Emiliano Monge, Los vivos, Random House, Ciudad de México, 2024, 248 pp.
Uno no puede, como lector, andar por la vida pidiendo que los escritores tengan ningún compromiso ético frente a los temas que tratan. Sería lo ideal, pero dejémonos de ilusiones. No siempre es así. A veces la gente escribe por escribir. O escribe pensando, erróneamente, que está logrando cosas mucho más trascendentes de lo que en realidad consigue. Bueno, algo así sucede con Los vivos, de Emiliano Monge. Ya en su soporífera No contar todo había echado a perder el interesante retrato de masculinidades problemáticas que estaba trazando a partir de la figura de su padre y su abuelo. Y lo echó a perder porque Monge terminó metiendo forzadamente, cual pie de hermanastra de Cenicienta en la delicada zapatilla, sus propias experiencias personales que lo pintan enfermizo, frágil y sufriente. Pobre de él. Y pobres de nosotros que debemos soportar sus historias de cuando era un joven que gozaba las bondades del alcohol y las drogas, mientras esperamos que retome las historias de los otros dos varones que sí son atractivas.
Decía, pues, que No contar todo ya había mostrado a ese Monge zigzagueante, con algunas cosas buenas para contar pero ávido por escribir más de lo que nos interesa leer. Pues bien, Los vivos va por el mismo camino. Monge elude el compromiso ético tanto de recuperar la memoria de las víctimas de desaparición como de explorar a fondo el periplo de los buscadores. Insisto, no podemos exigirle a nadie que se convierta en el paladín de ninguna causa. Pero el asunto es que Monge ya había mostrado buen ojo para tratar la violencia en Las tierras arrasadas, donde lo atroz del éxodo centroamericano corría en paralelo con una composición narrativa que se movía entre la ficción, el homenaje a Dante y la recuperación de testimonios de migrantes sobrevivientes que, tras escapar a las masacres y persecuciones en territorio mexicano, pudieron contar su historia en algún refugio fronterizo.Ese libro, pues, exhibía una sugerente capacidad de observación de las circunstancias migratorias en el sur del país y también contenía cierto compromiso ético con la recuperación de las voces sepultadas en el desierto, con los cuerpos desmembrados desperdigados en la arena. Era un vistazo afortunado a esa caída en el pozo de iniquidad que México representa para los desplazados.
Pero en Los vivos, Monge monta un relato que se siente vacío, cuya tozuda insistencia es parecerse a su producción anterior. Todo en esta novela es exagerada y gratuitamente simbólico –que en Las tierras arrasadas funcionó bien pero no aquí–. Utiliza la separación de una pareja como punto de partida para luego aludir a los distintos tipos de ausencias y pérdidas que la sociedad contemporánea experimenta, insinuando que “los vivos”, aquellos que sobreviven este contexto de violencia cotidiana, también sufren y tienen historias para contar. Visto así, Los vivos pareciera el revés de Las tierras arrasadas. Y eso termina siendo. En el peor sentido posible, incluida la calidad literaria.
El planteamiento me parece banalizador y, en general, diría que la novela exhibe una pésima construcción de personajes. La pareja en crisis, por decir algo, se llama Vestigia e Hincapié. Por ahí desfilan también una tal Endometria y Cienvenida. Ahora bien, no sería la primera vez que Monge recurre a ese simbolismo casi infantil para bautizar a sus personajes. Volvamos de nuevo a Las tierras arrasadas –lo lamento, pero si el autor insiste tanto en recuperar todo lo que hizo antes, con más razón lo haré yo–, donde hay una serie de personajes cuyos nombres son Sepelio, Cementeria, Estela y Epitafio. Conforme avanzan las páginas, se refiere a algunos de ellos con otros nombres como Oigosóloloquequiero y ElquequieretantoaEstela. Juzgue, pues, el lector si estas decisiones narrativas en Monge realmente aportan algo a la obra o si solamente muestran pereza imaginativa.
Por lo demás, la novela se olvida por completo de abordar otros temas que inicialmente planteaba como las carencias del lenguaje frente al trauma y el sentimiento de vacío relacionado con la experiencia de supervivencia. ¿Por qué deja de seguir con atención esas líneas temáticas? En principio, porque el libro se centra en la conceptualización del universo de la desaparición a partir de una contraposición: los hallazgos de vida, que son referidos como “apariciones” –de ahí el sentido del título de la novela–. Monge utiliza la metáfora de la aparición como una forma de obtener “el lodo”, lo corpóreo y consistente, al contrario de la ausencia o desaparición, que puede ser entendida como “polvo”. Es decir, la desaparición es tratada en el libro desde su opuesto: aquello que aparece, lo que vuelve al plano de la vida. ¿Suena bien? Desde luego. Pero Monge se las arregla para hacer todo esto a un lado y enredarse en su propia maraña de ilegibilidad.
Cierto es, por otra parte, que Monge no es muy dado a la claridad. Por ejemplo, se rehúsa a definir espacialmente sus historias. La superficie más honda da cuenta de ello: esas dimensiones no ubicables de los lugares así como los ambientes enrarecidos que funcionaban medianamente bien en ese libro de cuentos, parecen repetirse aquí de formas exasperantes. Y ese enrarecimiento toca particularmente a las apariciones, que se mantienen en una línea ambigua. ¿Son resurrecciones? ¿Sobrevivientes de algún enfrentamiento criminal, de un cautiverio? Que cada quien decida. O que se atreva a leer diez veces la novela para buscar ese “lodo”, a ver si saca algo más que “polvo” de ella.
Hay, por cierto, un aspecto interesante en la novela y es la idea de las mascotas como vestigios vivos de quien desaparece. Una forma de existencia que subsiste a la ausencia y necesita ser transferida a otro cuidado. Pero este asunto no es explorado con suficiente atención por el autor, quien más bien prefiere regodearse en la ambigüedad e indeterminación que ha enmarcado toda su obra y toma la decisión de tejer una atmósfera de tristeza y abandono que vaya bien con su historia de amores rotos y personajes solitarios. Porque “también somos eso […], los huesos que alguien más debe encontrar”.
Mentiría si dijera que no disfruté ese lienzo de desolación que está al fondo de la novela –porque cada quien con sus rarezas–, pero tampoco fingiré que es suficiente para rescatarla del olvido. La opacidad en Monge ya se siente repetitiva, se nota un enrevesamiento forzado en su escritura. El escritor construye algo innecesariamente críptico y pretencioso que manosea todas las páginas, pobladas, además, de términos como “resurrección” y “aparición” para juguetear de manera un tanto irresponsable con el revés de lo desaparecido y de la muerte en su afán de recuperar a “los vivos”. Me parece irresponsable porque, en medio de una historia que refiere al universo de desapariciones y personas buscadoras, el autor parece susurrarnos “los vivos también importan”. Desde luego que sí, pero un libro como este no demuestra dicho punto.
Monge utiliza como una suerte de leitmotiv visual la pieza tejida ¿Y si lo encuentro qué?, de la artista Paulina Cuarón. Se vale de ella frecuentemente como símbolo disimulado de las mujeres buscadoras y del duelo pero pareciera una referencia insertada para validar el tema, mas no el tratamiento. Por otro lado, la historia de amor entre criminales y tratantes de personas que en Las tierras arrasadas –última vez, lo prometo– implicaba un sugerente contrapeso dramático, en Los vivos luce como un amor maltrecho completamente deslavado, sin proponer ningún dilema ético al lector. Un mero pretexto para lanzar frases ideales para citar en redes sociales. Un ejemplo: “ésta que soy es la única que puedo ser. Pero también la única que quiero ser”.
En general, diría que Los vivos intenta poner sobre la página una sintomatología colectiva respecto a la soledad y el abismo de esta vida contemporánea. Así pensado, la idea suena interesante, pero la ejecución echa por tierra cualquier intento serio de problematizar la ausencia porque Monge quiere volver pretencioso lo más convencional. Es claro que el autor identifica varios elementos recurrentes en torno a la literatura que se ocupa de la violencia y la desaparición: los silencios que no pueden expresar la densidad del dolor y de vacío, las consecuencias del trauma sobre la memoria, la sensación de no pertenencia sufrida por quienes han perdido a alguien. Pero todo ello queda solamente en buenas frases que resumen estas preocupaciones sin que su tratamiento pueda llevarlas a buen puerto.
Recupero a continuación una serie de citas que, leídas de manera independiente, pueden otorgar una idea equivocada de la novela, pues nada de lo que se refiere en ellas es realmente problematizado en el texto. O, mejor dicho, la novela quiere decir tantas cosas que termina por ser de una vaguedad abrumadora: “que alguien te falte así, hace que sientas que tú también faltas o que te falta todo lo demás, que lo único que no falta es el agujero de la ausencia” y “esa necesidad de pasado bloquea su futuro y hace que su presente esté siempre fracturado. Por eso se aferra a la espera y por eso la desesperación los condena a cualquier forma de esperanza”.
Este par de oraciones remiten a un sentimiento verbalizado en torno a la desaparición y la búsqueda. Pero la totalidad de la novela no da cuenta de ello, no se acerca a ningún tipo de presentificación que honre lo ausente o lo desaparecido. Intenta hacerlo mediante la referencia conceptual de aquello que aparece, la llegada de esos que vuelven del limbo de la violencia. Pareciera que Monge tiene una lista a mano con temas recurrentes en obras que tratan la violencia y fue tachándolos conforme los incluye en las páginas de su libro: la arqueología, lo forense, el trauma, desaparición, olvido y memoria, fractura del lenguaje, la idea de abismo como imagen de las fosas, la sensación de vacío. Todo eso se encuentra en Los vivos pero, irónicamente, nada tiene vida en este texto: se ahoga por frívolo y tedioso.
Escribir sobre desaparición y violencia requiere, en estos tiempos, de una sensibilización que no banalice estos fenómenos, que no los vuelvan un mero pretexto de escritura. Ya suficiente desdén tenemos por parte del Estado. Monge había salido bien librado de eso con Las tierras arrasadas y La superficie más honda. Esas obras guardaban cierto margen ético respecto al tratamiento de la violencia y sus consecuencias, rehuían a la normalización del orden violento que nos rige.Pero Los vivos no lo consigue, tampoco lo intenta. Solamente Emiliano Monge sabe qué quiso hacer con este libro.
Me gustaría firmar, por cierto, este texto como ElquenodisfrutóLosvivos o Lapidario. Algo muy mongeano. Pero no. Ahí está mi nombre.