Revista de Crítica ISSN 2954-4904
Literatura


Rafael Toriz, La distorsión, Penguin Random House, Ciudad de México, 2019, 176 pp.


De este libro, publicado ya hace algunos años, gusta todo: la originalidad irreverente, su musicalidad, la investigación y sus mentiras, los énfasis y silencios, sus cabos sueltos. Gusta todo, excepto la cuarta de forros. Aunque necesaria, por otra parte, pues no se trata de un libro fácil y se resiente la falta de un proemio: un abra.

La categoría de Bildungsroman, traducida como “novela de aprendizaje”, no es un término adecuado para referirse a este libro. Y no porque no sea del todo una novela, sino porque no es únicamente un retrato de transiciones ni del adiós a la niñez. Incluso hay mucho de niño, afortunadamente, en sus páginas. Pensarlo como un “ensayo de formación” o un “diario a destiempo” no es menos metonímico.

De seguir confundiendo el libro con sus capítulos, llegaríamos a otras conclusiones no menos ciertas: que se trata de un texto fagocitante, un banquete barroco que habla del canibalismo —a semejanza de las aves de corral y el salmón de criadero—, o de la antropofagia —a la imagen de la secundaria y sus infiernos—. Ciertamente, cuenta la formación del paladar de un personaje: desde los langostinos al mojo de ajo a la Sotavento, los pemuches (una flor de pétalos rojos guisada con blanquillos), el zacahuil (un tamal gigante de maíz quebrado, envuelto en hojas de papatla), las acamayas (langostinos de agua dulce), hasta el mole verde de montaña regado con ajonjolí y hoja santa.

Ahora bien, “Bestiario de una memoria” es una línea sugerente, pero “Memorias de una bestia” también lo sería. “La cartografía de un olvido” suena más a Tomás Segovia, poeta que nuestro autor detesta y al que, sin embargo, cita (véase la página 104). En su obra cumbre, Segovia recupera un término central de la literatura: Anagnórisis, el reconocimiento, la revelación de un reencuentro resentido. Aunque le pese a nuestro autor, este concepto describe bien el mecanismo literario de su libro, por ejemplo, cuando se reencuentra con las voces itálicas de su familia, o cuando Toriz se ve viéndose en un niño enamorado de su maestra, o perdido en las miradas pétreas y colosales de alguien que no fue un mito. Y aunque le choque a nuestro autor, no solo es esto lo que calza: Segovia interrumpe el poema con otros, una estructura que también sigue Toriz, intercalando una y otra vez tres secciones: “Instantes de la vida de un fauno”, un ejercicio mnemónico; “Escrutinio público”, una lúcida sección ensayística de crítica literaria; y “Visiones del Midas negro”, una autobiografía intelectual.

Toriz detesta a Segovia, salvo en sus sonetos votivos. No confiesa la razón en este libro, pero no hace falta; se da por entendida. Dichos sonetos son de un erotismo escandaloso, valiente y hasta procaz. Por eso convencen a un fauno que —debemos recordar—, al quedar tardíamente identificado con los sátiros, se caracteriza por ser un flautista animoso de erección constante. Estos datos se confirman en el texto: en varias páginas, Toriz se transforma en melómano para contar la historia, no de un flautista al que siguen las ratas, sino de uno que persigue a los nahuales. En cuanto a lo libidinoso, baste como ejemplo el aforismo de la página 99: “El arte es largo, la vida breve, la verga inquieta”.

La última línea de la contratapa, “Ver el mundo distorsiona al mundo. No se diga vivir en él; mucho menos, narrarlo”, falla en su cometido. No solo porque convierte la distorsión en una aburrida tautología, sino porque no captura el significado del autor:  torcer multiplicando para devolver la literatura al mundo. Sí, combatir la teleopsia con un espejo que acerca los objetos. Esto es, quizá, lo más molesto de la contratapa: que tapa, injustamente, párrafos donde el autor ya había expuesto —y con notable claridad— sus intenciones. En la página 141, Toriz lo dejó cantado: “No comparto el arrebato por la novedad de la hibridación. Me apasiona, sin embargo, el entrecruzamiento del ensayo, la autobiografía y la crónica, esa suerte de textualidad orgánica que vuelve a la realidad literatura. El viaje, a su vez, como fundamento de la escritura: hallazgos, inventos, miradas. Todo se revela como un conjunto distorsionado que hace de la experiencia en este mundo una realidad paralela y misteriosa, interesante y pesadillesca. El otro mundo nos habita plenamente” (mi énfasis).

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