Ramón López Velarde, El minutero, Aquelarre Ediciones, Xalapa, 2023, 110 pp.
En uno de los fragmentos de su Libro del desasosiego, Fernando Pessoa —o Bernardo Soares, si se quiere— escribió: “Considero al verso una cosa intermedia, un paso de la música a la prosa. Como la música, el verso es limitado por leyes rítmicas […] En la prosa hablamos libres. Podemos incluir ritmos musicales y, a pesar de ello, pensar. Podemos incluir ritmos poéticos y, sin embargo, estar fuera de ellos. Un ritmo ocasional de verso no estorba a la prosa; un ritmo ocasional de prosa hace tropezar al verso”.
Ignoro qué habría opinado Ramón López Velarde de un dictamen tan extremo, que relega al verso a una posición secundaria y meramente transitoria; en todo caso, El minutero bien puede leerse como una demostración de esta tesis de Pessoa. Libro único e inclasificable, distinto de los anteriores por estar escrito en prosa, un percance interrumpió su conclusión: la muerte del autor en 1921. Tenía, al igual que Cristo, treinta y tres años. Sospecho que la coincidencia no lo habría dejado indiferente.
He dicho “inclasificable”. Para la Enciclopedia de la Literatura Mexicana, El minutero es de algún modo un libro de “narrativa”; la Encyclopædia Britannica lo nombra una “colección de ensayos”; Pablo Sol Mora, en el prólogo a esta edición, prefiere hablar de poemas en prosa o prosa poética. ¿Cuáles de estas etiquetas acepta y cuáles rechaza el libro del poeta jerezano? ¿Importa? Cuento, ensayo o poema, cada uno de los veintiocho textos que lo conforman deslumbra antes que nada por su estilo impecable, anegado de momentos sorprendentes. Aquí, como antes en Zozobra, palpita la búsqueda del adjetivo preciso, la oración perfecta, la metáfora compleja e inusitada. Bastará un solo ejemplo, para comenzar: “en este planeta sublunar el amor equivale a una escuela de esgrima en que los inscritos, desmelenados y jadeantes, provocan al adversario manchándose de rojo el lado del corazón, para demarcar el juego”.
Por su complejidad de lenguaje y forma, la obra de López Velarde es capaz de repeler a quien se acerque a ella desprevenido. Genaro Fernández, contemporáneo suyo, comparó sus versos con “una zurda orquesta que descompasa la obra de un genio” debido a su acentuación y ritmo irregulares. El lector acostumbrado a la poesía de nuestro siglo, que ha poco menos que abjurado de la rima, tal vez sonreiría frente a algunas de las extravagantes combinaciones de López Velarde: “sucio” con “occipucio”, o “humana” con “cuadrumana”. Debido a su carácter de prosa, los textos de El minutero no presentan estas últimas complicaciones, lo que no significa que sean textos fáciles. Al contrario: varios de ellos resultan, creo, más retadores que la obra en verso del poeta. No obstante su corta extensión —son “minutos”, después de todo—, exigen a un lector paciente y dispuesto siempre a releer. A este lector le ofrecen, a cambio de su tiempo, el goce inmenso de hallar la complejidad en lo minúsculo; como quien se detiene a observar el universo contenido en una gota, o en el envés de una hoja caída al suelo.
Lector y hermano espiritual de Charles Baudelaire, López Velarde compartía algo de su cosmovisión fatal, ese catolicismo atribulado en el que la existencia de Dios, y aun la de Cristo, no bastan para redimir el mundo. El mal, el pecado y el remordimiento acechan perpetuamente las pesadillas y las reflexiones de los dos genios. La divina Creación, que tendría que ser perfecta, está manchada y corrompida sin remedio: “en la obra del Padre se mezcló un demonio soez”. Las mujeres, el placer, el paso del tiempo, los lugares amados y para siempre perdidos, la muerte próxima y certera forman todos parte de ese horror, de esa tristeza profunda e imposible de rehuir.
No sorprenderá entonces que El minutero sea un libro hecho de pérdidas, de añoranzas, de fracasos. “Obra maestra”, el texto que abre la colección, bien podría ser el manifiesto de lo que hoy llamamos antinatalismo. El dilema es poético a la vez que ético: si consideramos que la vida terrestre es sufrimiento, furor, cansancio, ¿qué justifica el traer nuevos seres al mundo? Para un hombre como López Velarde, la pregunta es angustiante: responderla implica conciliar el pesimismo, el miedo a ser padre, el anhelo personal y la ortodoxia católica; responderla implica luchar contra uno mismo, capitanear numerosos ejércitos contrarios: responderla implica lo imposible. Y es en la violencia de encarar preguntas insolubles como esta que nacen las soluciones luminosas e inesperadas, la poesía:
Pero mi hijo negativo lleva tiempo de existir. Existe en la gloria trascendental de que ni sus hombros ni su frente se agobien con las pesas del horror, de la santidad, de la belleza y del asco. Aunque es inferior a los vertebrados en cuanto que carece de la dignidad del sufrimiento, vive dentro del mío como el ángel absoluto, prójimo de la especie humana. Hecho de rectitud, de angustia, de intransigencia, de furor de gozar y de abnegación, el hijo que no he tenido es mi verdadera obra maestra.
Los veintiocho textos se parecen entre sí, en tanto comparten estilo y delatan una sensibilidad única, pero difieren en los recursos que utilizan: interpelan directamente al lector, o bien se dirigen a un personaje real o ficticio; se detienen a ejemplificar y anotar al margen, o bien son brevísimos y destacan por su impoluta concisión. Sorprenden los ejercicios de ficción como “La necedad de Zinganol” o “Caro data vermibus”, los ensayos de tema social o político como “Novedad de la Patria” o “La conquista”, los depurados poemas en prosa —“diamantes verbales”, dice el prologuista— como “Eva” o “José de Arimatea”. La diversidad del libro no lo perjudica; el autor que se intuye detrás de cada uno de los textos, completo con sus obsesiones y virtudes y defectos, le confiere una tácita e innegable unidad.
No obstante lo dicho, mis momentos preferidos del libro son sin duda los más emocionalmente cargados, los más verbalmente suntuosos, los más poéticos por decirlo de alguna —pobre— manera: “Obra maestra”, “Mi pecado”, “Fresnos y álamos”, “La sonrisa de la piedra”.
Late a veces, por debajo del pesar permanente, un secreto anhelo de victoria, un último plan para el contraataque. Es así en “Meditación en la alameda”, uno de los textos más narrativos de la compilación. Próspero Garduño es soltero y pesimista —¿nos recuerda a alguien?— pero por una vez ha amanecido de buen humor. Sentado a la sombra de los álamos, decide que la vida que lleva es suficiente, que no necesita casarse ni tener hijos. Después de todo, ¿para qué atarse a una esposa, si una vez sepultado “todas las mujeres de mi pueblo se sentirán un poco viudas”? Y, una vez más, ¿qué es la descendencia sino una forma de “abastecer el cementerio”, “prolongar la corrupción”? Satisfecho con sus conclusiones, Próspero se levanta. Pero en el camino de regreso a casa lo atormentan las rosas de una huerta, las naranjas verdes de un árbol, las niñas que salen del colegio y se reúnen con sus jóvenes madres. Todo es fecundo, menos él; ningún razonamiento pudo absolverlo de su soledad. Pienso en unos versos de La sangre devota, el primer libro que publicó el poeta:
y tampoco sabes que eres un peligro
harmonioso para mi filosofía
petulante… Como los dedos rosados
de un párvulo para la torre baldía
de naipes o de dados.
Las palabras y las ideas son esa torre baldía, que se derrumba al menor choque con la realidad. Como tantos otros autores, López Velarde dedicó la vida a la literatura pero jamás dejó de sospechar, íntimamente, que la literatura era inferior a la vida.
Quizás no habrá sido en vano traer a colación el Libro del desasosiego en el párrafo inicial de esta reseña. El autor portugués razonaba “en el fondo, no hay otra cosa que mi tristeza, mi incompetencia para la vida”; poco antes o poco después López Velarde escribió “mi ditirambo, ¡oh bailarín!, es el fervor de un lego que no sabe bailar”. Tan distintos entre sí, ambos temieron que la brillante obra que elaboraban no fuera más que la tímida e insuficiente disculpa que ofrecían por el hecho de no saber bailar, de no saber vivir.
Como el de Bernardo Soares, El minutero es el libro póstumo de un hombre derrotado, que pugna por transformar su derrota en un escudo, una insignia, una manera de existir: “Y tal ficción no será canónica; pero es el esfuerzo de un ingente amor”.