Emmanuel Carrère, V.13 Crónica judicial, Anagrama, Barcelona, 2023, 272 pp.
Todos hemos visto alguna vez en pantalla historias del tipo “drama judicial”. Clásicos inolvidables del cine como Twelve angry men (1957), In the name of the father (1993),la miniserie American Crime Story: The People v. O.J. Simpson (2016) o el famoso documental mexicano Presunto culpable (2009). Ejemplos hay por montones. Ese ritmo trepidante de los juicios orales y el drama humano en el banquillo crean una atmósfera frenética que le viene bien al medio audiovisual. ¿Pero cómo disponer todo eso sobre la página? ¿Cómo transmitir ese mismo vértigo al lector? Emmanuel Carrère (París, 1957) ya lo había logrado magistralmente con El adversario (2000), acaso su libro más famoso. La historia del asesino Jean-Claude Romand llamó poderosamente la atención de Carrère como sucediera con Truman Capote y los homicidas Richard Hickock y Perry Smith. El adversario repasa el proceso judicial contra el asesino pero, sobre todo, se concentra en hurgar la retorcida mente de quien fuera capaz de asesinar a sus padres, su esposa y sus dos hijos.
Carrère, pues, tiene olfato y, especialmente, buen pulso para este tipo de historias. V13. Crónica judicial demuestra, como si hiciera falta, que es una de las mentes brillantes e indiscutibles de la crónica en este siglo. Lo que comienza como el seguimiento periodístico alrededor del juicio contra los responsables de los ataques terroristas del 13 de noviembre de 2015 en París se convierte luego en una historia sobre el sistema de justicia occidental. Es un libro sobre la recomposición del sujeto tras el trauma y sobre el complejo binarismo sobreviviente-culpable. El mayor rasgo de su brillantez es la sutil forma de hilvanar el horror de la matanza con la piedad y valentía que desprenden los testimonios de los sobrevivientes, a quienes él llama “héroes indudables, debido a la valentía que han necesitado para reconstruirse”.
La noche de ese 13 de noviembre murieron 137 personas, incluidos los siete atacantes, y resultaron heridas cerca de cuatrocientas. El punto central fue Bataclan, una sala de conciertos donde esa noche asistían unas mil quinientas personas a un show y cobró la vida de más de noventa personas. Otros puntos importantes del atentado fueron el Stade de France –donde se disputaba el Francia-Alemania en soccer– y una serie de restaurantes en las inmediaciones de las rues Bichat, Alibert y de la Fontaine-au-Roi.
Carrère, desde el principio, informa al lector sobre el orden que seguirá este juicio durante nueve largos meses entre septiembre de 2021 y julio de 2022. Primero vemos la comparecencia de 250 víctimas. Dolor, lágrimas, odio, duelo, trauma. Luego vienen los cinco acusados. Todos los que ejecutaron la masacre están muertos. Quienes pudieron ser llevados a juicio son cómplices y algunos –los menos– solamente incautos que terminaron participando en algo que no entendían y cuyas consecuencias rebasaron hasta el más alocado pensamiento. La mayoría de estos acusados provienen de Molenbeek, un barrio en Bruselas, Bélgica considerado actualmente, apunta Carrère, como “el feudo del yihadismo europeo”, donde el 95% de sus habitantes son musulmanes.
A cada acusado lo interrogan en cuatro tandas: primero el presidente del jurado y sus asesoras, quienes representan la neutralidad. Luego viene la parte acusatoria: los fiscales, quienes representan a la sociedad. Después entran en juego las partes civiles: abogados que representan a víctimas directas de los atentados. Por último, aparece la intervención de los abogados defensores. La claridad con que Carrère explicita los entresijos del juicio convierte este libro en una suerte de manual operativo sobre casos de terrorismo llevados a la corte que sienta un precedente internacional. El asunto relevante es este: si todos los ejecutores murieron, ¿en qué medida se pueden acusar de terrorismo en primer grado a estos segundones, cómplices indirectos, que están en el banquillo? ¿Juzgar a estas personas, incluso castigarlas, realmente implica un atisbo de justicia para las decenas de muertos o es una mera formalidad, un “peor es nada”?
Con todo, Carrère es lo suficientemente astuto como para deslindarse del tono victimista de este tipo de historias. Sabe bien que el terrorismo es una respuesta a fenómenos políticos que se han ido tejiendo desde hace décadas. Demuestra su sentido crítico a este respecto en repetidas ocasiones a lo largo del libro. Por ejemplo, se detiene con especial interés en la comparecencia del entonces presidente de Francia, François Hollande. La abogada defensora lo increpa: los ataques a Irak y Siria en septiembre de 2014 en los que participó Francia –en coalición con Estados Unidos y otros países– sucedió días antes de que Abu Mohamed Al-Adnani, portavoz del Estado Islámico, llamara a “castigar a Occidente” tras declarar la resurrección del califato. Esta acción, para muchos, mostró la premeditación del terorismo que atacó Francia en 2015 y a Bélgica en 2016. La observación de la abogada defensora hace tambalear el argumento de la fiscalía. Quien declaró la guerra primero y asesinó a civiles inocentes fue Francia y sus aliados casi un año antes, no el Estado Islámico en 2015.
A lo largo del juicio hay una idea que resume la complejidad de este proceso: si vamos a hablar de terrorismo, hablemos también de colonialismo, de intervencionismo. Si hablaremos de los muertos en París esa noche de noviembre de 2015, recordemos también los muertos en Siria e Irak durante septiembre de 2014. Carrère, si bien no puede evitar seguir su sentido nacionalista, ciertamente no ignora la pertinencia de los argumentos de la defensa. De manera paralela al juicio, el autor se permite lanzar certeras observaciones, y lo agradecemos, sobre el crecimiento del radicalismo blanco en varias partes del globo. El nuevo terrorimso en el futuro ya no parece venir de los musulmanes radicalizados sino de las nuevas tendencias supremacistas blancas. Entonces, la radicalización se ha convertido en un estado mental que se ha vuelto peligrosamente inflamable en nuestros días.
Carrère se nos presenta aquí como cronista y desde luego como parisino doliente pero, sorprendentemente, como una suerte de arquitecto. Describe con precisión el espacio donde se lleva a cabo el juicio para encerrar junto con él al lector en el largo y penoso proceso penal que pueblan las páginas del libro. La temperatura, la luz, la incomodidad de los banquillos, la atmósfera sonora: todo es precisado por la pluma de Carrère. Estamos ahí, con él. También detalla, con mucho compromiso, las minucias espaciales del Bataclan, el lugar de la masacre. El escritor nos lleva a ese entorno oscuro y claustrofóbico para puntualizar la cronología de los eventos y escuchar, como si de susurros borboteantes se tratase, los testimonios de quienes lograron huir del lugar dejando atrás un reguero de cadáveres y sangre, arrastrando consigo un trauma que les pesará toda la vida.
El libro se convierte, así, en un tratado sobre el odio y la imposibilidad de la justicia en nuestro tiempo. Para juzgar a estos cinco terroristas, entonces sentemos en el banquillo a la intolerancia, a la represión, a la Historia misma. A Carrère no le interesa el perdón ni tampoco el arrepentimiento. Le importa más entender el odio legitimado por una trastornada idealización coránica que permite a alguien volarse en pedazos para asesinar a unas cuantas personas, pero también le importa el resentimiento de los padres que perdieron a sus hijos en el Bataclan y que ahora siguen el proceso judicial esperando ¿qué, exactamente? Además, Carrère pone sobre la página un tratamiento inteligente del silencio. Dos de los cuatro acusados se apegan a su derecho de permanecer en silencio, de no contestar las preguntas de la fiscalía, de los jueces, de las partes civiles. “Sé que, diga lo que diga, mi palabra no tiene valor, conque ya no tengo fuerzas para luchar ni explicarme. Por eso me acojo a mi derecho al silencio” sentencia uno de ellos.
El mundo ya ha juzgado al mundo islámico históricamente. ¿Pero lo ha hecho con justeza? Cierto es que el yihadismo actual tergiversó el mensaje esencial de la palabra yihad dentro del Corán, que pretendía unir hombres y mujeres para crear una sociedad más justa, más decente, donde todos encuentren un lugar propio. Como bien señala Karen Armstrong en su estupenda Mahoma, Biografía del Profeta (1991), la yihad coránica llama a una lucha en los frentes moral, espiritual y político que conduzca a un mundo mejor. Claro que, con el tiempo, esa “lucha” se convirtió en un llamamiento a la guerra contra el infiel, dejando muy atrás el mensaje unitario civil de Mahoma. Cierto es también, que la Europa occidental históricamente se ha mostrado reacia a tolerar la coexistencia de musulmanes en territorio cristiano y se ha empeñado en retorcer la figura de su profeta. Así, por obvio que resulte, el juicio que Carrère pone sobre la página es la actualización de una lucha milenaria que nunca ha tenido ni tendrá vencedor y solo va dejando una estela de percepciones acomodaticias que la historia ha ido abrazando, para bien y para mal.
Así como siempre habrá juicios contra aquellos que rompan las leyes, también existirá invariablemente quien los defienda porque así lo dicta, por más paradójico que resulte, la ley misma. El verdadero corazón del libro, con todo, es discutir la noción de justicia. Salah Abdeslam, la estrella de los acusados, quien tenía la encomienda de hacerse explotar a las afueras del Stade de France pero que a último minuto no lo hizo. No disparó ni mató a nadie. Eran diez miembros del comando terrorista. Los otros nueve murieron en el acto. Él es el único sobreviviente y, para su mala fortuna, quien cargará con el peso de la condena que no se puede aplicar a los otros nueve. Bien apunta Carrère: “si en vez de de muertos estuvieran ahora en el banquillo, a los nueve asesinos del comando los habrían condenado, merecidamente, a la cadena perpetua irreductible. ¿Y a Abdeslam, entonces? ¿A qué lo habrían condenado a él? […] No a la misma pena, con toda seguridad. Como no hemos atrapado a los verdaderos criminales, él paga por ellos”.
Así, V.13 es una crónica sobre el proceso jurídico en suelo francés más mediático de los últimos tiempos a la vez que un ensayo sobre la filosofía del derecho y el sentido de la justicia. Esa doble naturaleza del libro se vuelve más valiosa en un tiempo en que todos pretendemos defender las causas justas. En esta era en la que siempre hay quien se concibe pomposamente como paladín de algo, Carrère decide por primera vez en su carrera no hablar de sí mismo. Cede todo el espacio a las víctimas, a los acusados, a la memoria nacional. El escritor parisino siempre había encontrado la forma de insertar la historia de su vida en el tejido narrativo de cada una de sus obras. En V. 13 se olvida de ese hábito y se concentra en la historia, en la Historia. Y en medio queda atrapada la palabra islam que, conviene recordar, en su origen –ya sepultado por el olvido y la tergiversación– remitía a dos ideas que hoy lucen completamente ajenas a este mundo: paz y reconciliación.