Luis Felipe Fabre, Poeta griego arcaico, Sexto Piso, Ciudad de México, 2024, 114 pp.
De nuestros escritores mexicanos actuales queda claro que Luis Felipe Fabre (CDMX, 1974) halla sentido vital en el camino de los versos. En una entrevista habla del hada queer de los poemas, aquel Allen Ginsberg que lo condujo a ese tránsito condenado a lo fragmentario, a la evocación, al antes o al después del deseo porque el durante —cuando de Eros se trata— suele manifestarse en un terreno extraliterario, ese donde el cuerpo es gozo en uno mismo y con los otros. Consciente del poema como lugar de la experiencia incompleta, Fabre escribe. Ha publicado Cabaret Provenza (FCE, 2007); La sodomía en la Nueva España (Pre-Textos, 2010); Poemas de terror y de misterio (Almadía, 2013) y tras más de diez años vuelve con Poeta griego arcaico. En este último poemario recupera y adapta a nuestra época el mito de Medusa. Metáfora de la madre de la poesía, del amor, de la belleza, del simulacro y de la muerte; “mil veces más mortal pues mil veces, / como la máscara / del actor” heredera de la historia, por la que nosotros pasamos apenas como un suspiro.
A Luis Felipe Fabre le interesa, como ha dicho en sus entrevistas, tomar distancia por falta de identificación con las escrituras del yo, la autoficción y aquellos ejercicios literarios que buscan rendir culto a una identidad autopercibida. Le parece banal darle tanto poder al yo, no atreverse a ser otros; de ahí su apuesta de travestirse mediante el mito y sus personajes, de traversar. La poesía le parece propicia para preguntas y peticiones, es un modo de acceder a lo divino y dialogar con los dioses, de entender la realidad gracias a las visiones particulares. Sobre esa línea, los poemas de Poeta griego arcaico sugieren, ocultan, entregan un canto entrecortado; en suma, crean sueños lingüísticos donde gracias a la potencia del lenguaje y cierta tensión teatral tiene lugar la paradoja: el libro-ofrenda, símbolo del sacrificio de sí mismo es una canción muda y colectiva. El lector avanza en el poemario por un páramo lleno de estatuas rotas, donde lo arcaico alude a las ruinas, a los fragmentos (como en la poesía de Safo): hallarás en él lo que queda, no lo que fue; restos del cruce entre los instantes del cuerpo y la mirada de Medusa.
Erotismo es destino. La gorgona de Fabre, como la clásica, tiene serpientes en lugar de cabellos, son las de la sodomía. Estamos ante una criatura mitológica queer, asociada como sus hermanas Esteno y Euríale a un destino trágico y a lo sobrenatural. Ella, la mortal de las tres, es madre de las estatuas, de los poemas, la única capaz de engendrar muerte con la mirada. El juego de máscaras desarrollado en los XXIV cantos del libro revela una búsqueda sensorial y sonora: escritura que va del cuerpo a la poesía, de la poesía a la piedra y de la piedra al presagio. Es el intento de representar la animalidad, lo monstruoso, lo instintivo y lo divino, “el rostro de nuestro propio horror”; y de hacerlo sin dejar de lado el culto al cuerpo y a la juventud propio de la cosmovisión griega. Todo esto, como dije antes, en plena aceptación de la experiencia incompleta, como quien quiere preservar el secreto de una vida:
Es la belleza el sueño del monstruo
y es el monstruo
el sueño
del héroe. Nosotros, despiertos ya
al sueño que fuimos, nosotros,
que ya
no podemos cantar sino en el sueño del otro,
cantamos que cuando el héroe
su sueño
alcanza, su sueño mata y despierta
monstruo él mismo:
tú
Luis Felipe Fabre asume su linaje literario desde el título y en la actualización del mito que realiza repite un mecanismo que Rafael Lemus señaló en su lectura crítica de La sodomía en la Nueva España publicada en Letras Libres en marzo de 2011. Lemus argumenta que Fabre juega tanto con la forma como con la función porque no solo parodia elementos formales del género del que abreva su ejercicio creativo, también altera la labor asociada a este. En aquel acude al auto sacramental, a las formas del Siglo de Oro y al Barroco. En este libro reescribe un mito clásico, pero al hacerlo lo cuestiona, desmonta, subvierte y despoja de su aura narrativa para inscribirlo en un terreno transgénero. Su propuesta estética revela que, pese al deseo del poeta de irse a otra época, Fabre es técnicamente un escritor de su tiempo. Este juego entre forma y función involucra al diseño del libro: elegir esa foto para la portada es para el escritor mexicano una suerte de chascarrillo, en su pose él, poeta laureado, se burla de la solemnidad. Junto con el título, el diseño invita a cuestionar el concepto de identidad y clasificación, dejar abierta la interrogante de quién es yo. A esto sumemos algo que noté gracias a un reseñista de Goodreads: la portada de Poeta griego arcaico (2024) parodia las portadas propias de la colección Loeb Classical Library volviéndose una versión pop hispanoamericana de los libros que publica la Harvard University Press.
Las ediciones americanas de los clásicos griegos antes mencionadas son bilingües (inglés/griego) y colocan el texto original del lado derecho. En el poemario de Fabre hay múltiples espacios en blanco por todo el libro y el lugar que ocupan sus poemas corresponde justo a ese lado destinado al original en el modelo editorial que imita; en algunos casos, debido a la extensión, las palabras pasan al lado izquierdo para que este resguarde los signos de su continuación, pero son excepciones. De ser esta disposición general elegida por el poeta o sugerida por la editorial, es posible interpretarla como un acto artístico conceptual: el de superponer el palimpsesto hispano al original griego. Sea este factor pensado o accidental, no deja de resultar jocoso. La actualización del mito de Medusa silencia, en cierto modo, la idea de originalidad. Y el palimpsesto es poesía en jirones cuando notamos el peso que tiene el vacío en la composición del libro.
El libro está dividido en dos partes, la primera es “Medusa”, compuesta por 24 cantos; la segunda contiene un poema de largo aliento, “Rapto de Ganimedes”, corolario que resume la juventud dulce Deseo a la que rinde tributo todo el poemario y que incluso los dioses buscan poseer; en el mito que reescribe Fabre, Ganimedes deja tras el rapto, en vez de un bonito cadáver, un cuerpo fragmentado de luz en las estrellas de la constelación de Acuario. Esta imagen estelar es interrumpida por la voz del poeta quien cierra el poemario asumiendo su condición de mortal que se acerca a los cincuenta años y cuya realidad, literatura aparte, lo sitúa en la encrucijada de hallar el modo de envejecer rodeado de amor, de ser capaz de vivir bellamente. Si Poeta griego arcaico es un autorretrato imaginario y basado en hechos míticos, ese vacío que menciono antes acaso alude a la vida cuya intensidad trágico-erótica lleva al poeta a cultivar la evocación y andar el camino de los versos. El mismo Fabre ahonda en estas cuestiones en su brillante libro de ensayos Leyendo agujeros. Ensayos sobre (des)escritura, antiescritura y no escritura. Entre sus páginas afirma: “A veces la poesía está en otra parte”, y siguiendo esa línea rastrea una serie de poemas que devienen escritura de una ausencia o imposibilidad; como ensayista profundiza en la poética de Nicanor Parra, Roberto Bolaño, Ulises Carrión y Ramón López Velarde y el resultado es agudo y estimulante, uno de los mejores libros de su trayectoria.
En este, su último acercamiento a la poesía se atreve a ir en busca de una voz que nombre sus obsesiones. Sería difícil decir hasta qué punto la conciencia que el autor tiene del vacío diluye la potencia poética de su apuesta en movimientos racionales e iterativos antes que musicales. Lo anterior no niega uno de sus aciertos, el de representar la lepra de la experiencia. Testimonio ilegible a ratos de una vida elevado a oración pagana, a ofrenda. Este no es un libro fácil de leer porque incluso en sus momentos más arriesgados parece ceder a cierta contención conceptual. Sin embargo, es interesante y su belleza extraña seducirá a lectores insatisfechos y dispuestos a mirarse al espejo no en busca de una identidad sino del rostro del deseo, ese “ir a” enlazado a una deidad primitiva que afirma el nexo sagrado que hay entre el ser y la representación: “Ofrendo a Apolo el adolescente que fui, el que, deslumbrado y temeroso, contempló la belleza de sus imágenes en una enciclopedia de arte griego como quien mira una revista porno o consulta un oráculo que le revela un destino”.
Mundo metafórico de la experiencia amatoria y sensual donde el poeta persigue a las presas que fue en varios bosques, mundo que evoca el carnaval y la cacería porque más de una vez somos quien da muerte simbólica al otro. El poemario de Luis Felipe Fabre entrega en mitologías una reflexión sobre el sacrificio, la voluntad y la obediencia. Además, se atreve a establecer en ciertos versos una conexión entre la belleza y lo obsceno que deviene asombro. El libro es eco de una ceremonia que continúa y anhela se cumpla “ese destino suyo que eres tú”. Evohé, grito de alegría orgiástica. En reversa, viene a mi mente el poemario que Cristina Peri Rossi publicó en la editorial Girón en 1971: Evohé: poemas eróticos. El amor sáfico queda representado en versos lúbricos, así como Fabre hace lo propio con el deseo entre hombres. Ambos comparten cierto carácter hermético, la embriaguez del vacío.
La apuesta plural de Poeta griego arcaico se cumple en los coros de la primera parte, titulada Medusa; la lucidez del autor engendra una voz plural y monstruosa, propia de quienes atisban los vínculos existentes entre la nada y el deseo, entre el terror, la belleza, el amor y la muerte. El coro es la disolución del yo. Los héroes, simples mortales, oponen al fracaso inminente el éxtasis activo en el tiempo del deseo.
Como lectora de poesía queer, noto que la postura estética de Luis Felipe Fabre lo aleja de aquella literatura reciente cuyo objetivo es visibilizar las experiencias diversas, sean buenas o malas, y para ello eligen contar su propia historia y la de otros; es decir, hermanar vida personal y literatura: mostrarse. Vienen a mi mente autores latinoamericanos como Pedro Lemebel, Juan Carlos Bautista, Tatiana de la Tierra, Lukas Avendaño (artista interdisciplinario con una alta potencia literaria), Raúl Gómez Jattin; o bien autores que escriben en lengua inglesa como Richard Siken, Eileen Myles, Danez Smith, Ocean Vuong, Torrin A. Greathouse. Todos ellos inscriben lo anecdótico en sus textos, cuestionan las prácticas sociales tanto de la comunidad LGBTQI+ como de aquellos ciudadanos que guiados por el odio tienen prácticas violentas, racistas, excluyentes y criminales. El yo es para ellos un centro de caos y creación, de identidad en movimiento y peligro, una posibilidad de presencia muchas veces negada por la uniformidad del sistema; es decir, el yo en la poesía queer es anticanónico. Entiendo que la filiación literaria de Fabre apuesta más por lo clásico y desde ahí lleva a cabo su intento transgresor. El fulgor de su fantasía creativa está inscrito en el tiempo de la tradición y esto no lo vuelve ingenuo porque sabe bien de quién se burla y los frutos que persigue, monstruosos o no, son los de una inteligencia intuitiva.
Con todo, si menciono la poesía queer que visibiliza la experiencia biográfica, es porque hallo una intimidad propicia en la nota con la que Luis Felipe Fabre abre Poeta griego arcaico. Es breve, pero en ella hay una presencia y una voz que nos acerca a una experiencia particular, la del poeta inserto en su tiempo, que es el nuestro. Como lectores, queremos saber más y su escritura nos conmueve. Pero este deseo responde más a un capricho que a una crítica o exigencia. No hay engaño porque Fabre advierte desde su primer poemario publicado que su búsqueda estética y conceptual es otra. En este libro está contenido pues, un retrato colectivo y a la vez singular, un bosque lleno de estatuas, un misterio de mármol musical diciéndote:
mientras
resuene una flauta, baila;
mientras no se quiebre la crátera, bebe;
mientras perdure la flor de tu juventud, ama y amado seas.
Y brilla simple en el esplendor del día