Christopher Domínguez Michael, El crítico sin estatua, Sauvage Atelier, León, 2025, 463 pp.
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Creo en la crítica literaria. Creo en ella porque me parece una de las maneras del pensamiento, una demostración de civilización y de la comprensión y el conocimiento del otro. La crítica literaria, como se sabe, no es solo literaria, nunca lo ha sido. Su estudio no es solo la literatura, sino lo escrito. Y lo escrito es, por supuesto, sobre el hombre mismo. No podría entenderse la vida sin el lenguaje: la vida y lo escrito son lenguaje. Pensamos con palabras, es la materia que nos hace ser lo que somos. Desde el Cratilo de Platón y la Poética de Aristóteles no hemos parado de cuestionar al lenguaje y lo escrito. No haré aquí un recorrido a través de la historia de la crítica literaria: hay muchos y plausibles tratados sobre ello; quiero hablar aquí de El crítico sin estatua de Christopher Domínguez Michael, pues tengo en las manos uno de los mejores libros de este autor. Decir esto último cuesta trabajo, pues estamos ante el más agudo crítico del país, uno de los mejores de la lengua y, sin duda, el más perseverante. Eso no me cuesta trabajo decirlo: estoy convencido. En los últimos años, décadas ya, a Domínguez Michael se le ha señalado –a voces y en lo oscurito– como perteneciente a un grupo de escritores “neoliberales”, “fascistas”, “machistas”, etc. A la obra de CDM no le hace falta que nadie entre en su defensa, faltaba más, ya sus libros han permanecido por más de tres décadas entre lo mejor de la crítica literaria. Sin embargo, no quiero dejar pasar lo siguiente: así como a Domínguez Michael se le critica su lugar en la literatura y, por supuesto, sus opiniones, también Octavio Paz es desacreditado por cuestiones absurdas, pero quienes lo critican con frecuencia resulta que no lo han leído. Apenas se les cuestiona: “Pero ¿y El arco y la lira?, ¿y El ogro filantrópico?” “Nada, nada, era un misógino”, tenemos por respuesta. Ahora parece que dejar de leer a un autor es casi una condición sine qua non para opinar.
Domínguez Michael ya está en el lugar al que llegan los grandes escritores. En este punto muchos dejarán de leer porque el solo hecho de considerarlo un escritor (“¿cómo vas a considerar escritor a un crítico?”) les causa comecome. El mismo Paz, Martín Luis Guzmán, por no decir Nellie Campobello o Juan Rulfo, hicieron escuela, pero no discípulos. Soy lector, y no podría decir en qué cantidad fatigo más poesía, narrativa o crítica (confieso ser pésimo lector de teatro) y, dentro de la crítica, leo de toda clase: crítica académica, literaria, reseñas, artículos, esbozos biográficos, entrevistas, polémicas; y sigo a la mayoría de críticos en redes sociales (quienes tienen); me parece la actividad más reconfortante, la de leer crítica, y sustanciosa, tanto como leer “literatura”. (La actividad crítica de las comunidades digitales es asunto aparte y no me voy a entretener aquí: casi siempre son juicios ad hominen que definen más a quien los enuncia).
Christopher Domínguez Michael padece lo que han padecido otros grandes escritores de México: hacer escuela y no tener discípulos. “Todo parece ser ‘líquido’: el canon, las antiguas formas de prestigio, la lectura, la escritura, la noción misma de literatura”, nos dice CDM, todo –o casi todo–, además de líquido, se está convirtiendo en insustancial. Ya se sabe que no hace falta ver una película para opinar sobre ella, y mucho menos leer un libro, lo importante es juzgar y procesar jurídicamente y con “autoridad”: entrarle por delante con la guadaña a un terreno nunca antes pisado. Todos nos topamos diariamente con juicios emitidos por cualquiera porque todo el mundo tiene el “derecho de opinar”, así sea sobre aquello que por primera vez ven o se enteran en su vida que aquello existía.
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Escuché a alguien hace poco decir, a propósito de la suma económica del Premio Aena: la literatura está en peligro, algo se debe hacer para rescatarla. Francamente no creo que la literatura esté en peligro ni sean necesarios bienhechores. Ya sabemos lo que pasa cuando aparecen redentores como Taibo II o lo que le hacen, los libertadores intelectuales, a toda la industria editorial de un país, como el caso de Venezuela, luego de que fuera, durante décadas, uno de los torreones librescos más sólidos del continente. Si bien sé que la literatura no está en riesgo, sino entre más asediada –por el mercado, principalmente– más se fortalece, también es cierto que la crítica literaria se ha tornado perezosa. La mayoría de los críticos literarios actuales escriben más como booktubers: todo es fantástico, maravilloso, todo lo lees de un tirón, todo libro es imprescindible y a ninguno se le puede tachar ni una coma. Escriben, la mayoría, como los blurbs en los que abunda Louise Willder en ese afortunado libro: Cien palabras a un desconocido. Estoy cierto de esto: muchos de los críticos actualmente prefieren haber leído que leer. Casi todos mencionan la literatura universal entera con una solvencia como si la hubieran leído ayer, y lo han hecho, claro, en las entradas de Wikipedia. Por supuesto, a la mayoría se les nota el uso de la inteligencia artificial, de lo contrario no habría manera de que un crítico literario pensara de Los últimos días de Roger Federer de Geoff Dyer como un libro de deportes –por supuesto, ¡qué otra cosa podría ser!
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El crítico sin estatua es una frase del compositor finlandés Jean Sibelius citada por Bengt von Törne en su libro A Close Up: “Then his voice changed in tone as he told me that he wanted to give me some good advice. ‘Never pay any attention to what critics say,’ he proceeded, and expatiated on this theme. When I ventured to put in the remark that their articles might sometimes be of great importance, he cut me short. ‘Remember,’ he said, ‘a statue has never been set up in honour of a critic!’”. El libro de Törne puede consultarse completo en línea, lo que no pude escuchar por ningún lado fueron algunas de sus piezas, pues también fue compositor. A Close Up está dedicado al menor de los hermanos Sitwell, Sacheverell, y al músico, crítico literario y musical Cecil Gray, quien por cierto escribió dos libros también sobre Sibelius y una obra de teatro sobre Gilles de Rais.
A diferencia de Sibelius, yo sí le hago caso a lo que dicen algunos críticos. En la enorme tradición de crítica literaria de nuestra lengua, CDM tiene un lugar inapelable. En El crítico sin estatua reúne sus textos sobre críticos literarios; él mismo nos advierte: no aparecen aquí “los ensayos extensos sobre Sainte-Beuve, Georges Brandes, Cyril Connolly, H. L. Mencken, o Susan Sontag, entre otros de menor extensión –como los obituarios de George Steiner y Harold Bloom– que han aparecido en otras de mis colecciones […] En cambio, salvo en un par de textos, esta edición reúne artículos y ensayos, escritos entre 2001 y 2025, que nunca se habían presentado en libros, apareciendo en los suplementos El ángel de Reforma o Confabulario de El Universal, así como en la Revista de la UNAM y Letras Libres”. Expuestos los ejes por el propio CDM, nos explica que no conoció más que a dos (Tomás Segovia y Beatriz Sarlo) de una cuarentena de ensayados: “Abro así las puertas de este salón, al malévolo lector”.
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Un crítico literario sin malicia, sin colmillo, es un comensal aburrido: sentado a la mesa, sólo asiente y aplaude los comentarios, los chistes y la mala leche derramada en el mantel, pero no vertida por ellos: críticos dóciles y obedientes quienes ya están acostumbrados a comer lo que se les pone enfrente. Prefiero a los críticos literarios incisivos, acres, punzantes. Prefiero, también, ser un lector así. He leído a varios autores decir: preferiría regresar a leer como antes, con inocencia. Yo francamente no. Si ya de por sí vivimos en una sociedad cada vez más infantilizada, en donde a diario se ve a adultos hacer berrinches, a hombres y mujeres convencidos de que el mundo debe ser la extensión de un hogar que jamás lograron tener ni formar, resulta insoportable leer volúmenes ñoños y mucho menos tolerable sería leer con inocencia. Entiendo que muchos añoren al Chavo del Ocho y dediquen tiempo ahora a ver una serie televisiva sobre ese regüeldo; puedo comprender que la gente asista a conciertos de roqueros buenos hace cuarenta años; pero no entendería a alguien que prefiera leer con ojos de niño, por ejemplo, Palinuro de México. La infancia (las infancias, dicen ahora con la solvencia que da expresar cualquier cosa, a todo pulmón y con el pecho ronco) es una y única, maravillosa o terrible, como te haya tocado, pero la lectura, como toda actividad, como toda habilidad, necesita ejercitarse. Y si la lectura de poesía o narrativa necesita cierto adiestramiento, la lectura de los críticos literarios de los que se ocupa otro crítico literario, como lo hace CDM, requiere mayores destrezas. Y no porque el crítico literario sea un semidios o un hombre especial, sino simplemente porque ha dedicado más tiempo a esa labor. El crítico literario puede ser arbitrario, pero no autoritario, su autoridad –no su autoritarismo–, bien o mal ganada, está en sus lecturas, su escritura, su agudeza; no obstante, no hay que olvidar lo siguiente: esa autoridad se la conceden otros lectores, casi siempre igualmente adiestrados. Todo lector merece al crítico que admira.
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En 1997 Guillermo Sucre le hizo llegar una carta a CDM: carta hermosa, sincera, palabras de un lector y de un crítico a otro. El maestro Sucre celebraba la lectura de Tiros en el concierto, otro de los grandes libros de CDM. El autor de La máscara, la transparencia: ensayos sobre poesía hispanoamericana, cerraba su misiva con estas palabras: “Cuídese después de tan largo esfuerzo, y cuide su alma. Los zopilotes deben de estar rondándolo”. El crítico literario lo sabe: no se erigirán estatuas con su busto: “Existen estatuas del Doctor Johnson, de Sainte-Beuve (la imagino, cagada por los pájaros, en Loulogne-sur-Mer) y de don Marcelino Menéndez Pelayo. Quizá no debería haber estatuas para los críticos, pero las hay”. Lector él mismo, el crítico sabe que todo leedor es malévolo: si se le levantara un monumento no sería para honrarlo, sino para lapidarlo. El crítico literario no espera reconocimiento, sino únicamente la oportunidad de seguir leyendo y de escribir lo que pasa a través de él cuando lo hace, pues el crítico literario es un monstruo con muchas cabezas y con todas ellas quisiera leer y, de ser posible, leer diferente con cada una.
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Tengo divididos a los críticos literarios en dos categorías: aquellos que ajustan a sí mismos lo que leen, cual Procustos, y quienes buscan adecuarse a lo leído. La mayoría de los críticos literarios cortan pies, piernas, brazos y cabezas a la obra por reseñar o ensayar –o simplemente no alcanzan a ver que la obra sale de sus límites, los del crítico–, la amoldan a su única y limitada visión, y obligan al volumen a tomar la forma de su mirada. Los otros, a los que pertenece CDM, se adaptan a la obra, ensanchan su mirada, dan vueltas alrededor de la cama y ajustan esta, en la medida de sus posibilidades, a la forma de la obra. Otra cosa es dividir la crítica entre académica y netamente literaria o artística. Ambas tienen sus asegunes y sus enormes aciertos propios de cada una: a las dos les nacen sus procustos y las dos tienen a sus valedores. La crítica académica toma de esta o aquella teoría y amolda la obra literaria a la teoría: explica y desentraña cualquier volumen de acuerdo a la “cama” de su teórico de preferencia. La crítica artística no siempre lo es: la mayoría de las veces es una serie de oraciones aduladoras y, cuando uno lee el volumen en cuestión, se da cuenta de que prácticamente la reseña o el ensayo que leyó fue escrito por un padre embelesado, en el festival del día del niño, viendo aquello que solo él pudo ver en su hijo. Por más que amusgue uno los ojos, resulta imposible ver lo que ellos vieron. Hay dos caminos que estos dos tipos de crítica han tomado hacia puntos diferentes: la crítica académica se ha llenado mayormente de una jerigonza no indescifrable, sino absurda: ha tratado de llevar términos de otras disciplinas y meterlos a empellones en un modelo literario o discursivo. Por su parte, la crítica artística –no quiero llamarla impresionista, pues toda crítica lo es, ni literaria: ya dije que la crítica literaria no solo estudia literatura– utiliza un lenguaje estandarizado, pueril, como si a quien va dirigida no fuera capaz de entender más allá de las noventa o cien palabras con las que escribe. En lo que coincide la crítica deficiente, en ambos lados, es en la soberbia. El crítico mediocre supone que solo su punto de vista es válido, y esto no quiere decir que no defienda y sostenga su postura; por otro lado, el crítico honesto, y CDM lo es, acepta sus omisiones, señala él mismo sus traspiés y rectifica su óptica.
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Me llevó varios meses leer El crítico sin estatua. A medida que avanzaba me detenía para releer a algún autor citado –Auerbach, Bajtín o Reich-Ranicki–, pero leído hacía tiempo; seguía y descubría que desconocía, aunque tenía sus libros, los volúmenes citados de Lourenço o de Torre; de otros francamente no había leído una página y mandé por ellos: Ivánov y su Correspondencia desde dos rincones de una habitación; a otros los sigo teniendo pendientes: Löwith y Rosenberg; para el resto tuve que hacer no sé cuántas visitas a bibliotecas, descubriendo joyas y retozando sorprendido ante hallazgos, como el descubrir que la Historia de la literatura italiana de Francesco de Sanctis, que no conocía, la tradujo a nuestra lengua Renata Donghi de Halperín y Gregorio Halperín, padres del historiador argentino Tulio Halperín Donghi. Pensé en qué otro libro me había exigido tantos meses de lectura, qué otro volumen me había llevado a dilatar su avance y a encaminarme hacía otros derroteros, los que recuerdo inmediatamente son Reportajes de la historia. Relatos de testigos directos sobre hechos ocurridos en 26 siglos de Martín & Borja de Riquer y El arca de las palabras de Andrés Trapiello: libros con los que me engolosiné por más de un año el primero y cerca del año el segundo, volúmenes a los que les venero un afecto especial porque me tomaron de la mano para pasearme hacia muchas otras páginas. El crítico sin estatua es, pues, un libro de esta estirpe. En principio, su autor decide darle a un crítico el estatus de escritor, decide leerlos y releerlos, los toma no como estudiosos de diversas obras, sino como creadores, ellos mismos, de una obra propia y particular. En segundas: es una obra, El crítico sin estatua, que no se concibió de entrada, sino que se fue formando seguramente casi sin darse cuenta su autor. Es decir, el mismo CDM no la concibió en principio, como Tiros en el concierto, por ejemplo, como una obra concreta desde su gestación, sino que le saltó a los ojos y apenas supo en qué momento fue tomando forma. En tercer lugar, al confeccionarla, el autor traza su propia genealogía y es un retrato de su propia cartografía: “Soy crítico literario, es decir, un ser que no piensa con cabeza propia; por mi mente danzan y gritan prejuicios venturosamente sembrados, durante cada cosecha, por otros críticos”. Un crítico es el conjunto de muchos lectores; su carácter, sus lecturas, sus juicios están impregnados de muchos otros. Cultiva un jardín que otros sembraron y que, si acaso planta su propio jardín, la cosecha estará en manos de alguien más. Un crítico escribe para otros, su valor y su autoridad radica en los demás.
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Es probable que el lector se sienta defraudado al llegar aquí. Para que esta reseña tuviera el mínimo valor sería necesario, como en “Del rigor de la ciencia” de Borges, cartografiar con exactitud cada una de sus páginas: así como en aquel texto el mapa comprendía toda una ciudad “y el mapa del Imperio, toda una provincia”, de la misma forma esta reseña debería comenzar con un epígrafe: “No presten atención a lo que dicen los críticos; nunca se ha erigido una estatua en honor de un crítico” y empezar a reseñar El crítico sin estatua como un Menard de la crítica. Este es el tipo de libros que deben leerse y no “contarse”: deben, sus ensayos, ser explorados por cada lector, en lugar de esperar que alguien más les narre su viaje. Para hablar de los 40 ensayos que lo componen y a delinear los 8 apartados que lo conforman, debería hablar de cada uno de ellos: no hay otra manera de penetrar este libro sino página a página. Hay que irse a pie juntillas por él. Mientras lo leía reconocía ya la lectura de cada ensayo, recordaba frases, juicios, nombres. Cuando llegaba a alguno como “Contra Irene Vallejo”, lo iniciaba con ansia, pues no recordaba haberlo leído, pero –gran sorpresa– desde el primer párrafo sabía de qué trataba: era un ensayo aparecido como “El libro (no la literatura) y el mal”, y que poco trata de Vallejo, más bien de Carlos Clavería Laguarda, y bastante cosas más, por cierto: “toda biblioteca que se respete ha de ser pública”, sobre gente quien no quiere leer “sino comprar libros caros”, “que no hay reflexión estética posible sin exigencia ética”, porque ya se sabe: en un ensayo de Domínguez Michael un pretexto –a lo Montaigne, siempre– da para hablar de mil asuntos más. Me detengo en este ensayo como simple ejemplo de que de cada uno podría hacerse una reseña. En todos ocurre lo mismo: al ensayista que vemos hablando de otros críticos es, sobre todo, un lector apasionado, un hombre que ha construido su visión del mundo entre las páginas de los libros. Lo que admira de los ensayados es, en el fondo, esa misma pasión. Enlista CDM, aquí, los personajes de los escritores que prefiere Clavería Laguarda y, entre los Mann, los Kafka y demás, a dos de ellos confiesa Domínguez Michael no haber leído: Giuseppe Berto (que yo conozco gracias a las traducciones de Sergio Pitol) y Miguel Espinosa (a cuya obra llegué hace tiempo por azar y de quien tengo su Asklepios por un libro único).
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La mosca en la sopa: me parece plausible que una editorial joven como Sauvage Atelier publique un libro como este, destinado a pocos lectores, a pesar de ser escrito por el mejor crítico del país. Admiro a las editoriales independientes, y Sauvage Atelier lo es. Sin embargo, al libro le faltan acentos por aquí, en algún lado carece de comas y en otro le estorban. Tiene cosas que, de tan evidentes (¡en la primera página!), causan sonrojo: tubercolisis. Para una segunda edición podrá mejorar sobradamente.
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No dudo que para alguien pueda parecer ocioso escribir crítica sobre la crítica. A mí me parece necesario. Ya dije que la crítica es una de las formas del pensamiento y una de las manifestaciones de la civilización. Ya se sabe que nunca se ha podido evitar la llegada de los bárbaros: “No hay documento de civilización que no sea al mismo tiempo documento de barbarie” (Fuchs, citado por CDM), pues el bárbaro, así seamos nosotros mismos, no se entera de serlo. Todo depende, diría Beatriz Sarlo, otra de las estudiadas aquí, del presente desde el que hablemos. El crítico sin estatua es una forma de civilidad, agudeza y arte de ingenio: “Los viejos críticos nos contamos, en todo el mundo, apenas por decenas: somos una especie en extinción, numerada, catalogada. Nuestro medio ambiente, los medios impresos, las revistas culturales y los suplementos bibliográficos van desapareciendo para ser sustituidos, en el mejor de los casos, por sombras virtuales en las cuales, como se lamenta McDonald, cualquiera, con un tablero a la mano, puede opinar. En el universo de las opiniones instantáneas, ¿tiene sentido la antigua legitimidad del crítico literario?”. Tiene, por supuesto, todo el sentido del mundo. El crítico literario enarbola la palabra, no espera estatuas, sino un buen número de páginas más: leídas y escritas. El crítico literario considera su actividad y su vida misma con aquel subtitulo de uno de los manantiales de los que ha abrevado: Hacia la estación de Finlandia. Ensayo sobre la forma de escribir y hacer historia, pues en la forma de escribir y en la forma de construir la historia es que se define el crítico y el escritor. Para muchos será motivo de júbilo que los críticos literarios vayan desapareciendo –igual que los suplementos y las revistas–, dirán que, si son una especie en extensión, bien merecido se lo tienen por atreverse a escribir semanalmente, y crear volúmenes de casi 500 páginas como El crítico sin estatua: ¿quién tiene tiempo para eso? Para la pereza, el desinterés y la falta de sentido crítico bastante ya se tiene con las redes sociales, series, películas y TikTok. Para el crítico literario lo único que se erigirá es una pila más de libros en su mesa de trabajo.