Revista de Crítica ISSN 2954-4904
Literatura


Emilio Sánchez Menéndez, Beautiful Boy, FOEM, Toluca, 2025, 136 pp.

 


Tras leer los relatos que integran Beautiful Boy de Emilio Sánchez Menéndez, recordé la frase que Marguerite Yourcenar atribuía a su padre: “¿Dónde se está mejor que en familia? En cualquier parte”. Porque del primero, “El espejo del agua”, al último, que da título al libro, Sánchez Menéndez nos recuerda las zonas oscuras y los tenebrosos silencios que suelen ocultarse detrás de la fachada de felicidad y armonía con que nos gusta representar a la venerable institución familiar.

También pensé que otro buen título para el libro podría haber sido, a la Turgueniev, Padres e hijos. Porque de todas las relaciones familiares, la central y en la que está enfocada este libro es, desde luego, la que hay entre el padre o la madre (porque aquí las madres no se salvan), y el hijo. Beautiful Boy toma su título de una famosa canción de John Lennon sobre su hijo con Yoko Ono, Sean, que tenía apenas cinco cuando asesinaron a su padre. Sean, como me confirma rápidamente Google, guarda un previsible buen recuerdo de John y declara su admiración. No es el caso, por cierto, de Julian Lennon, el primer hijo del beatle, que tenía diecisiete cuando ocurrió el crimen, que lo trató más y que ha dicho que durante mucho tiempo le guardó resentimiento por abandonarlos a él y a su madre. No quiero sonar demasiado cínico, pero perder al padre a los cinco años deja la mesa puesta para idealizar a una persona a la que en realidad no conociste. Convivir con los muertos siempre es más fácil. Una buena relación con los padres –que, como toda relación prolongada, tendrá momentos buenos y malos– solo puede evaluarse después de transcurridos muchos años.

Alguien ha dicho que los padres de familia son los grandes aventureros del mundo moderno (y alguien más podría agregar que también del antiguo: Ulises era un padre de familia en toda regla). Sin embargo, hay, qué duda cabe, toda una épica de la vida familiar y doméstica moderna. La vida hogareña tiene sus escilas y caribdis, sus cíclopes y lotófagos, y no se diga sus tentadoras sirenas. El padre de familia moderno –como bien lo sabe Paco Vidamia Ocasio, alias el Negro, el protagonista de “Una de vaqueros”, uno de los mejores cuentos del volumen– debe navegar esas procelosas aguas.

Observo en algunos narradores hispanoamericanos de la generación de Sánchez Menéndez (el chileno Alejandro Zambra, el argentino Pedro Mairal, el mexicano Antonio Ortuño), nacidos en la década de los setenta, similares preocupaciones por el matrimonio y la paternidad, preocupaciones que nuestros abuelos, más despreocupados y felices, probablemente no se planteaban, o al menos no en los mismos términos: cómo ser un padre moderno, cómo ser un buen esposo, cómo llevar la vida familiar. Me gustaría decirle al hipotético lector de este libro que entre sus páginas encontrará la respuesta, pero la verdad es que no, solo encontrará más interrogantes, pero no es el consuelo menor de la literatura saber que se comparte una duda.

Dolorosa y lúcidamente, en uno de los momentos epifánicos del libro, Paco Vidamia reflexiona sobre su matrimonio: “Paco recordó la última noche que Lucía y él pasaron juntos, antes de que la vida familiar estallara por el asunto con Lourdes. “¿Qué nos une, además de Emiliano?”, había dicho ella. Y él se había preguntado si algo quedaba de la camaradería que nació al calor del son en San Andrés, o si aún tendrían en común ese gusto por cantar con la jarana, o despertarse tarde y coger llenos de la modorra mañanera. Ahora que apuraba el paso para alcanzar a Emiliano, Paco pensó que todo aquello se había perdido porque la crianza los había convertido en satélites de su hijo único, tristes y grises asteroides que trazaban elipses, cada uno en su órbita, alrededor de una estrella marrón. ¿Era posible cambiar ese orden?”.

Este párrafo me recordó otro de la novela La uruguaya de Pedro Mairal: “Siempre me aterra esa cosa siamesa de las parejas… Mismo lugar, mismas rutinas, misma alimentación, vida sexual simultánea, estímulos idénticos, coincidencia en temperatura, nivel económico, temores, incentivos, caminatas, proyectos… ¿Qué monstruo bicéfalo se va creando así? Te volvés simétrico con el otro, los metabolismos se sincronizan, funcionás en espejo; un ser binario con un solo deseo. Y el hijo llega para envolver ese abrazo y sellarlos con un lazo eterno. Es pura asfixia la idea”. Lo dicho: ¿dónde se está mejor que en familia?

En fin, las parejas ya no son las que eran, los padres son los que son y los hijos serán los que serán, pero sugerir una imagen completamente sombría de la familia sería tan falso como proponer una totalmente luminosa. Los cuentos de Beautiful Boy dejan claro que hay vínculos (sobre todo los de la familia nuclear, entre padres e hijos, entre hermanos) que nos gusten o no van a estar ahí siempre, que pueden ser una carga pero también un sostén y que, hechas todas las cuentas, disueltos todos los lazos, si tenemos suerte, quedará aquel que tenemos con quien nos procreó o a quien procreamos.

Dos imágenes se repiten a lo largo de los cuentos de Beautiful Boy: tanto al final de “El Porvenir” como de “Hoyo en uno”, los hijos, Ana y Rodrigo, vuelven en auto con sus padres, Manuel y Bruno, de un pequeño viaje en el que ha tenido lugar una revelación. Los miran bajo una luz más compleja, en la que se mezclan el resentimiento y el apego, pero en la que acaba imponiéndose, creo, la piedad, en sentido antiguo (la pietas, recordémoslo, es el amor consagrado a los padres) o, en todo caso, la empatía o el perdón. El primer final dice:

Ya a bordo del auto, Ana pensó que si Samuel había guardado su secreto año y medio, su padre lo había hecho por treinta. Hombre fraguado en las coordenadas del silencio, su padre prefirió que fuera el poder discursivo de otro el que desvelara su misterio y, al hacerlo, había hermanado a su doble descendencia. Pensó en los secretos que ella le diría a Daniela antes de morir para, como dijo el hombre, irse a la tumba liviana. Tal vez le confesaría que ella no había querido ser madre, que había sido Samuel el que concebía la paternidad como la justificación del existir, o que una sola vez engañó a Samuel sin que éste se enterara. Pensó en las casas chicas del abuelo Karim y en las del tío Alfredo, en qué otros secretos guardaría su padre, en la clase de hombre que se buscaría Daniela. Ana sintió cómo el aire tibio que entraba por la ventana se erosionaba por el ariete del silencio que su padre estrellaba una y otra vez y se decidió a encararlo, a exigirle que por una vez en su vida hablara, pero en el asiento del copiloto sólo había un hombre dormido con la boca abierta y la cabeza ladeada, el cuerpo de un hombre que, liviano y herido, reposa tras el suplicio.

Esa última mirada de Ana es moralmente elocuente: ¿cómo reprocharle algo a un hombre en esas condiciones? Ganarán el perdón, la conciencia de la complejidad de la vida y la sospecha de que no somos necesariamente mejores.

El final de “Hoyo en uno”, dice:

Volvieron a la ciudad en silencio. A través del cristal Bruno contempló la urbe que se engrandecía a la distancia y pensó que, tras el espectáculo de llamas y combustión, aquel monstruo se regeneraba de las cenizas. Arrullado por el golpeteo de la lluvia, Bruno comenzó a dormitar. Antes de entregarse al sueño volvió a escuchar el revoloteo de las palomas blancas.

Y esto me lleva a la segunda imagen: la del fuego y las cenizas y, más concretamente, la de las cosas que resurgen de las cenizas, como el ave Fénix. Así como la ciudad se recupera del temblor y del incendio, el ser humano también puede recuperarse de sus terremotos y desastres interiores, como hace explícito el final de “Beautiful Boy”, uno de los mejores relatos del conjunto:

Afuera había comenzado a nevar. Emma se alejó unos metros y contempló cómo las llamaradas emergían de las ventanas como diminutas manos que se elevaban en una plegaria. Recordó un versículo que el padre de Terrence solía decir después de la Eucaristía: “Ahora el señor os guiará en medio de las tinieblas y su luz os dará consuelo”. ¿Quién guiaría a Richard en medio de su propia penumbra? ¿Quién la guiaría a ella? Tal vez era el momento de vivir en la ausencia de luz. Ya después, cuando el fuego hubiera consumido el holocausto, Richard y ella podrían reconstruir de las cenizas.

Estos finales ponen de manifiesto la que me parece una de las mejores cualidades del libro y, sin duda, la mejor de su autor como persona: la humanitas, para decirlo clásicamente, o humanidad, o sea, la benevolencia hacia los demás, hecha de comprensión y buena voluntad. Somos seres fallidos e imperfectos, estamos rodeados de seres fallidos e imperfectos, pero en algún momento, bajo la benevolente mirada de alguien, somos también a beautiful boy.

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