Revista de Crítica ISSN 2954-4904
Literatura


Andrés Neuman, Hasta que empieza a brillar, Alfaguara, Ciudad de México, 2025, 296 pp.


Estamos ante dos quijotadas. La primera, y monumental, la de María Moliner. Pasados los cincuenta años, esta historiadora, bibliotecaria y madre de cuatro hijos decidió engendrar a su quinto vástago: un diccionario. La tarea, que en un principio la llevaría unos meses, acabó ocupando dieciséis años de su vida y tres mil páginas, que incluían las definiciones de ochenta mil vocablos con sus correspondientes ejemplos de uso. Los dos tomos de esta obra colosal, publicados en Gredos entre 1966 y 1967, constituyen la prueba tangible del ascenso en solitario al Everest lexicológico de una mujer, cuya motivación para hacer cumbre fue su “melancolía de las energías desaprovechadas”.

La segunda quijotada es la de Andrés Neuman quien, durante diez años, se documentó como un descosido no solo sobre la figura de María Moliner, sino que también investigó concienzudamente la época –doña María había nacido en el redondo y contundente año 1900– y se empapó de cuanto estudio académico se refería al Diccionario de uso del español. Se dio a la tarea de leérselo casi en su totalidad y de contrastarlo con la decimoctava edición del Diccionario de la Real Academia, la de 1956, a la que María Moliner contestaba en su obra. Incluyó en su trabajo una acepción usual de “contestar” que, hasta entonces, no había recogido la RAE: “Oponer algunas objeciones o inconvenientes a lo que se le manda o indica: Haz lo que te dicen y no contestes”. Ella invirtió más de tres lustros en contestar a los señores académicos. Por su parte, el autor de Hasta que empieza a brillar no contesta a doña María, sino que glosa sus bofetadas con guante blanco.

“Investigamos para ganarnos el derecho de inventar”, ha declarado Neuman (Buenos Aires, 1977). Cuando proyectó una biografía novelada sobre María Moliner no se imaginó un camino tan kilométrico.  En mitad del proceso creativo, una serie de circunstancias –que fueron de la pandemia a su paternidad– le hicieron dudar sobre si la novela llegaría algún día a buen puerto. En febrero de 2025 vio la luz la primera edición y se disipó la incertidumbre. Lo que para algunos es la biografía novelada de María Moliner; para otros, narra entre líneas la historia de amor entre una lexicógrafa y un escritor, nacidos con setenta y siete años de diferencia. “Me acerqué a María Moliner como a una abuela –mencionó en una entrevista este autor porteño, residente desde la preadolescencia en Granada–: ella es la abuela de todos los que amamos las palabras”. Como homenaje, por fetichismo también, él habría querido que su novela contuviera justo ochenta mil palabras, pero las labores de edición y corrección redujeron el número a unas setenta mil. Eso sí, muy bien puestas.  

Desde la primera página de Hasta que empieza a brillar –en la que una mujer que “vivía despeinada” espera la visita de Damaso Alonso–, se nota que Andrés Neuman está profundamente encariñado con su personaje, una figura “de fulgor tardío” (el reconocimiento llegó cuando ya era septuagenaria), cuya vida y obra constituyen “una antología de los asombros”. Por mucho que el narrador pretenda mantener las distancias (escudándose en la clásica y omnisciente tercera persona), al autor le vence la pasión en más de una ocasión, se brinca a su propio narrador y se funde con su personaje. Esta novela no es un panegírico, pero la admiración rezuma capítulo a capítulo. Lo anterior, lejos de señalarse como un error compositivo, se destaca como un acierto, porque ya está bien de consumir robotizados textos sin sal ni pimienta.

Hay muchos puntos en los que confluyen la vida de María Moliner y la de Andrés Neuman. María Moliner colaboró durante su juventud con el Estudio de Filología de Aragón y contribuyó a la creación de un Diccionario aragonés. Por su parte, Andrés Neuman ya había demostrado su pasión por los diccionarios, como artilugios literarios, con la publicación de Barbarismos (2014), un “diccionario canalla” de mil palabras al más puro estilo de algunos textos tan heterodoxos como el imprescindible El diccionario del diablo, de Ambrose Bierce, o el Diccionario de lugares comunes de Gustave Flaubert. Por otra parte, ambos pertenecen a la periferia (lingüística). María Moliner nació en Aragón, pero por necesidad se mudó a Madrid, Simancas (Valladolid), Murcia, Valencia… Esto la permitió tener una concepción inclusiva de la lengua. Por su parte, Andrés Neuman vivió hasta los catorce años en Argentina y después en Andalucía, por lo que está abierto a acentos, vocablos y expresiones idiomáticas sin juzgarlas de antemano.

El enfoque inclusivo del idioma español de María Moliner hizo que su diccionario fuera uno de los favoritos entre los estudiantes de Letras Hispánicas. En 1981, durante un viaje a España, Gabriel García Márquez fracasó en su intento de conocer a la mujer que “escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana […] Viene a ser, en consecuencia, dos veces más largo que el de la Real Academia de la Lengua y –a mi juicio– dos veces mejor”. Touché. Ella murió pocos días después de la fallida visita del escritor colombiano. Y él ganó el Premio Nobel de Literatura unos meses más tarde.

La novela de Andrés Neuman toma el título de un verso de Emily Dickinson: “A veces escribo una palabra y me quedo mirándola hasta que empieza a brillar”. Habrá lectores que se queden con el brillo y los matices que aporta este autor a la biografía novelada de María Moliner. De su infancia en Paniza, un pueblo zaragozano donde su padre ejercía de médico, a su vida en Madrid, al calor de la Institución Libre de Enseñanza; de la desaparición voluntaria de su padre en Argentina (formó otra familia al otro lado del océano) a las penurias de su madre, sus dos hermanos y ella misma para salir adelante; de su arduo trabajo al servicio de la II República y su participación en las Misiones Pedagógicas –“marineros del entusiasmo” según Juan Ramón Jiménez– al castigo que le infligió el Régimen franquista por su pasado de “roja”: fue “postergada (degradada) a su puesto original en el Archivo de Hacienda (o sea, dieciocho niveles por debajo del que ella había alcanzado en el escalafón administrativo)”; de la peregrina idea de realizar un diccionario, a su emoción al recibir en su casa de la calle Don Quijote (no se podía llamar de otra manera), en 1966, una caja grande con ejemplares del primer tomo; de su candidatura para ser la primera mujer admitida en la Real Academia Española, denegada en 1972, al silencio sepulcral con el que acabó sus días… Y, entre medias, sus adolescentes tiras y aflojas con Buñuelo (un compañero de estudios que no era otro que Luis Buñuel), su admiración por sus maestros (Menéndez Pidal, Américo Castro, Giner de los Ríos y Manuel Bartolomé Cossío, entre otros), su historia de amor con su esposo, el catedrático de física Fernando Ramón Ferrando, su dedicación a sus cuatro hijos (Enrique, Fernando, Carmen y Pedro); y su relación de franca amistad con Carmen Conde, quien acabaría siendo en 1979, ella sí, la primera académica en la historia de la RAE.

Sin negar que todas estas peripecias vitales están narradas de una forma exquisita, Hasta que empieza a brillar no sería la excelente obra que es si Andrés Neuman no hubiera encendido un atractivo faro que ilumina una nueva dimensión al Diccionario de uso del español: ¿y si la monumental obra de María Moliner fuera una suerte de biografía soterrada? ¿Y si entre sus tres mil páginas se escondiera la vida y el pensamiento de una mujer silenciada por la dictadura, y condenada a ganarse el pan en la triste biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Madrid?

Ficha a ficha, sobre la mesa de su salón comedor, María Moliner redactó un diccionario “orgánico, viviente, sugeridor de imágenes y asociaciones”. Puso su vida al servicio de su obra de modo tan pasional que es incalculable el tiempo que invirtió en ella. De ahí, el cielo estrellado de la portada de Alfaguara, un recordatorio gráfico de las horas de sueño robadas por su diccionario. Sin embargo, mientras este le esquilmaba descanso, le otorgaba la libertad de enmendar la plana a la RAE. También de dejar caer, como quien no quiere la cosa, pinceladas de su propia vida, a través de sus decisiones a la hora de incluir vocablos, añadir acepciones y aportar ejemplos de uso que nada tenían que ver con los canónicos de las autoridades. La impronta de su autora está tan presente a lo largo de sus dos tomos que, a pesar de que ella se devanó los sesos por darle un buen título a su obra (a punto estuvo de bautizarlo Diccionario orgánico y de uso del español), se terminó conociendo como el María Moliner.

Si la RAE daba como ejemplo de uso para el término amor “los padres castigan a sus hijos con amor”, María Moliner, hija de la Institución Libre de Enseñanza y cofundadora de la Escuela Cossío de Valencia, introdujo una sutil modificación: “los padres corrigen a sus hijos con amor”. Las palabras no son inocentes. Los diccionarios, tampoco. De entre todas las batallas que tuvo que librar, la de enfrentarse a la censura no fue la menor, pero la censura salió escaldada de la contienda: nada mejor que saberla cerca para afilar el ingenio y buscar subterfugios para sortearla. Por ejemplo, María Moliner agregó al verbo “Bloquear” una acepción: “Detener o interceptar algo para que no llegue al sitio donde va dirigido; por ejemplo, una pelota o una emisión de radio” (“confiaba en que su ejemplo deportivo disimulase el otro”, apunta el narrador). Y en cuanto a “Libre” se atrevió con estos dos ejemplos: “Estuvo en la cárcel, pero ya está libre. Los pájaros viven libres”. (“Confiaba en que el lirismo del segundo le diera un aire casual al primero”). También incorporó acepciones osadas en términos, que podrían explotarla en las manos como minas en un campo de batalla, como “Izquierda”, “República”, “Política”, “Rojo”, “Yugo” o “Exilio”. Se rebeló a definir “Madre” como “hembra que ha parido”, y no pudo evitar matizar el término “Autoridad”. Si bien la RAE, en su cuarta acepción, lo definía como “Poder que tiene una persona sobre otra que le está subordinada, como el padre sobre los hijos…”, doña María ironizó sobre la herida provocada por el abandono de su padre –el que sin mirar al otro lado del océano inició una nueva vida en el mismo país donde, décadas después, nacería Andrés Neuman, a la sazón biógrafo de su hija–, y añadió el siguiente ejemplo: “La autoridad del padre, del jefe, del sacerdote, del médico”.

Un jueves de madrugada, escribe Andrés Neuman escudado en su merecido “derecho a inventar”, María Moliner se sintió exhausta y se desahogó ante la ficha del verbo “Flaquear”. Lo definió como: “Mostrar debilidad. Estar a punto de fallar la resistencia física o moral de alguien: Me flaquean las fuerzas. Flaquea su voluntad. Mostrar falta de energía, entereza o valor. Ver: Abatirse, Aflojar… Caer, Ceder, Cejar… Debilitarse, Decaer, Desanimarse… Bajarse, Recular, Rendirse…”. Si bien María Moliner y Andrés Neuman llegaron a flaquear en el transcurso de sus respectivas quijotadas, la melancolía de la energía desaprovechada hizo que ninguno se rindiera y que ambos aguardaran pacientemente a que sus palabras, unidas en una nueva constelación, empezaran a brillar.

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