Adrián Curiel Rivera, Humanas jaurías, Lectorum, Ciudad de México, 2024, 96 pp.
Desde que desembarcó en Yucatán, donde reside desde hace dos décadas, el escritor capitalino Adrián Curiel Rivera ha insistido, y no en vano, en remover críticamente los despojos de un sistema conservador y en dinamitar la “economía de la soledad” contemporánea, esa que prioriza la producción, el consumo y la competencia por encima de la colaboración. Esta perspectiva se ha convertido en una de las marcas de su estilo, visible ya en novelas como Blanco Trópico (2014) o Paraíso en casa (2018), y también en su libro de cuentos más reciente, Humanas jaurías, donde se vale de la díada humano-perro para hincar el colmillo narrativo.
El tema de los perros en la literatura, ya sea como protagonistas o en un papel secundario, es vasto, y todo indica –como señalan los investigadores Rowan y Kartal– que seguirá proliferando. A lo largo del tiempo, numerosos escritores les han concedido un lugar central en sus ficciones: Chéjov, Clarice Lispector, Jack London, Miguel de Cervantes, Arthur Conan Doyle y Seishu Hase, entre muchos otros. Está también John Steinbeck, cuyo narrador recorre dieciséis mil kilómetros en “Rocinante”, su autocaravana, acompañado por Charley, su perro. O Míster Bones, el perro protagonista de Tombuctú, de Paul Auster, que incluso ha aprendido a entender el lenguaje humano. Entre los relatos más afortunados en que un perro ocupa el centro de la escena figura “Investigaciones de un perro”, de Franz Kafka, escrito entre 1922 y 1924 y recuperado por Max Brod, quien lo definió como “una parodia melancólica del ateísmo”. Y en Flush, de Virginia Woolf –basada en las cartas secretas entre la poeta Elizabeth Barrett y quien sería su esposo, Robert Browning–, la identificación entre Barrett y su cocker spaniel encarna una aguda crítica a la sociedad victoriana. Flush y su dueña forman una dupla: comparten temores –como el miedo al padre– y e incluso ciertas semejanzas físicas.
Esta identificación física y de carácter entre perro y dueño reaparece en los cinco cuentos que integran el libro de Curiel Rivera, aunque los perros no sean exactamente la diana de estas historias, sino el medio del que el autor se vale para dirigir la mirada hacia otra parte: el agotamiento de la estructura social contemporánea. Lo que está en juego es el burnout de una cultura de la producción que empuja al individuo al cansancio extremo –como ha señalado Byung-Chul Han–, incluso cuando este sigue atrapado en las inercias de la vieja sociedad disciplinaria, con sus prohibiciones y mandatos externos.
En el primer cuento, “Día franco”, ambientado en un país gobernado “por una subnormal demagoga de izquierda new age”, el protagonista y narrador es un hombre joven, gay, que no termina de matar simbólicamente al padre, aunque haya renunciado, como primogénito, a heredar su despacho. Está cansado, invadido por la rabia, la tristeza y la frustración; también por “la sensación absoluta de inutilidad” ante la perspectiva de ponerse a llorar otra vez. En su tentativa por desafanarse de la figura paterna, monta un negocio que pronto se viene abajo, atrapado entre una prohibición gubernamental y su propia incapacidad para leer el entorno. Para sobrevivir, su hermana Brenda –que dirige el despacho paterno tras su renuncia– lo apoya “un poco de puntillas”, deslizándole de vez en cuando un cheque bajo el agua. Del otro lado está el padre que no termina de morir: un macho fino, abogado penalista, alcohólico y maltratador, que después de su cuarta hospitalización grave pretexta la homosexualidad de su hijo “para ahogarse en litros y litros de frustración”.
Hacia el final del cuento, Curiel Rivera lleva esa dependencia al extremo mediante la figura de Rogelio, el weimaraner que Lauro, pareja del protagonista, le regala por su cumpleaños. El animal, gigantesco y torpe, funciona menos como mascota que como espejo: condensa la imposibilidad del narrador de sostenerse por sí mismo. Pese a que el día se le ha llenado de contratiempos, insiste en sacarlo a pasear. Rogelio salta una barandilla, se desbarranca y queda herido entre las piedras. El intento de rescate reproduce, casi físicamente, la vida del dueño: al lanzarse tras él, el protagonista se espina, se cae, se rasguña, se golpea, llora, llama a Brenda para pedir auxilio. Ella acude con Ramiro, su contador, quien carga al perro con facilidad y emprende el regreso; detrás va Brenda y, a la zaga, el protagonista, más magullado por dentro que por fuera.
“Salida número catorce”, uno de los cuentos mejor logrados del conjunto, exhibe las formas de vida condicionada social y culturalmente, así como las frustraciones que se derraman sobre la vida cotidiana. En Damián crecen el hartazgo y la desesperación. Aunque se esfuerza por cumplir cabalmente con su papel de esposo, padre y buen proveedor, experimenta una persistente sensación de aislamiento y falta de conexión íntima. A las cenas de la empresa ya no lo acompaña Clarissa, su esposa: “Ya no tenía caso fingir”. A la aridez amorosa la llaman madurez afectiva, algo así como decir líneas de expresión en lugar de arrugas; consideran que han alcanzado “esa etapa de amor pausado a la que solo se llega después de mucho tiempo y de resignar muchas cosas”. La mañana en que estalla el caos perruno, un gesto mínimo entre ambos resulta demoledor: la mano de Clarissa sobre su hombro, fugazmente cariñosa, no reaviva el amor, sino la nostalgia de aquello que el matrimonio ha domesticado. Cuando Damián le dice que la quiere, de refilón, el recuerdo de Aurora Rodríguez –una antigua tentación amorosa– le toca una fibra insospechada.
A la par de esa vida desdichada, el narrador va desplegando una atmósfera distópica en la que los perros parecen haberse rebelado contra la ciudad. Esa insurrección exterior funciona como metáfora de la rebelión íntima que se desata en Damián mientras intenta llegar a la salida número catorce, el camino que debería devolverlo a su familia. Curiel Rivera apuntala la tensión cuando, en medio del caos perruno, el protagonista vuelve a sentirse seducido por la posibilidad de Aurora; sin embargo, las fantasías sexuales son desplazadas por la poderosa inercia del deber ser. Conforme Damián avanza con las manos aferradas al volante de su fabulosa camioneta Mazda, incapaz de mitigar su vacío, algo sube desde el fondo: un aullido primigenio que lo acerca a la rebelión perruna. Entonces “pisa a fondo el acelerador”.
La voz sarcástica y corrosiva de Curiel Rivera echa mano, en ocasiones, de personajes grotescos, como los que encontramos en “Influyente”, sátira de un aspirante a escritor que muestra cómo la falsa cultura del éxito y la competición –donde la fama, el dinero y el poder se confunden con la superioridad– banaliza el oficio hasta convertirlo en una pose. Primero hay que parecer escritor, como si se tratara de encarnar un personaje, para volverse popular y recibir reconocimiento y elogios. Es lo que sucede con Enrique Álvarez Cornucopia, némesis del protagonista: un influencer que ostenta la seguridad que da la ignorancia cuando responde, en el noticioso televisivo campeón del rating, que “Borges escribía para sus seguidores. Yo, para todas las edades del hombre…”.
Braulio sabe que Cornucopia no es sino “un imbécil redomado”, pero aun así lo envidia. En esa mezcla de desprecio y resentimiento, los ladridos del perro del vecino funcionan como una inyección de ira: no son simple ruido de fondo, sino la exteriorización grotesca de una furia que Braulio no consigue encauzar.
Con un ritmo ágil y envolvente, “Te extraño, bestia” presenta a Paola, una joven que solo montada sobre las navajas de sus patines de hielo parece sentirse feliz. Siempre que el tiempo lo permite y no hay tormentas de nieve, acude a la pista pública. Trabaja en un antro, en patines de ruedas, como respuesta al doctorado en el extranjero que sus padres la obligaron a concluir y a la presión de casarla con un buen partido: esa perversión de las relaciones personales según la cual te quieren por lo que haces y tienes, no por quien eres. De noche, en el pequeño piso que comparte en una ciudad extranjera donde se siente varada, mientras fantasea con una relación pasada, de pronto se pregunta: “¿En qué fallé? ¿Cómo me he equivocado tanto?”. Ante la sensación de ser arrollada por los acontecimientos y por decisiones ajenas asumidas como propias, intenta una suerte de huida que acaba convirtiéndose en limbo. No puede cortar la correa que la ata a su madre, a quien llama motherfucker, aunque al teléfono todavía le diga “mami”. La conflictiva relación entre madre e hija se sostiene, a la distancia, alrededor de Filo, el perro de Paola, que ella dejó a su cargo. La intensidad afectiva que ambas proyectan sobre el animal sugiere que Filo ocupa el lugar de un hijo simbólico: aquello que preserva el vínculo incluso en la separación.
“Un anciano en la azotea” cierra de manera brillante el libro: un pequeño thriller inesperado con un paisaje de nieve en el ardoroso Yucatán. No se trata de un relato distópico, sino de una fina parodia cargada de ironía y, como todos los cuentos de este volumen, arraigada en ese día a día que consume a sus personajes. Lejos de tomar conciencia de sus vidas, estos se dejan arrastrar por las circunstancias y, más aún, por los mandatos sociales. Tienen el espíritu apagado de los sumisos, viven dobles vidas, guardan sus infidelidades en la oscuridad –con lo que solo duplican la vacuidad– y, para tragarse ese engaño del destino, beben y beben, aunque acaben hechos unos gordos “con aliento a turbodiésel”.
Los protagonistas son, por un lado, un perro ratonero del vecindario –más molesto que el chaquiste al atardecer– y, por otro, Doc Berlin, periodista octogenario y amargo, que en otros tiempos “desveló” un crimen político y vio cómo el poder lo sepultaba a base de comisiones ad hoc hasta volver irreconocible la verdad. Alrededor de él gravita Sandra, su hija, aspirante a escritora influencer, a quien “de nada servían los numerosos talleres de creación literaria que había tomado con Carlos Briceño y Elena Poniatowska, cuando ésta se dignaba a aparecer y no solo a alquilar su nombre”. De nuevo, Curiel Rivera exhibe ese mundo fake en el que basta tener éxito y poder para ser venerado. A ese paisaje se suman el Verraco, marido “macho” y proveedor gracias a sus transas en la mancuerna sirioyucateca, y dos nietos malcriados que convierten la casa en un campo minado. El cuento encadena, sin desperdicio, la obscenidad del Verraco –que presume misoginia “objetiva” y business nocturno–, la ansiedad social de Sandra, con sus fantasías de “dama” y su escapatoria de hotel, y, como remate, a un dúo de policías, Longaniza y Marrana, cuyas claves de radio y pleitos de cantina condensan, en clave hilarante, el surrealismo nacional.
En medio de ese carnaval de degradaciones, la figura del viejo Doc Berlin se yergue en la azotea nevada, con la bata de baño suelta y un gorro hasta las cejas, como armadura de batalla; en la otra esquina lo esperan unas fauces diminutas, hambrientas de venganza.