Revista de Crítica ISSN 2954-4904
Literatura


Christian Peña, Padres huérfanos, Elefanta Editorial, México, 2023, 132 pp.


En La baba del caracol, Chantal Maillard escribe sobre la invención y sobre aquello que encierra el poema. A propósito de un breve texto titulado “Che cos’è la poesia?”, publicado en Poesia: Mensile di cultura poetica en 1988, apunta: “Dejarte atravesar el corazón por el dictado. […] Llamo poema a aquello mismo que enseña […] el corazón, a aquello que inventa el corazón”. Parto de estas líneas para hablar de Christian Peña (Ciudad de México, 1985) y de su libro Padres huérfanos.

Podría comenzar intentando definir el género de esta obra, pero el resultado sería, inevitablemente, burdo e intrascendente: en Christian Peña, reconocer la hibridación es casi una obviedad. Aunque el libro haya sido galardonado con el Premio Bellas Artes Sonora de Minificción Edmundo Valadés, lo que encontramos es, más bien, un conjunto misceláneo de registros que además trabaja con archivo. Hay narrativa y biografía, ensayo y, sobre todo, un lirismo que atraviesa con fuerza su prosa tan característica. La obra, en fin, desborda cualquier clasificación unívoca y se sostiene precisamente en esa tensión entre formas. Por eso pienso en una escritura cercana a la que despliegan las ideas de Maillard: una que, aun al resguardarse, se extravía; y para evitarlo, nace el impulso de fijarla en la memoria. Esto parece ser cuidadosamente resguardado por Christian Peña, quien en esa zona de riesgo introduce a un tercero: un hijo atraído por la neblina que es su padre y por el aroma a tabaco.

Desde Me llamo Hokusai (2014), el ejercicio literario de Christian Peña se delinea con claridad: atestigua, desde una atención absoluta, un mundo que le resulta tan desconocido como asombroso. Así como la hibridación genérica es una constante en su obra, algo similar ocurre con sus temas: reaparecen la figura del padre y la identidad, ahora acompañadas por la orfandad. Lo distintivo de Padres huérfanos radica en la insistencia de Peña en un gesto fundamental: escribir antes de la muerte. Escribir sobre el padre, escribir para recordar la vida, sin esperar nada más. Sus motivos se dispersan a lo largo del libro con notable intensidad expresiva. Desde el inicio, advierte que su padre: “Prefiere no hablar, por eso yo lo escribo”; y más adelante, casi al final, añade: “Pasar al papel sus palabras es mi forma de hacer una ofrenda a su origen”.

Christian Peña es, además, un autor profundamente consciente de lo que implica ‘ser hombre’, y en su escritura se manifiesta una masculinidad inusualmente honesta y genuina. Lo advertimos ya en sus trabajos anteriores, donde ha abordado la enfermedad, la infancia, la sexualidad y el erotismo desde una perspectiva poco común y muy amorosa; entre esos núcleos tampoco quedan fuera la paternidad y la identidad. Sin embargo, en Padres huérfanos esa exploración singular del espectro de ser varón da un giro respecto a lo que habitualmente encontramos en sus otros trabajos. En Me llamo Hokusai, la figura del poeta y la vida del hombre tendían a diluirse en la voz lírica que construye: era casi él y, al mismo tiempo, otra cosa. Ese mismo desdoblamiento reaparece en Padres huérfanos, dejándonos claro que el texto literario es más que la anécdota. Allí recrea un imaginario familiar apoyándose en el arte plástico del japonés Hokusai; inventa vidas y las sostiene mediante narraciones contagiosas, imágenes densamente sensoriales y un lenguaje húmedo, todo orientado a una pregunta insistente: ¿quién se es?

En Padres huérfanos, en cambio, Peña toma otro camino dentro de esa misma indagación. Primero, se posiciona como hijo; segundo, afina el enfoque de la identidad para dar con las figuras del padre y del huérfano; y, tercero, vuelve, aunque desplazadas, a las preguntas fundamentales: ¿qué es esto?, ¿qué significa ser esto?, ¿qué quiero ser? Pero ahora esas preguntas orbitan en torno a otras más incisivas: ¿quién es mi padre? y ¿cuál es su historia? En ello ahonda, sobra decirlo, con seriedad: en la historia de una infancia arrebatada por la muerte y de una paternidad difusa y triste: “¿Qué recuerda mi padre cuando piensa en su padre? […] El padre de mi padre es un fantasma, un retrato a partir de lo que sabe de oídas y su propia invención”, escribe. El latido de un corazón existe allí fuera de nuestra presencia, dice Maillard, “el latido que expresa, que inaugura y expone el compás entre el dentro y el afuera, entre el sí mismo y… el otro”. Entonces ejerce Peña su oficio en la construcción –y deconstrucción– del retrato de un padre de temple contenido, que resguarda el dolor y se manifiesta callado; en el recuerdo como un misterio que no desea compartirse, porque ocultar sea, quizá, una manera solidaria de sosegar la propagación del tormento: “La sangre esparcida […] como una mancha imborrable en la memoria, penetrando hasta el hueso, percudiéndolo todo”.

A diferencia de otros textos suyos, más conciliados con la ternura y al amor, aquí el acercamiento se formula más bien despacio, desde la cautela y la compasión. Para ello, se vale de procedimientos como la entrevista, las grabaciones de voz, los apuntes en el cuaderno, la memoria y el archivo. No obstante, pese a estas intenciones comprometidas, el resultado no termina de ser del todo nítido. Más bien, parece corresponderse con la misma naturaleza de su práctica como escritor –como artista, en suma–; un ejercicio que, en su afán de revelación, roza también la pérdida y el desconocimiento. Lo formula con mayor precisión Annie Ernaux, a quien cita como epígrafe: “A medida que me esfuerzo en desvelar la verdadera trama de una vida dentro de un conjunto de hechos y de decisiones tengo la sensación de que pierdo el verdadero rostro de mi padre”. Y sí: el trazo que Peña intenta desvelar de su padre es apenas figurativo. La resistencia inicial a revelar su nombre, junto con el tejido de otras historias sobre la suya para establecer asociaciones, delata a la vez un gesto de cuidado y una táctica. Ambos aportan en la medida en que construyen metáforas, conjeturas y zonas de duda entre lo que se afirma como verdad y aquello que pertenece a la ficción o al misterio.

Hay en ello, sin duda, una maniobra sugestiva que sostiene el sentido del texto. Sin embargo, por momentos esa misma estrategia parece volverse en su contra, cuando los apoyos en los que se apuntala terminan por imponerse sobre el centro de la narración y ocupar su lugar. Al final, permanece con mayor claridad lo que desarrolla en torno a Juan Rulfo –su vida y sus personajes– que la figura de su padre, Honorio, quien en principio debería constituir el núcleo alrededor del cual gravita lo demás. Reitero que las asociaciones de Peña siguen siendo delicadas, incluso tiernas; irradian esa luz lejana y suave que le es tan propia. Pero, de pronto, esas mismas conexiones, que funcionan como cierre de los breves textos que componen el libro, resultan flojas o demasiado evidentes, predecibles; de ahí que la sorpresa, o el efecto de asombro, se dilata en exceso para el lector, hasta el punto de no llegar, a veces, a concretarse. Por el contrario, hay algunas reflexiones propiamente literarias que llegan a ser más conmovedoras.

Con esa misma entonación poética, intensa y sostenida, Christian Peña retoma fragmentos y pasajes de los libros de Juan Rulfo para espejear, desde la vida del autor jalisciense y desde su ficción, la figura de su padre. Así, atravesamos una lectura atenta al silencio, la muerte y la extrañeza. Escribir y escribirse con los muertos, como lo hacía Rulfo, ¿para qué? ¿Y por qué? Para una suerte de rendición de cuentas; por piedad, por rencor.

Peña se acerca a Rulfo del mismo modo en que se aproxima a su padre, con cautela. Como si ambos fueran, a la vez, fantasma y sueño; como si fueran también esa historia que nosotros, los hijos, completamos alrededor de la presencia o la ausencia. A veces pareciera que los padres olvidan justamente eso: que su lugar, la mayoría del tiempo, es estar muertos. Nos preguntamos constantemente qué le ocurre al padre, cuáles son sus sueños y sus desvelos; pero acaso valdría la pena reconocer, en estos huérfanos, un mundo interrumpido, un animal abatido que busca sombra en un árbol torcido. Queda la sed.

En ese cruce sucede una experiencia de lectura singular: al sincronizar las vidas de Honorio y de Rulfo, hay momentos en que ambas historias se confunden para el lector, como si se internaran en una misma niebla. La historia del huérfano parece volverse una sola, condensada y reiterativa, como si todas respondieran a un mismo origen. Y, sin embargo, Peña demuestra una destreza precisa ante la crudeza; aun en escenarios sangrientos y trágicos, es capaz de convocar lo onírico y lo real simultáneamente, de anunciar, desde el recuerdo o la sospecha, la violencia y la muerte, y de decir, con una sobriedad que pesa, esas noticias que dan pena.

Como he dicho, en ocasiones las relaciones entre ideas se sienten forzadas; aun así, distingo otra pulsión valiosa: el deseo de encajar, de encontrar un lugar en una historia que no es del todo propia. Hay, en ese acto, una voluntad de explorar una pérdida que no le pertenece de manera directa: la ausencia del padre a partir de la muerte, del asesinato, de un abandono no elegido. No se trata, dicho sea de paso, de un duelo enunciado con claridad; es más sutil. Peña explora la historia de vida, la violencia, la sangre, pero pone especial atención en el legado, en las respuestas y las preguntas, en la reacción, en la memoria, en la crianza, en los hijos; en esa milpa atravesada por la advertencia de que allí crecía algo, pero la sequía no se detuvo. Se trata, acaso, de lo que siembra y cultiva la muerte: del fruto que dejó a alguien sensible y muy debilitado, a la deriva, pero que de algún modo no lo mató; de aquello que, agarrándose de otra cosa, tomó forma y pudo crecer de manera extraña para seguir con la vida. Ante ese vacío, entonces, surgen los sueños; inventamos fantasmas y memorizamos las historias que contamos sobre nuestros padres para completar los recuerdos, para mantenernos ocupados.

Al escribir, dice Peña sobre Rulfo, “entabló conversación con fantasmas, propios o ajenos, muertos o no; próximo al rezo y a la invocación, […] la soledad y la muerte contadas entre dientes”. De acuerdo con esto, someto a juicio mi primera intuición: que el padre estaba velando algo. Ahora, en el fondo, acaso sea el padre aquello que se está velando. ¿Para qué? Para contener las manos y su desembocadura hacia lo más trágico; para aliviar la pena de esa ceguera que cargamos a cuestas; para salvarlo mientras nos alejamos de nosotros mismos en el silencio. Colocar veladoras a sus muertos y rosarios de tinta negra es lo que hace Christian Peña: rezar por su padre a través de nosotros. Palabra tras palabra, guardando silencio.

Pienso la escritura de Peña, a propósito de la imagen más bella de la oración, como una vela a medio camino, solitaria, que derrama tinta entre el secreto blando de nuestros labios y los de su padre; una vela que se pierde en la sangre, enciende un silencio amorfo que solo otros ojos podrían advertir y repasa fantasmas entre dedos y dientes. Con una inquietud todopoderosa, el autor se levanta a padecer el amor de un hijo hacia su padre, y no hace sino lubricar los nombres que se derraman calientes sobre las palabras dentro de la bóveda fría, expandida y dilatada, del rezo y la muerte.

Comenté antes cierta ligereza en algunas de las metáforas o asociaciones que Peña teje a lo largo del libro; asunto que se resuelve a partir del tercer apartado, titulado “El rey león”, donde el texto adquiere un pulso distinto: gana en ritmo, en densidad, en movimiento. En los siguientes capítulos aparece una brillantez más nítida en las reflexiones con que Peña cierra sus fragmentos al pensar la paternidad y la orfandad. Persisten, es cierto, algunos paralelismos forzados entre la vida de Honorio y la de Juan Rulfo, aunque también pueden leerse como efecto de una curiosidad insistente: la del hijo que busca, a toda costa, saber del padre.

De vuelta al punto central, la orfandad se presenta como una marca de muerte. La condición de huérfano despierta inevitablemente algo parecido a la piedad; y, sin embargo, hay en ello una suerte de ironía. Rulfo, como autor huérfano, es también alguien que mata. En Pedro Páramo, la orfandad se extiende sobre Comala; no en vano, la novela puede leerse como la historia de un padre huérfano. Para dar con él hay que desenterrar muchos muertos –ese parece ser el mandato–, aunque a veces cueste la vida. Y, aun así, queda la pregunta: ¿qué es lo único que los muertos pueden conceder? El rencor.

Cuando Juan Preciado llega a Comala y le pregunta a Abundio por su padre –¿quién es Pedro Páramo?–, este responde: “Un rencor vivo”. Peña afirma del cacique que solo sabe parir hijos muertos. A partir de ahí, pienso en Pedro Páramo descrito exactamente así y, tras leer a Peña, sospecho que ese rencor no solo habita en el personaje, sino que su origen se desplaza hacia su autor.

A Rulfo solemos mirarlo desde sus virtudes y sus carencias, como si ambas bastaran para ennoblecer y justificar la sensibilidad con la que escribió sobre la soledad y la orfandad. Esa es la imagen que sus obras –y cierta lectura de ellas– nos han legado: la de un hombre dulce, amoroso, casi sereno, como el que asoma en Cartas a Clara. Pero el Rulfo que Peña perfila es otro: extraño, contenido, por momentos incluso sombrío y cínico, atravesado por una violencia que no siempre se deja ver de frente. Esa lectura trastorna la imagen apacible que conservamos de él y la sustituye por la de un hombre solitario que también guardó rencor. Y que acaso desde ahí escribió.

En Padres huérfanos, Christian Peña descoloca y trastorna por completo la imagen de Rulfo. Con el tiempo, deja de ser entrañable para volverse áspera, incluso vengativa. Un hombre que conoció de cerca la muerte y, a partir de ella, modeló un mundo extraño, irreconocible, que nos hizo resentir; una tierra huérfana donde el viento sopla suave y, aun así, levanta el polvo de los caminos, se lo lleva… y trae más.

Al final, somos el juramento de lo que hemos mamado, la pulsión misma de la sangre. El fruto del padre puede venir envenenado o bien colmado de amor. Eso, en parte, también lo sugiere Christian Peña.

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