Laura Sofía Rivero, Enciclopedia de las artes cotidianas, Random House, Ciudad de México, 2025, 197 pp.
“Poner la mente en blanco” no es algo que se me de, pues aun tumbado en la cama un domingo en la mañana, mirando el techo, mi cerebro elabora ideas y pensamientos motivados por el mínimo estímulo sonoro, visual, olfativo, táctil o gustativo. No sé exactamente qué es eso de “no pensar en nada” y, ciertamente, nunca me ha inquietado mucho tener esa experiencia. Cuando pienso, las imágenes llegan con tranquilidad, se conectan unas con otras sin importar si son recientes o llevan años guardadas en algún lugar, ellas se juntan y forman nuevas imágenes, nuevos pensamientos. Pensar lleva su tiempo y la bronca es que esta vida cada vez más tiende a la inmediatez y lo efímero, te exige respuestas instantáneas que no siempre se tienen a mano. Ahora bien ¿qué lugares son los que nos mueven a pensar? Eso depende de cada quien. Yo anticipé que no me resulta posible escapar al pensamiento y diré que caminar me sienta bien para este ejercicio, caminar solo preferentemente —aunque no desdeño la compañía—, observando el entorno, mapeándolo, preguntándome qué hay más allá de mis pasos. En este sentido, comprendo cabalmente a esa muchacha que decía “ir al tianguis a pensar cosas”, claro que sí, ir al tianguis como a un museo móvil con muchas galerías, ir al tianguis como leer una enciclopedia.
El de Laura Sofía Rivero es un libro del que puede intuirse abreva de la calma y la contemplación por lo cotidiano, sin pretensiones eruditas con nota al pie y que, a su vez, reluce un saber forjado en el pasar de los días. Su enciclopedia agrupa 44 pequeños ensayos en cinco temas: I. Las palabras; II. Las personas y las cosas; III. Hoy, el futuro; IV. Los otros reinos y V. La vida interior. Ya de inicio establece una suerte de metodología, que no es otra que la de volver a la noción primera del ensayo, la de Michel de Montaigne y su ¿que sais-je? que imprime voz propia a sus escritos que, antes de instruir o enunciar verdades absolutas, discurren con la mayor libertad. “Montaigne no cita en APA” es el primero de los textos, leerlo fue una feliz coincidencia porque justamente estaba terminando de adaptar las referencias de un artículo a APA 7. Cabe decir que del cien por ciento de artículos que he revisado en mi vida, el ochenta suele ser un caos de páginas faltantes, títulos cambiados, autores con otros apellidos, un conjunto de iniciales indescifrables o el mero copy paste que, tal vez con la idea de que así está bien, reproduce errores de otro que pensó lo mismo. Una vez le escuché decir a un autor que si mandaba bien las referencias “entonces ¿qué trabajo tendría el corrector?”. Él no sabía que yo era ese corrector. “La obligación de la referencia”, como apunta Laura Sofía, es cosa del ensayo académico, del que tiene un límite de palabras, cuartillas o caracteres (interesante ejercicio de concisión); pero ¿quién le va a decir que presente un estado de la cuestión para su “Alabanza a la pijama” o que anote ‘comunicación personal’ cuando habla de sus “Siete roomies en un año”?, ¿quién me va a exigir que este texto sea realmente una reseña y que analice cada uno de los ensayos a los ojos de la teoría más ad hoc? El orden caótico de lo imprevisto tiene su lugar y puede narrarse, porque todo es narrable y cabe en un jarrito sabiéndolo narrar.
Enciclopedia de las artes cotidianas tiene la cualidad de hallar la docilidad del lector, lo va moldeando con la calma de una lectura que empatiza con él y le ofrece el reflejo de un sin fin de circunstancias en las que hemos estado o quizás estaremos. Algo así me ocurrió cuando me disponía a comenzar un libro de cuentos de Diana del Ángel (muy bueno, por cierto) y tuve que posponerlo porque me sentí partícipe de “La importancia de largarse de las fiestas” y de esa necesidad de abandonar los rituales que la sociedad se empeña en que adopte, pero yo no termino de asimilar, llámense bodas, quince años, bautizos, etcétera. Decir no y desaparecer en esas circunstancias se vuelve tarea de inteligencia secreta, “escape ninja”. “La ciencia de la semblanza” y “Terapia para tesistas” le dan la vuelta al guante de la perfección y muestran sus costuras, las que no queremos que se vean a fuerza de pasar por las personas más exitosas, las que ganaron tal premio, las que no sufrieron el misterio de un protocolo ni entraron al kafkiano laberinto burocrático de una titulación. No puedo presumir una gran semblanza, pero detrás de ser licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas está el haber estudiado Arquitectura y ser rechazado de dos maestrías: Diseño y Producción Editorial e Historia del Arte. Dejé la primera carrera cuando entendí las señales que Cortázar y Calvino me enviaron: en la bienvenida, con Rayuela entre manos, leí que “jamás Wright ni Le Corbusier van a hacer un puente de un solo lado”; cuando estudiamos a Oscar Niemeyer pidieron una maqueta y yo escribí un cuento al modo de Las ciudades invisibles. Quizás esto suene a fracaso; yo prefiero decir que decidí construir con la palabra (risas). Cito a Laura Sofía cuando enumera algunos oficios: “Animador de un grupo de rock católico, princesa de fiestas infantiles, profesor de chachachá: aunque practicantes de estos quehaceres, mis colegas prefieren mostrarse ante el mundo como traductores, especialistas en letras clásicas, doctores en filosofía.” Curioso que en el mundillo de las letras pocos sean los que viven exclusivamente de su trabajo creativo, al menos entre los que yo frecuento. Equivocarse es importante, tanto como acertar, como reza una canción de Bersuit: “caer a toda prisa en la madeja del error”.
La Enciclopedia tiene un dejo de anecdotario tamizado por el ente literario, pues aquí y allá aparecen alusiones ya sea a Apuleyo o Shakespeare y se entiende que nuestros pensamientos sean vistos a través de aquello que nos apasiona u ocupa; yo todavía entro a una casa y me intereso por cómo fue construida, incluso recuerdo las medidas de un tabique ligero convencional: 7 x 12 x 24 cm. A este respecto el libro “dialoga con el lector” en dos niveles, uno que empatiza con lo cotidiano, como anticipé, y otro que muestra que más allá de un tema vigente, la reflexión y la escritura pueden atravesar cada aspecto de la vida, sin importar su tiempo. Tras su lectura, pensé que debía escribir sobre el libro, y lo pensé mucho porque distan cuatro meses entre la fecha de creación de este archivo y la finalización del texto, mas la obra misma ampara esta procrastinación. Digamos que la premura tenía que volverse parsimonia, escritura libre y a mi aire.
Los 44 ensayos de Rivero bien podrían ser 88 o 176, podrían no terminarse porque comparten una cualidad dúctil, lo mismo podrían ser la cara de color de un cubo de Rubik que otra, podrían desbaratarse y tomar diversas formas sin perder su legibilidad.
Algo se ha dicho acerca del ejercicio objetivo de la crítica, la que guarda distancia del objeto y —pareciera que— trata de encontrar un lugar en el canon (cualquiera que sea), por encima de, por debajo o a la par de otras obras. Enciclopedia de las artes cotidianas es de tal modo “noble” que no hace falta ponderar cuál es su trascendencia en la literatura; sé que guarda una grata impresión en mi horizonte de lecturas porque cuando un libro llega así, de esta manera, uno no se da ni cuenta.