Mariana Enríquez, Un lugar soleado para gente sombría, Anagrama, Barcelona, 2024, 232 pp.
A medida que nos adentrábamos en el siglo veinte, la Iglesia empezó a tener que vérselas con una idea nueva: la del mal con m minúscula. El diablo, de acuerdo con el Evangelio, según Freud, sería algo neutro, el subconsciente de todos nosotros.
Stephen King, El misterio de Salem’s Lot
Que la vida imita al arte es algo que sabemos de cierto, aunque el ingenio de esta frase pertenezca a Oscar Wilde. En Hispanoamérica tenemos bien aprendido que pese al esfuerzo por asir la verdad histórica, la escritura implica siempre una función que no buscó pero debe cumplir: inventar. La figura de Mariana Enríquez crece con el paso del tiempo como la de un binomio en que la vida es indisociable de la literatura. Para hablar de ese proceso, más que explicaciones a su biografía habría que formular preguntas a sus libros, porque sus páginas parecen invertir la escolar premisa de que lo sobrenatural irrumpe en la realidad; bien mirado, es precisamente esa “verdad histórica”, esa “realidad”, la que de pronto interviene en el mundo contaminado de sus relatos. Desde los desaparecidos por la dictadura de Rafael Videla hasta las sombras que nos asedian de noche, la prosa de Enríquez decide caminar en un mundo asediado por ese mal que no sabemos ahuyentar con Freud ni con el Evangelio. Si los lectores de ficción somos en efecto “imitaciones del arte”, como sugiere Wilde, no debe sorprendernos que sus relatos nos impulsen a identificar nuestra existencia imperfecta, peligrosa, malévola (con m minúscula), con el horror proveniente de las películas de David Cronenberg o los lamentos post-punk de la Bauhaus. Eso es algo que Enríquez no intenta ocultar en esta compilación de doce relatos reunidos bajo el título de Un lugar soleado para gente sombría.
Hemos dicho que el terror es un tema; la parte humana e histórica que lo conforma es otro. Cada uno intenta ganar para sí un equilibrio que se disuelve en la prosa apenas intentamos reflexionar al respecto. Veamos de qué tratan algunos de sus relatos: una mujer es visitada por el fantasma de su madre, que aparece en el hogar como una figura tangible pero absorta en su existencia incompleta, mientras sus vecinos enfrentan la inseguridad cotidiana (“Mis muertos tristes”); la relación de dos hermanas entrelaza las mitologías del litoral argentino, las enfermedades de la piel y los temores de infancia sobre mujeres castigadas que se transforman en aves (“Los pájaros”); hija de una suicida, la protagonista de otra historia vive asediada por los recuerdos, los temores infantiles y el testimonio fotográfico de una deformación física que pronto se convierte en amenaza real (“La desgracia en la cara”); ahondamos en el intento de una muchacha por salvar a su prima Julie, una joven obsesionada con mantener relaciones sexuales con espíritus, de ser internada en el psiquiátrico (“Julie”); una mujer divorciada experimenta la transformación de su cuerpo luego de un diagnóstico ginecológico, en un relato que explora la identidad corporal, el deseo femenino y el horror (“Metamorfosis”); durante un viaje a Los Ángeles para investigar el caso de una joven muerta en el hotel Cecil y su vínculo con una secta, la ciudad luminosa se revela brutal y solitaria, y la investigación deriva en una experiencia personal marcada por el duelo (“Un lugar soleado para gente sombría”).
Como en la caja de Schrödinger, en estos relatos coexiste siempre una doble posibilidad que pulsa entre la oscuridad del alma o la más exhaustiva realidad. La primera, en apariencia, gana sin esfuerzo, pero apenas nos sentimos a salvo en esta paradójica certeza de lo paranormal, la lectura nos entrega algún atisbo de rebeldía histórica que nos desconsuela. Ambas dimensiones se muestran entramadas, conviven; son partes orgánicas de un mismo mundo. Esto que afirmo a propósito de los relatos es claro en otras obras de Mariana Enríquez, desde Los peligros de fumar en la cama (2009) hasta su galardonada novela, Nuestra parte de noche (2020). En ellas, la trama visible se desarrolla casi siempre en torno a relaciones familiares conflictivas, voces femeninas, despertares sexuales; transcurren en espacios urbanos de la clase media o pueblos olvidados a los que suelen escapar sus personajes, para intercambiar la monotonía diaria por una crisis sobrenatural: fantasmas, maldiciones, quimeras. La trama invisible nos plantea otra cosa: una enfermedad, la simple casualidad o los amos de la violencia, amenazan con sus crímenes a quienes contravienen los intereses de una oscuridad que no por terrena puede ser menos inhumana. Todavía más, al revelar la constitución del miedo, la literatura de Enríquez muestra la constitución de la sociedad, así como la jerarquía de las palabras que nos ayudan a sobrevivir a ese entorno del que hemos hecho un hogar.
Es medianoche y Mariana Enríquez piensa en su arte. Ni siquiera las canciones de Nick Cave & The Bad Seeds la pueden distraer de esa “realidad bárbara, brutal, muda”, que se filtra a sus relatos, como antes lo pensó Enrique Vila-Matas para Chet Parker. ¿Por eso nos entrega la discografía que la acompañó mientras escribía, como indica en la última página del libro? Darkthrone, Chelsea Wolfe, Sinead O’Connor. Imagino cuáles serían los libros que la inspiraron: seguro estuvo en el escritorio Entrevista con el vampiro junto a Los heraldos negros. El maestro Edgar Allan Poe, Ann Radcliffe, Luisa Valenzuela. ¿Y Stephen King? La ciudad bonaerense que pueblan sus personajes recuerda inevitablemente a Derry, ese lugar imaginario donde la cotidianidad oculta las pruebas que pueden condenar al criminal que vive en todos nosotros. En estas narraciones, el terror no es una evasión sino una forma de autoconocimiento; recuerdan que el mal no necesita máscaras espectrales para existir: habita la historia, el cuerpo, la memoria. Para hacer sentir sus efectos, el verdadero terror no tiene que mostrarnos tumbas ni rezos; de ahí que en Mariana Enríquez, ningún espacio nos resguarde del peligro: el consultorio, la tienda de ropa vintage que visitamos, una calle que cruzamos para brindar ayuda. ¿Cómo pedirle a Oscar Wilde que despierte de la pesadilla de la historia que apuntamos en un inicio? Leer estos doce relatos equivale a escuchar un mensaje mudo que proviene de un lugar sombrío; aceptar que la oscuridad no irrumpe en la realidad, sino que la inventa. Y que, quizá, sólo atravesando ese interregno podamos comprender el tiempo que nos ha tocado vivir.