Revista de Crítica ISSN 2954-4904
Literatura


Gabriela Ponce Padilla, Flotar, pude, Editorial Candaya, Barcelona, 2024, 144 pp.


“Pero es verdad que escribir no consiste en levantar la mano hacia el cielo. Escribir es bajar la mano al suelo o a la piedra, o al plomo, o a la piel, o a la página, y es anotar el mal”. Estas líneas de Pascal Quignard, cargadas de honestidad, inauguran Flotar, pude, y anuncian que el viaje que está por comenzar será muy hacia dentro. Esas nociones de confesión –o tal vez de imploración– sobre por qué escribimos resuenan en cada uno de los diez cuentos que componen esta obra, donde Gabriela Ponce Padilla (Quito, 1977) se interna en la reconstrucción del trauma y la memoria, y la asume como un acto tanto físico como ficticio. Así, en medio del agua y las profundidades del mar –tan paralizantes como abiertas a infinitas posibilidades–, se vislumbra que recordar es un viaje que abarca todos los sentidos: un intento humano más por descifrar nuestro paso por el mundo, lo que duele, lo que agita. Y aunque el duelo se convierte en una entidad insistente e inoportuna, que atraviesa a las protagonistas al escuchar cómo un piano añorado se va o al vislumbrar su propio reflejo en una pantalla, Gabriela Ponce Padilla no ignora la vida, latente, que permanece: “Imagino que no regreso, que me cambio de vida, imagino las vidas que deseo, pero una certeza profunda me impide entregarme a ese ritual, que practico desde niña, desear la vida de los otros. Es imposible, me digo. Siento que soy perfectamente incapaz de abandonar una vida y siento además que en ese instante soy feliz y que es el estado que añoro, esta euforia dichosa y fulminante, sin ninguna posibilidad de duración”.

Las narradoras de estas historias, todas mujeres marcadas por algún tipo de pérdida, parecen sentir la necesidad de transmitir una verdad construida, y no necesariamente aquella que es. Tal aspiración convierte la narrativa en algo vivo y urgente, donde el lector se adentra en el proceso incómodo y arrebatado que implica intentar dar sentido al presente. De este modo, las interrupciones, dudas y sensaciones se vuelven componentes vitales para desobstruir el pasado o, más bien, para permitir que este habite el cuerpo actual. Mantener esa honestidad supone aceptar también la imposibilidad de la permanencia y admitirse como seres marcados por el paso del tiempo y las limitaciones de la memoria. Por eso Ponce Padilla deja claro desde el inicio que el mero acto de recordar —como el de escribir— implica invitar a la pérdida y, ahí mismo, encontrar matices quizá más sinceros que la realidad misma. En “El día que el piano se fue (flotar, pude)”, primer relato de la colección, encontramos a una protagonista que escucha cómo el padre de su hija se lleva el que acabó por convertirse en su piano: un objeto que había llegado a representar cierta permanencia y cuya partida evoca huecos mucho más grandes que el instrumento mismo. Encerrada en el baño, ante la imposibilidad visceral de presenciar la escena con sus propios ojos, la protagonista va de dolor en dolor hasta llegar a “un recuerdo que se sucede como una ráfaga que no se estaciona, sino que inunda simultáneamente todo lo demás”: la vez que vio a su madre flotar en las profundidades del mar. Después de lo que tal vez fueron minutos, pero que se sintieron como horas, divagando entre el dedo deforme de su madre, el piano alemán de la abuela que le fue arrebatado por un viaje a Europa y, por supuesto, el que fue su propio piano, la narradora se reúne con su madre y le habla de esa imagen sobrecogedora: su cuerpo flotando: “Y luego dice no recordar haber flotado sobre el mar, dice que eso debe haber sido producto de mi exageración (es algo que dice con insistencia y que, supongo, es verdad, pero qué es la exageración si no otra frecuencia de lo pasado, una reverberación inquieta de alguna imagen privilegiada y qué es escribir si no agrandar)”. La narradora acepta entonces que, en el presente, poco permanece puro: los detalles pierden nitidez, se alteran de tanto pensarse y de tanta vida. Y es que tal vez lo único que permanece como cierto es lo mucho que llegamos a sentir. Tanto así que la urgencia de lo sentido es capaz de encontrarnos y asaltarnos una y otra vez.

A días de leer Flotar, pude, me crucé con una columna de Cristina Rivera Garza en La Jornada. En ella, la autora plantea una idea simple y, a la vez, contradictoria: lo que olvidamos nos constituye tanto como lo que recordamos. Entonces, ¿qué tanto de lo que se olvida puede traerse de vuelta? Citando a la escritora argentina Fernanda García Lao, Rivera Garza afirma: “Los olvidos de García Lao configuran una noción dispersa del yo, pero muy precisa del cuerpo. En una de esas señala: ‘No me acuerdo con la memoria. Lo que sé, me ha sucedido en el cuerpo’ ”. En Flotar, pude, Ponce Padilla no solo reafirma esas nociones, según las cuales la historia de las narradoras se lee como algo que habita el cuerpo, sino que, además, presenta los cuerpos ajenos como extensiones de una misma: cuerpos que contienen y alojan parte de la historia individual. Ya sea el cuerpo muerto del T, figura atravesada por la adicción, “en cuyo cuerpo débil no se asentó ninguna posibilidad” y, a su vez, repleto de luminosidad; el de una abuela a la que poco conoció y que ahora se desdibuja ante sus ojos; o el de un hermano que muere en un accidente y lo inunda todo. También están los cuerpos que persisten: el de un hijo amamantándose, el de una hermana que sostiene, o el de una amiga que continúa a la narradora: “Las formas que nos permiten salir de nuestros límites y continuarnos en esas uñas, en esas bocas, en esas caderas, un nuevo conocimiento de nuestras posibilidades, siendo más nosotras mismas que nunca, cantando nuestra adolescencia y el dolor que cada una guarda, antiguo, en el cuerpo”.

Al igual que los cuerpos, los objetos son contenedores de memorias y de vidas: anclas con peso que aproximan a las protagonistas a la realidad. “Con esta muerte, en esta vida” es, quizá, uno de los relatos donde el cuerpo se siente con mayor persistencia; y, a la vez, uno de aquellos en que los objetos adquieren un peso casi insoportable, como si guardaran dentro de sus límites una vida entera, un antes y un después. De un lado están la llamada que anuncia la muerte de un hermano y el cuerpo vivo, “con el agua hasta el cuello”, que se desborda al intentar lidiar con la pérdida, plenamente consciente de que bastó un segundo para desgarrarlo todo. Del otro, está el cuerpo dormido de una madre que aún habita un pasado con dos hijos, detrás de la puerta de su cuarto. El duelo se palpa, se suda, se llora con las lágrimas de una infancia compartida. La narradora se come los dedos y busca detener el tiempo, o regresarlo, o hacer que explote: “Me retumba en las entrañas el camino que ha de seguir este dolor”. La puerta del cuarto se convierte en la última barrera entre un mundo con su hermano y uno sin él. Entre ver a su madre entera e, inevitablemente, verla volver como un ser distinto al saber la noticia: “Cómo entiende la puerta ese instante y se vuelve muerta también, se vuelve una gran madre agonizante y me dice, es preciso correr”. Cuando su mundo anterior casi termina por desaparecer y el ataúd de su hermano llega a su casa, la narradora —en medio del grito inaudito y amoroso de su madre— se debate entre abrir la caja para aminorar la distancia absurda que ahora los separa y no abrirla, incapaz de soportar la imagen de su cuerpo muerto, sabiendo que, si la abre, será imposible salir de ahí. Al final, decide quedarse con su imagen viva y amar aquello que se convirtió en la nueva casa de su hermano: “Amé esa caja y amé todas las cajas por venir, rememorando, en cada una, algo de su forma suya”.

Los recuerdos de la infancia son otro hilo constante que, de una forma u otra, lo entrelaza todo. En medio de oleadas de recuerdos casi ensordecedores, se reconoce —muchas veces, con recelo— que alguna vez existió una realidad empapada de libertad y de ilusión, un tiempo en el que el cuerpo era puro presente, antes de que la primera muerte llegara como una maldición, antes de que la casa se hundiera o antes de que lo más cercano a una figura paterna muriera.

En “A nuestra casa se la llevó el mar” encontramos a una narradora que vuelve a un pasado en el que aún era capaz de sumergirse en el mar y sentirse protegida sobre el lomo de un hombre al que le encontraba la forma de un papá. Hasta que un día esa espalda ya no fue capaz de sostener su miedo: la marea había subido y el agua se había tragado su casa. Las imágenes de tablas, algas, colchones y muñecas llegando hasta una profundidad desconocida la hicieron confirmar lo que hasta ese momento había sido una de las primeras sospechas de la niñez: que todo termina por asfixiarse y quedarse atorado en su garganta. Así, su infancia llega a un final súbito y, sin embargo, ya predecible.

Por otro lado, la infancia también llega a ser un lugar concreto al que se regresa cuando el presente rebasa el cuerpo. En “Tejido” nos encontramos en un tiempo quizá más familiar para muchos: el de una llamada a través de una pantalla durante la cuarentena. Ahí, encerrada entre cuatro paredes y cruzando torpemente los obstáculos de la mala señal, la narradora escucha a su hermana narrar los horrores de su aborto en casa. A su vez, confiesa al lector que, más allá del desfase de la llamada, la narración se desdibuja y se confunde con su propia historia de pérdida. Por eso le cuenta a su hermana sobre sus “contracciones vacías”, durante las cuales buscó una imagen que la ayudara a apaciguar el cuerpo que la vencía: “Y cerré los ojos, y la imagen que encontré, la que estuvo a la mano, o la que llegó a darme auxilio, o a la que invoqué inconsciente, fue la de mi casa de infancia… Mientras aborto, es el recuerdo de esa complicidad entre la música, el sol y nuestra casa pequeña lo que me sostiene”. De este modo, otro conjunto de paredes, de luces visibles solo para los ojos de la infancia y, sobre todo, de cuerpos cálidos que cantan, juegan y sujetan, se convierten en refugio y memoria de salvación.

 Gabriela Ponce Padilla construye un libro de mar y cuerpos, tan agobiante como reconfortante. En sus páginas, la memoria avanza por caminos inciertos y se sostiene, vacilante, en los cuerpos y afectos que han dejado huella. Los diez relatos revelan la capacidad humana para desbordarse entre oleadas violentas de vida y de recuerdos, solo para volver, una y otra vez, a cierta forma de contención. Flotar, pude es un libro sobre la pérdida y sobre las formas en que el mundo nos atraviesa; pero también sobre el deseo obstinado de seguir a flote, con uñas y dientes, incluso al borde de la asfixia: “Los dos, más tarde, en ese mismo viaje, botados sobre la arena. Recortes de realidad e imágenes intermitentes que me asaltan, o que invento, o que aparecen para que la ficción le dé continuidad a su afecto. La vida, que no se puede relatar, sino como imágenes de un cuerpo que toca y es tocado por el mundo”.

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