Revista de Crítica ISSN 2954-4904
Literatura


Cristina Sánchez-Andrade, Habitada, Anagrama, Barcelona, 2025, 223 pp.


En una época en que leemos muchas obras narrativas escritas con un español ordinario y estandarizado, sorprende encontrarse con autores que ponen, por encima de todo, al lenguaje. Parecería una vulgaridad que la materia de la que está hecha la literatura haya pasado a un segundo plano, pero pensemos en obras algunas premiadas, en cada uno de los libros leídos, sobre todo novelas para este caso, y repasemos en cuantas veces alguno de ellos nos hizo ir, al menos, diez veces al diccionario: muy pocos. La mayoría de los escritores, en las últimas décadas, han confundido la originalidad con la autenticidad. En la era de la literatura del yo, abundan los escritores que han realizado los más variados menesteres laborales, que han sufrido las más lamentables vejaciones, que han tocado el fondo más extremo de alguna adicción o que han vivido las vidas más originales. El ardid editorial y publicitario pone, dentro de un manto de neblina, a las obras que realmente valen la pena. Todo poeta, todo escritor, decía W. H. Auden, es “aquel que busca fundamentalmente depurar el ruido del habla para dejar tan solo el sonido”, el sonido del mundo, ampliaría yo. Los autores que logran esto no son ya, creo, escritores, sino una suerte de personajes en la memoria del lector, acaso en su biografía misma. Aquellos que leemos tenemos en nuestra memoria a Borges, a Rulfo, a Sor Juana, a Rosario Castellanos, pero los tenemos como una suerte, decía, de personajes: vemos sus rostros, recordamos sus versos o sus historias, y sus palabras, su ritmo, su estilo, nos acompañan con una cercanía interiorizada y permanente. Cerramos un libro de alguno de estos autores y hablamos sobre ellos varios días o semanas y, si fue valioso para nosotros, regresaremos a hacer una nueva lectura y seguiremos conversando con y de ellos buena parte de nuestra vida, si no es que toda. Un escritor auténtico es, un escritor original trata de ser.

“Dejar tan solo el sonido” es pasar el lenguaje por una craza hasta que la solución diamantina que subsiste se convierte en el estilo propio y único de cada autor. Ese gran éter que es el lenguaje, el español en este caso, está filtrado por el autor hasta que nos ofrece una obra, su obra. Borge, Rulfo, Sor Juana o Castellanos depuraron el sonido del habla, quitaron el ruido, y escribieron una obra auténtica, de la misma manera en que Cristina Sánchez-Andrade lo ha hecho en sus libros. En Ya no pisa la tierra tu rey –obra con la que la conocí cuando ganó el Premio Sor Juana Inés de la Cruz de la Feria Internacional de Guadalajara en 2004–, es una novela rara pues está narrada en la primera persona del plural; por aquellos años yo había leído Las vírgenes suicidas de Jeffrey Eugenides narrada también bajo esa estrategia. Sin embargo, lo que me gustó, según recuerdo y veo mis marcas de lectura, es el puro lenguaje, la manera en que dichos conocidos (“Abuelo abarrotero, padre caballero, hijo limosnero”) ella los transformaba en “el abuelo creó la riqueza, el padre la mantuvo a flote, y él, don Íñigo, se la estaba cargando”. Las narradoras son unas monjas –veintitantas– que se “dedicaban a espiar el mundo”, chicas enclaustradas que recibían la visita de don Íñigo quien aliviaba sus deseos con ellas. La prosa es la de una poeta, pues nuestra autora también lo es, aunque aquí no voy a hablar de sus libros de poesía: eso me llevaría de regreso a Auden y a su ensayo sobre Marianne Moore y los animales. Pero sí diré que la narrativa de Sánchez-Andrade está cargada de sentido poético, lírico y, sobre todo, sensual.

En un tiempo lleno de artilugios mercantiles es difícil decidirse qué leer y a qué autores prestarles atención. No hablaré aquí de la función de la crítica y de la necesidad de los reseñistas, pues cada vez es un campo más minado por los blurbs (a falta de mejor término hemos acabado aceptándolo en español para no tener que diferenciar entre contraportada, fajilla, camisa, sello publicitario, etc.). Lewis Lapham, el célebre editor, dice en El sonido de una voz: “No confío en las reseñas, y he aprendido que los blurbs de la editorial (‘obra maestra’, «’rabajo de genialidad incomparable’, ‘no veíamos algo así desde la muerte de James Joyce o Henry James’, etcétera) dan testimonio de la diligencia de los amigos y las conexiones del autor más que del valor de su escritura”. Con Habitada nos situamos frente a un caso excepcional. Con la obra en general de Cristina Sánchez-Andrade estamos ante una situación extraordinaria: una autora con escasas reseñas, poco atendida por la crítica, alejada de las redes sociales, y con un reducido número de lectores, al menos en México. Sería fácil caer en el lugar común de una “escritora para escritores”, o en este otro: “obra de lectura difícil pero que sobrevivirá al paso del tiempo como Joyce o Broch”. De ninguna manera. Las trampas del mercado no son las estrategias propias de la literatura. La práctica literaria es una labor silenciosa, persistente, de lucha con el lenguaje. Las inviernas o Alguien bajo los párpados, dos más de sus novelas tan notables como las ya mencionadas, corresponden a una tradición más oral que literaria, más antigua que moderna. Los rasgos de sus personajes, en todas ellas, son terrosos más que terrestres, son errantes, se les notan los cimientos más que sus crecimientos, están hechos de sombras y, en la mayoría de los casos, se dejan ver como aquellas personas pueblerinas que se asoman por las ventanas al paso del forastero.

En diferentes momentos Cristina Sánchez-Andrade ha mencionado como influencias a Flannery O’Connor, Carson McCullers, Eudora Welty y Katherine Anne Porter, autoras norteamericanas, sureñas, con raigambre en la tierra, dueñas todas ellas de un estilo único que, al mismo tiempo, emparentan con una región y un modo de vida particular del sur profundo norteamericano. Los críticos de la autora gallega mencionan –a quién más si no– a Valle-Inclán y a Cunqueiro como sus influencias más directas. Existe, sin embargo, una que nunca se ha mencionado pero que me parece evidente: la influencia cervantina. No voy a detenerme aquí a parafrasear las ideas de Harold Bloom, quien ya se ha ocupado de ello ampliamente, de dos de sus libros fundamentales: La ansiedad de la influencia y Anatomía de la influencia, solo diré que, como se sabe, las influencias no siempre son directas. No quiero decir aquí que la obra de Sánchez-Andrade venga directamente de Cervantes, pero sí que ha llegado por alguna otra vía, quizá por la de esos dos gallegos imprescindibles como el ya mencionado Valle Inclán o Emilia Pardo Bazán, quizá a través de Pérez Galdós, Azorín o Unamuno, eso lo tendría que decir ella, pero no se puede negar el ascendente cervantino en la obra de esta autora. Las influencias que detonan en una obra literaria son muchas: el cine, la música, la pintura, las relaciones humanas, la vida misma, pues. La ambigüedad entre realidad y fantasía (sea posesión, locura o imaginación) constante en la obra de Cristina Sánchez-Andrade, específicamente en Habitada es marcadamente cervantina. En Las Inviernas o Alguien bajo los párpados, además, las hermanas, en la primera, y Olvido Fandiño y su criada Bruna, en la otra, no dejan de recordar a Don Quijote y Sancho, personajes que habitan entre lo real y lo delirante. En Habitada ese umbral se presenta entre lo místico y lo real: los dos personajes que habitan a Manuela.

Por otro lado, el humor y la parodia en toda la obra de Cristina Sánchez-Andrade no es solamente el medio de fuga de la tensión, la famosa válvula de escape, sino que es una suerte de vehículo crítico como lo fue para Cervantes. Si en Ya no pisa la tierra tu rey existe un tipo de carnaval, en Habitada hay varias mascaradas entre lo carnal y lo religioso, incluso en lo espiritual.

Existen diferentes obras basadas en La iluminada del Moeche, leyenda de donde toma Sánchez-Andrade la idea para Habitada. El 28 de enero de 1925, en el periódico coruñés El Orzán, se da la noticia de una mujer, Manuela, quien permanecía postrada en cama ya por muchos años. Lo que empezó viéndose como un caso de tuberculosis, fue diagnosticado después como neurastenia aguda. La casa en Moeche, pueblo cercano a Ferrol, está en pie hasta el día de hoy. Semanas antes a la publicación de la primera noticia, Manuela se refería a ella mismas como “la niña” y quien hablaba era un clérigo de Ortigueira muerto en La Habana. Manuela comenzó a hablar con voz masculina, acento cubano y predicaba y repetía las liturgias católicas en latín. Es un caso de Corpo aberto de los muchos que se saben en esa región. No fue el de Manuela el primero en conocerse y estudiarse. El médico compostelano Varela de Montes había ya estudiado un caso similar en el siglo XIX que se documentó como la Espiritada de Gonzar. La literatura médica tiene muchos casos documentados tanto en Galicia como en Portugal, casi todos durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX.

En cuanto a la literatura, los casos más conocidos son los del cuento “Lobosandaus” de Xosé Luis Méndez Ferrín, con el que abre su libro Arraianos, que es como se le llama a los habitantes de la zona de La Raya. Este libro traducido al español desde la última década del siglo XX, había quedado en el olvido, hasta que la editorial Hoja de lata lo puso de nuevo en circulación. Méndez Ferrín es de los autores clásicos gallegos, no tan conocido como Manuel Rivas, quien también se ocupó de La iluminada del Moeche. “Lobosandaus” es un cuento epistolar que narra un caso de Corpo aberto: ““Hoy, de madrugada, los que primero se levantaron en el villar hallaron ahorcado en la rama de un cerezo, mediante nudo corredizo hecho con una soga, el cuerpo de un hombre de cincuenta años que resultó ser el del señor Nicasio Remuñán, capador de oficio y vecino de aquí al lado, de Lucenza”, a partir de aquí nos enteramos cómo el espíritu de Nicasio entra en Obdulia, una encamada –como La iluminada del Moeche, como Manuela–, y que buscan tener algún tipo de acercamiento carnal con su amada Dorinda. Este cuento dio pie a la película O corpo aberto de 2022.

Por otro lado, Manuel Rivas, según leo, se ocupó del caso en un capítulo de Los libros arden mal, pero de entre los libros que admiro de este autor, no he leído este. Rivas quizá es el escritor gallego más conocido en este lado del Atlántico gracias a la adaptación de algunos cuentos de su libro ¿Qué me quieres, amor?, y que dieron lugar a la famosa película La lengua de las mariposas de 1999.

Habitada es, pues, una novela excepcional dentro de la enorme oferta editorial que hay en todos los países hispanos. Una novela que se suma a la tradición de la gran literatura gallega y española. La obra de Cristina Sánchez-Andrade es una obra única: su escritura lo es. Desde la obra de Cristina Fernández Cubas o José Ángel González Sainz no leía yo a un autor español que impusiera un reto a través de su estilo. No son los libros de estos autores aptos para el mercado actual. Ya se sabe que las grandes ventas y los autores que aparecen en todos lados como anuncio de cerveza no son garantía de valor literario. La literatura, esa entidad inmaterial que tanto nos desvela, es tan difícil de asir y de estudiar que solo un cándido se atrevería a decir qué sobrevivirá y qué no. Los lectores somos como esos habitantes de cualquier novela de Sánchez-Andrade: nos asomamos por una ventana llenos de curiosidad y espanto a ver pasar al personaje nuevo y extraño que llega a nuestro oído. Somos invadidos por ellos, nos habitan y comenzamos una charla con ellos, los escuchamos y, si permanecen, hablan a través de nosotros. Porque –con eso quiero terminar– los libros de Cristina Sánchez-Andrade no se leen, se escuchan.

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