Lucas Mertehikian, Vidas en tránsito: historia íntima del pasaporte, Mardulce, Buenos Aires, 2025, 168 pp.
En un pasaje dedicado a recordar su huida de México durante la dictadura de Victoriano Huerta en 1913, José Vasconcelos cuenta que “en aquella bendita época viajábamos todos sin pasaportes y se hubiese considerado ofendido aquel a quien se le reclamase… los gobiernos rechazaban el pasaporte como una ignominia propia de la Rusia zarista”. Eran los tiempos anteriores a la Gran Guerra y el pasaporte era entonces un artilugio más bien opcional. La globalidad del conflicto y la geopolítica del siglo XX lo convertirían, sin embargo, a lo largo de las siguientes décadas, tanto en un objeto indispensable para el desplazamiento como en la arquitectura documental más disciplinadamente replicada de la época moderna. Al grado de que en la actualidad uno puede asegurar que nada hay más parecido a un pasaporte que otro pasaporte, con prescindencia de cuál sea la procedencia de uno o de otro.
Iguales siempre en forma y con frecuencia distintos en sus contenidos, los pasaportes se han convertido también en un dispositivo universal para contar algo de lo que somos, lo que hemos sido y, en alguna medida, lo que nos gustaría ser. Porque las cubiertas, los nombres, las fotografías, los sellos y las accesibilidades cambian, pero el modo en el que se estructuran las historias al interior de los pasaportes se parecen. Tanto así que uno puede abrir un pasaporte en cualquier idioma y de cualquier nacionalidad, y aún así entender la estructura general del documento. Más lejos todavía: con su forma de bitácora por escribir y su formato estandarizado que lo convierte en un objeto tan individual como indiferenciado, el pasaporte opera también como el coro griego de una función colectiva y el soneto íntimo de cientos de millones de individuos. La historia del pasaporte es, en ese sentido, no solo la historia de un instrumento burocrático global, sino una de las vías más elocuentes para hurgar en la vida íntima de los individuos y en las vicisitudes de la época moderna.
Con estos presupuestos históricos y burocráticos en mente, Lucas Mertehikian (1987) escribe Vidas en tránsito. Un libro que cuenta la historia del auge y consolidación del pasaporte como uno de los objetos más distintivos y controversiales de la modernidad, al tiempo en el que profundiza en la vida de varios individuos cuyo mayor acto público fue, en algunos casos, acudir a una ventanilla pública para tramitar su pasaporte —no, entonces, un libro sobre pasaportes, sino un libro con pasaportes. Los cuales a veces sirven también como ocasión para contar una anécdota, apostillar un libro, comentar una película o traer al frente un apropósito. Eventualidades tan abiertas como cerradas, que terminan por poner en relación a Madame Bovary con Jules Verne, la crisis de los misiles con el ballet moderno, las cámaras Polaroid con la Segunda Guerra, y Casablanca con Rossellini, los primeros aviones y la crítica de Schlegel. Largas digresiones, como la conversación y la diatriba, que al fin producen al lector una paradójica sensación de unidad tradicional y cohesión narrativa.
Y es que por extraño que parezca, y muy a pesar de la larga nómina de temas que contiene el manuscrito, una de las principales características de Vidas en tránsito es precisamente su forma envolvente, depurada y continua, que le da un toque clásico e incluso decimonónico a la progresión de lo narrado. Dividido en tres partes, el libro comienza con el encuentro de un objeto en una biblioteca y termina con el retorno de un viaje: una sucesión de acontecimientos sin trucos y sin resquebrajamientos, que van cobrando interés en la medida en que van sucediendo y conectándose, mediante la curiosidad y el recuerdo, con otras eventualidades y eventos. Suma de relaciones y motivos que por momentos hacen sentir al libro como un cuento detectivesco en el que, sin embargo, no hay móvil, no hay crimen, y la única motivación para buscar es una compulsión casi insana del protagonista por encontrar; aún cuando muchas veces no haya ni un qué ni para qué se busca.
Aspecto que, sin despojarlo de sus cualidades clásicas —e inclusive afirmándolas—, hace de Vidas en tránsito una afortunada reinterpretación del tema borgeano de la obsesión sin fin; con el agravante de que los sucesos contados en el libro de Mertehikian son sobre todo reales y el artefacto que produce la ofuscación es más bien múltiple. Porque si bien el libro comienza con el fortuito hallazgo e inmediata obsesión del protagonista con un único pasaporte, el de George Francis Train, el hombre que presumió inspirar La vuelta al mundo en ochenta días, en la biblioteca de manuscritos y libros raros de la Universidad de Harvard, el relato progresivamente se convierte en un democrático recuento de todo aquello que tiene que ver con pasaportes. Fijación que se torna pronto en un zahir multiplicado, que conduce al protagonista tanto a coleccionar pasaportes de individuos muertos como a realizar sendas indagaciones sobre la vida de esos muertos en archivos, foros, documentos periodísticos y registros de epitafios.
Indagaciones que, como para agregar un poco de extrañeza a las conexiones, pero también para justificarlas, van acompañadas por una serie de fotografías, que el autor utiliza de un modo más bien idiosincrásico, con el fin de convencer e igualmente confundir a sus lectores. Puestas sin referencia alguna más que lo aludido sobre ellas en el texto, las fotografías en el libro van apareciendo en las páginas como catalizadores del relato y como pruebas irrefutables de que si hay algo de ficción en los intrincados hallazgos de Vidas en tránsito, esta no se encuentra enla peculiaridad de los objetos ni en la insólita naturaleza de sus vínculos. Ya que sucede que cada evento, cada coincidencia y cada ensamble excéntrico del libro, precisamente cuando uno lo empieza a considerar poco más que improbable, se presenta ante nosotros sólidamente anclado a una imagen que desactiva toda especulación sobre la manera de sus lazos y la ruta de su creación.
Situación que finalmente nos lleva a discutir la investigación que sostiene al manuscrito. Una investigación que no se parece al común de los libros contemporáneos —que invocan el archivo, pero que en realidad tratan de información que se encuentra en cualquier fichero— sino que es archivística en sentido estricto y que, fiel a sí misma y leal únicamente a su propia curiosidad, no escatima al momento de perseguir lo improbable, dentro y fuera del recinto bibliotecario. Como pocos en la actualidad, Vidas en tránsito es un texto producido por un intenso desempolvamiento de cajas y revisión de espacios, que nadie más que Mertehikian hubiese podido hallar y, más aún, hilvanar con el tono narrativo y la cadencia ensayística que hace que con efectividad el libro sortee la tentación de acumular datos para demostrar erudición y estudios.
Amague que —con seguridad en contra de la voluntad del autor— pone a Vidas en tránsito en la posición de ser no solo un paradigma del ensayo narrativo y la novela ensayística, sino también un caso ejemplar para el trabajo académico. Esto no porque el libro guarde semejanza alguna con los artículos arbitrados o los libros de doble dictamen ciego, sino porque muchas investigaciones académicas harían bien en replicar su proceder. Replicarlo ya no se diga en su rigor archivístico y en la creatividad de sus asociaciones, que son envidiables y cada vez más raras en los círculos académicos, que llaman archivo a los libros clasificados en un librero y hallazgo a la repetición de dogmas y lugares comunes consagrados, sino en su honestidad e integridad intelectual, tan escasos en los libros y publicaciones actuales.
Lejos de las agendas sociales y el oportunismo político de la actualidad, Vidas en tránsito tiene la gran característica de no perseguir nada salvo su propio relato y su propia curiosidad —algo que además de poner al libro en la excepcional posición de discutir un tema reciente fuera de los presupuestos contemporáneos, lo inscribe en la tradición casi extinta de proyectos literarios que anteponen la calidad artística a la consigna ideológica y al mandato doctrinal. Así el texto: “Las noticias sobre visas [norteamericanas] revocadas se multiplicaban en los medios y, junto con ellas, las imágenes de pasaportes atravesados por la firma del Estado, una lapicera azul anónima, siempre distinta y siempre igual que decía: CANCELADO. Era el lado más visible de una guerra larga contra un sueño de otra época: el de un mundo hospitalario. A mí, que había llegado de la Argentina hacía solo seis meses para hacer mi doctorado en Harvard, escuchar en el campus las voces de estudiantes amplificadas por los megáfonos me hacía sentir en casa. Por eso, cuando un amigo neoyorquino me ofreció ir a una vigilia de protesta en el aeropuerto de Boston rechacé la invitación no sin algo de placer. A diferencia de los suyos, mis días en Estados Unidos estaban contados. Prefería pasarlos haciendo otra cosa”.
Sostenía Dostoyevski que la aventura de la existencia es la de la búsqueda, no la de la conclusión, y que por tanto la escritura, cuando es verdadera, es resultado de un proceso de maduración y un titubeo donde ni las convicciones políticas ni los dogmatismos de época deben interferir en los hallazgos. Lo que vale para decir que la posibilidad de escribir un gran libro no lo determina lo conocido, sino aquello por conocer, y que en consecuencia no hay motivación ni agenda que justifique el conformismo ideológico y la ausencia de coraje intelectual para publicar algo fuera de lo que las instituciones dictaminan como importante. O bien, dicho con la ironía y el genio de Mertehikian, preferir hacer otra cosa —como por ejemplo, ponerse a escribir en serio.
Decía Rodrigo del Río, uno de los personajes secretos de Vidas en tránsito, que uno debía ir a Harvard a escribir el libro que nadie en ningún otro sitio sino en Harvard pudiese escribir: cifra de una experiencia y un tiempo, el libro perfecto debía de nacer de una necesidad, pero también de esa contingencia de objetos y espacios. Es claro que, con el pasaporte de George Francis Train y otros documentos hallados en los archivos de la biblioteca Houghton, Mertehikian escribió finalmente ese libro. Un libro que no podría existir fuera de la vida académica y de la experiencia en Harvard (tal como lo reclamaba Del Río), pero que tampoco podría hacerlo fuera de la curiosidad y el honesto ingenio de su autor, que decidió perseguir el objeto de su pasión sin lazarillos ni previsiones. Porque existen objetos en cuya materialidad se localizan complejas redes narrativas que solo mirando en los archivos de las grandes bibliotecas podemos encontrar; pero en última instancia la potencia de esos hallazgos encuentra su expresión definitiva únicamente en las voces de quienes, en contra de las presiones y exigencias de su tiempo, deciden desestimar la tentación del aplauso político de ocasión y escribir guiados por sus inclinaciones y su instinto.