciones, porque su abuelo era originario de allí. Por lo general, los recuerdos de la infancia se quedan en la imaginación de cada uno; se comparten en conversaciones con las personas más cercanas, o se trasladan a diarios. Hacer de ellos una obra de valor artístico ocurre en contadas ocasiones, aunque he ahí la magdalena de Proust y Los 400 golpes de Truffaut, por poner dos ejemplos paradigmáticos.
En esa línea, la mirada de la niña que habitó ciertos lugares cuarenta años atrás ha tenido continuidad en la producción fílmica de la mujer adulta: primero en algunos cortos, como La noche de todas las cosas o el documental Horta, y ahora en su último largometraje, Los destellos.
La directora, que vio la luz en Zaragoza en 1980, ambientó ahí su primera cinta de larga duración: Las niñas, y en Barcelona, ciudad donde tiene casa, la segunda: La Maternal. Para la tercera, una historia llena de sensibilidad y de emociones que le tocan de cerca, ha vuelto a sus orígenes y el grueso de la película se ha rodado en su huerta —del catalán“Horta”—, y en este caso de forma casi literal, por las escenas rodadas en tierras de cultivo.
Las tres son historias de tránsito: la primera entre la infancia y la adolescencia; la segunda, entre la adolescencia y la adultez (precoz, si se quiere, pero adultez al fin y al cabo), y en esta tercera da un paso más allá, para situarnos ante el abismo del último tránsito.
El punto de partida narrativo es un relato de la escritora vasca Eider Rodríguez, Un corazón demasiado grande, que Palomero adapta, y de algún modo adopta, y al que da una dimensión audiovisual que, sin desbocarse hacia el melodrama, en muchos momentos puede incitar a la lágrima. El argumento se resume brevemente: Isabel (Patricia López Arnaiz) empieza a visitar a su ex marido, Ramón (Antonio de la Torre), que está enfermo en fase terminal, cuando se lo pide su hija, Madalen (Marina Guerola). La relación de la antigua pareja evoluciona desde la distancia y el dolor causados por la separación hasta una nueva cercanía que les permite cerrar heridas del pasado.
Pero más allá de la historia —cuyo principal interés radica en asistir al declive físico del personaje de Ramón y cómo eso afecta a quienes tiene alrededor, sobre todo a Isabel—, hay dos elementos formales que hacen de esta una película diferente. Por un lado, están los silencios que se crean entre los personajes y los envuelven, y por otro los destellos, que dan título al filme y que se integran en un sugerente juego de luces y sombras.
Para el grueso de los espectadores, el cine es un arte eminentemente visual. Pero para Pilar Palomero, es mucho más que imagen: en su película, el uso del silencio (y de la palabra) es tan relevante como los tiros de cámara. Porque no hay que olvidar que, además de las voces, están la música, la mezcla de sonido y el diseño sonoro, elementos que atraviesan la historia y le añaden capas de significado. Este aspecto del cine de Pilar Palomero es fundamental para comprender Los destellos.
En cuanto a los silencios, aparecen desde el principio, cuando Isabel —una inmensa Patricia López Arnaiz, que obtuvo la Concha de Plata por su papel protagonista en el último Festival de San Sebastián— pasea entre la naturaleza muerta de la propiedad que acaba de adquirir. El recorrido entre esos trastos, que evoca el cortometraje La noche de todas las cosas, es una declaración de estilo que nos acompañará a lo largo de toda la cinta. Nos habla de los recuerdos y de cómo aproximarse a ellos, de los objetos que pertenecieron a personas que quisimos, que amamos, y que ahora quedan como remembranza del tiempo compartido, que a nuestra forma veneramos. Y es que, en cierta forma, estos objetos terminan por sustituir los recuerdos de esas personas, pues encapsulan una imagen de ellas que se ha quedado congelada en la memoria.
A los personajes, especialmente a los adultos, les acompaña un silencio que una y otra vez se realza. Por sus miradas, por sus gestos, podríamos inferir incluso que hay en ellos un intenso monólogo interior. Esa actitud entre meditativa y apesadumbrada, que tan bien encaja con lo que se está contando (cómo se afronta la muerte cuando es inminente y todo lo que se puede hacer es aceptarla), alcanza sus cotas de mayor vuelo durante el paseo entre los árboles. La visión de Patricia López Arnaiz cogida del brazo de Antonio de la Torre y el afecto que manifiesta hacia su ex, solo salpicados a nivel sonoro por los jadeos de él, componen un fragmento donde las emociones se desbordan y en cuyo tramo final los actores se desvanecen ante la grandeza de la montaña. Bien miradas, la escena de forma global y esa última estampa en particular funcionan como una síntesis de toda la película, y de algún modo la trascienden.
A ese largo silencio le sigue otro más corto, pero de hondo calado, cuando Isabel vuelve a la cama con Nacho, su actual pareja, y que incorpora un efectivo, aunque más incidental, Julián López. Ambos saben lo que está pasando, pero la ausencia de palabras da a esos instantes otra magnitud, revelando la calidad humana de la pareja.
Partícipes de los silencios son también los actores que cierran el cuarteto protagonista: el ya mencionado Antonio de la Torre y la debutante Marina Guerola. El primero borda el papel de un Ramón cuyo desgaste físico se acentúa a lo largo del filme, y que él sabe plasmar mediante una fragilidad y una respiración agitada, difíciles de olvidar. Ella, como Madalen, aprueba con nota ese difícil equilibrio entre la actitud vital y el sufrimiento, y se convierte en otro descubrimiento de Pilar Palomero en el terreno de las actrices jóvenes, después de Andrea Fandos en Las niñas y Carla Quílez en La Maternal.
En esta ocasión, Guerola no desempeña el rol principal, pero es la pieza clave para reconstruir la relación entre Isabel y Ramón, y nos ofrece junto a este una de las escenas más emotivas del metraje. Madalen saca a bailar a su padre, mientras suena A tu vera, en la voz de Lola Flores, y el momento destila una ternura casi mágica que la letra de la canción subraya: “Siempre a la verita tuya hasta que de amor me muera”. De hecho, si no fuera por la música, esta secuencia podría enmarcarse en la esfera de los silencios, porque nada hace falta decir, cuando la imagen —la hija pegada a su padre como si no hubiera un mañana— y el sonido —la canción adecuada— lo dicen todo. La escena también muestra la aguda sensibilidad de la directora, que pone sobre la mesa unos sentimientos nacidos en el pasado, los proyecta sobre un futuro próximo (la muerte pronto se llevará a Ramón) y los destila en un presente en que el baile es quizá el último que tengan padre e hija, y es por ello que Madalen quisiera prolongarlo para siempre.
El otro elemento formal del que hablábamos tiene que ver con la fotografía, en particular, con la luminosidad de algunas escenas, y está no ya desde el principio, sino en el propio título y en la imagen inicial. Ya ahí se observan los primeros destellos, a través de los cuales reconocemos el cuerpo de una mujer a contraluz. Pero hay más; por ejemplo, cuando Ramón e Isabel van en coche hasta la playa y una serie de resplandores se reflejan en sus rostros. Una vez que han llegado, también se encadenan una serie de imágenes luminosas alrededor de unos fósiles, con las caras de los protagonistas que tan pronto vemos con claridad como vemos oscurecidas.
La directora de fotografía, Daniela Cajías, ya había trabajado con Pilar Palomero en Las niñas (2020),por la que obtuvo su correspondiente Goya, y también destacó por su labor en Alcarràs (2022), por la que fue nominada al mismo premio, y en As Duas Irenes (2017), que le valió el reconocimiento en el Festival de Cine de Guadalajara. En esta ocasión, su trabajo hace pensar en pinturas de esos maestros llamados de la luz y, en particular, de Joaquín Sorolla, por esa habilidad para captar los variados brillos del Mediterráneo y del sol sobre las pieles. En las escenas del viaje de Isabel y Ramón a la playa, en esos primeros planos, también hay algo de Johannes Vermeer.
A nivel narrativo, esos instantes junto al Mediterráneo son la quintaesencia del mensaje que encierra el filme; esto es, que la vida hay que disfrutarla hasta el último suspiro y que, aun cuando acecha la muerte —o incluso más entonces—, hay tiempo para saborear lo que nos ofrece la naturaleza y los seres que nos rodean. El juego de luces y sombras en muchos planos, en escenas enteras, da sentido literal y metafórico al título. Entre los destellos poéticos estarían el baile de Madalen y Ramón, así como el fallecimiento del segundo. Llegado ese trance, la directora, lejos de recrearse en él, lo resuelve con un fuera de campo en que se escuchan unas cremalleras, mientras Isabel, Madalen y Nacho, los tres que quedan, miran hacia la habitación y se miran entre ellos.
Que Ramón haya elegido para morirse el momento en que los otros tres están juntos probablemente no es casual. Por un lado, lo hace tras unos instantes de plenitud emocional y de armonía entre todos ellos, y además es como si paradójicamente eligiera la vida frente a la muerte; como si en algún momento de ese último tránsito les estuviera diciendo: “Vivid vosotros por mí lo que yo ya no puedo vivir”. Palomero se acerca a esa situación con elegancia, sin sentimentalismos, sin escenas lacrimógenas, para exponer a continuación cómo efectivamente, pese al dolor, la vida sigue.
Otro hallazgo que hace honor al título es la escena en que varios sanitarios de paliativos visitan a Ramón en su casa. Con un enfermo ya bastante deteriorado, se construye un fragmento cuasidocumental, en que él expresa cómo le gustaría ver crecer a su hija, y uno de los sanitarios reflexiona sobre la finitud y cómo la afrontamos. Tratándose de profesionales de la salud en la vida real, la secuencia constituye otra de esas en que lo real se mezcla con lo ficticio, algo de lo que la realizadora ya sacó partido en La Maternal. Son escenas que va “esculpiendo”, en que prepara todo lo necesario para que las cosas se den, a las que ella misma llama “escenas de pesca y no de caza”.
Junto a lo anterior, es difícil de olvidar la lectura del fragmento de Platero y yo, y esa “Nostalgia” que anticipa la ausencia de Ramón con el “Platero, tú nos ves, ¿verdad?”. Eso, dicho en la voz de Madalen, quien más hace por dar una muerte digna a su padre, cobra mayor valor. Es así, utilizando la palabra solo lo justo y necesario, como la cineasta consigue que Los destellos también nos iluminen a través del núcleo de la historia: el paso de la vida a la muerte, tratado con un respeto y una sensibilidad para los que contados realizadores tienen el don, y Pilar Palomero forma parte de esos pocos afortunados.