Álvaro Enrigue, Tu sueño imperios han sido, Anagrama, Barcelona, 2022, 224 pp.
No es exagerado afirmar que la imaginación histórica en México todavía vive bajo la sombra del mito según el cual los grandes eventos que gestaron esta nación se sucedieron en un orden destinado a desembocar en “nuestro” presente. Dependiendo de cómo se valore este, el camino andado es una tragedia, un triunfo o un manojo de contradicciones que asume tal o cual tendencia, pero, en cualquier caso, el pasado se toma por un devenir cerrado que no vivieron personas tan falibles como nosotros, sino casos ejemplares del espíritu nacional. Basta evocar la interpretación habitual de los discursos oficialistas del gobierno en turno, que enmarca sus decisiones dentro de un acontecimiento que sería la punta de lanza de las Grandes Transformaciones de nuestro país. Autoproclamarse heredero de los puntos álgidos del desarrollo nacional como si la propia voluntad encarnara inevitablemente el pasado colectivo es un aspecto fundamental de la retórica que hoy ordena el poder del Estado mexicano. Se trata de un buen recordatorio de que el pensamiento histórico y sus supuestos ideológicos no son un asunto exclusivamente libresco y, al contrario, se entrometen decididamente en la cotidianidad de la vida práctica en una de sus manifestaciones más depuradas: la política.
Al enumerar aquellos sucesos definitivos que concentran las aspiraciones del México moderno, llama la atención que los nombres empleados para referirlos sugieren claramente aspiraciones liberadoras o al menos revisionistas (Independencia, Reforma, Revolución). Y resulta doblemente llamativo si pronunciamos el nombre del más importante (porque inaugural): la Conquista. Parece que nuestra modernidad política es inseparable del esfuerzo por escapar de una subyugación originaria. Hay algo fatal y apabullante en que nuestro país se fundara en uno de los episodios más destructivos de los que se tiene registro histórico. Además, la caída de Tenochtitlán es resultado de una combinación de factores tan desafortunada que es imposible no envolver el suceso con el aura de los hados. Es como si desde que cimbró el temor a los mexicas por una serie de presagios funestos se hubiera decretado anticipadamente su fracaso y, con ello, se empezara a marcar la cicatriz más infausta de la identidad nacional: la supremacía de los europeos sobre los americanos, de la minoría rica sobre la mayoría pobre, de los blancos sobre los morenos, del propietario sobre el asalariado, esa que todavía resuena en la conciencia nacional como un destino trágico y doloroso. La última novela de Álvaro Enrigue se alza directamente contra esta teleología. Ejerce la imaginación literaria para devolvernos una visión del pasado en la que este es abierto e indeterminado. No reconstruye la historia como si fuera realizada por fuerzas abstractas e incontestables que culminan en un final previsto. En Tu sueño imperios han sido hay personas que se enfrentan a lo desconocido a base de conjeturas, que interpretan su situación como un problema sin resolver, que padecen limitaciones de carácter, que se frustran por las deficiencias del poder burocrático, que se estrellan contra callejones sin salida, que maniobran por los laberintos de la incomunicación, que se esfuerzan para llevar a buen puerto sus expectativas pese a no tener garantía alguna de victoria y que con su falibilidad constante nos confirman que en la historia no hay nada escrito sobre piedra. La llegada de los españoles a América pudo haber sido muy diferente.
La novela relata la estancia de Hernán Cortés y los conquistadores en Tenochtitlán entre su recibimiento y, unos días después, la primera reunión que tienen con Moctezuma en el palacio. Ceñir la narración a este breve periodo intersticial establece a los personajes en un estado de expectativa muy distinto a los cuadros más icónicos y decisivos de la Conquista. Los españoles no son guerreros sanguinarios o exploradores maravillados por la exótica novedad del lugar. Se retratan más bien como hombres temerosos y especulativos. No saben qué esperar de la acogida en la ciudad. Temen ser asesinados por sorpresa. Paranoicos, cargan su armadura a todas partes y se perciben a sí mismos más como prisioneros que como invitados. A su vez, los tenochcas que se encargan de su recibimiento no son nativos ingenuos, fascinados por la presencia de extranjeros poderosos. Son políticos que intentan sacar el mejor provecho de una situación sin precedentes. Atotoxtli, hermana y consorte de Moctezuma, considera que los recién llegados son insignificantes y no comprende por qué el huey tlatoani se toma la molestia de darles la bienvenida en vez de sacrificarlos. A Tilpotonqui, el alcalde de la ciudad (cihuacoatl), lo preocupa la cercanía del ejército tlaxcalteca; quiere conservar el equilibrio de poder entre los reinos de la Triple Alianza y entre los jefes de cada sección (altepetl) de la ciudad; le tiene más miedo a Moctezuma y su hábito de castigar faltas menores con la muerte que a Cortés. Moctezuma lidia con la abulia de encabezar un gobierno autoritario en el que su voluntad es designio, padece un desencanto continuo que lo hace consumir más drogas alucinógenas de las que los sacerdotes creen adecuado y maquina un plan para hacerse de los caballos españoles, pues está convencido de que son un arma de guerra formidable. En estas caracterizaciones se diluye la épica para sustituirla por un tono menor, psicologista, que filtra la objetividad del acontecimiento a través de la conciencia dispersa, cambiante y contradictoria de los personajes. Jamás, por ejemplo, el narrador ofrece una descripción objetiva y pintoresca de Tenochtitlán. Lo más similar que presenta es la idea que tiene uno de los conquistadores cuando da un paseo por la plaza central. Las líneas rectas, la solemnidad y la blancura de los edificios le recuerdan el estilo sobrio y elevado de la arquitectura clásica que conoció en Italia durante un viaje de juventud. Si esta comparación es precisa o no da lo mismo: lo importante es que un europeo del siglo XVI se asistiría de un referente similar para comprender lo nunca antes visto. La narración jamás se separa del punto de vista parcial de cada personaje. Estos continuamente se extravían en una bruma mental, desbordante de hipótesis y asociaciones, que desmiente cualquier finalidad predeterminada: nadie tiene certeza sobre lo que sucederá. El presente se les escapa de las manos. Muchos escenarios son posibles.
Comparada con las novelas históricas previas de Enrigue, Muerte Súbita y Ahora me rindo y eso es todo, Tu sueño… parece mucho menos sofisticada. No tiene la profusión, variedad y alcance de la segunda. No rastrea un entramado de objetos y personajes tan peculiar como la primera. Las herramientas usadas ahora son mucho más convencionales. Hay unidad de tiempo y espacio, desarrollo lineal de la acción, caracterizaciones precisas. Sin embargo, estos convencionalismos no son un retroceso o una falta de imaginación. Contribuyen más bien a representar con verosimilitud el carácter de los personajes y, con ello, a fortalecer el punto central de la novela: es perfectamente razonable concebir a los actores de la historia como individuos que experimentan el presente como algo abierto e imprevisible. Su incesante desconcierto nos recuerda que la caída de Tenochtitlán solo es inaudita si suponemos que no hay ocasiones cuando lo que se pensaba improbable o incluso imposible de hecho se materializa. Es patente en la novela que ninguno de los personajes tiene la situación bajo perfecto control. El devenir histórico no consiste entonces en el resultado que calculan las voluntades individuales, sino en la libre interacción de estas en un juego que no es ajeno a las sorpresas del azar. No hay poder humano, parece decirnos la novela, que dicte el avance de la historia.
En las dos novelas previas de Enrigue, el pasado no es un relato fijo y lineal. Se parece más bien a un cúmulo de relaciones posibles del que se pueden extraer personajes enlazados por eventos u objetos compartidos. Las constelaciones resultantes convergen alrededor de astros centrales (Caravaggio, Quevedo, Gerónimo…), pero no se limitan a ellos. Su extensión es difusa. Admiten una síntesis agregativa que puede pecar de excesiva o arbitraria. Algunos episodios se suman al cuerpo de la novela con demasiada accidentalidad. Ahora tenemos lo opuesto: Tu sueño… es un trabajo de depuración. La imaginación novelística no ejerce el placer de multiplicar las relaciones posibles; prefiere concentrar la volatilidad de la historia en el presente vivido por los personajes. Sus decisiones y lo que estas implican acumulan toda la inestabilidad de la historia. Por eso mismo, cuando al final de la novela sucede un evento definitorio que cancela varios futuros alternativos, se hace patente la inconmensurabilidad de la pérdida que comportan las posibilidades no realizadas. La historia se muestra así como un tragedia mucho más honda que la derrota de un pueblo o el asesinato de tal o cual héroe: en el desarrollo de los acontecimientos siempre se pierden mundos posibles. Habrá alguien cuyos sueños, aunque apasionados, quedarán sin realizar. Así sucedió a los tenochcas. Así podría sucederle a otras personas. La historia es incertidumbre. Esto es triste y angustiante, pero también es la garantía de que nuestro futuro no está prescrito. Si algo significa la libertad, es justo eso: la historia no la hacen figuras emblemáticas que avanzan sin dudar hacia su destino, sino más bien personas imperfectas cuya imaginación las inunda de expectativas, sueños e ideas que se debaten sin cesar contra las fuerzas de la realidad y no pocas veces fracasan.
Al presentar uno de los retratos más conscientemente mundanos del encuentro entre los españoles y los tenochcas, Álvaro Enrigue nos recuerda que los grandes mitos de la historia son ilusiones continuamente hechas y deshechas en las mareas de una existencia actual que no se ha clausurado. Si el acceso al pasado siempre pasa por alguien que imagina en el presente cómo pudieron haber sido las cosas antes, entonces el pensamiento histórico es lo opuesto al saber guardado en polvorosas enciclopedias: es un ejercicio vital de la imaginación que hace patente los riesgos de su propia libertad, pues indirectamente reconoce que así como las personas del pasado tenían al frente múltiples opciones, en el presente las decisiones de uno afirman o cancelan mundos posibles. Pocas obras literarias se proponen tocar verdades existenciales tan hondas. Menos lo logran. Tu sueño… acomete esta tarea con un trazo seguro, puntual y bello. Después de varias novelas en las que su autor exploró el pasado con entusiasmo acumulativo y a veces difuso, es bastante satisfactorio encontrar aquí una imagen destilada de su interés por la historia.