Vivian Gornick, La situación y la historia. El arte de la narrativa personal, Sexto Piso, Madrid, 2023, 180 pp.
Las siete páginas finales de La situación y la historia recogen todo lo que Vivian Gornick quiere dejar dicho sobre cómo escribir de uno mismo y, lo que es más difícil, cómo enseñarlo. Tras quince años como profesora en posgrados y másteres de escritura, la autora ha llegado a certezas que son en apariencia contradictorias. La primera es que no se puede enseñar a escribir, porque el talento literario innato es intransferible. La segunda es que sí es posible formarnos un juicio sobre una obra, tanto propia como ajena. Y que lo que este aprendizaje consigue es multiplicar las posibilidades del escritor en ciernes.
De aquí la importancia de dedicar un libro no solo a la pregunta de cómo se escribe, sino a la de por qué lo hemos hecho y lo seguimos haciendo. Como es consciente de que nadie puede enseñar lo que no sabe, la autora predica en este libro con el ejemplo y habla sobre sí misma y de lo que más íntimamente conoce: a la Vivian Gornick lectora que aprendió a leer lo que más adelante no tardaría en escribir. Porque La situación y la historia es más que una reflexión en torno al arte de la narrativa personal. Es también un libro sobre libros y el recuento de las lecturas que ayudaron a la autora de Apegos feroces y La mujer singular y la ciudad a hallar en sí misma un tono y a una narradora. Esta obra breve es un catálogo de ensayos autobiográficos y de memorias de autores que recurrieron a lo que Gornick llama un yo indisimulado que no hizo trampas ni —como en el caso de la ficción— se sirvió de sustitutos. A fin de cuentas, para la autora: “Penetrar en lo conocido no es en absoluto un hecho consumado. Más bien al contrario, es una labor ardua, muy ardua”. Por ello, para que dirijamos la atención a nosotros mismos, Gornick examina con una suerte de postura psicoanalítica a George Orwell, Beryl Markham, Joan Didion, Edmund Gosse, Agnes Smedley o W. G. Sebald, quienes como escritores tomaron la decisión de tenderse en el diván, bolígrafo en mano y a la vista de todos, para explorar sus propias vidas a partir de una textura compleja de sentimientos encontrados.
Y como es habitual en sus libros, Vivian Gornick decide que su vida también debe ser objeto de estudio. ¿Cómo es que llegó al lugar en el que la crítica y los lectores la han puesto? Como toda respuesta la autora rememora los inicios de su carrera profesional en la década de 1970, cuando escribía lo que en ese entonces se conocía como “periodismo personal”, un híbrido entre el ensayo autobiográfico y la crítica social que no era más que otra versión o el germen de lo que más adelante se convertiría en su propia narrativa personal. Cuando se sentaba frente a la máquina de escribir se utilizaba a sí misma como medio para extraer un sentido más amplio de las cosas. Poco a poco fue descubriendo algo que Gornick convierte aquí en una especie de postulado teórico para guiarse como escritora —y de allí un título que de entrada parece oscuro—, y es que toda obra literaria autobiográfica o memorialística tiene tanto una situación como una historia: “La situación es el contexto o las circunstancias, en ocasiones la trama; la historia es la experiencia emocional que interesa a quien escribe: el discernimiento, la sabiduría, la cosa que uno ha venido a decir”. Cómo servir a la situación y encontrar la historia de manera que descubramos quiénes somos cuando las vivimos y quiénes cuando las contamos —y que lo uno sea eco de lo otro— es lo que ha estado en juego desde que san Agustín escribió sus Confesiones para explicar quién era.
Gornick se plantea para sí misma las preguntas que, como lectora, le han inspirado ciertos autores. ¿Cómo encontraron una situación y de qué forma la narraron como historia? ¿Qué eran capaces de decir sobre sus yoes interiores? Tomemos a J. R. Ackerley como ejemplo. Escribió en Mi padre y yo la historia de un padre adúltero con una doble vida, y la de su hijo homosexual: “Esta es la historia que J. R. Ackerley está dispuesto a contarnos. ¿Por qué le llevó treinta años contarla? ¿Por qué no tres? Porque lo que les he contado no es su historia: era su situación. Fue la historia lo que tardó treinta años en conseguir contarse”.
El proceso de autodescubrimiento, desglosado con paciencia por Gornick para cada autor y cada obra en los que se detiene, fue más o menos así. Al principio, Ackerley creía estar juntando las piezas de un puzle familiar. Tiempo después se dio cuenta de que lo que quería describir no era una presencia, sino una ausencia: el relato de una relación que no se había vivido. Fue entonces cuando comprendió que, aunque siempre pensó que su padre no quería conocerlo, era él quien no se decidía a hacerlo. De modo que llegó al descubrimiento más importante: “No es a él a quien no quería conocer, es a mí mismo”.
Apegos feroces parte de conflictos afines. Queriendo escapar de las dos mujeres —su madre y su vecina— que la hicieron mujer, Gornick se dio cuenta de que por más que quería no podía escapar de lo que la atormentaba: “Yo me había decidido a separarme del teatral ensimismamiento [de su madre], pero, cuando los años se acumularon, vi que mis modales airados y cortantes eran, en realidad, solo una versión de su menesteroso dramatismo”. Era incapaz de dejar atrás a su madre porque se había convertido en ella. La autora sugiere un dilema similar al que marcó la obra de Harry Crews y que vale también para la suya: “Si no te vas de tu casa, te asfixias, si te vas demasiado lejos, te falta el aire”. Entonces decidió organizar la escritura en torno a un solo proyecto: explicar su situación con la voz de un personaje que no se dejaría amilanar y actuaría a partir de su propio discernimiento, de suerte que tuviera el valor de reconocerse a sí misma como autora de no ficción: no a partir de lo que conocía de ella, sino sabiendo quién era en el momento en el que escribía.
La autora no le dedica más de dos páginas a la pregunta de por qué se ha vuelto tan importante hablar de nuestras propias vidas. Hace treinta años —explica Gornick— se escribían novelas. Hoy se escriben memorias. ¿Qué significa este cambio y cuánto durará? Ni la autora ni los lectores lo saben. Pero Gornick tiene claro que la modernidad ha llegado al final de su trayecto y nos ha dejado despojados de los placeres de la narrativa, porque lleva muchos años siendo todo voz: una voz encerrada en su propio espacio emocional y que no está anclada ni en la trama ni en las circunstancias. Es en las memorias donde los lectores han encontrado una renovada forma de cuestionarse quiénes son. No como consuelo, sino como necesidad: “Y no con una respuesta, sino con profundidad de indagación”.
Quien quiera contar su vida se enfrenta a un territorio confuso, informe y a veces renuente a la exploración. Un esfuerzo y a la vez una frustración: “Por mucho que excavo, no puedo llegar directamente a ello”, son las palabras de Loren Eiseley, autor de Todas las horas extrañas que Gornick nos lee para que de alguna forma nos sintamos preparados. Porque para encontrar el camino, la autora sugiere en este libro que, antes de que nos sentemos frente a una hoja en blanco para narrarnos, nos planteemos una y otra vez preguntas sobre las razones por las cuales escribimos con la mirada hacia adentro. Como por ejemplo cómo consigue una persona unir las piezas de su propia vida y de qué forma las convierte en ese empeño que el lector ve reflejado en la página. En pocas palabras: quién es el que habla cuando escribimos, qué es lo que ese narrador está diciendo y cuál es la relación entre ambas cosas. Una y otra vez deben resonar estas preocupaciones como mantras. Y al final lo que debe quedar es la paradoja de un mundo moderno que solo se piensa a sí mismo con un alma vacía y que nos pide navegarlo no confesándonos, sino investigándonos con mirada crítica e involucrándonos hasta el final, de manera que de tanto excavar lleguemos a algo.