Aristóteles, Sobre la amistad (Libros VIII-IX de “Ética a Nicómaco”), Acantilado, Barcelona, 2025, 96 pp.
En política, la polarización está a la orden del día; en los anaqueles de novedades de las librerías, esta radicalización se manifiesta por la coincidencia en un mismo espacio de una serie de textos, nacidos a sabiendas de que son para “usar y tirar”, con otros milenarios, o venerablemente centenarios, que resisten junto a las efímeras criaturas que los rodean. ¿Qué diálogo establecería el genio de Aristóteles con la “influencer” del momento? ¿Y cuál Marco Aurelio con el “coach” motivacional, poseedor de un abdomen en modo tableta, que te invita con sus “reflexiones holísticas” a sacar la mejor versión de ti mismo? ¿Qué le comentaría Baltasar Gracián o Montaigne al famosete de turno que aparece en la portada de sus memorias con una enigmática sonrisa más estudiada que la de la Mona Lisa? En el caso del Estagirita, por su propensión a catalogar especímenes de la naturaleza humana, buscaría en qué saco meter a todas esas criaturas escribientes —dejemos para otro día el tema de los negros o ghostwriters que hacen lo que buenamente pueden con lo que malamente les dan—, que proliferan por las Ferias del Libro, convencen a algunos BookTokers, y encuentran en el objeto libro una manera de reivindicarse. Y ¿en qué orden taxonómico incluiría a los millonetas de Silicon Valley, “culpables”, en buena medida, de la reaparición en las librerías del pensamiento de los estoicos? Eso sí, con “traducciones adaptadas al lector moderno”.
Quedémonos con lo bueno: el libro mantiene un halo de prestigio frente a las hordas tecnológicas, que auguraban su desaparición. Woody Allen vino a decir que, con la creación del cine 4D, la humanidad terminaría “inventando” el teatro. Algo así ha sucedido con el libro: después de darle muchas vueltas y de marear la perdiz, el libro en papel, su presencia táctil, su calor, continúa siendo un objeto de deseo, tanto para quienes lo leen como para aquellos que lo escriben o “escriben” (las comillas son necesarias). Por otro lado, frente a la polarización y los extremismos —ese péndulo que zascandilea por polos radicalmente opuestos—, Aristóteles reclama el justo medio en su Ética a Nicómaco, como invita en el mismo texto a la negociación; es decir, al ejercicio de la phronesis, de la sabiduría práctica: hay que saber cuándo ceder y cuándo mantenerse firme para la consecución del bien común.
¿A qué viene todo lo anterior? A que grandes grupos editoriales han cedido y aceptado publicar lo muchas veces impublicable con el fin de alcanzar un bien común: la perduración del libro (lo impublicable, aunque sorprenda, puede vender lo que no está escrito y eso proporciona fondos para publicar lo plausible). Otras editoriales persisten, como Acantilado, en poner en manos de sus lectores solo lo que deleita por su calidad. Es una apuesta, un órdago, una decisión compleja. En su catálogo, encontramos autores grecorromanos como Aristóteles, Boecio, los Cicerón (Quinto Tulio y Marco Tulio), Longino, Plutarco, Safo y Séneca; y también hallamos la obra de estudiosos de los clásicos con textos imprescindibles como El descubrimiento del espíritu (Estudios sobre la génesis del pensamiento europeo en los griegos), de Bruno Snell, o los trabajos de Pedro Olalla.
Centrémonos —antes de volver a husmear por los anaqueles de las librerías, y localizar reediciones en pequeño formato de clásicos— en Sobre la amistad (traducido por Eduardo Gil Bera). Con una lucidez que parece provenir de otro planeta, el aventajado discípulo de Platón —fiel al maestro, sin excesos (“Amigo de Platón, pero más amigo de la verdad”)— clasifica la amistad (la philia) en tres tipos: la amistad por utilidad, por placer o por virtud. Si bien Aristóteles habla de la amistad entre seres humanos, en un ejercicio de antromoporfismo, convirtamos al libro en “amigo” y extrapolemos estos tres tipos de amistad a la relación que podemos establecer con ellos. Del primer tipo es la relación que entablamos con los manuales académicos: los usamos para cumplir con una meta —digamos que para aprobar un examen u oposición— y sanseacabó. Es una amistad efímera, pero conveniente. Por tanto, no hay que rehuirla. Simplemente, debemos entender sus términos. Veamos cómo sería esa amistad por placer entre el libro y nosotros. “El placer —nos recuerda el filósofo— parece ser la principal causa de la amistad entre jóvenes, que, movidos por la pasión, suelen perseguir la satisfacción inmediata del deseo”. Hay libros que no nos retan, simplemente nos sumergen y columpian con su prosa, nos acompañan por territorios ignotos, o nos descubren el placer del dolce far niente. En este caso, no hay reproches, como puede haber en una amistad interesada: sabemos a lo que vamos, al juego y a potenciar nuestro sentido lúdico. Por último, ¿qué tipo de amistad virtuosa, perfecta, entablamos con los libros? Cuando tanto lector como criatura agazapada en los entresijos del libro (el escritor) se desean mutuamente el bien (el reto, la verdadera aventura del conocimiento) y esa relación será duradera, dejará huella. Nos queda, sin embargo, algo pendiente: la reciprocidad que es una condición necesaria para definir una amistad. “La amistad consiste más en amar que en ser amado, y puesto que quienes aman a sus amigos nos parecen dignos de elogio, diríase que amar es la principal virtud de los amigos”. ¿Y no ama el escritor a quien pudiera leerle, como el que lee ama, a veces secretamente, a quien ha encadenado esa suma de palabras? El mutuo afecto nos iguala.
Sin embargo, la amistad que sentimos por los libros, distinta a la que se establece con las personas, no responde de igual manera a la analizada por Aristóteles. Por ejemplo, no es del todo cierto que “la amistad sea menos frecuente entre las personas de mal genio o los ancianos porque les cuesta avenirse y disfrutan poco de la compañía”; ni tampoco se cumple aquello de que “es imposible profesar una amistad perfecta a muchas personas, del mismo modo que es imposible estar enamorado de varias a la vez”. Se puede amar De senectute, de Marco Tulio Ciceron, y Senectud, de Italo Svevo, con la misma intensidad sin que nadie, más que uno mismo, se vea afectado por esta vehemencia.
Al final del libro IX de la Ética a Nicómaco, leemos la siguiente cuestión: “¿Son más necesarios los amigos en la prosperidad o en el infortunio?”. Después de una serie de argumentaciones, Aristóteles concluye: “En suma, es evidente que la presencia de amigos es deseable en cualquier circunstancia”. No obstante, nos había advertido previamente que “en el infortunio el simple hecho de ver a un amigo es agradable, ya que en cierto modo hace más llevadera nuestra aflicción”. De ahí que, en tiempos convulsos, cuando un matón de tres al cuarto se regocija del temblor ajeno, y es aplaudido por la peor clase de amigos (los aduladores), reaparezcan libros que nos educan en el estoicismo, en el desapego, en la capacidad de fortalecer nuestro interior para minimizar el poder devastador del entorno. Por eso, muchos buscan como tabla de salvación un Manual de vida al más puro estilo de Epicteto, o, cuando la incertidumbre alcanza cotas insoportables, abogan por las Meditaciones de Marco Aurelio.
Desandemos el camino y busquemos en los expositores los libros más vendidos del momento en una de las librerías más conocidas de Madrid. ¿Qué está pasando? Junto a novelas premiadas con cantidades que alcanzan las siete cifras, o bien junto a clásicos reactualizados tras películas que parecen un eterno anuncio de perfume (digamos Cumbres borrascosas), se hallan Instrucciones de novicias (Vidas del convento barroco para guiar tu presente) de Ana Garriga y Carmen Urbita; Santas, de Carlota Santos y, en otro orden de cosas (o no tanto, Vida contemplativa del surcoreano Byung Chul-Han). Y en las mesas de novedades hallamos, entre otros, una edición de Random House del Mito de Sísifo de Albert Camus, Sentencias para la vida de Erasmo de Rotterdam, o un Diario para estoicos con 366 reflexiones sobre la sabiduría, la perseverancia y el arte de vivir. Cuando uno anda perdido, hay quien busca consuelo entre las páginas de figuras televisivas, como Sonsoles Ónega, y hay quien desea acercarse a lo imperecedero, es decir, a todos aquellos textos que, pase lo que pase, son como aquel dinosaurio de (paradójica) microficción: al despertar (en muchos casos de la estupidez más absoluta) ellos siguen ahí.