Revista de Crítica ISSN 2954-4904
Literatura


Luis Felipe Pérez Sánchez, La convulsión autobiográfica, Cinosargo / Marginalia, Guanajuato / Santiago de Chile, 2023, 80 pp.


1.     convulsión

En el breve texto que se inserta en la cuarta de forros del libro que estamos por comentar, Víctor Barrera nos invita a reflexionar sobre el término convulsión en su sentido clínico: movimiento incontrolable de los músculos. Con ello nos propone atender no solo la lectura “racional” de un volumen de ensayos (al que acompaña el texto que enmarca la definición de la que hablamos), sino otra más, energética, cargada de impulsos eléctricos, de esos que no somos capaces de controlar; por un lado, pues, tenemos el orden lógico, apolíneo, que se le supone a todo ensayo (como, ciertamente, prosa de ideas); por otro, el aparente arrebato dionisíaco, frenético y revelador. Cabe señalar que este puñado de líneas firmadas por Barrera Enderle cumple su cometido: convencer de recorrer las páginas de La convulsión autobiográfica.

No encuentro nada de casual en que los renglones de la también conocida como contraportada me hayan convencido de adentrarme en las páginas del conjunto de ensayos. Barrera acude a uno de los recursos que tienden a utilizar en su escritura los ensayistas que me atraen: el recurso acepcional que a veces raya en obsesiones etimológicas. Así, al tomar el término convulsióny detenerse a reflexionar(lo), encausa ciertos sentidos que, a primera vista y de forma superficial, pudieran no ser fáciles de ubicar. Por eso, esta breve exposición en los forros cumple cabalmente su cometido, se convierte en el gancho, en el anzuelo que nos saca del mar de la indiferencia y nos coloca frente a un paisaje por explorar.

Decíamos, pues, que convulsión, como ya se anotó, refiere a un síntoma que consiste en movimiento corporal involuntario, a un impulso fuera del control de quien lo padece. Sí, es eso, pero no solo. Entre las acepciones ofrecidas por el diccionario de la RAE se encuentran (entre otros) también los términos contiguos: disturbioconmoción. Por lo menos yo encuentro un sentido en esta triada: La convulsión autobiográfica no únicamente como una temblorina, sino como un arrebato que nubla y que perturba: una tormenta, un sismo, un evento meteorológico del espíritu y la identidad.

2.     autobiográfica,

Nuevamente, al acudir al diccionario, nos hallamos con que la autobiografía(es decir, la “vida de una persona escrita por ella misma”) tiene como sinónimos o términos afines memoriasconfesionesrecuerdosvida y diario, así, sin más. Me animo a especular que con dichos términos afines se hace referencia a esas manifestaciones de los llamados “géneros intimistas” (en donde también se incluyen las cartas, los cuadernos, las genealogías y cierto tipo de ensayo). Pienso: los géneros intimistas son, a menudo (aunque no siempre, tomemos por caso las epístolas), autorreferenciales como, propiamente, la autobiografía: ese impulso, a veces ingobernable (como las convulsiones), de escribir la propia vida.

Noto un detalle: como lectores, estamos acostumbrados a pensar lo autobiográfico a través de lo narrativo: escribir la propia vida equivale a “contar” por escrito los avatares de la existencia; a narrar los pormenores vitales, a cronicar el paso por este mundo. Permítaseme disentir: lo autobiográfico no siempre, o no solo, se constituye a partir de un tronco común narrativo con foliaciones que arrojan diversos tipos de sombra; lo autobiográfico también puede crecer a partir de la puesta en duda de la trama de la vida, a través de una cerne constituida no de anillos concéntricos en torno a lo cronológico, sino de vetas inquisitivas y más: de raíces inquisitivas (retorcidas como circunvoluciones encefálicas, como propiamente el signo de interrogación).

3.     La

 convulsión autobiográfica decide titular Luis Felipe Pérez Sánchez a este conjunto heterogéneo (cual debe ser) de ensayos. Me arriesgo a sospechar, sin conocimiento de causa, que establece un juego con otro volumen del género aparecido recientemente: La compulsión autobiográfica, de César Tejeda. Y es que desde hace algunos años la escritura intimista está cobrando un espacio que en otras décadas nos hubiera parecido inusitado; podríamos decir que los autores están padeciendo un embate autobiográfico, somos testigos de una verdadera compulsión. Entonces, sospecho que nuestro autor enlaza un guiño con el título cronológicamente anterior, pero se juega su propia exoneración a una grafía: v por p. Y con esa aparentemente insignificante sustitución se pone a salvo: la compulsiónes la satisfacción de una pasión vehemente, casi insana; la convulsión, por otro lado, es un impulso involuntario que escapa al control de quien la padece. Visto de este modo, resulta inevitable el arrojo autobiográfico.

¿Pero por qué inevitable? Porque considero, parafraseando a Julián Herbert, que al hablar de mí (al hablar de uno mismo), no solo me refiero a mí como individuo irrepetible, sino que señalo al mundo: hablar de sí es hablar de un cosmos que a todos nos concierne, del que todos somos parte. Y ese cosmos es el de la literatura, o más bien, el del ser humano expresado, completado, atravesado, destinado, examinado, interrogado a través de la expresión literaria. Al hablar de mí, no solo me pregunto por mí, sino también por ti, por ella o él, por nosotros, por ellos… Al hablar de mí, al preguntarme por mí, logro encontrar, y entregarte, una imagen, una cierta idea (quizá contingente, pasajera) de mí, que puede ser también una idea de ti; así mismo, entrego una idea de mí a ese otro que soy yo mientras inquiero: ignorante por completo de mí.

La convulsión autobiográfica nos comparte el periplo de un joven escritor que trata de abrirse brecha entre las instituciones culturales y los vericuetos del mundo literario, y en el camino nos muestra sus afanes, sus desasosiegos y sus intuiciones. A través del derrotero que elige contarnos, orlado de penurias y conjuras más que de satisfacciones y plenitudes, Pérez Sánchez nos aclara que el camino literario no es sino una fracción muy angosta del sendero mayor que es la vida de los congéneres, cargada más de dudas que de certezas. Así, todo aquel que se detiene a ver su vida, a revisitarla, tiene por delante un panorama hecho de preguntas, frente a las cuales tenemos sólo dos opciones: ignorarlas o temblar (convulsionar) al tratar de responderlas.

Afirmaba que La convulsión nos comparte un periplo, y es cierto, pero no es todo. Aunque no es antigua, tampoco es nueva la idea de una multiplicidad de formas de escritura que permiten hablar de sí cuando se habla del mundo. Anterior es, sí, la idea del ensayo como pregunta por el mundo, pero, sobre todo, pregunta sobre sí. Entonces, el ensayo, cierto tipo de ensayo, como el epítome del género autobiográfico: no solamente se habla de sí, sino que de ese relato, de esa anécdota que encierra una imagen o un estado de ánimo, surge la pregunta por el mundo (yo incluido) que da forma al ensayo: “Siento que hay algo”, nos dice el autor, “una cosquilla, una curiosidad, un estado de ánimo, alguna imagen, esta o aquella anécdota, que nos lleva a preguntar sobre la naturaleza de las cosas”. Por eso la elección, acertada a mi juicio, del ensayo para hacer autobiografía.

Decíamos “periplo”, y es que, en rasgos generales, eso es La compulsión: cinemática del recuerdo, puesta en imágenes verbales de los primeros y quizá más trabajosos años del autor en la lidia con la bestia de la escritura. Dividido en dos secciones, “Memoria involuntaria de cosas menores” y “Todo cuanto se escribe se asienta en lo dudoso”, el libro busca de cierto modo un sentido al ser actual del protagonista a la luz de los sucesos acaecidos: entender lo que es a partir de lo que fue. La primera parte, pues, la “Memoria involuntaria”, compuesta por cuatro ensayos, narra y reflexiona en torno a la aurora del mundo de la escritura de Luis Felipe Pérez Sánchez: cómo percibe el joven veinteañero el acontecer y cómo proyecta el futuro. Pero el Luis Felipe del presente de la reflexión se refracta en el recuerdo y se interroga, pone en crisis el pasado y, socarronamente, se explica a sí mismo, para él y para nosotros. Y con esta reflexión, el autor pone sobre la mesa, como un pan listo para rebanarse, la cuestión sobre la veracidad de los hechos, la certeza de los dichos y la ¿inegable? identidad entre el Luis Felipe personaje de sus aventuras, el Luis Felipe que reflexiona en torno a ellas y el Luis Felipe que acomete la tarea de poner los restos de ese encontronazo por escrito.

Suele tenerse la idea de que en los testimonios existe una identidad irrompible entre el personaje que experimenta una serie de hechos, el que los refiere en primera persona y el que estampa su firma al calce del documento. La autobiografía, como testimonio, suele ser proclive a este prejuicio… pero en los escritos autobiográficos con fines literarios más que testimoniales no estoy tan seguro de que así suceda. En ellos se abre una brecha entre el personaje y el autor, entre los sucesos factuales y el sentido literario, imponiéndose el cómo sobre el qué. A diferencia de la ficción, en la que todo el mundo reconoce la no identidad entre autor, narrador y personaje, en la autobiografía suele creerse lo contrario; por eso hay lectores que, a decir de nuestro autor, están dispuestos a corregirle la plana sobre aquel hecho descrito o esta anécdota referida. Así, nos hallamos frente a la pugna entre la escritura (la obra) y la memoria (el autor). Entonces, si nos ponemos estrictos, podemos afirmar que la memoria (la materia que posibilita la obra) es de naturaleza ambigua, evanescente, proclive a la confusión (“tenía una confusión”, dice Luis Felipe). Por eso no es raro que en la obra nuestro autor haga patente la dialéctica del recuerdo y el olvido, del “Estoy recordando” y el “ya no me acuerdo” (“Mutaciones del prontuario”).

Escritura del Yo, el ensayo se sirve de las formas íntimas y testimoniales, se apuntala en lo que fue, pero también y más, como literatura, no como testimonio, en lo que pudo, podría o debía haber sido. Por eso la confusión, pero también la libertad que atañe a la escritura literaria como expresión humana en general (recordemos la mención que hace de Guadalupe Nettel y su explicación de la ficción como venganza) y a la escritura biográfica en particular; confusión, porque (como en “Mutaciones del prontuario”) la escritura de un diario (intimidad y testimonio a la vez, es decir, supuesto apego a la realidad) es una virtualidad donde suceden cosas que no suceden; libertad, porque la anécdota “de la vida real” se convierte en una herramienta de autoanálisis que permite armar a partir de la anécdota “otra cosa”: ensayar la escritura del Yo.

Por eso no solo la mención de las cartas o los diarios (“Soy un epistolariomaniaco” o “Escribo un diario desde segundo de preparatoria”) en el entramado de estas páginas, sino su recurrencia en la vida extraliteraria. Desde temprana edad, Pérez Sánchez se dio cuenta de que esas formas contienen, en germen, la potencia del ensayo literario como mecanismo autobiográfico, de autoanálisis y de creación artística que añade realidad a la realidad. Por eso la necesidad, la recurrencia casi involuntaria (incontrolable como en la convulsión) a las escrituras íntimas y testimoniales que desembocan en otra cosa que la realidad llana: el ensayo a través de estas formas, pero también el ensayo que reflexiona sobre cómo estas formas lo posibilitan.

A través de los textos contenidos en este volumen, Luis Felipe Pérez Sánchez nos demuestra cómo el ensayo, cuando se ejerce más allá de su propiedad informativa, deja de ser un género “ancilar” y se constituye en una potente herramienta de lenguaje que permite, tanto a los lectores como al propio autor, acceder a un espacio desde el cual asomarse a los propios abismos de lo humano.

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