Revista de Crítica ISSN 2954-4904
Literatura


Pere Gimferrer, Balada, Espasa, Madrid, 2025, 56 pp.


Balada es un libro de ocho cantares escritos en el año 79 de vida del poeta catalán Pere Gimferrer Torrens (Barcelona, 1945).

Con dulce voz (“I amb dolça veu”) abren sus páginas los versos de Joan Roís de Corella, gran exponente del siglo de oro valenciano, traídos de su “Balada de la garsa y l’esmerla”. En esa pequeña balada Roís de Corella sentencia: no está en el mundo el poeta tan ilustre para decir loas dignas de tal perla, es decir, del mirlo en el poema (“no és al món poeta tan il·lustre, / que pogués dir les llaors de tal perla”).

¿Acaso no escribimos todos en la ausencia de ese poeta digno del objeto de nuestra exaltación súbita? Balada interroga la desaparecida figura del trovador, como recortada en pasajes lóbregos que solo el tenue fulgor de los versos alumbra. “Una bengala no desmiente al nublo, / no desmiente la noche al esplendor”. Ya el primer canto avista un hombre que se acerca y “viene vestido de seda”, que tal vez, como Gimferrer mismo, vuelve a nosotros en voz endecasílaba: “El hombre viene con la luz azul”, “Es el hombre que vive de las hojas / del libro no leído de la luz”.

Luego, en un pasaje singular, se evoca la figura de un joven poeta “apenas conocido en las gradas de Roma, / aquel joven escrito y descrito en el agua, / cuyo nombre trazaron las manos invisibles”, creatura, pues, de olvido, de lo que nunca fue. Y en la transformación se revela: “es el primer poema, la lágrima incendiada / del tiempo del querer, / lo que nunca seremos”. El poeta que muta, como por obra de un hexámetro de Ovidio, y se vierte en lo ancho del mar para ser un poema, el primero de todos los habidos.

En Balada este hablar poético dibuja en nosotros imágenes persistentes, motivos de belleza rotunda tejidos en sonido antes que en sentido. Gimferrer, que compone al ritmo de su lento caminar, reconoce y toma por precepto los versos de Octavio Paz en Pasado en claro: “El sonido, bastón de ciego del sentido: / escribo muerte y vivo en ella / por un instante”. Todo lo anticipa la música del verso en el poema.

Como es su costumbre, nuestro poeta nos manda apor el rastro de sus autores más queridos, de cuya obra él mismo es iniciado, y en cuyos autores nos inicia. No cuesta imaginar a este poeta de traje impecable y excéntricas corbatas en comunión con la posteridad de Aleixandre, su maestro y amigo, de Darío, de García Lorca, o hasta de Góngora y de Aldana. Hay versos sueltos de East coker, de Quasimodo, de Villamediana, de Juan Ramón y de Alberti a lo largo de Balada. También Rimbaud, Montale y Shakespeare son convidados al poema. Los tulipanes amarillos de la soledad de Cernuda, visitada por un ángel. Así nos conocemos también, por nuestras evocaciones.

En cada libro Gimferrer es, en pocas palabras, una brújula precisa para sus lectores, iniciados o no en este arte que él mismo identifica con el instante de la palabra, con su fina compostura. A su olfato editor se debe, por ejemplo, la publicación de La literatura nazi en América en Seix Barral.

Viento entero —poema largo escrito por Paz cuando era embajador en India— aparece discretamente referido en los versos: “Vive el mundo del sol en los banianos / (Dehli, 1965), / vive el mundo del hálito del mar”. Curioso. En el primer intercambio de su relación epistolar, Paz, desde Ithaca(NY), elogia a un joven Gimferrer por su Arde el mar, que le valió el Premio Nacional de Literatura José Antonio Primo de Rivera a los 21 años de edad, y promete enviarle pronto una copia de Viento entero, su más reciente poema.

Miramos atrás esa Venecia en el Gimferrer de 21 años. Su gran “Oda a Venecia ante el mar de los teatros” es un poema que rejuvenece en quien lo lee, de quien nacen poetas jóvenes al leerlo por vez primera, por el cual Gimferrer será considerado, como sugería el mismo Paz, un poeta de la juventud, por más que su persona envejezca, junto con Whitman, Apollinaire, García Lorca.

Se trata, pues, de “un poeta dueño de esa perfección que sólo lo joven tiene” (O.P., carta a Pere Gimferrer; Delhi, 19 de abril de 1968). Basta mencionar los comienzos memorables de Arde el Mar: “Oh ser un capitán de quince años”, “Tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos”, “Si pierdo la memoria, qué pureza”, “Un jazmín invertido me contiene”.

Es el pleno ardor de juventud, inextinguible, en el que se forjan los poetas. Decía Gimferrer mismo: “Nadie ha sido más hondamente poeta de lo que puede ser uno en aquellas horas adolescentes en las que la poesía no solo nos conmueve con su belleza transida de absoluto, sino que además parece dictamos el santo y seña de una insurrección cósmica y moral. Leyendo a Rimbaud, o leyendo a Lautréamont, todos hemos sido, en lo profundo de nuestro ser, grandes poetas por breves instantes” (Perfil de Vicente Aleixandre, 1985).

Gimferrer, poeta venusino, vuelve en Balada a su erotismo desbordado, a veces monstruoso por oceánico. A veces, también, cerrado en los ángulos, en los rincones frutales de grutas y bahías, donde corales y cardúmenes: “Está allí, como el ángel de las horas lejanas, / lo que fuimos un día, la cosecha del mar: / el musgo oscuro ardía en el campo del pubis / y la boca en lo negro bebió un agua / quemada y pajiza”.

Recordemos: nuestro poeta abandonó el español por un periodo más o menos largo y pasó a escribir solo poesía en catalán. Después de enviudar, el súbito reencuentro con una mujer —“el talismán de mi resurrección” (Tornado, 2008)— que había conocido más de tres décadas atrás lo trajo de vuelta a escribir nuestra lengua. Y es el español, entonces, la lengua elegida por el poeta para dirigirse a su amor renacido, al amor que venció la muerte y el tiempo.

No se percibe aun el cansancio en Gimferrer, quiero decir, no se percibe en esta, su más reciente obra. Los poemas de Balada fueron escritos en una ráfaga de escritura, según es costumbre del autor, tan solo entre marzo y abril de 2025, luego de un periodo de enfermedad. Hay vigor en los casi ochenta años del poeta. Tampoco se percibe el tono de la despedida, ni la concisión o el hermetismo de una última palabra.

Finalmente, con larga visión, convaleciente de vida y experiencia, el poeta nos reconcilia anticipadamente con el pasado —con nuestro futuro pasado, si aún nos queda un tramo de vida por andar— en la victoria indiscutible ante la marcha del tiempo y sus transformaciones; la evidencia de lo indestructible en el hombre: “ya era yo lo que no era”; lo que nunca cambia: “el destino grabado en el metal de voz”, voz sin edad que se funde o se templa pero siempre es la misma; el ir “de mí hacia mí”. Lo que siempre regresa al uno mismo.

La duda en “voz opaca de nuestra memoria”: “¿cómo será algún día que ya fue? / ¿cómo seremos los que ya hemos sido?”. Y es Amor, en la experiencia del poeta, lo que curva el tiempo en arco; lo que lleva a decir: esto hemos sido siempre, los que debían ser dos desde el principio.

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