Manuel de la Sierra, Obras literarias, edición crítica de Fernando A. Morales Orozco, El Colegio de San Luis / Bonilla Artigas Editores, Ciudad de México, 2024, 223 pp.
Más de cien años de olvido tuvieron que pasar para que Manuel [Silvestre Francisco] de la Sierra [y Garrido], narrador, poeta, traductor y funcionario gubernamental decimonónico, fuera rescatado y vuelto a poner en la historia de la literatura mexicana por el investigador y académico del Colegio de San Luis, Fernando A. Morales Orozco. Se trata de una edición crítica de las obras literarias de la Sierra, localizadas por Morales en dos importantes publicaciones periódicas de entonces, La Época Ilustrada y La Familia, dirigidos por José María Villasana y Juan Federico Jens, respectivamente. Si bien la pesquisa se vio interrumpida a causa de la pandemia de COVID-19, la recopilación que nos ofrece el Dr. Morales resulta tan interesante como fructífera no sólo para el propio estudioso, sino también para quienes deseen continuar perfilando el paisaje sociocultural del siglo XIX mexicano.
Organizadas en tres grandes apartados –“Narrativa”, “Poesía dispersa” y el estudio crítico “Manuel de la Sierra, un autor desconocido”–, estas Obras literarias de Manuel de la Sierra se nos ofrecen compiladas por primera vez en formato de libro, pues aparecieron dispersas en los periódicos ya mencionados entre 1883 y 1885. Tres nouvelles, dos cuentos y once poemas conforman la narrativa y la poesía recopilada en esta edición.
La novela corta “El brazalete de brillantes” (también publicada en dos entregas de La Época Ilustrada en 1883) se presenta como otras de su género donde el narrador testigo “limita” su punto de vista a lo que ha observado y experimentado, sin tener acceso a los pensamientos o sentimientos de los protagonistas, lo cual atribuye credibilidad a la historia, pues relata hechos que ha presenciado. No obstante, en este caso destaca de aquellas (pienso en “Manolito el pisaverde” de Rodríguez Galván, “El rosario de concha nácar” de Payno o “Manuelita” de Prieto) por el conflicto y el desenlace: por un lado, la mórbida inclinación de Luis por Julia, prima de su esposa Clara, que lo orilla a cometer no solamente el robo de su joya más preciada, herencia y regalo de bodas de su padre –“un brazalete de brillantes sujetos por cadenitas de oro, con un óvalo saliente formado por piedras de mayor tamaño y un broche que se cerraba con un ligero impulso […] de una barrita de oro terminada por un diente de hechura particular” –, sino además adulterio y necrofilia; y por otro, la decisión de Clara: “Adiós, Luis; esta alhaja que de mis padres heredé a mi memoria traerá por siempre tu delito infame. Has muerto para mí. Tus hijos llevarán mi nombre, pues prefiero pasar por una mujer seducida que por una esposa vendida y mancillada”.
En “Mi primer reloj”, segundo relato de esta compilación, otra vez un narrador en primera persona cuenta en retrospectiva su primera experiencia de “tránsito” de los doce años hacia la adultez joven marcada por el reloj de cadena, “maravillosa alhaja” de un condiscípulo suyo un par de años mayor y el de regalo que sus padres le ofrecieron tiempo después como premio a su brillante cierre de cursos en la escuela.
“Los tres alfileres” (última nouvelle de De la Sierra publicada por La Familia a lo largo de siete entregas en 1885) retoma una vez más el narrador en tercera persona para contar la dramática historia de amor entre Roberto, María y su gemela Luisa, separada de la madre de ambas al nacer. A diferencia de “El brazalete de brillantes”, aquí no se presentan un problema ni un final sui generis, sino un despliegue de descripciones que a veces recuerdan narraciones costumbristas a la manera de José Tomás de Cuéllar en Baile y cochino, en otras ocasiones sentimentales a semejanza de Florencio M. del Castillo y otras más moderno-decadentistas tipo Ciro B. Ceballos; así como una exhibición agobiante de elementos intertextuales y extratextuales de la época –los cuales, por cierto, se agradece que estén bien anotados y aclarados a pie de página–. En cambio, la palmaria presencia de tres alfileres, señalada desde el título mismo del texto, como en “El perro de la calavera”, “El brazalete de brillantes” o “Mi primer reloj”, además de tender el hilo conductor de la trama, enlaza el objeto como un componente clave en la peculiar poética de De la Sierra:
De repente, y como sonámbula, desprendió del cuaderno que había dejado a su lado sobre un velador el alfiler que lo sujetaba; hizo lo mismo con el que estaba fijo en su falda, y desenrolló de su muñeca el cordón del cual separó el alfiler que tenía en una de sus extremidades. Tomó los tres alfileres por su parte media con la mano derecha y levantándose violentamente y como arrojando lejos de sí algo extraño que opacaba la claridad de su pensamiento, besó los alfileres con transporte y exclamó con acento apasionado:
―¡Sí!, ¡lo amo con toda el alma!
En cuanto a la poesía dispersa de De la Sierra –“A ella”, “Ayer y hoy”, “Duda”, “A…”, “[Viene Lucinda a la fuente]”, “La alondra (fábula de Esopo puesta en verso)”, “A la tristeza”, “Mirando su retrato”, “Elegía”, “En un álbum” y “Desde entonces”– se distingue más por algunos temas “velados” –la pérdida de la virginidad en “Ayer y hoy” o la sexualidad prematrimonial en “Duda” y “Viene Lucinda a la fuente”– que por su hechura clásica (romances, sonetos, quintillas y silva), muy bien adecuada –en palabras de Morales– a la tradición romántica mexicana. De las once composiciones sólo “A ella” apareció en El Eco de Ambos Mundos, mientras el resto en La Época Ilustrada y La Familia. De estas, sobresalen “En un álbum” por sus versos decasílabos; “Elegía” por usar un género poético solemne para hablar del fallecimiento del gatito “El Viejo” de la señorita Clara Palacios; y “Desde entonces” por aludir al matrimonio del propio Manuel de la Sierra con Paulina Cervantes (viuda de Roberto Traill, amigo de Sierra a quien, de hecho, dedicó “Los tres alfileres”). Al respecto, Morales ha aventurado: “Sospecho que Traill acababa de morir previo a la publicación de Los tres alfileres por la palabra fino, que bien puede significar ‘amoroso y constante’, pero también ‘acabado, finito’, según su etimología, y ‘finado’ en la cultura popular mexicana. En cualquier caso, habría entre cinco y siete meses al momento en que enviudó Cervantes y casó en segundas nupcias con De la Sierra, lo cual rompe el luto riguroso de un año y seis semanas que debía llevar toda viuda. El último poema, hasta ahora localizado, de De la Sierra “Desde entonces”, se publica una semana después de esta ceremonia”.
Quizá por seguir los criterios de edición del Seminario de Edición Crítica de Textos del IIFL de la UNAM o quizá por hacer más amable y directa la lectura de las obras de Manuel de la Sierra, el estudio literario de Fernando Morales aparece al final del libro y no al principio fungiendo como estudio introductorio. De cualquier modo, es precisamente aquí donde el lector verdaderamente interesado y el especialista pueden entablar un diálogo tanto con la obra de De la Sierra como con el Dr. Morales, pues desde el primer momento se nos advierten los tres objetivos de dicha investigación: construir una breve biografía intelectual del escritor metropolitano; situar la producción literaria de este en los semanarios La Época Ilustrada y La Familia; y, por último, proponer un acercamiento a la narrativa de De la Sierra en dos direcciones: a través de la construcción de sus personajes masculinos y femeninos en comparación con el romanticismo gótico, el modernismo y el decadentismo. Concuerdo con Fernando Morales en la particularidad de Sierra de estar a caballo “entre un romanticismo decimonónico y un decadentismo”, por lo cual sus protagonistas, sean femeninos o sean masculinos, no se ajustan fácilmente a los tipos sentimentales de la época. Empero, sospecho que en parte esa peculiaridad se debe también a que sus personajes pertenecen más a una clase alta que a una media. Verbi gratia la descripción de la casa en “El perro de la calavera” o el estilo de vida de Roberto e Hipólito en “Los tres alfileres” o la solvencia económica de Clara en “El brazalete de brillantes” para no solo separarse de su marido Luis, sino además mudarse a París con sus hijos (excepción que ahora podríamos llamar protofeminista).
Otro detalle que también impresiona en los textos de De la Sierra es la ausencia de humor y en cambio un regodeo mórbido en la muerte y la tragedia, donde los objetos juegan un papel importante, casi obsesivo. Baste pensar en los títulos mismos de sus narraciones. A este respecto, Morales atisba: “La joya, como elemento que sirve para nombrar la novela, es también el objeto que provoca la sensación de temor y duda, que queda disipada cuando nuestra protagonista lo ve en el brazo de la amante. En este momento de la narración, la emoción es intensa y causa temor”. ¿La importancia de los objetos en la obra de Manuel de la Sierra estará relacionada con esa modernidad y su pensamiento capitalista en ciernes que apunta Morales a lo largo de su estudio?
Lo que sí queda claro es que la obra de Manuel de la Sierra se trata de una “literatura de gozne”, en el tránsito de la novela romántica gótica y el modernismo de tendencia decadente, según el Dr. Morales. Más que a lo gótico, encuentro en “El brazalete de brillantes” un guiño a las leyendas de corte colonial-novohispano retomadas y adaptadas por el proyecto nacional postindependentista (pienso en “El rosario de concha nácar” de Payno “El Marqués de Valero” de Prieto y “La calle de Don Juan Manuel” del Conde de la Cortina, por ejemplo), sumado a elementos simbolistas y macabros del decadentismo. De igual forma, algo del estilo en las narraciones de De la Sierra las vinculo más al de Poe y Gautier que a lo gótico, contrario a lo propuesto por Morales. En ese sentido resultaría interesante hacer un ejercicio comparativo con las novelas cortas y cuentos ya mencionados, pero también establecer vasos comunicantes entre los columnistas e impresores de La Época Ilustrada y La Familia con De la Sierra, aprovechando la ruta señalada en el estudio del Dr. Morales. Incluso, valdría la pena hacer una edición que rescate las ilustraciones que acompañaron las narraciones de Sierra en dichos semanarios.
A diferencia de La Rumba y Santa u otras protagonistas de la novela mexicana del siglo XIX, las de De la Sierra no reciben castigo, están más allá de los imperativos sociales. Clara, Luisa y la andaluza “son fuertes y valientes, lejanas de la figura del ángel del hogar o la femme fragile sin llegar a convertirse en mujeres fatales”, citando a Morales. Por consiguiente, los personajes masculinos tampoco representan el tipo viril canónico, sino otro sensible, melancólico e hiperestesiado, inclusive frágil y algo afeminado. Mientras Luis, Roberto y Sebastián se inclinan hacia los héroes de Ceballos o Rebolledo, “los personajes femeninos –apunta Morales– están hermanados solamente con la Magda de Gutiérrez Nájera, en Por donde se sube al cielo (1882)”. Heroínas y héroes atípicos, los personajes de De la Sierra están igualmente a caballo entre lo romántico, modernista y decadentista. María, Luisa y Clara, aunque su apariencia y nombre representan al “ángeles del hogar”, resultan ser personajes más complejos. María es en realidad Luisa, quien “hereda los medios necesarios para dejar a don Pepe en Europa”, “retornar a México en busca de Roberto” y pasar “meses enteros vigilando el comportamiento de su amante, tras lo cual lo juzga y lo considera digno de ser su esposo”. Clara, por su parte, decide separarse de su marido adúltero y necrófilo y “huir a Europa con sus hijos, aun a costa de su buen nombre y de su honra”. La andaluza, a su vez, “cruzó sola el océano Atlántico para buscar a su querido Sebastián […] exponiéndose a los peligros del camino”. No es casualidad que el narrador de “Vivo o muerto”, “El brazalete de brillantes” y “Los tres alfileres” en un primer momento intradiegético y extradiegético, respectivamente, termine cediendo el espacio a la voz autodiegética de Clara, Luisa y la española, las cuales son dueñas de su propia voz y de su voluntad. “En todos los casos, la diégesis inicia in media res, son tres personajes masculinos los aparentes dueños de la perspectiva y la focalización, pero en realidad funcionan como meros pretextos para delega el vasto cuerpo narrativo a las voces femeninas”, subraya el Dr. Morales en su estudio.
Si De la Sierra podría considerarse un narrador de transición, en cierta manera sucedería algo similar con su poesía. Morales propone ubicar esta entre el romanticismo y el modernismo de poetas como Gustavo Adolfo Bécquer, Guillermo Prieto, Manuel Acuña y Manuel Gutiérrez Nájera. Aunque concuerdo, detecto una curiosidad más a consignar en la obra del autor decimonono: su prosa, en vez de su poesía, comparte una morbidez que recuerda a la de López Verlarde y Rimbaud.
Con la edición de las Obras literarias, Manuel de la Sierra viene a tomar posesión de su lugar en la historia de la literatura mexicana y abre nuevos caminos en los estudios literarios de la época.